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Relatos Ardientes

La noche que Rodrigo invitó a su ex a cenar

Con Rodrigo llevábamos dos años juntos, y en ese tiempo aprendí que con él siempre decía que sí. No era debilidad —era amor, o algo tan parecido que la diferencia me importaba poco. Me enamoré de su forma de hablar, de cómo me miraba cuando le contaba algo, de que nunca me daba razones para dudarlo.

La idea llegó despacio, como llegan las cosas que Rodrigo sabe que necesitan tiempo. No fue una propuesta directa al principio: fue una insinuación, luego una pregunta, luego una conversación que empezamos a tener de noche, en la cama, cuando la oscuridad hace que todo parezca más manejable. Hablaba de incluir a alguien más. No cualquiera: un ex, un hombre que los dos conocíamos de alguna manera. Yo escuchaba, sentía que debería decir que no, y sin embargo no lo decía.

Entendí, con el tiempo, lo que Rodrigo quería. Lo entendí de verdad, sin juzgarlo: quería a alguien que estuviera disponible para los dos, un círculo pequeño y cerrado donde todos se conocieran y nadie pidiera más de lo que podía dar. Yo era su novio, eso no estaba en cuestión. Pero había algo en él que quería más, y yo lo amaba demasiado para no escucharlo.

Acepté.

Un martes a última hora me escribió: «Hoy viene Marco. A las ocho.» Tuve el resto de la tarde para prepararme, aunque no sé muy bien para qué me preparé. Cuando llegaron las ocho en punto y sonó el timbre, abrí la puerta yo, porque Rodrigo estaba terminando de cocinar algo en la cocina, y me quedé un segundo mirando al hombre que estaba en el umbral.

Marco era alto, de mandíbula marcada y una postura que daba la impresión de que el espacio se adaptaba a él y no al revés. Francés, de Nantes, aunque llevaba tres años viviendo aquí trabajando como arquitecto. Guapo de una manera directa, sin esfuerzo aparente, con los ojos claros y una sonrisa que tardó un poco en llegar pero que cuando llegó era de verdad.

—Tú debes ser Sebastián —dijo, extendiendo la mano.

—El mismo —respondí.

Cenamos los tres. Rodrigo había preparado pasta, abrió una botella de vino tinto que guardaba para ocasiones que merecieran la pena, y la conversación fluyó de una manera que no esperaba. Marco y Rodrigo hablaban de cosas que yo no compartía —un viaje a Lisboa, personas que habían conocido juntos, una anécdota en un bar de Berlín que los dos recordaban diferente—, pero Marco sabía incorporarme.

Tenía esa habilidad: en un momento desvió la conversación hacia mí, preguntó por mi trabajo, por mis ideas, y escuchó de verdad. No de la forma en que la gente finge interés mientras espera su turno para hablar. Escuchó.

Brindamos tres veces sin decir por qué. No hacía falta.

Fui a buscar agua a la cocina en algún momento entre el postre y el café, y cuando volví me detuve en el umbral sin que ninguno de los dos me viera. Marco tenía la mano apoyada en el muslo de Rodrigo. Era un gesto tranquilo, sin urgencia, de los que nacen de la costumbre: el cuerpo que recuerda dónde se sentía bien. Rodrigo no se movió, pero tampoco se acercó. Solo hablaban.

Y sin embargo yo sentí algo que reconocí antes de poder nombrarlo. Celos. Limpios, nítidos. Celos de alguien que sabe cosas de mi novio que yo no sé.

Entré sin decir nada y Rodrigo me notó de inmediato. Siempre me nota. Se levantó, me tomó de la muñeca con suavidad, y me llevó al centro de la sala donde teníamos puesta la música: una trompeta lenta sobre un fondo de piano, algo que él había elegido esa tarde.

Me abrazó desde atrás. Me besó en el cuello, luego me dio la vuelta y me besó en la boca, despacio, con toda la intención del mundo. Un beso para el que no tenía que cerrar los ojos porque ya los tenía cerrados.

—Tú eres mi novio —me dijo al oído, en voz baja—. El que se coge Marco esta noche eres tú, pero mi novio eres tú. No lo olvides.

No necesité más.

***

Marco se acercó sin prisa. Rodeó a Rodrigo con los brazos desde atrás, y los tres quedamos de pie en el centro de la sala, adaptando el ritmo de unos al de los otros. Era raro y no era raro: extraño hasta que dejó de serlo, que es como suele funcionar todo lo que vale la pena.

Bailamos. Rodrigo entre los dos, yo frente a él, Marco a sus espaldas. En algún momento Marco me besó en el cuello desde un lado, y el contacto fue tan directo, tan sin aviso, que se me escapó un gemido y sentí cómo se me endurecía la polla contra la pierna de Rodrigo. Él lo notó de inmediato: bajó la mano, me apretó por encima del pantalón y me susurró al oído «ya estás duro, mi amor». Marco también lo notó, porque metió la mano entre nuestros cuerpos y me apretó el bulto por el otro lado, con dos manos distintas encima de mí al mismo tiempo. Rodrigo nos miraba. Sonreía de esa manera suya que es media sonrisa y media pregunta.

Nos dejamos caer sobre la alfombra de la sala. Fue una decisión sin palabras: los cuerpos simplemente se fueron bajando hasta el suelo, sin apuro, sin que nadie diera una señal. La luz seguía encendida pero baja, y la música seguía, aunque en algún momento de la noche dejé de escucharla.

Rodrigo quedó entre los dos, y fue natural: Marco y yo nos dedicamos a él. Le fuimos quitando la ropa pieza por pieza, despacio, sin competir, como si hubiéramos ensayado. La camisa primero. Luego el cinturón, los pantalones. Al final lo vimos desnudo sobre la alfombra y los dos nos quedamos un momento mirándolo, cada uno desde un ángulo diferente. La polla de Rodrigo estaba dura contra su vientre, gruesa, la punta ya brillante de líquido preseminal. Marco soltó un silbido bajo, casi para sí mismo.

—Sigue siendo la polla más rica que le he mamado a nadie —dijo Marco, y me miró—. Ya lo vas a comprobar tú también, esta noche.

Rodrigo tiene un cuerpo que me sigue sorprendiendo dos años después. Pecho ancho, vello oscuro en el esternón, piernas fuertes y largas. Marco le pasó la palma de la mano por el abdomen, con calma, hasta cerrarla alrededor de la verga. Empezó a masturbarlo lento, con la muñeca girando en la punta, como quien conoce el manual. Yo me incliné y me la metí en la boca hasta donde pude, sintiendo el peso caliente contra la lengua, la vena gruesa por debajo, el sabor salado de lo que ya empezaba a soltar.

Nos alternamos sin coordinarlo, sin hablarlo: uno lo sostenía por la base mientras el otro se la tragaba, y luego cambiábamos. Cuando Marco chupaba, yo bajaba a los huevos de Rodrigo y se los lamía uno por uno, me los metía en la boca con cuidado y sentía cómo se le tensaban contra el cuerpo. Cuando yo chupaba, Marco me abría la boca con dos dedos y escupía saliva sobre la polla de Rodrigo para que yo la tomara más profunda. Rodrigo nos agarraba a los dos del pelo, sin apretar, solo guiando, y soltaba jadeos cortos, esa respiración suya que solo aparece cuando está concentrado en no correrse todavía. La conocía. Sabía lo que significaba.

—Con calma, cabrones —murmuró Rodrigo, echando la cabeza hacia atrás—. Que quiero durar.

Marco besaba bien. Lo descubrí cuando se inclinó hacia mí en un descanso y me besó en la boca, con la polla de Rodrigo todavía entre los dos, la punta rozándonos las mejillas. Fue un beso preciso, informado, de alguien que sabe exactamente cuánta presión usar y cuándo aflojar. Sentí su lengua meterse en mi boca y llevarse el sabor de mi novio, mezclándolo con el suyo. No competí con eso. Lo acepté. Le mordí el labio inferior y él sonrió contra mi boca.

Rodrigo abrió los ojos y nos miró a los dos.

—Marco —dijo—, cómete a mi novio entero. Lámele todo. Que se moje bien para mí.

Y a mí:

—Tú hazme lo mismo. Con la lengua. Sin dejarte nada.

Marco empezó por mi cuello. Bajó lentamente: el pecho, chupándome los pezones uno a uno hasta dejármelos duros y enrojecidos, mordiéndolos justo hasta el punto en que dolía y hacía bien al mismo tiempo. El abdomen, el hueso de la cadera, la ingle. Cuando llegó a mi polla la pasó de largo a propósito, me besó los muslos por dentro, y solo entonces subió y se la tragó entera de un solo movimiento, hasta la base, sin respirar. Sentí su garganta apretándome la punta y tuve que morder la alfombra para no correrme ahí mismo. No hay manera de prepararse para eso. Solo se puede recibirlo.

Y siguió bajando. Me abrió las piernas con las dos manos, me las echó contra el pecho, y me pasó la lengua por el culo de arriba abajo, lento, ancho. Se lo comió como si tuviera hambre, hundiendo la cara contra mí, metiéndome la lengua, chupándome el agujero hasta que empecé a temblar. Escupió y siguió. Un dedo primero, luego dos, curvándolos, buscando ese punto por dentro que me hizo abrir los ojos.

—Este chico está apretadísimo —le dijo a Rodrigo, sin sacar los dedos—. ¿Lo tienes bien guardado, eh?

—Solo para mí —dijo Rodrigo.

—Esta noche también para mí —contestó Marco, y volvió a bajar la boca.

Yo me concentré en Rodrigo, como me había pedido. Le besé el pecho, el vello del esternón, cada costilla una por una. Le lamí los pezones, se los mordí despacio, y él me clavó los dedos en la nuca. Bajé por el abdomen, por los muslos, por el hueso de la cadera. Le pasé la lengua por los huevos otra vez, uno por uno, y luego más abajo, por el perineo, hasta donde sabía que le gustaba que llegara. Le levanté las piernas como Marco me había levantado las mías y le comí el culo con la boca abierta, sin pudor, mientras él soltaba una palabrota en voz baja y me agarraba del pelo con las dos manos.

Le besé las plantas de los pies, algo que sé que le gusta aunque rara vez lo pide. Le besé las axilas, el cuello, la mandíbula. Para cuando volví al centro de su cuerpo su verga estaba goteando pre-semen contra el vientre y él ya no tenía paciencia, y yo tampoco la tenía.

Marco se apartó un momento, sacó un preservativo y un frasco de lubricante del pantalón que había dejado a un lado, y le pasó las dos cosas a Rodrigo. Rodrigo se puso el condón despacio, mirándome. Se echó lubricante en la polla y me embadurnó a mí con dos dedos, entrándomelos hasta el fondo con un movimiento seguro, girándolos, abriéndome.

Me senté sobre él. Despacio, con cuidado, adaptándome a ese primer momento que siempre toma un segundo más de lo que uno espera. Sentí la cabeza gruesa forzando la entrada, el ardor conocido, el instante en que el cuerpo cede y lo deja pasar. Bajé hasta el fondo con un gemido largo, hasta sentir sus huevos contra el culo. Rodrigo me sostuvo de las caderas y no se movió hasta que yo empecé a moverme. Entonces cerró los ojos y empezó a embestir desde abajo, en tiempos cortos, precisos, dándome con la polla justo donde sabía.

—Así, mi amor —le dije, más para mí mismo que para él—. Así, papi, más fuerte.

Marco se arrodilló frente a Rodrigo y se la ofreció. Se había quitado toda la ropa en algún momento y tenía una polla larga, un poco curvada, cortada. Rodrigo la aceptó sin abrir los ojos, solo abriendo la boca. Marco lo tomó de la mandíbula y empezó a follársela despacio, empujando hasta el fondo, retirándose, volviendo a empujar. Yo cabalgaba a Rodrigo mientras Rodrigo se dejaba usar la boca por Marco, y los tres quedamos conectados de esa manera: el movimiento de uno afectando al siguiente, una cadena sin principio claro. Cada empujón de Marco en la garganta de Rodrigo hacía que Rodrigo gimiera con la polla dentro de mí, y esa vibración me subía por dentro hasta la punta de la mía, que rebotaba contra su vientre sin que nadie la tocara.

Hay algo en eso que no encuentro cómo describir. No es solo deseo. Es una especie de intimidad sin bordes, intensa y silenciosa a la vez.

Rodrigo nos pidió que nos pusiéramos en cuatro, uno al lado del otro. Marco a mi izquierda, sobre la alfombra, con esa postura firme de alguien que no tiene nada que demostrar. Rodrigo se puso de pie detrás de nosotros. Cambió el condón, se echó más lubricante, y oí cómo se lo pasaba por la verga con esa mano rápida que conozco de memoria.

Empezó con Marco. Le agarró de las caderas, se la metió de una vez —Marco soltó un gruñido grave que le salió del pecho— y empezó a follárselo con embestidas largas, hondas, que hacían un ruido húmedo cada vez que sus caderas chocaban contra el culo de Marco. Cuatro o cinco minutos, lentos, mientras yo escuchaba la respiración de los dos, los golpes de piel contra piel, y miraba al frente sin saber muy bien adónde poner los ojos. Marco se masturbaba con la mano izquierda mientras Rodrigo lo montaba desde atrás. Luego cambió. Se deslizó hacia mí y entró de golpe, húmedo y cálido desde haber estado con Marco, y el contraste fue exactamente tan intenso como suena. Tuve que apoyar la frente en los antebrazos y soltar un jadeo largo, casi un quejido.

—Qué rico está esto —murmuró Rodrigo detrás de mí, dándome una nalgada que sonó por toda la sala—. Los dos culos abiertos para mí.

Siguió alternando. Marco, yo, Marco, yo. El ritmo era suyo y ninguno de los dos protestamos. Había algo casi hipnótico en esperar: saber que se iba a ir, saber que iba a volver, sentir su ausencia como algo físico que se acumulaba en el vacío. Cuando regresaba era mejor, más profundo, y cada vez me follaba un poco más fuerte, como si la pausa le cargara la carne. En un momento Marco giró la cara hacia mí y nos besamos así, en cuatro, mientras Rodrigo me embestía por detrás, con las lenguas trabándose y la saliva cayéndose entre los dos. Marco alargó la mano y me tomó de la polla, empezó a masturbarme al ritmo de las embestidas de Rodrigo, y yo hice lo mismo con él. Nos masturbamos el uno al otro mientras mi novio nos usaba a los dos por turnos.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. El reloj estaba al otro lado de la sala y nadie lo miraba.

Cuando Rodrigo notó que estaba cerca, salió de mí, se quitó el condón de un tirón y nos ordenó que nos pusiéramos los dos de rodillas frente a él. Nos pusimos los dos de rodillas y lo terminamos con la boca. Le turnábamos: Marco lo agarraba de la base y yo se la mamaba, luego yo la sostenía y Marco se la tragaba hasta la garganta. Al final nos la pasábamos entre los dos, con las lenguas juntas por debajo de la cabeza, y Rodrigo se masturbaba encima de nosotros marcando el ritmo hasta que llegó al límite. Cuando llegó nos miró a los dos —un segundo, nada más, pero largo— y eyaculó sobre nuestras caras, chorros gruesos y calientes que nos cayeron en la boca, la mejilla, la frente. No fue obsceno. Fue íntimo, de una manera que no había anticipado. Marco y yo nos besamos con su semen entre los labios, pasándonoslo el uno al otro sin pensarlo, tragándonoslo.

Luego se sentó en la alfombra y nos pidió que nos masturbáramos sobre él. Lo hicimos los dos arrodillados a su lado, sin apuro, la polla en la mano, mientras Rodrigo nos miraba alternativamente y nos hablaba en voz baja: «así, para mí, corranse encima de mí los dos». Marco se corrió primero, con un gemido corto y contenido, soltando chorros blancos sobre el pecho de Rodrigo. Yo aguanté unos segundos más y me corrí encima, mezclando mi corrida con la suya en la piel de mi novio. Rodrigo quedó de espaldas, con los ojos cerrados, con el pecho brillando de semen de los dos, y esa sonrisa pequeña que solo le he visto en los momentos que más le importan.

***

Nos quedamos dormidos en la alfombra, los tres enredados. Marco estaba a la derecha de Rodrigo, yo a su izquierda. Rodrigo tenía un brazo sobre cada uno. En algún momento de la madrugada alguien se movió hacia la habitación y terminamos en la cama, aunque no recuerdo muy bien cómo llegamos.

A la mañana siguiente Marco se fue temprano. Tenía trabajo, dijo, aunque creo que simplemente sabía cuándo era el momento de irse. Tiene esa clase de discreción. En la puerta le dio a Rodrigo un abrazo que duró lo justo, me estrechó la mano, y dijo que había sido una noche que merecía la pena. Luego bajó las escaleras y desapareció.

Rodrigo cerró la puerta y se quedó mirándola un segundo. Luego se giró hacia mí.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy bien —dije.

Era verdad. Estaba bien de una manera que no esperaba estar, que es el tipo de bien que más sorprende.

Quedamos en repetirlo, aunque sin fecha concreta. Con Rodrigo aprendí que las cosas buenas no se fuerzan: suceden cuando suceden, y lo que vale la pena siempre espera.

La noche con Marco no cambió lo nuestro. Lo completó, por unas horas, y a la mañana siguiente seguimos siendo los mismos dos. Su mano sobre la mía en el desayuno, el café que siempre prepara demasiado cargado, la costumbre de no hablar mucho hasta pasado el mediodía. Todo lo mismo.

Solo que yo lo miraba y seguía viendo al hombre del que me había enamorado. Eso no cambia tan fácil.

Todavía estoy enamorado.

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Comentarios(9)

Damian_BsAs

Tremendo relato!!! me engancho desde el principio

Lautaro_V

Por favor que haya segunda parte, no podes dejarnos asi

Memo1987

Me recordo a algo parecido que me paso hace años. Los celos son una cosa rara, a veces no sabes bien que queres sentir. Muy bien escrito.

MarceloGBA

Buenisimo, se hizo cortisimo

NachoBCN

Y al final que paso con Marco? quedan flotando las cosas jajaja

LectorEnCelos

Me encanto como describis esa mezcla de emociones. Se siente muy real.

Gonzalo_Vcba

La tension de esa escena... mortal!

ClaudioRa

Excelente, sigue escribiendo que tenes mucho talento para esto

ElPacho_82

Esperaba algo distinto pero me sorprendio gratamente. Recomendado

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