El actor que daba clases de gimnasia en la academia
Barcelona tenía un olor que no se parecía al de ninguna otra ciudad. No era solo el rumor del tráfico ni el polvo que parecía quedarse colgado del aire de septiembre. Era una mezcla de mar tibio, prisa nerviosa y esa certeza inquietante de que cualquier cosa podía pasarte si aprendías a moverte en el momento justo.
Salí del metro con la mochila al hombro y la carpeta apretada contra el pecho. Caminaba despacio, sin correr, asegurándome de que mis pasos sonaran con un ritmo firme. Llevaba demasiado tiempo esperando esa oportunidad como para llegar dudando.
Siempre fui consciente de mi cuerpo. No por vanidad, sino por intuición. Sabía cuándo una mirada se quedaba prendida en mí más de la cuenta. Sabía cuándo alguien se giraba al pasar. Sabía qué provocaba sin necesidad de preguntar, y sabía además que ese gancho podía abrirme puertas en la carrera de actor que llevaba años persiguiendo. También sabía quién era. Ser gay nunca me había confundido. Lo asumí pronto y lo viví con calma. Mis amigos más cercanos llevaban años sabiéndolo. Pero aquel mundo nuevo en el que entraba era otra cosa. Cada gesto podía convertirse en un rumor, cada rumor podía costarme un papel, y yo no estaba dispuesto a dejar que nada se cruzara en mi camino.
Crucé el umbral de la academia con la sensación clara de que aquel sitio era un terreno por conquistar.
El edificio tenía algo antiguo y elegante al mismo tiempo. Pasillos largos, suelos de madera gastada por décadas de pisadas, fotografías enmarcadas de actores que habían pasado por allí antes. Rostros conocidos que ahora miraban desde las paredes como si vigilaran al recién llegado.
El gimnasio estaba al fondo. Esa era mi primera clase. Gimnasia escénica, decía el horario.
Cuando empujé la puerta, el calor acumulado me golpeó de inmediato. Aire denso, olor a cera del suelo, esa humedad pegajosa que queda después de horas de cuerpos trabajando.
Entré con el resto del grupo, observándolo todo sin parecer que observaba. Y entonces lo vi. Al principio fue solo una espalda. Ancha, esculpida, con la camiseta tensándose sobre unos hombros que parecían dibujados con compás. Brazos que parecían recortados de una estatua clásica. Estaba hablando con alguien, inclinado hacia delante, apoyando el peso en una sola pierna. Había algo en su manera de moverse que atrapaba la atención sin hacer ruido. Cuando se giró, el reconocimiento me cayó encima como un golpe seco.
Rodrigo Vallejo. No era una confusión. No era alguien que se le pareciera. Era él. El actor que llenaba portadas y series. Y, por lo visto, también iba a ser mi profesor de gimnasia escénica.
A mi alrededor sentí un murmullo bajo, un par de codazos contenidos, pero nadie se atrevió a decir nada en voz alta. Él tampoco hizo ningún gesto. No parecía interesado en sorprendernos.
—Vamos a empezar —dijo.
Su voz tenía un peso especial. Grave, limpia, directa. De esas voces que te obligan a escuchar aunque estuvieras pensando en otra cosa.
Empezamos con el calentamiento. Carrera suave, estiramientos largos que iban abriendo el cuerpo despacio. Yo seguía el ritmo sin dificultad. Sentía el sudor aparecer pronto en la piel, pegando la camiseta al torso, marcando la línea del pecho contra la tela. El espejo ocupaba toda una pared. Me vi reflejado mientras trotaba en el sitio: hombros tensos, vientre firme, respiración profunda. Me gustaba lo que veía. Pero mi atención no estaba realmente en mí. Estaba en él.
En cómo caminaba entre nosotros, evaluando cada movimiento con una concentración silenciosa. En cómo se detenía frente a algún alumno y le corregía la postura con gestos breves y firmes.
Cuando llegó hasta mí, lo supe antes de verlo. Sentí su presencia detrás. Una sombra cercana, una temperatura nueva.
—Detente un momento —su voz sonó justo a la altura de mi nuca.
Me quedé quieto. Noté sus manos en mi espalda. Firmes, calientes, con una seguridad que no dejaba sitio a la duda. Sus dedos se apoyaron entre los omóplatos, presionando hasta obligarme a rectificar la postura.
—Aquí estás cargando tensión —murmuró.
Su voz estaba demasiado cerca.
Inspiré profundo, siguiendo la indicación. El pecho se abrió, los hombros descendieron. Sentí cómo la palma de su mano se deslizaba apenas unos centímetros hacia abajo, recorriendo la línea de la columna con una presión sostenida.
—Relaja —añadió.
Su aliento me rozó la parte alta del cuello. El contacto duró un segundo más de lo necesario. Un segundo largo. Cuando retiró las manos, su calor quedó flotando sobre mi piel y el vello se me erizó de un golpe. Una pequeña erección empezaba a tomar forma bajo el pantalón corto.
El entrenamiento siguió, pero algo había cambiado dentro de mí. Cada vez que se acercaba a otro alumno mi atención se desviaba sin querer hacia él. No solo por lo que hacía, también por cómo lo hacía. La precisión. La calma. La manera en que su cuerpo parecía saber exactamente dónde colocarse en cada momento.
El sudor empezó a bajarme por la espalda con más intensidad. La camiseta se pegaba al torso como una segunda piel.
Cuando los demás terminaron y empezaron a recoger sus toallas, yo seguía estirando en silencio. Necesitaba unos minutos más para bajar el pulso.
—Tú.
Levanté la cabeza. Me miraba directamente, desde el otro extremo del gimnasio.
—Quédate un momento.
La puerta se cerró tras el último compañero, dejando la sala en un silencio espeso.
Rodrigo se acercó con la misma calma de antes.
—Tienes buen control —dijo.
Se colocó detrás de mí. Sentí su cercanía antes de sentir sus manos.
Esta vez el contacto fue más lento. Más deliberado. Sus palmas se apoyaron en mis hombros y descendieron despacio por la parte alta de la espalda, presionando con firmeza mientras buscaban los puntos de tensión. El calor de sus manos atravesó la tela húmeda. Me recorrió entero.
—Respira profundo.
Obedecí.
El aire entró lento en mis pulmones, mezclándose con el calor del ambiente. Sus dedos siguieron el recorrido, dibujando una línea pausada hacia el centro de la espalda.
El silencio se volvió pesado. Difícil de ignorar. Sentí su pecho casi tocando mi espalda, a escasos centímetros. Su respiración rozaba la base de mi cuello. Giré la cabeza apenas lo suficiente. Nuestras miradas se encontraron en el espejo. No hubo palabras. No hicieron falta. El aire estaba cargado, caliente, denso, como si el propio gimnasio respirara con nosotros.
Fue él quien se movió primero. No con brusquedad. Con la misma seguridad de antes. Se inclinó apenas, lo justo para acortar la distancia. Cuando sus labios tocaron los míos, el contacto fue firme, húmedo, lleno de una urgencia contenida. El beso fue directo. Su boca presionó la mía con decisión, y cuando su lengua buscó la mía sentí una descarga de calor recorrerme entero, desde el pecho hasta el vientre. Respondí sin pensar. Sin medir. Mis manos subieron por instinto hasta su cuello, sujetándolo con fuerza mientras el beso se volvía más profundo, más lento, más caliente. El sabor del sudor, del aire caliente, de su respiración mezclándose con la mía, todo se volvió intenso, casi abrumador.
Empecé a acariciarle la barba, recortada pero densa. Lo miré a los ojos y me sonrió de medio lado. Le saqué la camiseta de deporte y observé cómo el vello le bajaba en línea ordenada desde el pecho hasta el ombligo, como si alguien lo hubiera dibujado a propósito.
Lo acaricié con auténtico deleite hasta llegar al elástico de las mallas que le cubrían los muslos. Ya no sabía con qué iba a encontrarme dado el prodigio de hombre que tenía delante. Deslicé hacia abajo las mallas y el calzoncillo de una sola vez.
De golpe me topé con su polla dura. Asomaba entre el vello una pieza oscura, recorrida por venas marcadas y de un grosor que pedía manos. La acaricié, la sopesé, jugué con los huevos pesados que la acompañaban, y volví a su cara para besarlo. Él me abrazó y me alzó contra su regazo hasta colocarme a la altura justa para que nuestras lenguas siguieran encontrándose.
—Eres una delicia —me dijo.
—Y tú un dios bajado del Olimpo —contesté.
—Voy a tumbarte en el suelo. Quiero desnudarte.
Me tumbó en el suelo sin sacarme la lengua de la boca. Bajó luego por mi cuello, y volvimos a un juego lento de lenguas que se buscaban y se atrapaban. Hubo un instante en que su lengua se rindió a la mía y empecé a chuparla y a succionarla. Después siguió quitándome la camiseta y el pantalón corto, dejándome solo con un slip blanco.
Verlo encima de mí me excitaba sin medida. Lo atrapé entre mis piernas para que toda mi piel disfrutara de aquel cuerpo viril, colosal, y hundí la cara en su barba para que me lamiera, para que me cobijara. Qué labios, qué lengua, qué humedad. Me detuve un momento a saborearlo mientras el calor de su cuerpo me arropaba. Notaba su polla, grande y endurecida, presionando entre los dos.
—Déjame que te bese y te lama entero. Déjame disfrutar de ti.
—Haz lo que quieras conmigo.
Invertimos posiciones y me monté sobre él. Le acaricié el pecho, le olí los sobacos, le mordí los pezones, y fui bajando hasta el ombligo. Le metí la lengua en el hoyuelo y seguí bajando hasta encontrar de nuevo su miembro endurecido y mojado. Lo lamí, lo besé, bajé hasta los huevos para inhalar su olor y continué acariciando los muslos y las pantorrillas firmes.
Rodrigo me pidió que me pusiera a cuatro patas. Quería disfrutar de mi culo, y lo hizo. Me di la vuelta dejando a la vista el espectáculo que él esperaba. Redondo, blanco, sin un solo pelo.
Se lanzó como un perro a olerme. Me abrió las nalgas para mirar el ojal rosado y, sin contener las ganas, empezó a lamerlo arrancándome gemidos que retumbaron en el gimnasio vacío.
Lamió mi ojete con un placer evidente, me abrió los glúteos para dejar paso a su lengua y me clavó la punta justo en el centro.
—Diosss —grité.
Me dio la vuelta, se abrazó a mí, me besó en la boca y luego bajó hasta mi polla, donde no había rastro de vello, y la lamió con calma.
Me tumbó boca arriba. Me abrió las piernas y me metió uno, dos y hasta tres dedos bien mojados con su saliva. Después se escupió en su polla y la apoyó en el centro de mi culo lampiño. Apuntó al centro y entró. Poco a poco. Lentamente, fue avanzando hasta el final. Yo ya tenía práctica en recibir pollas, aunque el principio siempre escuece un poco.
El coloso estaba dentro de mí. Su cuerpo frente al mío. Veía su cara, cómo se deleitaba con cada embestida, y empezó a follarme despacio.
El dolor fue bajando y el placer subiendo. Cómo disfrutaba, cómo cambiaba la expresión de su cara. Era placer en estado puro.
De pronto Rodrigo se tensó. Sus brazos, sus hombros, sus pectorales y su cuello eran columnas de carne con las venas marcadas como cuerdas. Y empezó a correrse. Cada espasmo de eyaculación le tensaba toda la musculatura, y mientras yo me masturbaba también empecé a correrme. Rodrigo cayó sobre mí y comenzó a besarme con más calma, para luego ir lamiendo mi propia leche, que había salido disparada sobre mi abdomen marcado y lampiño.
—Sabes que nadie puede enterarse de esto, ¿verdad? —preguntó cortante.
—No quiero acabar con mi carrera de actor antes de empezar, así que no, no voy a decir nada —aclaré.
—Sobre todo el director. Él no se puede enterar —dijo con preocupación.
—¿Y quién es el director? —pregunté con curiosidad.
—Eso no te interesa. Solo quiero que esto quede entre tú y yo y que tengas claro que no va a volver a pasar. Yo nunca follo dos veces con la misma persona. Vístete y vete. Mañana nos vemos en clase —dijo serio, mientras recogía su ropa.
Empezamos a vestirnos y a recuperar la misma distancia que había al principio de la clase.
Rodrigo se quedó en el gimnasio. Yo me fui hacia las duchas con la sensación del deber cumplido y de un polvo que ya nadie me iba a quitar. Como mucho, envidiar.