El carnicero de la sierra me enseñó lo que era el hambre
Iván creció en Punta Cala, un pueblo de mar donde el destino de cada hijo estaba escrito en las redes que su padre tendía cada noche. Era el segundo hijo, el que más decepción daba en casa. Su hermano salía al amanecer en la barca; Iván se quedaba en la cama fingiendo dormir hasta que el portazo le confirmaba que ya podía respirar.
Su madre se levantaba antes de las cinco, abría el puesto frente al puerto y vendía lo que llegaba en las cestas. Calamares, salmonetes, sardinas, mejillones. Olía a salmuera incluso después de lavarse las manos tres veces. Iván aprendió a comer pescado igual que aprendió a callarse: por no decepcionar a nadie.
Lo que de verdad no soportaba era el olor del bacalao recién abierto. Esa cosa húmeda que su padre dejaba caer sobre el mármol, con las branquias rosadas todavía moviéndose, esperando que él metiera los dedos dentro y dijera algo bonito. A su hermano se le iluminaba la cara. Su padre lo miraba con orgullo. A Iván lo miraba como se mira a un hijo al que algo le falta.
Cuando cumplió los diecinueve, le regalaron una moto de segunda mano. La dejaron en el patio con un lazo torpe atado al manillar. Él entendió enseguida cuál era la intención: que recorriera las colinas suaves que rodean Punta Cala, las mismas colinas donde su hermano había paseado con sus novias, las mismas colinas donde, según el guion familiar, un hijo de pescadores conocía a la chica con la que se iba a casar.
A Iván esas colinas no le decían nada. Lo que él miraba, desde niño, era la sierra.
Estaba lejos. Era un muro de piedra gris al fondo del horizonte, casi siempre coronado por una bruma blanca que parecía moverse incluso cuando no había viento. Su madre decía que ahí arriba la gente era rara, que vivían entre los riscos, que hacían cosas que no se hablaban en la mesa. Su padre se hacía el sordo cuando alguien mencionaba la sierra. Iván, cada noche antes de dormir, miraba esa franja oscura desde su ventana y se le apretaba algo en el pecho que no sabía nombrar.
***
Una mañana de marzo llenó el tanque y arrancó sin avisar a nadie. Tenía veinte años, dos meses y catorce días.
La carretera trepaba en curvas que se cerraban sobre sí mismas. El asfalto se volvía estrecho, sin línea blanca, y de un lado había un muro de roca pelada y del otro un precipicio sin barrera. Las manos le sudaban dentro de los guantes. Cada vez que un coche bajaba de frente, tenía que apretarse contra la roca y aguantar la respiración.
Se dio cuenta de que ya no olía a sal. El aire se había vuelto seco, mineral. Olía a tierra removida, a estiércol fresco, a leña quemada en alguna parte. Por primera vez en su vida, ese olor le abrió el hambre. Una clase de hambre que nunca había sentido. No era hambre de comer. Era otra cosa. Se le concentraba debajo del ombligo y bajaba hasta los muslos. Apretó el manillar con más fuerza y siguió subiendo.
El pueblo estaba escondido en una hondonada entre tres picos. Se llamaba Risca Alta, según un cartel oxidado. Tenía una plaza con una fuente de hierro y cuatro o cinco calles que salían de ahí. Aparcó la moto al lado de la fuente. Dos hombres viejos jugaban a las cartas en un banco. Lo miraron sin disimulo. Iván dejó el casco colgado del manubrio y caminó hacia el único local con la persiana abierta.
Era una carnicería.
El carnicero estaba detrás del mostrador. No tendría más de veintiocho años. Tenía los antebrazos llenos de venas, el delantal blanco manchado de sangre seca y una sonrisa que parecía esperarlo desde antes de que él entrara. Iván empujó la puerta con torpeza, hizo sonar la campanilla más fuerte de lo que quería y se quedó plantado frente a la vitrina con la respiración acelerada. Apoyó las dos manos en el cristal sin darse cuenta. Dejó las huellas marcadas.
—Vienes de la costa —dijo el carnicero. No era una pregunta.
—Sí.
—¿Primera vez en la sierra?
Iván asintió. El otro salió del mostrador. Caminó despacio, secándose las manos en el delantal. Olía a leña, a sal gruesa, a algo metálico que Iván no supo identificar. Se paró a un palmo de él. Cogió un trozo de chicharrón de una bandeja, todavía caliente, y se lo acercó a la boca con los dedos. Iván abrió los labios sin pensar. El carnicero metió el dedo índice junto con el trozo. Le dejó la grasa sobre la lengua. Esperó.
Iván mordió. La grasa se le deshizo en la boca, salada, crujiente, con un fondo dulce que le hizo cerrar los ojos. Cuando los abrió, el carnicero seguía mirándolo con la misma sonrisa, con el dedo todavía a la altura de sus labios.
—Eso es solo el principio —dijo.
***
Esa primera noche Iván la pasó en el cuarto que había encima de la carnicería. El carnicero subió cuando ya había cerrado la persiana. Subió con dos botellas de cerveza, un plato con embutidos y nada más. No se molestó en preguntarle si se podía quedar. Tampoco Iván se lo pidió.
Se llamaba Diego. Tenía las manos grandes y ásperas, con cicatrices finas en los nudillos. Le hizo probar la morcilla untándola con el pulgar sobre el pan, sin dejar que él cogiera el cuchillo. Le hizo morder el chorizo directamente del trozo que sujetaba. Le dio a beber de su propia botella, no de la otra. Cada gesto era una pequeña instrucción sobre cómo se hacían las cosas allí arriba. Iván aprendía rápido. Por primera vez en su vida tenía hambre de aprender.
Cuando Diego lo besó, llevaba la boca con sabor a especias y a cebolla cruda. No preguntó. Apoyó una mano detrás de la nuca de Iván y tiró hacia él. Iván se dejó llevar como si se hubiera estado preparando para eso desde los doce años. Sintió el roce de la barba contra su mentón, el peso del pecho ajeno contra el suyo, la dureza del cinturón clavándose en su cadera. La mano de Diego bajó por su espalda, lo aplastó contra la mesa, le metió la rodilla entre las piernas y le arrancó un gemido apenas rozándole la boca con la lengua.
Iván se abrió sin pensar, con esa urgencia torpe de quien lleva demasiado tiempo tragándose el propio deseo. Diego le desabrochó la camisa uno por uno, como si quisiera oír cada botón ceder. Después le recorrió el pecho con la palma, apretándole los pezones hasta que se le pusieron duros. Iván arqueó la espalda y notó el calor subiéndole por el vientre. Diego sonrió contra su cuello y lo mordió, primero suave, luego más fuerte, dejando la marca exacta donde luego él iba a mirarse en el espejo.
—¿Así te gusta, chico de costa? —murmuró Diego, con la voz grave, pegada al oído—. ¿Que te toque así?
Iván respondió con un sonido roto, porque la pregunta le había dado justo donde más le faltaba aire. Diego le metió una mano dentro del pantalón, le encontró la polla ya dura y la cerró en la palma con una confianza insolente. Iván soltó un jadeo humillante, largo, y levantó las caderas buscando más. Diego lo notó y le apretó con más fuerza, acariciando el glande con el pulgar hasta hacerlo temblar.
—Mírate —dijo—. Estás desesperado.
Y lo estaba. Estaba desesperado por esa mano, por esa boca, por el olor a carne y jabón y sudor de hombre que lo rodeaba. Diego lo empujó hacia la cama sin soltarlo. Cayó de espaldas sobre el colchón estrecho y el carnicero se quedó de pie un segundo, mirándolo como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar todo. Luego se quitó el delantal, se desabrochó el pantalón y se arrodilló entre las piernas de Iván.
El primer contacto de la lengua en la punta de su polla le arrancó un grito ahogado. Diego lo sostuvo por los muslos, lo abrió más, y empezó a chupar despacio, con una precisión cruel, lamiendo el prepucio, pasando la lengua por la vena de abajo, metiéndosela entera en la boca hasta que Iván perdió cualquier idea de vergüenza. Le chupaba con ganas, con ruido, tragando saliva, resbalando los labios por toda la longitud húmeda. Cada vez que Iván intentaba moverse, Diego lo sujetaba más fuerte y lo obligaba a quedarse quieto, a sentir cada centímetro de esa lengua caliente.
—No te corras aún —dijo Diego, soltándolo apenas para hablarle—. Quiero verte entero cuando te rompa.
Iván se agarró a las sábanas con los dedos crispados. El abdomen le temblaba, las piernas le dolían abiertas, y aun así quería más. Quería la boca otra vez, quería la mano, quería la polla de Diego dentro de él aunque todavía no supiera cómo iba a entrar todo ese cuerpo enorme en el suyo. Diego se quitó el resto de la ropa con una calma sucia, y cuando se echó sobre él, Iván sintió el peso de su pecho, el calor duro de sus muslos, la fricción de sus caderas contra las suyas.
Diego lo besó de nuevo, metiéndole la lengua hasta casi hacerle vomitar el aire. Luego bajó, le separó las piernas con las manos y le pasó dos dedos humedecidos por la boca por la raja del culo. Iván se quedó inmóvil apenas un segundo, tenso por reflejo. Diego le dio un azote corto en la cadera.
—Abre. No te voy a hacer daño si dejas de pelearte.
Iván obedeció. Siempre había obedecido cuando alguien sonaba seguro. Sintió el dedo entrando despacio, luego el segundo, abriéndolo con una paciencia brutal, empujando, girando, buscando el lugar exacto hasta que la presión se volvió placer y el placer se volvió una necesidad ardiendo. Gimió al notar cómo le rozaban por dentro, cómo Diego le iba sacando de sí mismo centímetro a centímetro, con la boca pegada a su cuello para morderle cada vez que el gemido se le escapaba más alto.
Cuando Diego se colocó entre sus piernas, Iván ya estaba empapado de sudor. Le sostuvo la polla con la mano, guiándola hasta la entrada estrecha, y la frotó ahí, una, dos veces, haciéndolo jadear. Luego empujó. Primero la punta. Después un poco más. Iván sintió el estirón caliente, la quemazón deliciosa, la carne abriéndose a la fuerza mientras Diego se metía despacio, con una brutalidad medida que no dejaba de ser brutal por eso. Iván se aferró a sus hombros y gritó al notar cómo lo llenaba, grueso, profundo, hasta quedar clavado dentro de él.
—Eso —gruñó Diego—. Así. Aguántame.
Y entonces empezó a follarlo de verdad. Primero lento, sacándolo casi por completo para volver a hundirse con un golpe de cadera que le arrancaba un espasmo. Después más rápido, más seco, haciendo crujir la cama contra la pared. Iván sentía cada embestida en la tripa, en el culo, en los testículos, en la garganta. Diego le cogió una pierna y se la abrió al hombro, cambiando el ángulo para entrar más hondo. Le daba golpe tras golpe, y cada vez que lo hacía, Iván veía destellos blancos detrás de los párpados. La habitación olía a piel sudada, a cerveza derramada, a semen a punto de salir.
—Dime que lo quieres —dijo Diego, con la mandíbula apretada.
—Lo quiero —respondió Iván, casi sin voz.
—Más fuerte.
—Lo quiero más fuerte.
Diego sonrió, animal y satisfecho, y le cogió la polla otra vez para apretársela al ritmo de las embestidas. Iván se quebró. El placer le subió de golpe, afilado, insoportable, y se corrió con un gemido que le salió del fondo del pecho, manchándose el abdomen y la mano de Diego con una corrida espesa, caliente, sucia. Diego siguió follándolo sin frenarse, metiendo y sacando la polla entre los espasmos, hasta que él quedó desarmado bajo él, llorando sin lágrimas, abierto, vacío y más vivo que nunca.
Entonces Diego soltó un gruñido corto y se hundió del todo, aferrándole las caderas. El cuerpo entero se le tensó. Iván notó el latigazo caliente dentro, la corrida profunda llenándole el culo con un peso viscoso que lo hizo estremecerse de arriba abajo. Diego se quedó quieto un segundo, respirando fuerte sobre su boca, y luego salió despacio, dejando que parte del semen se le escapara por el muslo a Iván. Los dos se quedaron mirando ese rastro blanquecino como si fuera una prueba de algo que ya no se podía deshacer.
Esa noche Iván aprendió lo que era desear a un hombre y dejar que un hombre lo desease. Aprendió el peso de un cuerpo más grande sobre el suyo. Aprendió que la primera vez no duele tanto como dicen si la persona que la sostiene sabe lo que hace. Aprendió a no contener los sonidos, porque a Diego le gustaba escucharlos y a él le gustaba que le gustaran.
Al amanecer Iván se despertó solo en la cama. Bajó descalzo. Diego ya estaba abriendo la persiana de la carnicería. Lo miró por encima del hombro y le ofreció una taza de café humeante.
—¿Te vas a quedar? —preguntó.
—Sí.
***
Risca Alta tenía pocos habitantes pero todos parecían querer alimentar al recién llegado. La voz corrió rápido. El carnicero tenía un chico nuevo arriba, un chico de la costa que había llegado en moto y no se había vuelto. La curiosidad se convirtió en juego. En reto. Cada uno quería ser el que lo hartara de algo.
Vicente, el pastor, lo llevó una mañana al corral. Le enseñó a esquilar un cordero entre las piernas, con el animal sujeto contra el pecho. Le enseñó otras cosas también, esa misma tarde, en el granero de heno seco, con el sol entrando por las rendijas de la madera y cortándoles la piel en rayas amarillas. Vicente apenas hablaba mientras lo hacía; gruñía como un animal cansado y satisfecho. Le bajó los pantalones a Iván allí mismo, lo apoyó contra la pared de tablas y le lamió primero la boca, luego el cuello, luego el vientre, hasta dejarlo abriéndose de pura necesidad. Después le apartó las piernas y lo tomó con una paciencia ruda, metiéndole los dedos en el culo hasta que Iván empezó a jadear, empujándolo contra el heno mientras le marcaba las nalgas con las palmas. El granero olía a polvo, a lana caliente y a sudor viejo, y cada quejido de Iván rebotaba en la madera como si el heno también estuviera escuchando. Vicente le enseñó a montarse encima, le agarró las caderas para marcarle el ritmo y se corrió con un gruñido bajo, sin apartarle la mirada de la cara, como si quisiera ver exactamente cuándo se le rompía la vergüenza.
Roque, el del bar, lo esperaba a la hora del cierre con dos copas de orujo servidas. Era mayor, casi de la edad del padre de Iván, con el pelo cano y el cuello ancho de hombre que ha cargado cajas toda la vida. Lo cogía contra la barra cuando ya no quedaba nadie, sin apagar la luz, sin cerrar bien la puerta, como si le diera igual que alguien lo viera. A Iván también empezó a darle igual. Roque le metía mano sin prisa, le abría la bragueta bajo el mostrador y le chupaba la polla con una especie de rabia lenta, como si quisiera devorarle la juventud a sorbos. Luego lo doblaba sobre la barra, le levantaba la camisa y le castigaba el culo con embestidas cortas, sonoras, que hacían bailar las botellas vacías en la estantería. A Iván le gustaba la aspereza de sus manos, la forma en que le sujetaba la cara para obligarlo a mirarlo mientras se corría dentro de él y le dejaba el abdomen manchado con el olor fuerte del orujo y del semen.
Toño tenía un molino al final de un sendero de piedras sueltas. Iván subía a verlo los domingos a media tarde. Era el más callado de todos y el que más exigía sin decir una palabra. Le indicaba con la mano dónde ponerse, cómo girarse, cuándo parar. Iván le obedecía con una docilidad que no sabía que tenía dentro. En el molino el ruido del agua tapaba casi todo, pero no alcanzaba a tapar los jadeos cuando Toño lo ponía boca abajo sobre sacos de grano, le separaba las nalgas y se metía en él con una fuerza seca, de hombre acostumbrado a mandar sin levantar la voz. Después lo hacía arrodillarse para lamerle la polla hasta dejarla roja y palpitante, y no le permitía correrse hasta que él mismo estaba a punto de perder el control. Entonces lo agarraba del pelo y le empujaba la boca contra el pubis, soltando un quejido contenido cuando finalmente se vaciaba en su lengua.
Diego nunca le preguntó dónde había estado. Cuando Iván volvía al cuarto de arriba de la carnicería, encontraba una cena lista. Diego sabía. No le molestaba. Le gustaba que el pueblo entero quisiera lo que él tenía durmiendo en su cama.
Pero ninguno lo llenaba. Iván volvía siempre con esa hambre indescifrable debajo del ombligo, sin saciar, expectante.
***
Un día de octubre llegó al pueblo, a pie, empapado bajo la lluvia, un hombre con un paraguas en una mano y una fuente cubierta en la otra. Tenía el pelo negro y lacio pegado a la frente. Los rasgos de su cara Iván los reconoció antes de que cruzaran las miradas.
Era Hiroshi. El chico que se sentaba siempre en la última fila de su clase, en Punta Cala. El que no jugaba al fútbol con los demás. El que se había marchado a los dieciséis sin despedirse y sobre el que después se hablaba poco, porque nadie sabía exactamente adónde.
Subió a la carnicería. Llamó a la puerta con la punta del paraguas. Iván abrió.
—Me dijeron que comías —dijo Hiroshi.
Llevaba bajo el paño una bandeja de porcelana con un pato. No era un pato cualquiera. Estaba glaseado, brillante, perfumado a naranja amarga y a jengibre. Los vecinos que lo habían visto entrar se reían en la carnicería de abajo. «Con eso no le llena», decían. «Si hemos visto a ese chico comerse un costillar entero de buey.»
Hiroshi puso mantel sobre la mesa que Diego nunca usaba. Sacó dos copas que había traído envueltas en un trapo. Cortó el pato sin prisa. Obligó a Iván a sentarse. Le dijo que cerrara los ojos para oler antes de morder. Le dijo que no tragara sin masticar. Le hizo descubrir, en un solo bocado, todos los sabores que hasta entonces había engullido a la carrera.
Después lo llevó a la cama y le enseñó lo mismo, pero más despacio. Sin urgencia. Sin reto. Sin querer ser el que lo dejaba sin hambre. Al contrario. Le besó cada parte como quien lee una receta antigua. Le bajó los pantalones con una lentitud que volvió loco a Iván. Le tomó la polla en la mano y la acarició hasta que estuvo dura y temblando, luego se inclinó y la llevó a la boca, chupándola con una calma exquisita, sin tragársela de golpe, saboreando el frenético temblor que le arrancaba. Iván le sujetó la cabeza, no para apurarlo sino porque necesitaba sentirlo ahí, sentir esa lengua recorriéndolo entero, rodeándolo, haciendo que el placer le subiera limpio y sin culpa.
Cuando Hiroshi lo hizo girarse y le rozó el culo con dos dedos húmedos, Iván ya estaba rendido. Le abrió las piernas sobre las sábanas y dejó que lo preparara despacio, con una delicadeza que dolía casi más que la rudeza de los otros. Hiroshi no tenía prisa. Lo besó en la nuca, en la espalda, entre los hombros, y le fue entrando con una paciencia oscura, metiéndole la polla centímetro a centímetro, hasta que Iván soltó un gemido largo que sonó distinto a todos los anteriores. No era hambre. Era el vértigo de sentir algo que no pedía nada a cambio.
Hiroshi lo tomó desde detrás, con las manos clavadas en sus caderas, marcando un ritmo firme pero suave, y cada embestida parecía llegarle también a la cabeza, como si le reordenara por dentro todo lo que antes había estado torcido. Iván se tocó la polla mientras él le follaba el culo, se corrió contra el colchón con un espasmo que le dejó la boca abierta, y Hiroshi siguió moviéndose hasta que también se vino dentro de él, profundo, sin brusquedad, respirando su nombre contra la nuca como si fuera una palabra que había estado guardando durante años.
Después lo giró de nuevo y lo besó en la boca, dejando que Iván sintiera el sabor de ambos en la lengua. No fue un beso de hambre, sino de pausa. De reconocimiento. Como si por fin alguien le hubiera enseñado que el deseo no tenía por qué ser un golpe ni una competencia.
Cuando Hiroshi se quedó dormido sobre el pecho de Iván, con el pelo todavía húmedo de lluvia, Iván sintió por primera vez en su vida lo que era no querer que aquello terminara.
A la mañana siguiente bajó a la carnicería. Diego estaba afilando un cuchillo contra una piedra. Lo miró sin levantar la cabeza.
—¿Te vas con él? —preguntó.
—No. Pero ya no como igual.
Diego soltó una risa corta, casi de orgullo, como si llevara meses esperándola.
Iván nunca volvió a Punta Cala. Se quedó en la sierra. Siguió subiendo al cuarto de arriba de la carnicería algunas noches. Siguió bajando al bar de Roque. Siguió callado en el molino de Toño. Pero ahora, dos veces al mes, Hiroshi venía desde donde fuera que viviese, ponía su mantel sobre la mesa, y le recordaba que el hambre no se mata: se cultiva.