Lo que pasó en el baño del bar esa noche de jueves
Hay fantasías que uno carga durante años sin atreverse a confesarlas en voz alta. Una de las mías era exactamente esa: entrar al baño de un lugar público cualquiera y que un hombre, sin decirme nada, sin preguntarme nada, me cogiera contra la pared como si fuera una cosa suya. No buscaba romance, no buscaba un nombre, ni siquiera una segunda vez. Solo quería ese minuto exacto en el que un desconocido decide que vos vas a ser el agujero de su noche.
Lo pensaba mientras manejaba al centro, atascado en el tráfico de un jueves cualquiera. Había quedado con un amigo en un bar pequeño sobre la calle Echeverría, de esos que tienen luz tibia, tres mesas altas y un mozo que te conoce a la tercera vez. Lo llaman Maderna y se llena de gente que sale tarde de oficinas cercanas. Yo iba con la idea de tomarme dos cervezas y volver a casa, pero antes de sentarme me metí al baño porque venía aguantando desde el subte.
El baño estaba en el subsuelo, al final de un pasillo angosto que olía a desinfectante de pino. Una sola lamparita amarilla colgaba del techo y las paredes tenían azulejos blancos manchados de óxido alrededor de la canilla. Había dos mingitorios pegados y una puerta cerrada que daba al inodoro. No había nadie cuando entré. Me paré frente al mingitorio del fondo, abrí la bragueta y empecé a orinar mirando los azulejos.
Fue ahí que escuché la puerta del pasillo. Pasos lentos, suela de cuero contra cerámico. Un hombre se ubicó a mi lado, en el otro mingitorio, dejando entre nosotros la mínima distancia posible. No miré. Es una regla no escrita: en un baño público no mirás. Me lavé la cabeza, me concentré en terminar y me corrí hacia el lavabo, que estaba justo enfrente.
Mientras me enjabonaba las manos, levanté la vista al espejo. Y ahí lo vi.
Era alto, le calculé un metro ochenta y algo, canoso, con la barba corta también gris y una espalda ancha que se notaba debajo del saco oscuro. Tendría unos cincuenta y cinco. Lo que me cortó la respiración no fue su cara, que era serena y bastante linda, sino que estaba de frente a mí, con el cierre completamente bajo, la verga afuera, y la mano cerrada sobre ella en un movimiento lento. No me miraba el reflejo: me miraba a mí, a la nuca, esperando exactamente que yo girara la cabeza y me diera cuenta.
Cerré la canilla. Me sequé las manos con el papel arrugado del dispenser. Mi corazón empezó a golpear contra las costillas como si quisiera salir corriendo por mí.
Esto no se da dos veces, Tomás. Es ahora.
Pero el cuerpo me ganó al pensamiento. Salí. Crucé el pasillo, subí dos escalones y me quedé en la puerta del baño, agarrado del marco, respirando. Mi amigo me había escrito que estaba llegando, faltaban tres minutos para que entrara por la puerta del bar. Adentro, el desconocido seguía esperando. Lo sabía sin necesidad de mirar.
Pensé en todas las veces que había imaginado esa escena en mi cama, solo, con la mano metida debajo del calzoncillo. Pensé en el aburrimiento de volver a casa una vez más sin haber hecho nada. Pensé que tenía treinta y dos años, una vida bastante ordenada, un departamento limpio y una agenda llena de pendientes que no incluían esto. Y justamente por eso, esto era lo único que importaba.
Le escribí a mi amigo: Bajame veinte minutos, surgió algo. Apagué la pantalla. Bajé los dos escalones.
El hombre seguía ahí, en el mismo lugar, con la misma posición, como si supiera que yo iba a volver. No había pasado más de un minuto y medio. Cerré la puerta del pasillo detrás de mí con el pestillo, escuché el clic, y caminé hasta donde estaba él.
No dije nada. Él tampoco. Me planté enfrente, lo miré a los ojos —tenía los ojos grises, casi del mismo color que el pelo— y me arrodillé sobre el piso frío. El pantalón se me hundió en una mancha húmeda que no quise identificar. Me daba igual.
Le agarré la verga con una mano. Era gruesa y caliente, más gruesa que larga, con una vena bien marcada del lado izquierdo. Saqué la lengua y le pasé la punta por el glande, despacio, como si lo estuviera probando. Él soltó un suspiro corto, el primer sonido humano de toda la escena, y eso me dio permiso para seguir.
Me la metí entera. La sentí pegarme contra el paladar, después contra la garganta, y aguanté la arcada cerrando los ojos. Se la chupé con paciencia, sin apuro, lamiéndole los huevos cada tanto, volviendo a subir, ensaliando todo. Él me apoyó una mano en la cabeza, no para empujar sino para guiar. Sus dedos eran largos, ásperos. Cuando giraba la cabeza buscando un ángulo distinto, él me dejaba hacerlo, pero apenas me detenía un segundo de más me empujaba un par de centímetros para que volviera al ritmo.
Pasaron diez minutos así, calculo. Quizás menos. El tiempo en esa posición se distorsiona. Yo tenía los pantalones apretándome la erección y notaba que él estaba cerca de venirse: la respiración se le había vuelto pesada, los músculos del abdomen le temblaban contra mi frente cada vez que tragaba.
***
Entonces me agarró del pelo y me hizo levantar.
Me puso de espaldas a él con un movimiento firme, sin violencia pero sin opción. Yo entendí inmediatamente lo que venía. Me bajé el pantalón hasta los tobillos, me bajé el calzoncillo, y apoyé las dos manos contra la pared de azulejos. Saqué el culo hacia atrás. La cerámica estaba helada contra las palmas.
Me dio una nalgada. Una sola, seca, fuerte, sin previo aviso. El golpe sonó contra los azulejos y me dejó la piel ardiendo. Antes de que pudiera reaccionar me metió dos dedos en la boca. Se los chupé como me había chupado la verga, mojándoselos bien, mirando el azulejo descascarado de enfrente. Él los retiró con un sonido húmedo y los apoyó contra mi entrada.
Entró primero uno. Lo movió en círculos, despacio, abriéndome. Después el segundo, y ahí ya empecé a respirar por la boca, agarrado del azulejo como si fuera a caerme. Cuando creí que iba a meterme el tercero, sentí en cambio la punta de su verga apoyada contra mí, gorda, dura, sin paciencia. Empujó.
El grito me salió antes de poder controlarlo. Fue un grito corto, agudo, y él me tapó la boca con la palma de la mano enorme. Olía a tabaco y a jabón blanco. Terminé el grito convertido en un gemido ahogado contra sus dedos.
Me sostuvo así unos segundos, sin moverse, dejándome acostumbrar. Yo respiraba contra su mano. Sentía cada centímetro de él clavado adentro mío, sentía cómo me había abierto entera. Cuando finalmente empezó a moverse, lo hizo con cortes cortos, secos, midiendo. A los pocos golpes el dolor se transformó en otra cosa: una presión profunda que me subía por la columna y me cerraba los ojos.
—Mmm —se le escapó por primera vez, contra mi oreja.
Fue lo único que dijo en toda la noche, y ni siquiera era una palabra.
Me agarró del pelo con la otra mano. Tiró hacia atrás, mientras me cogía cada vez con más ritmo. Yo quería pedirle que me diera más duro, que no se cansara, que se quedara ahí adentro hasta el final del mundo, pero seguía con la palma sobre mi boca y todo lo que me salía eran ruidos ahogados que se mezclaban con el golpe seco de las pelotas contra mis nalgas.
***
De repente, un ruido afuera. El pestillo del pasillo, alguien intentando abrir. Los dos nos quedamos quietos, en plena estocada, congelados. El tipo afuera empujó dos veces, dijo algo en voz baja a otro —«debe estar ocupado»— y los pasos se alejaron hacia las escaleras.
Pero yo no quería que parara. Le moví el culo hacia atrás, despacio, buscándolo. Le rocé la verga con las paredes internas, lo apreté. Él soltó un soplido contra mi nuca y entendió que no me importaba un carajo si nos escuchaban.
Volvió a moverse. Esta vez más rápido, menos cuidadoso. Sentí que me iba a romper y a la vez quería más. Me había convertido, en esos minutos, en algo distinto a mí mismo. Era una superficie. Era un hueco caliente que un desconocido aprovechaba. Y era exactamente lo que había imaginado mil veces.
Cinco minutos. Quizás un poco más. Los dedos se le crisparon en mi cadera, las uñas me marcaron la piel, y de golpe sentí el pulso de él adentro mío, ese latido caliente que reconozco aunque nunca lo haya esperado. Se vino sin sacarla. Pude sentir cada chorro como una pulsación distinta. Le escuché un gruñido bajo contra mi cuello, contenido, casi animal.
Después, silencio. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda. Su mano fue aflojando la presión sobre mi boca. Me dio un último beso que no era un beso, una especie de mordida suave en el hombro, sobre la tela arrugada de mi camisa.
Salió de a poco. Yo no me moví. Me quedé apoyado contra la pared, con los pantalones en los tobillos y el culo todavía abierto, hasta que escuché el sonido del cierre subiendo, el cinturón, el roce del saco al acomodarse.
Me agaché. Tomé el papel del dispenser, lo doblé en dos, y le limpié la verga con la misma lentitud con la que se la había chupado. Él me miró desde arriba, los ojos grises ya más calmados. Asintió una sola vez, con la cabeza, como agradeciendo o despidiéndose. Después se acomodó la camisa adentro del pantalón, se pasó la mano por el pelo canoso, y salió del baño sin decir una palabra.
Me quedé un minuto largo solo. Me subí el calzoncillo, el pantalón. Me lavé las manos. La cara que vi en el espejo no era exactamente la misma con la que había entrado: tenía las mejillas rojas, el labio inferior hinchado de mordérmelo, y una sonrisa nueva que no podía borrarme.
Subí al bar. Mi amigo recién entraba por la puerta principal. Me saludó con un abrazo, se quejó del frío, pidió dos cervezas y empezó a contarme una historia del trabajo que no escuché. Yo seguía sintiendo el peso de él adentro mío, esa quemazón dulce que iba a durarme hasta el día siguiente.
El jueves que viene voy a volver al Maderna a la misma hora. No espero suerte: espero a un desconocido cualquiera, con o sin canas, que entienda lo que entendió este. Si no aparece, me tomo mis dos cervezas y vuelvo a casa. Y si aparece, ya saben dónde encontrarme.