Desperté desnudo en la cama de mi rival
Lo primero que notó Andrés al abrir los ojos fue el techo. No era el suyo. El suyo tenía una grieta fina que cruzaba la esquina desde hacía dos años; este techo era liso, blanco y completamente ajeno. Lo segundo que notó fue el dolor de cabeza.
Se incorporó despacio. La persiana dejaba pasar franjas de luz que le cortaron los ojos como cuchillas. Estaba en una cama doble, cubierto solo por una sábana revuelta. Cuando la levantó lo confirmó: ni camiseta, ni pantalón, ni nada. Cerró los ojos y trató de ordenar los fragmentos de la noche anterior.
Una fiesta. La había organizado alguien del segundo año, en un piso del centro. Había bebido demasiado. Había visto a Mateo. Por supuesto que había visto a Mateo. Mateo siempre estaba en los mismos sitios, con esa sonrisa que a Andrés le ponía los nervios de punta, rodeado de gente que se reía de sus chistes y lo miraba como si fuera lo mejor que habían visto en toda la semana.
Habían discutido. Eso también lo recordaba. Y lo demás era borroso.
Se vistió en silencio, abrochándose los botones despacio para no hacer ruido. Desde algún punto del piso llegaban sonidos de la cocina, el tintineo de una taza, el grifo abierto. Andrés recorrió el pasillo de puntillas, agarró el picaporte de la puerta de entrada y lo giró con cuidado.
—¿Ya te vas?
La voz lo detuvo. Se dio la vuelta.
Mateo estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina. Llevaba solo unos bóxers oscuros y unas chanclas de goma. El pelo revuelto, los brazos cruzados sobre el pecho. Su cuerpo atlético captaba la poca luz que entraba desde el pasillo y Andrés apartó la vista de inmediato.
—Sí —respondió—. Gracias por dejarme dormir aquí.
—¿No vamos a hablar de lo que pasó? —dijo Mateo con una sonrisa que no era inocente.
—No pasó nada —dijo Andrés, con más seguridad de la que sentía—. Estaba borracho y tú no me dejaste irme en ese estado.
—Eso es verdad —admitió Mateo—. Pero me parece que hay partes de la noche que quizás deberías conocer.
—Mateo. —Andrés apretó la mano en el picaporte—. No ha pasado nada que necesite que me expliques.
Mateo se apartó del marco y dio un paso hacia él, lento.
—¿Estás incómodo por lo que pasó, o por lo que no pasó?
Andrés no respondió. Abrió la puerta y salió al rellano. Esperó el ascensor mirando los números sobre las puertas metálicas, pero el aparato estaba abajo y no tenía ganas de esperar. Bajó por las escaleras.
Cuando pisó el último peldaño, oyó la voz de Mateo llegando desde arriba, sin ninguna prisa.
—El que calla, otorga.
Andrés salió a la calle sin mirar atrás.
***
El coche estaba donde Mateo le había dicho: al final de la calle, entre un utilitario gris y una furgoneta blanca. Andrés buscó las llaves en el bolsillo y no las encontró. Cerró los ojos. Volvió a buscar. Nada.
Tuvo que pulsarle el telefonillo.
—Creí que no nos veríamos hasta el lunes —respondió Mateo desde el interfono, con esa calma que siempre sonaba a burla.
—Me he dejado las llaves.
—Te las bajo.
Dos minutos después la puerta del portal se abrió. Mateo se había puesto unos vaqueros y una camiseta blanca. Le entregó el llavero sin decir nada, dejándolo caer en la palma de Andrés para no rozarle los dedos. El gesto fue deliberado. Andrés lo notó.
—El coche está en aquella esquina —dijo Mateo, señalando hacia el final de la calle.
—Ya sé. —Andrés hizo amago de irse, pero se detuvo—. Gracias. Por lo de anoche. En serio.
—No me lo agradezcas todavía. —Mateo sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario—. Me hubiera gustado que te quedaras a desayunar.
Y sin añadir nada más, volvió a meterse en el portal.
***
La nota estaba en el asiento del conductor. Un papel doblado en cuatro, con la letra apretada y ordenada de Mateo:
«De nada por limpiar el interior. No hace falta que me lo pagues.»
Andrés se quedó sentado con el papel en la mano durante un rato. No había rastro de nada. El coche olía a limpio, a esa fragancia genérica de los sprays de interior. La noche anterior había vomitado, eso lo recordaba vagamente, pero todo lo demás seguía en blanco.
Algo no encajaba. Mateo nunca hacía favores. Mateo era el tipo que le robaba las mejores notas, la atención de los mejores profesores, los tíos que más le habían interesado. Mateo era su rival desde el primer día que pisaron la misma aula, y en tres años nunca había dado un centímetro sin exigir algo a cambio.
Y ahora le había limpiado el coche.
Sacó el móvil y marcó el número de Valeria.
—¡Por fin das señales de vida! —exclamó ella al coger—. ¿Dónde te metiste anoche?
—Necesito que me cuentes qué pasó. Tú, Raquel y yo, hoy, lo antes posible.
—¿Qué pasó? Pues que te emborrachaste. Que le gritaste a Mateo delante de todo el mundo. Le dijiste que te arruinaba la vida cada vez que le gustaba alguien que a ti también te había gustado. —Una pausa—. Fue bastante espectacular, la verdad.
—¿Y después?
—Después os perdisteis los dos. Vi que ibais hacia el baño. Mateo volvió solo al cabo de un rato y dijo que te había metido en un taxi.
—Esta mañana me he despertado en su cama. Sin ropa.
El silencio duró exactamente tres segundos.
—¿Por qué no has empezado por ahí?
—Porque primero necesito saber qué pasó antes del baño.
—Andrés. Lo único que sé es lo que vi desde fuera. Para lo del baño tendría que haberte seguido dentro, y el baño era de chicos.
Andrés colgó. Miró por el parabrisas hacia el portal de Mateo durante un momento. Luego buscó en los contactos el nombre de Sebastián.
***
—Seba. Necesito que me cuentes qué viste anoche en el baño.
—Buenos días para ti también —respondió Sebastián, con voz de recién despertado.
—Seba.
—Andrés, te lo juro que no puedo. Mateo me pidió que no dijera nada.
—Yo estaba allí. Cuéntame, o le digo a Valeria que llevas seis meses intentando pedirle su número y no te atreves.
Una pausa larga.
—Eso es chantaje.
—Seba.
—Está bien. —Otro silencio, más breve—. Entré al baño y os vi. Tenías a Mateo apoyado contra los lavabos. Le estabas besando. Con bastante... entusiasmo. Él no se apartaba. Cuando empujaste la puerta de uno de los cubículos, él frenó. Se fue hacia la máquina de condones y entonces me vio a mí, parado en la entrada como un idiota. Me pidió que me fuera y que no dijera nada.
Andrés sintió que la sangre le subía a la cara.
—Entonces sí pasó algo —dijo—. Y me mintió.
—Andrés. —La voz de Sebastián era más calmada que la suya—. Cuando entré, tú eras el que llevaba la iniciativa. Él estaba apoyado en los lavabos. Parecía que no quería que parara.
Andrés colgó. Salió del coche, cerró la puerta sin prestar atención, y se dirigió al portal de Mateo.
***
Llamó al telefonillo dos veces seguidas. Mateo abrió sin preguntar.
Tres pisos más arriba, la puerta del apartamento estaba entreabierta. Andrés la empujó y entró. Mateo estaba en la cocina, apoyado en la encimera con los brazos cruzados, como si lo hubiera estado esperando.
—Sé lo que pasó —dijo Andrés, antes de que Mateo pudiera hablar—. Sé lo del baño. Y sé que me dijiste que no había pasado nada, y era mentira.
Mateo no negó nada. Lo miró en silencio durante un momento.
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad. ¿Me besaste tú a mí, o te besé yo a ti?
—Las dos cosas, dependiendo del momento.
Andrés apretó los dientes.
—¿Y el condón?
—No llegué a cogerlo. Sebastián entró en ese momento. Me pareció mejor parar. —Mateo hizo una pequeña pausa—. Y a ti también te pareció bien, aunque no lo recuerdes.
—¿Por qué me dijiste que no había pasado nada?
—Porque no sabía si querías que yo te lo contara. Porque estabas borracho cuando empezó. —Mateo se encogió de hombros—. Y porque no quería que te sintieras obligado a nada.
Andrés se quedó mirándolo.
—¿Por qué llevas tres años quitándome a todos los tíos que me interesan?
—No te los quito. Salgo con quien me apetece.
—Cada vez que hay alguien que me gusta, de repente también te gusta a ti. Como si tuvieras un radar.
Mateo lo miró en silencio un momento. Algo cambió en su expresión, algo que Andrés no supo leer del todo.
—Quizás el radar funciona al revés —dijo al fin.
—¿Qué significa eso?
—Significa que quizás no te quito a los tíos que te gustan. Quizás me gustan los mismos que a ti porque tenemos el mismo gusto. —Hizo una pausa breve—. Y quizás eso tiene algo que ver con que llevemos tres años sin poder ignorarnos.
Se hizo un silencio. Desde la ventana llegaba el ruido sordo de la calle.
—Anoche me dijiste que llevabas más de ocho meses sin estar con nadie —dijo Mateo.
—Estaba borracho.
—Lo sé. —Se apartó de la encimera, dio un paso—. También me dijiste que yo era el único de la clase que merecía la pena.
—Estaba muy borracho.
Mateo se rio. Una risa corta, sin burla.
—Andrés. Sé que no me soportas. Sé que nuestras discusiones en clase te sacan de quicio. Pero anoche, cuando ya no te quedaba control ni filtro, me dijiste algo que me quedé pensando toda la noche.
—¿Qué cosa?
—Que eras mejor gracias a mí. Que competir conmigo era lo único que te hacía esforzarte de verdad.
Andrés abrió la boca. La cerró.
Mierda.
—Voy a irme —dijo.
—De acuerdo.
Pero Andrés no se movió.
La cocina era pequeña. Entre los dos no había más de metro y medio. El sol de mediodía entraba por la ventana y hacía que todo pareciera más quieto de lo normal.
—¿Qué pasaría si me quedara? —preguntó en voz baja, sin mirarlo.
Mateo tardó en responder.
—Supongo que desayunaríamos. Y hablaríamos. Sin gritar, por primera vez.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Andrés lo miró. Mateo lo miró. Ninguno de los dos se movió.
—Una pregunta —dijo Andrés.
—Dime.
—Ayer, en el baño. Cuando Sebastián entró y parasteis. ¿Querías que parara?
Mateo tardó exactamente un segundo.
—No.
***
Más tarde, cuando Andrés ya se había ido y el apartamento volvió al silencio, Mateo se sentó en el sofá y cogió el móvil. Sebastián contestó al segundo tono.
—Ha ido mejor de lo esperado —dijo Mateo.
—¿Se quedó a desayunar?
—Casi dos horas. —Una pausa—. Seba. No le cuentes lo otro.
—¿Lo otro siendo que llevas enamorado de él desde que teníais dieciséis años y por eso os pusisteis a competir en todo?
—Exacto.
—Mateo. Eso tendrás que contárselo tú.
—Ya lo sé. Pero todavía no.
Sebastián suspiró al otro lado del teléfono.
—Eres idiota —dijo—. Pero un idiota con suerte.
Mateo colgó y se quedó mirando el techo. Años compitiendo, discutiendo, provocándose. Todo para que Andrés lo mirara como lo había mirado esa mañana, en la cocina pequeña y llena de luz: sin saber bien qué sentía, pero sin poder irse.
A veces la rivalidad es la forma más honesta de decir algo que todavía no se puede nombrar.