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Relatos Ardientes

La noche que un hombre me enseñó mi verdadero rol

Por aquel entonces tenía veintiséis años y una vida que cualquiera habría llamado «normal». Una novia de hacía dos años, un grupo de amigos sólido, una carrera universitaria a punto de terminar. Me gustaban las mujeres. Más exactamente, me gustaba Carolina, y nunca había sentido la necesidad de cuestionar nada más allá de eso.

Pero unas semanas antes, ella había dado un paso que me cambió la cabeza más de lo que ninguno de los dos imaginó. Una noche cualquiera, en su departamento, me dejó entrar por detrás. Era su primera vez por ese lado. Lo hicimos despacio, con cuidado, y después se quedó dormida sobre mi pecho mientras yo seguía despierto mirando el techo, sin poder sacarme una imagen de la cabeza.

No era ella la que estaba en esa imagen.

Era un hombre.

Al principio me asusté. Llevaba toda la vida diciéndome heterosexual y nadie había puesto en duda esa etiqueta, yo menos que nadie. Pero la imagen volvía cada noche. Quería penetrar a un hombre. Quería sentir cómo se le apretaba el cuerpo contra el mío, quería escucharlo gemir, quería tomarlo igual que había tomado a Carolina.

Empecé a fijarme en los hombres por la calle de otra manera. No en cualquiera; me atraían los que tenían algún gesto suave, algún rasgo más fino, algo en la mirada que prometía obediencia. En mi cabeza yo era el que mandaba. Yo era el activo. Eso, al menos, no estaba en discusión.

***

Lo conocí en una fiesta de fin de curso. Un compañero del taller de literatura me había llevado al departamento de un amigo suyo en el barrio Bellavista. El dueño de casa se llamaba Andrés. Tenía treinta años, trabajaba en una agencia de publicidad y vivía solo en un tercer piso con vista al cerro. No era afeminado en absoluto. Hablaba con voz grave, se movía con la calma de alguien que no necesita gustarle a nadie, y tenía las manos grandes y secas.

Algo en él me llamó la atención apenas crucé la puerta. No sé si fue su forma de mirarme demasiado tiempo cuando me presentaron, o la manera en que sonreía justo antes de hacer una broma, como si me estuviera midiendo. Nos pasamos la fiesta cerca, intercambiando frases sueltas mientras los demás bebían y discutían sobre películas que nadie había visto.

Antes de irme le pedí su número con la excusa de un libro que me había recomendado. Él lo guardó sin disimular la sonrisa.

—Me llamas —dijo.

—Te llamo.

***

Cuatro días después le escribí. Le propuse tomar unas cervezas en un bar que conocía cerca del río. Aceptó al toque, pero cuando llegué al lugar lo vi sentado con otro tipo en la mesa. Sentí un golpe de fastidio que casi me obligó a darme media vuelta.

—Hola, Matías —saludó Andrés con esa misma sonrisa de la fiesta—. Te presento a Diego. Le tenía que pasar un manuscrito y aprovechamos para juntarnos.

Diego me dio la mano y se levantó casi al mismo tiempo. Dijo algo de un compromiso, de un horario, de su hija; lo dijo demasiado rápido. Andrés y él se miraron un segundo de más antes de despedirse. Entendí que Diego sabía. Andrés le había contado de mí.

Cuando nos quedamos solos, pedimos una jarra y nos sentamos uno frente al otro. Por un momento ninguno habló. Después él se rió, sin motivo aparente.

—Pensaste que te iba a hacer perder la noche, ¿no?

—Algo así.

—Diego es buen amigo. Sabía que no me iba a robar la cita.

Esa palabra, dicha sin pedir permiso, me caló en algún lado. La jarra se vació rápido. Pedimos otra. Hablamos del trabajo, de mi tesis, de la última vez que cada uno se había sentido fuera de lugar en alguna parte. La luz del bar era amarilla y baja, y desde algún punto de la conversación dejé de mirarle los ojos para empezar a mirarle la boca cada vez que hablaba.

—¿Y qué buscas, exactamente? —preguntó cuando ya estábamos los dos un poco más sueltos.

—No sé. Algo distinto, supongo.

—¿Distinto?

—Quiero estar con un hombre.

Lo dije sin pensar. Me sorprendió el alivio que sentí después de soltarlo. Andrés ni se inmutó. Apoyó el vaso en la mesa con cuidado.

—¿Y qué te ves haciendo con ese hombre, Matías?

—Pues… —se me secó la garganta— me veo arriba.

Sonrió. No fue una sonrisa burlona, pero tampoco era inocente.

—¿Estás seguro?

—Bastante seguro.

—Mmm.

Bebió, sin dejar de mirarme. Yo seguí, porque ya no podía detenerme.

—Me imagino entrando en alguien. Me imagino haciéndole lo que le hice a mi novia hace unas semanas. Quiero que un hombre me deje hacerle eso. No sé por qué, pero es la idea que me obsesiona.

—¿Y si lo que te obsesiona en realidad no es lo que crees? —dijo él, sin levantar la voz—. ¿Y si tu cabeza inventó esa historia para no admitir lo otro?

—¿Lo otro?

—Que lo que querés no es darlo. Es recibirlo.

Sentí el calor subiéndome por el cuello. Pero también, por primera vez en semanas, sentí una especie de descanso. Como si alguien acabara de poner sobre la mesa la palabra exacta que yo había estado evitando.

—¿Vamos a tu casa? —pregunté.

—Vamos a mi casa.

***

El departamento de Andrés tenía las paredes blancas y una sola lámpara encendida en el living. No me mostró nada. Apenas cerró la puerta me besó. No me había imaginado que un beso entre dos hombres podía ser tan distinto de uno con una mujer. Me afeitaba todos los días, pero su barba de tres días me raspó la mejilla, y ese roce mínimo me bajó hasta el estómago.

Me llevó al dormitorio. Una cama de plaza y media, sábanas grises, una mesa de luz con un libro abierto boca abajo. Me dijo que me pusiera cómodo y que lo esperara. Se fue al baño.

Yo me saqué la ropa rápido, casi con la prisa del que sabe que, si piensa demasiado, puede arrepentirse. Me dejé solo los calzoncillos. Me metí bajo la sábana. El corazón me golpeaba el pecho como si hubiera corrido cuadras.

Cuando volvió estaba desnudo. Vino caminando hasta el borde de la cama y se quedó ahí parado, con el pene a medio crecer entre las piernas, mirándome desde arriba.

—Sacate la sábana —dijo.

Obedecí.

—Sacate los calzoncillos.

Obedecí también. Y esa obediencia, tan rápida y tan limpia, me dijo algo de mí mismo antes que ninguna otra cosa.

Se quedó callado unos segundos, observándome. Después se acercó y se sentó en el borde de la cama, justo a mi lado.

—Matías, hagamos algo. Vos creés que vas a penetrarme. Yo creo que en realidad querés que yo te penetre a vos. Probemos primero lo segundo. Si después de eso seguís queriendo lo otro, te lo doy. Pero algo me dice que no vas a querer.

No me dejó responder. Tomó mi mano y la llevó hasta su pene.

—Empezá por acá.

***

Lo que pasó después no se parecía a lo que yo había imaginado durante esas semanas en mi cama. Yo me había imaginado dominando. En cambio, ahora estaba inclinado sobre las piernas de un hombre, con su pene en la boca, descubriendo que me gustaba.

Lo lamí desde la base hasta la punta, despacio, mirando hacia arriba cada tanto para encontrarme con sus ojos. Él no decía mucho. A veces me ponía una mano en el pelo, sin presionar, solo para indicarme el ritmo. A veces sonreía. Yo le devolvía la sonrisa con la boca llena, porque no podía hacer otra cosa.

Le besé los huevos. Le pasé la lengua por dentro de los muslos. Le metí toda la verga en la garganta hasta que me ahogué un poco, y aun así no quise sacarla. En algún momento perdí la noción del tiempo. No sé si fueron veinte minutos o cuarenta. Lo que sí supe, con una claridad que me sorprendió, fue que esto era lo que había estado buscando.

—Parate un momento —me dijo—. Si seguís así, me hacés acabar.

Me detuve. Me acosté de espaldas, como me indicó.

Me levantó las rodillas hasta el pecho. Me pidió que las sostuviera. Y se acomodó entre mis piernas con la cara a la altura de mi ano.

Lo que vino después fue lo más íntimo que me había hecho otra persona en toda mi vida.

Su lengua me recorrió despacio. Empezó por el perineo, subió hasta el ano, dio vueltas. Me besó ahí como si fuera otra boca. Yo cerré los ojos y dejé escapar un sonido que no había hecho nunca, algo entre un suspiro y una palabra cortada por la mitad. Andrés se rió bajito, sin parar.

Después vinieron sus dedos. Primero uno, con lubricante. Después dos. Iba despacio, midiendo cada centímetro contra mi reacción. Yo me agarraba de las sábanas y de él, sin saber dónde poner las manos.

—Tranquilo —me dijo al oído cuando se acercó—. Vamos a ir de a poco.

Se acomodó sobre mí, me puso las piernas sobre los hombros, y sentí su pene empujando contra el lugar donde sus dedos habían estado un minuto antes.

—Respirá.

Respiré.

—Más profundo. Largá el aire cuando te diga.

Lo solté cuando me lo pidió. Y en ese instante, justo en ese instante, entró.

Solté un quejido. No de placer, todavía no; era ardor, era una sensación nueva que mi cuerpo no sabía cómo procesar. Andrés se quedó quieto, dentro de mí, con la frente apoyada contra la mía.

—Quedate así. No te muevas. Yo tampoco me muevo. Cuando estés listo, me avisás.

Pasaron segundos que pudieron ser minutos. Sentí cómo mi cuerpo cedía alrededor de él, cómo el ardor se iba transformando en otra cosa más extraña y más mía. Le toqué la espalda. Le toqué la nuca. Le besé los labios sin pensar.

—Andá —murmuré.

Empezó a moverse. Primero apenas, como si me estuviera enseñando un movimiento que yo no conocía. Después un poco más. Las primeras embestidas todavía me sacaban quejidos de dolor; las siguientes ya no. La cabeza de su pene rozaba algo dentro de mí que me obligaba a levantar la cadera para buscarlo. Yo, que había llegado convencido de que iba a hacer esto a otro, ahora pedía más con la cintura.

Andrés lo notó.

—Te dije —susurró—. Esto es lo que querías.

—Sí.

—Decilo.

—Esto es lo que quería.

Me agarró las muñecas y me las clavó contra la almohada. Empezó a empujar más fuerte. Yo no me resistí. No quería resistirme. La cama crujía. Mi cuerpo le respondía sin pedirme permiso. En algún momento dejé de pensar y solo escuché mi propia respiración rota mezclada con la suya.

Cuando acabó, lo hizo adentro, despacio, sin apuro. Después se quedó arriba mío un rato largo, sin salir, mientras yo le acariciaba la espalda. No hablamos. No hacía falta.

***

Esa noche me quedé a dormir. Por la mañana, antes de que despertara, me senté en el borde de la cama y me quedé mirando el suelo. No me arrepentía. No estaba avergonzado. Sentía algo más simple y más raro a la vez: por primera vez en mucho tiempo, había dejado de explicarme cosas a mí mismo.

Andrés se despertó y me miró con un ojo abierto.

—¿Y? —preguntó—. ¿Seguís queriendo penetrarme?

Me reí. Me reí de verdad, casi con alivio.

—No.

—Lo sabía.

Se estiró, me agarró por la cintura y me arrastró otra vez bajo las sábanas. No me resistí. Tampoco quería.

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Comentarios (3)

ElChicoBaires

Que relato tan bien escrito, me enganché desde el principio hasta el final. Tremendo!!

Marcos_lectura

Hay segunda parte?? Quedé con ganas de mas, en serio.

NicolasR87

Me encanto el enfoque, nada de vulgaridades innecesarias, muy bien llevado. Sigue escribiendo

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