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Relatos Ardientes

Cuando mi novio trajo a su ex, entendí que era nuestro amo

Llevaba casi un año con Andrés cuando empecé a entender la diferencia entre querer a alguien y necesitarlo. Antes de él, yo también tenía mi carácter, mis opiniones, mis caprichos. Con él, todo eso se fue diluyendo de manera natural, sin que nadie me lo pidiera. Simplemente era más fácil decirle que sí. Más que fácil: era lo único que quería hacer.

No era que me dominara de forma explícita. Andrés no necesitaba alzar la voz ni dar órdenes directas. Tenía esa manera de mirarme cuando proponía algo —los ojos fijos, una sonrisa apenas perceptible en la comisura— que hacía que mi respuesta ya estuviera tomada antes de que él terminara la frase. Y siempre, sin excepción, la respuesta era sí.

Llevábamos meses construyendo algo parecido a la confianza total. Nos contábamos todo: lo que nos gustaba en la cama, lo que nos daba vergüenza admitir fuera de ella, lo que habíamos pensado en silencio y nunca habíamos dicho a nadie más. Fue en ese contexto de intimidad sin fisuras que Andrés empezó a hablarme, poco a poco, de la idea.

Su fantasía no era complicada de entender, aunque tardé en aceptarla del todo. Quería a más de una persona a su disposición. No lo decía con esas palabras, claro. Lo llamaba «tener su círculo», «compartir su mundo». Pero yo sabía lo que significaba, y él sabía que yo lo sabía. Y aun así, le dije que sí.

***

Un martes por la noche me llamó mientras yo estaba leyendo en el sofá.

—Esta semana viene Luca —dijo, sin rodeos.

Luca. Su ex novio. Francés, arquitecto, lo conocía de nombre y de una fotografía que encontré por accidente en su teléfono hacía meses. En la foto salían los dos en algún lugar del sur de Francia, muy morenos, muy jóvenes, muy juntos. No le pregunté nada cuando la vi. No quise.

—¿A cenar? —pregunté, intentando que mi voz sonara neutral.

—A cenar, sí. Quiero que lo conozcas. —Hizo una pausa breve.— Y quiero que él te conozca a ti. Que te folle conmigo mirando, Ramón. Que los dos me mameis la polla al mismo tiempo. Que aprendas cómo es tener dos hombres encima.

Tragué saliva. La polla se me endureció dentro del pantalón antes de que mi cabeza terminara de procesar lo que acababa de decir.

—Vale —dije, en voz muy baja.

—Bien. —Y colgó.

Esa semana dormí mal tres noches seguidas.

***

El viernes llegó Luca a las ocho en punto. Andrés me había pedido que estuviera allí desde las siete, así que cuando sonó el timbre yo ya llevaba una hora con una copa de vino blanco que no me ayudó a calmarme nada.

Lo primero que pensé al verlo fue que era exactamente como me lo había imaginado: alto, bien construido, con ese tipo de apostura informal que tienen los hombres que han viajado mucho y lo saben. Llevaba una camisa de lino sin abrochar hasta el segundo botón y el pelo oscuro algo revuelto, como si hubiera venido caminando desde el metro y le pareciera bien así. Era lo que se llama un hombre atractivo sin hacer ningún esfuerzo visible.

Lo segundo que pensé fue que, a pesar de todo eso, lo que yo sentía en ese momento no era deseo. Era celos.

—Luca, él es Ramón —dijo Andrés, con una mano en mi espalda.

—Encantado. —Luca me dio dos besos, como acostumbran en Francia, y me miró con una curiosidad franca, sin disimulo. Su mirada me recorrió desde la boca hasta la bragueta, sin ningún reparo.— He oído hablar mucho de ti.

—Yo también de ti —dije, que era mentira casi total.

***

La cena fue sorprendentemente agradable. Andrés había cocinado algo con pollo y limón que estaba muy bien, abrió una segunda botella de vino tinto y Luca resultó ser el tipo de persona con quien es fácil hablar: preguntaba, escuchaba, tenía historias interesantes de proyectos en distintas ciudades. La conversación fluía sin esfuerzo aparente.

Pero yo lo vigilaba. Observaba cómo miraba a Andrés cuando creía que nadie lo notaba. Esa mezcla de familiaridad y nostalgia que solo tienen dos personas que han follado juntas muchas veces. No es algo que se pueda fingir, ni tampoco ocultar del todo.

En un momento, Luca dijo algo en francés que hizo reír a Andrés de un modo que yo rara vez le conseguía provocar: una risa íntima, cómplice, de algo compartido que yo no podía entender. Me levanté a buscar más agua y me quedé un instante de pie junto a la ventana de la cocina, respirando despacio.

Puedo irme. Puedo decir que no me siento bien y marcharme.

Pero no quería irme. Quería quedarme y ver qué pasaba. Quería que la polla de ese hombre acabara dentro de mi boca antes de que terminara la noche. Y eso, más que cualquier otra cosa, me dijo algo sobre mí mismo que todavía no estaba del todo preparado para admitir.

***

Después de cenar pusimos música. Andrés conectó algo suave, jazz con un saxo que llenaba el salón sin molestar. Luca y él bailaron juntos, muy pegados, y yo los miré desde el sofá con la copa en la mano. Había algo hermoso y cruel en esa imagen: dos hombres que se habían follado durante años, moviéndose como si el tiempo no hubiera pasado.

Fui al baño. Cuando volví, vi que Luca tenía la mano apoyada sobre la bragueta de Andrés, apretando el bulto por encima de la tela.

Me senté y no dije nada.

Andrés me miró por encima del hombro de Luca. Solo un segundo, pero fue suficiente. Soltó a Luca con suavidad y vino hacia mí. Me tendió la mano.

—Ven —dijo.

Me levanté. Me abrazó y me besó en la boca, lento y deliberado, metiéndome la lengua hasta el fondo con Luca detrás de nosotros mirando cada movimiento. Con la mano libre me apretó la polla por encima del pantalón y la sintió ya dura. Sonrió contra mi boca. Fue el tipo de beso que no dice «te quiero» sino «eres mío, tranquilo, ahora te voy a follar delante de él». Y funcionó exactamente como él sabía que funcionaría. La tensión que había acumulado toda la noche se fue en ese segundo como agua que se drena.

—Baila con nosotros —me pidió.

Bailamos los tres. Al principio torpemente, sin saber bien cómo organizarnos en ese espacio tan pequeño. Luego Luca puso sus manos en mis hombros desde atrás, bajó por el pecho, y terminó con una palma abierta sobre mi polla dura por encima del pantalón. Andrés quedó frente a mí, besándome, mientras Luca me manoseaba desde atrás y me pegaba su propia erección contra el culo. Nadie decía nada. La música seguía, el saxo seguía, y los tres nos movíamos juntos en el salón con las luces bajas y las pollas cada vez más duras.

***

No sé exactamente en qué momento dejamos de bailar y empezamos a besarnos. El paso fue gradual, sin que nadie tomara una decisión concreta. Luca me besó primero, con mucha calma, como alguien que sabe exactamente lo que hace. Besaba bien: sin prisa, con atención real, mordiéndome el labio de abajo cuando se separaba. Me sorprendió.

Andrés nos miraba con la palma abierta sobre su propia polla por encima del pantalón, apretándose despacio.

Después Luca lo besó a él, y yo los miré a ellos: dos bocas abiertas, dos lenguas que se conocían de memoria. Y luego Andrés nos miró a los dos, con esa sonrisa que yo conocía bien —la que significaba que las cosas iban exactamente como él quería— y dijo:

—Al suelo. Los dos. De rodillas.

No fue una pregunta.

***

Nos arrodillamos sobre la alfombra del salón. Entre Luca y yo le quitamos la ropa a Andrés despacio, cada prenda con calma, sin que él nos apurara. Él no ayudaba. Se dejaba desvestir como quien acepta un tributo que le corresponde. Cuando le bajé el bóxer, la polla le saltó fuera, gruesa, dura, con el glande brillante y una gota de líquido preseminal ya asomando por la punta. Escuché a Luca soltar el aire despacio a mi lado. Él también se acordaba de esa polla.

Fui yo el primero en abrir la boca. Se la metí entera de una sola pasada, hasta que la punta me chocó contra la garganta y tuve que respirar por la nariz para no ahogarme. Andrés puso la mano en mi nuca y me la fue empujando más adentro, sin prisa, hasta que sentí sus huevos contra la barbilla. Se la mamé así durante un buen rato, con los ojos cerrados y la saliva escurriéndome por el mentón, mientras Luca me miraba desde el suelo, con la polla suya ya afuera del pantalón, masturbándose despacio con los ojos clavados en mi boca.

—Compartidla —dijo Andrés.

Saqué la polla de mi boca y la sujeté por la base, ofreciéndosela a Luca. Él se acercó y la lamió por un lado mientras yo la lamía por el otro. Nuestras lenguas se rozaban en la mitad, alrededor de la venas hinchadas de Andrés. Luego Luca se la metió entera y yo me dediqué a chuparle los huevos, uno primero, luego el otro, metiéndomelos en la boca, mientras él le mamaba la polla al hombre que en algún momento había sido suyo.

Luego cambiamos. Yo volví a la polla, Luca a los huevos. Después a la vez: los dos con la boca abierta, la punta de la polla de Andrés pasando de una lengua a la otra, escupiéndonos saliva mezclada sobre el glande antes de tragárnoslo por turnos. Andrés dejaba escapar sonidos bajos, controlados. Ponía la mano en la nuca de uno o del otro para indicar el ritmo. No pedía ni exigía; simplemente guiaba. Era exactamente lo que yo conocía de él en privado, pero verlo hacerlo con otra polla al lado le daba una dimensión diferente: más plena, más completa en algún sentido que no sabría explicar del todo bien.

—Basta —dijo al fin—. Levantaos. Desnudos.

***

Nos desnudamos rápido, torpemente, dejando la ropa tirada por el suelo. La polla de Luca era más delgada que la de Andrés pero larga, con la cabeza roja y muy hinchada, curvada ligeramente hacia arriba. La mía chorreaba preseminal por el glande hasta el prepucio. Andrés nos miró a los dos desde arriba, de pie, con la polla mojada de saliva apuntando al techo.

—Luca. Bésalo entero. Empieza por la boca y no te dejes nada. —Se volvió hacia mí—. Tú aguantas. No te corras. Si te corres antes de que yo te lo diga, te quedas sin follar esta noche.

Asentí. Luca me empujó suavemente hasta que quedé tumbado boca abajo sobre la alfombra, y empezó por la nuca. Fue bajando con paciencia, sin saltar nada: la línea de la columna, cada costilla, el hueco de la cintura. Cuando llegó a la parte baja de mi espalda, y luego más abajo todavía, me abrió las nalgas con las dos manos y metió la lengua entre ellas, directamente contra el ojete, con una precisión que me hizo aferrar los dedos a la alfombra. Cerré los ojos y ahogué un gemido contra el brazo.

Me comió el culo durante lo que pareció mucho tiempo. Sin apuro. Metiéndome la lengua adentro, ensanchándome con dos dedos mojados en saliva, chupándome los huevos desde atrás cuando me abría más las piernas. En un momento me metió un dedo hasta el fondo y lo curvó hacia arriba, y yo tuve que morderme el antebrazo para no correrme ahí mismo, sobre la alfombra, sin que nadie me hubiera tocado la polla.

No esperaba esto. No esperaba que me gustara tanto.

Luego me tocó a mí explorar a Luca con la misma lentitud que él me había dedicado. Lo puse boca arriba y besé cada parte que encontré: el cuello, los pezones, el ombligo, la cara interna de los muslos. Descubrí que su cuerpo era diferente al de Andrés —más delgado, más angular— pero igualmente interesante bajo las manos. Cuando llegué a su polla la sostuve por la base y me la metí entera en la boca, sintiéndola llegar hasta el fondo de la garganta. Se la mamé sin quitar los ojos de los suyos hasta que le vi la mandíbula tensa y las manos apretadas en mi pelo. Después bajé, le chupé los huevos, le levanté las piernas y le lamí el culo yo también, devolviéndole exactamente lo que él me había hecho. Cuando llegué a sus pies los besé también, y escuché que soltaba el aire despacio, como si hubiera estado conteniendo algo desde hacía rato.

***

Andrés nos pidió que nos pusiéramos a cuatro patas, uno al lado del otro. Me coloqué junto a Luca sobre la alfombra. Nuestros hombros casi se tocaban. Nos miramos de reojo, y en esa mirada había algo que no era exactamente complicidad pero tampoco era extrañeza. Era reconocimiento: los dos queríamos exactamente lo mismo esa noche —la polla de Andrés dentro del culo, hasta el fondo, sin cuartel— y los dos sabíamos que lo íbamos a tener.

—Culos arriba —dijo Andrés—. Espalda abajo. Así.

Nos ajustó a los dos con la mano, empujándonos hacia abajo por la nuca hasta que la mejilla nos quedó contra la alfombra y el culo bien alzado, ofrecido. Escuché el chasquido del bote de lubricante. Notó los dedos fríos de Andrés separándome las nalgas, un chorro de gel sobre el ojete, y luego dos dedos que entraban a la vez, girando, ensanchándome. A mi lado, Luca soltó un gemido ronco cuando Andrés le hizo lo mismo.

Empezó por Luca. Escuché su respiración cambiar, volverse más profunda y menos regular. Escuché el ruido húmedo, inconfundible, de una polla gruesa entrando lentamente en un culo. Luca gimió largo, con la boca abierta contra la alfombra, y yo, al lado, me apreté la polla con la mano para no correrme solo de oírlo.

—Mira —me dijo Andrés—. Mira cómo lo follo.

Giré la cabeza. Andrés estaba de rodillas detrás de Luca, con las manos en su cintura, metiéndosela hasta los huevos y sacándola casi entera antes de volver a empujar. La polla le salía brillante de saliva y lubricante cada vez. Luca tenía la cara roja y la boca abierta y sonidos que salían de su garganta que yo no había escuchado nunca antes en una persona.

Luego de unos minutos, Andrés se movió hacia mí. Me abrió las nalgas con las dos manos y me la puso en la entrada. Sentí la cabeza de su polla, tibia y resbaladiza del culo de Luca, apoyada contra mi ojete. Empujó despacio.

Cuando lo noté entrar, cálido y lento, tuve que apoyar la frente contra el suelo un momento. Era la misma sensación de siempre, pero distinta: más urgente, más cargada, porque Luca estaba a mi lado y podía escuchar en su respiración lo mismo que Andrés me estaba provocando a mí. Me la metió hasta el fondo de una embestida final y me dejó ahí, con los huevos contra los míos, esperando a que me acostumbrara.

—Aprieta —dijo.

Apreté. Andrés soltó un gruñido y empezó a follarme. Al principio con embestidas largas y lentas que me sacaban el aire de los pulmones. Después más rápido, con la mano cerrada en mi nuca, empujándome la cara contra la alfombra. Yo gemía cada vez que la sacaba, sin poder controlarlo, y cada gemido mío parecía sincronizarse con uno de Luca a mi lado, que estaba masturbándose viéndonos.

Compartir ese estado con otro hombre, en tiempo real, sin mediación, resultó ser una experiencia que no tenía nombre propio pero que reconocí de inmediato como algo que iba a recordar mucho tiempo.

Andrés fue alternando entre los dos durante un tiempo que ninguno de nosotros midió. Cada vez que volvía a mí, lo notaba diferente: más gruesa por lo mojada, más brusca porque cada minuto se contenía menos. Y cada vez, era más difícil no correrme. Le pedí permiso dos veces, ahogadamente, contra la alfombra, y las dos veces me dijo que no.

—Todavía no. Aguantas.

***

El final llegó cuando Andrés decidió que llegaba. Se sacó la polla del culo de Luca, se puso de pie, y nos llamó a los dos hacia él.

—Aquí. De rodillas. Boca abierta.

Nos arrodillamos frente a él, hombro con hombro, con las bocas abiertas y las lenguas afuera como dos crías esperando. Andrés se masturbó por encima de nosotros, con la polla gruesa y roja pasando de una boca a la otra, dejándonos lamer la punta por turnos. Cuando se corrió lo hizo con un sonido que fue lo más cercano a perder el control que le había escuchado en todo el tiempo que lo conocía: un chorro grueso que me cayó sobre la lengua y el mentón, otro que fue directo a la boca de Luca, otros más que nos repartió entre los dos, colgando de nuestros labios y mejillas.

—Compartidlo —dijo, con la voz ronca.

Luca se acercó a mi boca y me besó con los labios llenos del semen de Andrés. Nuestras lenguas se mezclaron con el sabor tibio y salado de él, pasándonos la corrida de una boca a la otra hasta tragárnosla los dos a la vez. Andrés nos miraba, satisfecho, sin apresurarse, con la polla aún dura goteando los últimos hilos sobre nuestros pechos.

—Ahora vosotros —dijo—. Sobre mí. Los dos a la vez.

Se tumbó de espaldas sobre la alfombra. Luca y yo nos pusimos a horcajadas sobre él, uno a cada lado de su cintura, y empezamos a masturbarnos con la mirada fija en la suya. Yo estaba tan a punto que apenas me hicieron falta unos tirones. Me corrí primero, con un gemido largo, un chorro grueso que le cayó a Andrés sobre el pecho, otro sobre el estómago, otros más que le fueron manchando la piel. Luca acabó a los pocos segundos, gimiendo en francés algo que no entendí, salpicando por encima de mi corrida hasta que los dos hilos de semen se mezclaron sobre él.

Nos quedamos unos segundos inmóviles, con los muslos temblando ligeramente, jadeando. Andrés se pasó dos dedos por el pecho, los rebozó en el semen mezclado de los dos, y se los llevó a la boca. Se los chupó despacio, sin dejar de mirarnos.

Después nos atrajo hacia él, uno bajo cada brazo, sin importarle que le manchásemos aún más. Nos sujetó con la misma calma con que hacía todo lo demás.

—Bien —dijo. Nada más.

Fue suficiente.

***

Esa noche dormimos los tres en la cama de Andrés. Él en el centro, Luca y yo a cada lado. La habitación estaba en silencio, salvo por la respiración de los tres y algún coche lejano en la calle de abajo.

No podía dormir. Miraba el techo e intentaba decidir cómo me sentía al respecto. Esperaba encontrar algo incómodo: vergüenza, quizás, o esa sensación de haber cruzado una línea de la que no se vuelve. Pero no había nada de eso.

Lo que había era algo más parecido a la calma. Una calma extraña y sólida, como la de después de hacer exactamente lo que se supone que tienes que hacer en un momento dado.

Giré la cabeza hacia Andrés. Dormía con la boca ligeramente abierta, el pecho moviéndose despacio. Tenía la mano apoyada sobre mi cadera, sin apretar, solo posada ahí como si fuera su lugar natural.

Estoy enamorado de este hombre.

No era la primera vez que lo pensaba, pero esa noche tenía un peso diferente. Como si la experiencia que acabábamos de compartir hubiera hecho la certeza más sólida en lugar de más complicada. Como si verlo así —nuestro rey, lo habíamos llamado entre nosotros sin ponernos de acuerdo, mientras nos follaba por turnos sobre la alfombra— me lo hubiera explicado mejor que ninguna conversación.

Quedamos en que Luca volvería.

Y yo ya sé cuál será mi respuesta.

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Comentarios(9)

DiegoBs

increible relato!!! me dejaste con ganas de mas

LucasNocturno

Que dinamica mas interesante entre los tres, nunca lo hubiera imaginado asi. Espero que haya segunda parte por favor

ManuelBsAs

Se me hizo corto, cuando queres ya termino. Muy bueno

JaviNocturno

me recordo a una situacion parecida que vivi, aunque no llego tan lejos jajaja. Muy bien escrito

MikeDelRio

La forma en que esta narrado es genial, se siente que lo vivis con el protagonista. Sigue subiendo!

PazNocturna

Tremendo giro el de la cena... no me lo esperaba para nada

sergio_lect

excelente!!! gracias por compartirlo

GabrielNochero

Buenisimo el planteo de la historia, tiene mucho morbo sin ser burdo. Saludos desde Cordoba

NicoLector

Por favor continua, quede enganchado desde el principio hasta el final

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