El profesor que me pagó por algo más que una pizza
Vivo en Pocitos, pero esa noche estaba en lo de unos amigos en Punta Carretas, a tres cuadras del Hospital Británico. Habíamos abierto la segunda botella de vino y la conversación, como suele pasar cuando se hace tarde, había derivado hacia el sexo. Cada uno contaba alguna anécdota, alguna fantasía, y yo, escuchándolos, me empecé a calentar de una forma que ahí no podía resolver. Con los amigos no hay más que amistad. Eso lo tengo claro hace años.
Saqué el teléfono y abrí una aplicación de citas que tenía olvidada hacía meses. No buscaba romance ni conversación. Buscaba algo concreto. A los quince minutos estaba hablando con un tipo bastante mayor que yo —yo veintiséis, él cuarenta y cinco— que me proponía algo extraño. Una fantasía de las suyas. Por dinero.
El morbo pudo más que la lógica.
No voy a entrar en detalles de lo que me pidió por chat. Diré lo que pasó después, que es lo que importa.
Su edificio quedaba a pocas cuadras de donde yo estaba. Salí con una excusa floja, dije que me había caído mal el vino y necesitaba aire. Caminé las cuatro cuadras intentando entrar en personaje. Tenía que ser, según el guion que él me había mandado, un repartidor de pizza. Short corto deportivo, gorra calada hasta las cejas, una mochila vacía simulando la térmica. Eso me había pedido. Discreción absoluta, ningún portero de por medio, ningún testigo.
Toqué el portero eléctrico. La voz al otro lado sonó distinta a la del chat, más grave.
—Subí por la escalera —me dijo—. En el entrepiso te abro.
El edificio era viejo, con esa madera oscura que uno encuentra en las construcciones de los años cincuenta en esa zona. Subí los escalones de a dos, sintiendo cómo el corazón me latía en la garganta. En el entrepiso me esperaba él, parado en el pasillo, con un pantalón de gimnasia gris y una camiseta blanca que dejaba ver los hombros anchos. Era más alto de lo que parecía en las fotos. Tenía el pelo cortado al ras y canas finas en las sienes, como si se las hubiera dibujado a propósito.
—Buenas noches, le traigo el pedido —dije, intentando que la voz sonara firme.
Él me miró de arriba abajo. Despacio. Como si calculara algo.
—¿Y la pizza? —preguntó.
Yo había olvidado, a propósito, traer cualquier cosa que simulara una caja. Esa era la parte del guion donde yo improvisaba.
—Disculpe, señor —empecé, bajando la mirada—. Se me cayó en la esquina. Iba apurado y choqué con alguien. Por favor no llame a la pizzería, me echarían. Tuve una discusión con mi novio antes de salir y todavía me tiemblan las manos.
Lo dije casi sin respirar, como si fuera verdad. Él se acercó dos pasos. Sentí el olor de su perfume, algo amaderado, fuerte, demasiado para un hombre solo en su casa a las once de la noche.
—Entonces vas a tener que compensarme de otra manera —dijo en voz baja—. A falta de pizza, me vas a dar la pija.
***
Lo dijo así, sin pausa, con la naturalidad de alguien que repite una frase que ya tenía pensada hacía rato. Me bajó algo por la espalda. Una mezcla de vergüenza y excitación que no se separaban una de la otra. Yo había venido a esto. Lo había aceptado en el chat, palabra por palabra. Pero escucharlo en vivo, en ese pasillo, con la luz amarilla del entrepiso cayéndole de costado en la cara, era otra cosa.
No respondí. Bajé los hombros, simulando rendición, y dejé que él me empujara con la mano abierta hasta uno de los escalones más anchos. Me senté. Él se quedó de pie frente a mí, con las manos en los costados, esperando.
—Bajate el short —dijo.
Obedecí. La tenía dura desde antes de tocar el portero. Salió hinchada, marcada, latiendo. Él se inclinó apenas para mirarla, sin tocar todavía, inspeccionando.
—Tenés los muslos trabajados —comentó, pasando la palma por mi pierna derecha—. Me recuerdan a los pibes que entreno en el club.
Por el chat me había contado que daba clases de educación física en un colegio del centro y entrenaba a un equipo juvenil de fútbol los sábados a la mañana. Por eso la fantasía. Por eso yo, según él, le servía. Por la edad, por el cuerpo, por el short que llevaba puesto.
—¿Hacés deporte? —preguntó, con la mano todavía en mi muslo.
—Natación —mentí. Fue lo primero que se me cruzó.
—Se nota.
Y se inclinó.
La primera lamida fue apenas un roce de la lengua sobre la cabeza. Solté el aire que tenía contenido sin darme cuenta. Él la agarró por la base, con esa firmeza calmada de quien sabía exactamente qué hacía, y se la llevó a la boca hasta la mitad. La sensación me cerró los ojos. Cálida, húmeda, sin prisa. Cada vez que me la sacaba, me pasaba la lengua por toda la cabeza, lenta, prolija, y yo iba soltando un hilo de líquido que él limpiaba con la misma lengua, como si formara parte del servicio que él me estaba prestando.
—Estás re mojado, pibe —murmuró sin levantar del todo la cabeza.
No le contesté. Tenía las dos manos apoyadas en el escalón de atrás, sosteniéndome, mirando el techo de madera oscura. El corazón me retumbaba en los oídos. Por debajo de la mamada empezaba a sentir otra cosa, una tensión en la base de la columna que me avisaba que no iba a aguantar mucho.
De a ratos me la sacaba, la agarraba con la mano y se la pasaba por la cara. Por los pómulos, por los labios cerrados, por la barbilla. Era una imagen que me prendía más que la propia mamada. Verlo a él, un tipo de cuarenta y cinco años, profesor, con cuerpo de gimnasio, dándose pijazos suaves en su propia cara con la mía, era algo que no había sabido que me iba a gustar tanto. Era el morbo en estado puro. El profesor que un lunes a la mañana estaba parado frente a una clase de adolescentes, y un sábado de noche arrodillado en un entrepiso, dejándose marcar.
—La tenés gruesa —dijo, casi para sí mismo—. Y dura como una piedra.
—Estoy aguantando —contesté, con la voz rota.
Él levantó la mirada por primera vez desde que había empezado.
—¿Sano? —preguntó.
—Sí.
No me preguntó dos veces. Eso me gustó. Confió. O hizo como que confiaba. A esa altura me daba lo mismo.
—Entonces dámela en la boca —dijo—. Toda.
***
Me paré. Él se quedó arrodillado en el escalón de abajo, abriendo la boca, con la lengua hacia afuera, apoyada en el labio inferior. Le agarré la cabeza con las dos manos. Despacio al principio. Sólo el balanceo justo para encontrar el ritmo. Al cuarto envión ya no podía controlarme. Le cogí la boca con todo, sintiendo cómo los huevos me golpeaban contra su mentón, escuchando los ruidos que él dejaba salir, una mezcla de gemido ahogado y de aprobación, como si cada empujón le confirmara algo que él ya sabía.
—Aguantá un poquito —le dije, sin saber bien por qué se lo decía.
Él asintió, con la verga todavía adentro. Cerró los ojos. Las manos se le aferraron a la parte trasera de mis muslos, sin frenarme, marcándome el ritmo desde afuera.
Cuando ya no pude más, le hundí la verga hasta el fondo y largué. Largué tanto que pensé que se le iba a escapar por la comisura. No se le escapó. Tragó todo, sin abrir los ojos, sin soltarme. Esperó a que terminara los últimos espasmos, que llegaron en oleadas, uno detrás del otro. Yo me agarré del pasamanos para no caerme, porque las piernas no me respondían bien.
—La querés limpia, ¿no? —dije, todavía con la respiración entrecortada.
—Tal como la encontré.
Se la pasó por la lengua una, dos, cinco veces. Me chupó la cabeza después del orgasmo, y cuando la sensibilidad empezó a doler, le toqué la frente con dos dedos para que parara.
—Suficiente.
Me subí el short. Él se incorporó. Tenía los labios hinchados y los ojos brillantes, pero la cara serena, como si acabara de salir de un entrenamiento normal de los suyos.
—Me cobro el delivery —dije, sosteniéndole la mirada por primera vez en toda la noche.
—¿La pizza que no trajiste?
—La pija que te di.
Se rio una sola vez. Una risa corta, casi avergonzada, que me sorprendió en alguien que un minuto antes había estado tan dueño de la situación. Sacó la billetera del bolsillo del pantalón y me extendió los billetes. La cifra que habíamos acordado, exacta. La agarré sin contarlos y los guardé en el bolsillo del short.
Bajamos juntos hasta la planta baja, en silencio. Me abrió la puerta del edificio y se quedó del lado de adentro, sosteniéndola con el pie. Antes de salir le miré la cara una última vez.
—Si necesita otro delivery —le dije, volviendo al usted del personaje—, ya sabe.
—Voy a tener hambre seguido —contestó.
***
Caminé las cuatro cuadras de vuelta a la casa de mis amigos con el short todavía marcado por la humedad. La calle estaba vacía. Pasó un patrullero por la avenida y aceleré el paso sin razón, sintiendo culpa de algo que ya había terminado.
Cuando entré, estaban en la cocina sirviendo otra copa. Alguien preguntó dónde había ido. Dije algo sobre un cajero automático que no había encontrado abierto. Nadie insistió. Me senté con ellos. Acepté la copa. Brindé por cosas que no recuerdo y reí cuando había que reír.
Esa noche, cuando me acosté en el sofá cama del living, todavía sentía el calor de la boca de él en la cabeza de la verga. Y la sensación de los billetes doblados contra el muslo, dentro del short. Las dos cosas mezcladas, sin manera de separarlas. La plata y el morbo. El servicio prestado y el servicio recibido.
Volví a abrir la aplicación a la semana siguiente. No era él. Era otro tipo, con otra fantasía, otra dirección, otro guion. Pero esa es una historia para otra noche.