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Relatos Ardientes

La noche que un hombre me enseñó mi verdadero rol

Por aquel entonces tenía veintiséis años y una vida que cualquiera habría llamado «normal». Una novia de hacía dos años, un grupo de amigos sólido, una carrera universitaria a punto de terminar. Me gustaban las mujeres. Más exactamente, me gustaba Carolina, y nunca había sentido la necesidad de cuestionar nada más allá de eso.

Pero unas semanas antes, ella había dado un paso que me cambió la cabeza más de lo que ninguno de los dos imaginó. Una noche cualquiera, en su departamento, me dejó entrar por detrás. Era su primera vez por ese lado. Empezó chupándomela de rodillas en la alfombra, con la boca abierta y la lengua trabajándome la punta hasta ponerme la polla dura como una piedra. Después se subió a la cama en cuatro, me miró por encima del hombro y me pidió que le escupiera en el culo. Le escupí, le pasé el pulgar por el ojete, y le fui metiendo la verga de a poco, milímetro a milímetro, mientras ella mordía la almohada y me pedía que la abriera. Cuando la tuve toda adentro, le agarré las caderas y le empecé a coger el culo despacio, sintiendo cómo se me apretaba alrededor de la polla en cada embestida. Me corrí adentro, viendo cómo mi semen le chorreaba por el ojete hinchado cuando la saqué. Después se quedó dormida sobre mi pecho mientras yo seguía despierto mirando el techo, sin poder sacarme una imagen de la cabeza.

No era ella la que estaba en esa imagen.

Era un hombre.

Al principio me asusté. Llevaba toda la vida diciéndome heterosexual y nadie había puesto en duda esa etiqueta, yo menos que nadie. Pero la imagen volvía cada noche. Quería penetrar a un hombre. Quería sentir cómo se le apretaba el culo contra mi verga, quería escucharlo gemir con la polla adentro, quería follármelo igual que me había follado a Carolina.

Empecé a fijarme en los hombres por la calle de otra manera. No en cualquiera; me atraían los que tenían algún gesto suave, algún rasgo más fino, algo en la mirada que prometía obediencia. En mi cabeza yo era el que mandaba. Yo era el activo. Eso, al menos, no estaba en discusión.

***

Lo conocí en una fiesta de fin de curso. Un compañero del taller de literatura me había llevado al departamento de un amigo suyo en el barrio Bellavista. El dueño de casa se llamaba Andrés. Tenía treinta años, trabajaba en una agencia de publicidad y vivía solo en un tercer piso con vista al cerro. No era afeminado en absoluto. Hablaba con voz grave, se movía con la calma de alguien que no necesita gustarle a nadie, y tenía las manos grandes y secas.

Algo en él me llamó la atención apenas crucé la puerta. No sé si fue su forma de mirarme demasiado tiempo cuando me presentaron, o la manera en que sonreía justo antes de hacer una broma, como si me estuviera midiendo. Nos pasamos la fiesta cerca, intercambiando frases sueltas mientras los demás bebían y discutían sobre películas que nadie había visto.

Antes de irme le pedí su número con la excusa de un libro que me había recomendado. Él lo guardó sin disimular la sonrisa.

—Me llamas —dijo.

—Te llamo.

***

Cuatro días después le escribí. Le propuse tomar unas cervezas en un bar que conocía cerca del río. Aceptó al toque, pero cuando llegué al lugar lo vi sentado con otro tipo en la mesa. Sentí un golpe de fastidio que casi me obligó a darme media vuelta.

—Hola, Matías —saludó Andrés con esa misma sonrisa de la fiesta—. Te presento a Diego. Le tenía que pasar un manuscrito y aprovechamos para juntarnos.

Diego me dio la mano y se levantó casi al mismo tiempo. Dijo algo de un compromiso, de un horario, de su hija; lo dijo demasiado rápido. Andrés y él se miraron un segundo de más antes de despedirse. Entendí que Diego sabía. Andrés le había contado de mí.

Cuando nos quedamos solos, pedimos una jarra y nos sentamos uno frente al otro. Por un momento ninguno habló. Después él se rió, sin motivo aparente.

—Pensaste que te iba a hacer perder la noche, ¿no?

—Algo así.

—Diego es buen amigo. Sabía que no me iba a robar la cita.

Esa palabra, dicha sin pedir permiso, me caló en algún lado. La jarra se vació rápido. Pedimos otra. Hablamos del trabajo, de mi tesis, de la última vez que cada uno se había sentido fuera de lugar en alguna parte. La luz del bar era amarilla y baja, y desde algún punto de la conversación dejé de mirarle los ojos para empezar a mirarle la boca cada vez que hablaba.

—¿Y qué buscas, exactamente? —preguntó cuando ya estábamos los dos un poco más sueltos.

—No sé. Algo distinto, supongo.

—¿Distinto?

—Quiero follar con un hombre.

Lo dije sin pensar. Me sorprendió el alivio que sentí después de soltarlo. Andrés ni se inmutó. Apoyó el vaso en la mesa con cuidado.

—¿Y qué te ves haciendo con ese hombre, Matías?

—Pues… —se me secó la garganta— me veo arriba. Metiéndole la polla.

Sonrió. No fue una sonrisa burlona, pero tampoco era inocente.

—¿Estás seguro?

—Bastante seguro.

—Mmm.

Bebió, sin dejar de mirarme. Yo seguí, porque ya no podía detenerme.

—Me imagino entrando en alguien. Me imagino cogiéndomelo como me cogí a mi novia hace unas semanas. Quiero que un hombre se ponga en cuatro para mí, que me pida que se la meta, que me apriete la verga con el culo. No sé por qué, pero es la idea que me obsesiona.

—¿Y si lo que te obsesiona en realidad no es lo que crees? —dijo él, sin levantar la voz—. ¿Y si tu cabeza inventó esa historia para no admitir lo otro?

—¿Lo otro?

—Que lo que querés no es darlo. Es recibirlo. Lo que querés es una polla adentro tuyo.

Sentí el calor subiéndome por el cuello. Pero también, por primera vez en semanas, sentí una especie de descanso. Como si alguien acabara de poner sobre la mesa la palabra exacta que yo había estado evitando.

—¿Vamos a tu casa? —pregunté.

—Vamos a mi casa.

***

El departamento de Andrés tenía las paredes blancas y una sola lámpara encendida en el living. No me mostró nada. Apenas cerró la puerta me besó. No me había imaginado que un beso entre dos hombres podía ser tan distinto de uno con una mujer. Me afeitaba todos los días, pero su barba de tres días me raspó la mejilla, y ese roce mínimo me bajó hasta el estómago. Me apretó contra la puerta con todo el cuerpo y sentí, a través del pantalón, cómo se le marcaba la polla dura contra mi cadera. Me metió la lengua en la boca, me mordió el labio, y una de sus manos grandes me agarró por la nuca mientras la otra me apretaba el culo por encima del jean.

Me llevó al dormitorio. Una cama de plaza y media, sábanas grises, una mesa de luz con un libro abierto boca abajo. Me dijo que me pusiera cómodo y que lo esperara. Se fue al baño.

Yo me saqué la ropa rápido, casi con la prisa del que sabe que, si piensa demasiado, puede arrepentirse. Me dejé solo los calzoncillos. Me metí bajo la sábana. El corazón me golpeaba el pecho como si hubiera corrido cuadras. Tenía la polla medio parada, apretada contra la tela del calzoncillo, y me di cuenta de que no había estado tan excitado en meses.

Cuando volvió estaba desnudo. Vino caminando hasta el borde de la cama y se quedó ahí parado, con la verga a medio crecer entre las piernas, mirándome desde arriba. Era grande. Más grande que la mía, gruesa, con las venas marcadas y los huevos pesados colgando debajo. Se me hizo agua la boca sin haberla tocado todavía.

—Sacate la sábana —dijo.

Obedecí.

—Sacate los calzoncillos.

Obedecí también. Y esa obediencia, tan rápida y tan limpia, me dijo algo de mí mismo antes que ninguna otra cosa.

Se quedó callado unos segundos, observándome desnudo, con la polla parada apuntándole. Después se acercó y se sentó en el borde de la cama, justo a mi lado. Me pasó la mano por el pecho, bajó por la panza, y me la envolvió en la verga con una firmeza que no tenía nada que ver con la mano de una mujer.

—Matías, hagamos algo. Vos creés que vas a cogerme. Yo creo que en realidad querés que te coja yo. Probemos primero lo segundo. Si después de eso seguís queriendo lo otro, te la doy. Pero algo me dice que no vas a querer.

No me dejó responder. Tomó mi mano y la llevó hasta su verga.

—Empezá por acá. Chupámela.

***

Lo que pasó después no se parecía a lo que yo había imaginado durante esas semanas en mi cama. Yo me había imaginado dominando. En cambio, ahora estaba inclinado sobre las piernas de un hombre, con su polla en la boca, descubriendo que me gustaba.

La agarré con una mano por la base, la sostuve derecha, y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta. Me detuve arriba, con la boca abierta sobre el glande, y probé el sabor del pre-semen que le brotaba del agujerito. Estaba salado, espeso, y me obligó a cerrar los ojos. Después me la metí. Primero solo la cabeza, apretándola con los labios, chupando como si fuera un caramelo. Andrés soltó un jadeo grave que me hizo temblar la cadera.

—Así, tranquilo. Metétela toda.

La fui empujando más adentro. La sentí crecer contra mi lengua, endurecerse todavía más. Cuando la punta me tocó la garganta, arqueé el cuello, respiré por la nariz y la seguí bajando hasta que la nariz me quedó pegada al monte de pelo negro que le crecía en la base. Me quedé ahí un segundo, ahogándome, con los ojos llenos de lágrimas, y aun así no la solté. Cuando la saqué, un hilo largo de saliva me unía la boca con el glande.

—Muy bien —murmuró—. Otra vez.

Volví a metérmela hasta el fondo. Y otra vez. Y otra. Empecé a chupársela a ritmo, moviendo la cabeza arriba y abajo, con la mano derecha apretándole la base y la izquierda cazándole los huevos. Él me puso una mano en el pelo, sin presionar todavía, solo para indicarme el compás. Yo lo miraba desde abajo, con la boca llena, y él me devolvía la mirada con una calma que me humillaba y me encendía al mismo tiempo.

Le besé los huevos. Se los metí en la boca, uno por uno, mientras le sacudía la polla con la mano llena de saliva. Le pasé la lengua por dentro de los muslos. Volví a la verga y me la clavé en la garganta hasta que me ahogué en serio, hasta que se me escapó un hilo de baba por la comisura. Y aun así no quise sacarla. En algún momento perdí la noción del tiempo. No sé si fueron veinte minutos o cuarenta. Lo que sí supe, con una claridad que me sorprendió, fue que esto era lo que había estado buscando: una polla dura y gruesa entrándome en la boca, un hombre gimiendo por lo que yo le estaba haciendo.

—Parate un momento —me dijo, agarrándome el pelo y sacándome la verga de la boca con un tirón suave—. Si seguís así, me hacés acabar. Y todavía no.

Me detuve. Me acosté de espaldas, como me indicó, jadeando, con los labios hinchados y el mentón mojado.

Me levantó las rodillas hasta el pecho. Me pidió que las sostuviera. Y se acomodó entre mis piernas con la cara a la altura de mi culo.

Lo que vino después fue lo más íntimo que me había hecho otra persona en toda mi vida.

Su lengua me recorrió despacio. Empezó por el perineo, subió hasta el ojete, dio vueltas alrededor sin tocar el centro. Me sopló encima. Después se lanzó de lleno y me besó ahí como si fuera otra boca, apretando los labios contra mi ano, chupándomelo, metiéndome la lengua adentro. Yo cerré los ojos y dejé escapar un sonido que no había hecho nunca, algo entre un suspiro y una palabra cortada por la mitad. Se me arqueó la espalda sola. Andrés se rió bajito, con la boca todavía pegada a mi culo, y siguió comiéndomelo sin apuro, alternando lametones largos con mordisquitos en las nalgas.

—Qué rico culo tenés —murmuró contra mi piel—. Estás apretadísimo. Vamos a abrirte.

Después vinieron sus dedos. Primero uno, empapado en lubricante frío que se calentó rápido contra mi piel. Lo empujó hasta el nudillo y lo dejó ahí, quieto, esperando a que mi cuerpo lo aceptara. Después lo empezó a mover en círculos, ensanchando, buscando. Cuando dobló el dedo hacia adelante, tocó algo dentro de mí que me hizo gemir en voz alta, sin control.

—Ahí —dijo, satisfecho—. Ahí está.

Metió el segundo dedo. Sentí el ardor de la piel estirándose, pero también otra cosa, algo que me hacía querer más. Me agarraba de las sábanas y de él, sin saber dónde poner las manos. Andrés seguía con la boca en mis huevos mientras me trabajaba el culo con los dedos, doblándolos, abriéndolos en tijera dentro de mí. Metió el tercero. Yo ya no podía cerrar la boca; jadeaba como un animal, con la polla goteando pre-semen sobre el ombligo.

—Cógeme —le pedí, sin reconocer mi propia voz—. Ya no aguanto. Cógeme.

—Tranquilo —me dijo al oído cuando se acercó—. Vamos a ir de a poco.

Se acomodó sobre mí, me puso las piernas sobre los hombros, y sentí su polla empujando contra el lugar donde sus dedos habían estado un minuto antes. Se agarró la verga con la mano y me pasó el glande por el ojete, arriba y abajo, mojándomelo con lubricante, dejándome esperar. Yo levanté la cadera buscándolo.

—Respirá.

Respiré.

—Más profundo. Largá el aire cuando te diga.

Lo solté cuando me lo pidió. Y en ese instante, justo en ese instante, empujó y la cabeza de su polla me entró de golpe.

Solté un quejido largo. No de placer, todavía no; era ardor, era una sensación nueva que mi cuerpo no sabía cómo procesar, era un anillo de músculo cediendo alrededor de algo mucho más grande que sus dedos. Andrés se quedó quieto, con solo la punta adentro, con la frente apoyada contra la mía.

—Quedate así. No te muevas. Yo tampoco me muevo. Cuando estés listo, me avisás.

Pasaron segundos que pudieron ser minutos. Sentí cómo mi cuerpo cedía alrededor de él, cómo el ardor se iba transformando en otra cosa más extraña y más mía. Le toqué la espalda. Le toqué la nuca. Le besé los labios sin pensar. Y él, muy despacio, fue empujando más adentro, un centímetro, otro, otro, hasta que sentí sus huevos apoyados contra mis nalgas y supe que la tenía toda.

—Andá —murmuré.

Empezó a moverse. Primero apenas, como si me estuviera enseñando un movimiento que yo no conocía, sacando la mitad y volviéndola a meter con una lentitud casi cruel. Después un poco más. Las primeras embestidas todavía me sacaban quejidos de dolor; las siguientes ya no. La cabeza de su polla rozaba algo dentro de mí que me obligaba a levantar la cadera para buscarlo, a girarla, a pedirle más con el cuerpo aunque no pudiera con la boca. Yo, que había llegado convencido de que iba a hacer esto a otro, ahora estaba abierto de piernas debajo de un hombre, con su verga clavada en el culo, pidiendo más con la cintura como una puta.

Andrés lo notó.

—Te dije —susurró, saliendo casi entera y volviéndomela a hundir de un solo golpe—. Esto es lo que querías.

—Sí.

—Decilo.

—Esto es lo que quería.

—¿Qué es lo que querías?

—Que me cojas —dije, y me sonó a confesión—. Que me metas la polla. Cógeme fuerte.

Me agarró las muñecas y me las clavó contra la almohada, encima de la cabeza. Empezó a empujar más fuerte, más profundo, en serio. Cada embestida me sacaba el aire y me golpeaba los huevos contra el culo con un ruido sordo. Yo no me resistí. No quería resistirme. La cama crujía. El cabezal golpeaba contra la pared. Mi polla, atrapada entre nuestras panzas, se restregaba contra su piel en cada empujón, y sentí que me iba a correr sin siquiera tocármela.

—Me voy a correr —jadeé—. Me voy a correr así.

—Correte. Correte con la polla adentro.

Me solté. La corrida me salió disparada entre los dos cuerpos, blanca y caliente, chorreándome el pecho, la panza, el ombligo. El culo se me apretó alrededor de su verga en espasmos que no podía controlar, y Andrés soltó un gruñido grave, la cara enterrada en mi cuello.

—Ahí voy yo —dijo con la voz rota—. Ahí voy.

Empujó tres, cuatro veces más, cada una hasta el fondo, y después se hundió a fondo y se quedó ahí. Sentí su verga latiendo dentro de mí, sentí el chorro caliente de su semen llenándome por dentro, y me agarré a su espalda con las dos manos como si me estuviera cayendo. Cuando acabó, lo hizo adentro, despacio, sin apuro, vaciándose en mí hasta la última gota. Después se quedó arriba mío un rato largo, sin salir, mientras yo le acariciaba la espalda. Cuando finalmente sacó la polla, sentí el semen chorreándome por el ojete abierto, resbalando entre las nalgas hasta la sábana. No hablamos. No hacía falta.

***

Esa noche me quedé a dormir. Por la mañana, antes de que despertara, me senté en el borde de la cama y me quedé mirando el suelo. Todavía tenía el culo ardiendo, y cada vez que me movía sentía un hilo tibio bajándome por la entrepierna. No me arrepentía. No estaba avergonzado. Sentía algo más simple y más raro a la vez: por primera vez en mucho tiempo, había dejado de explicarme cosas a mí mismo.

Andrés se despertó y me miró con un ojo abierto.

—¿Y? —preguntó—. ¿Seguís queriendo cogerme?

Me reí. Me reí de verdad, casi con alivio.

—No.

—Lo sabía.

Se estiró, me agarró por la cintura y me arrastró otra vez bajo las sábanas. Me puso boca abajo, me abrió las nalgas con las dos manos y sentí su lengua otra vez ahí, limpiándome, comiéndose lo que él mismo había dejado adentro la noche anterior. No me resistí. Tampoco quería. Le arqueé el culo contra la boca y le pedí, sin palabras, que me la volviera a meter.

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Comentarios(9)

ElChicoBaires

Que relato tan bien escrito, me enganché desde el principio hasta el final. Tremendo!!

Marcos_lectura

Hay segunda parte?? Quedé con ganas de mas, en serio.

NicolasR87

Me encanto el enfoque, nada de vulgaridades innecesarias, muy bien llevado. Sigue escribiendo

RomeoLector88

jajaja el final no me lo esperaba para nada, tremendo giro

Felix_BA

Muy realista, se siente que lo viviste de verdad. Eso se nota cuando uno escribe desde el corazon y no solo para epatar. Sigue asi!

Andres_baires

Como te animaste a contarlo?? me imagino que no es facil. Gracias por compartirlo

PabloK_Lector

Buenisimo. De los mejores de la categoria, sin dudas

gus_noche22

se hizo cortito jaja, quiero saber que paso despues :)

DarkReader_ok

Me gusto que no lo dramatizaron, muy honesto el relato. 10 puntos

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