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Relatos Ardientes

El hombre del cine me llevó a su casa un sábado

Lo conocí en los baños de un cine del centro y desde aquella tarde no había podido sacármelo de la cabeza. Antes de que terminara de subirme los pantalones le había dado mi número, casi por inercia, y él había hecho lo mismo. Pensé que no me iba a escribir, que los tipos como Mateo solo cumplen en el momento y después desaparecen. Me equivoqué.

Durante las dos semanas siguientes me llegaban mensajes a cualquier hora. A veces era una foto de su verga tomada desde arriba, recostado en su cama, con la palma sirviendo de fondo. Otras veces era un primer plano de los testículos, o un vídeo corto de él masturbándose sin mostrar la cara. Siempre con la misma pregunta debajo, escrita sin signos: «se te antoja».

Yo le respondía con monosílabos o emojis, intentando que no se notara cuánto me alteraba. Pero la verdad es que cada notificación me dejaba inquieto el resto del día, mirando el reloj, calculando cuándo podría volver a verlo.

Una tarde de jueves me escribió distinto. Era una foto de un papel con membrete de laboratorio. «Acaban de llegar mis resultados, estoy limpio. ¿Ahora sí me dejás metértela a pelo?», decía abajo. Le contesté que sí antes de terminar de leer la frase entera. Acordamos vernos el sábado, en su casa, sin testigos ni baños ni prisa.

***

El sábado me pasó a buscar a la esquina de mi cuadra, a las tres de la tarde. Hacía un calor que pegaba en la nuca y yo había escogido la ropa con cuidado: una camisa fina, un bóxer que sabía que le iba a gustar, perfume nuevo. Cuando vi su carro azul doblar la esquina, sentí que se me iba el aire del pecho.

—Subí, no me hagas esperar —dijo, asomando la cabeza por la ventanilla.

Me senté en el asiento del copiloto y ahí estaba, sin disimulo, con la verga afuera del short. Me miró de costado, con esa sonrisa torcida que yo ya le conocía, y arrancó el motor sin decir nada más. Entendí el mensaje sin necesidad de palabras.

—¿Acá? —pregunté, solo para escucharme la voz.

—¿Dónde más? —contestó, encogiéndose de hombros.

Me incliné sobre la palanca de cambios y me la metí en la boca despacio, paladeando el primer contacto. La punta tenía un sabor salado, dulce, denso, ese gusto que solo aparece cuando un tipo ya lleva un rato pensando en lo que va a pasar. Cada vez que pasaba la lengua por debajo del glande sentía la textura de las venas, la tensión de la piel estirada, el latido suyo contra mi paladar.

Mateo manejaba con la mano izquierda en el volante y la derecha apoyada en mi nuca. No me empujaba, no me apuraba: solo me acompañaba el ritmo, como si fuera un metrónomo. Escuchaba su respiración cada vez más corta, más irregular, y cada exhalación me daba más ganas de exprimirlo hasta dejarlo seco antes de llegar.

—Vas a hacer que me coma un semáforo —murmuró, riéndose entre dientes.

No le hice caso. Bajé la cabeza un poco más, dejé que entrara hasta el fondo y me quedé ahí, respirando por la nariz, sintiendo cómo el latido se aceleraba. A los pocos segundos lo escuché soltar un gemido contenido y me llenó la boca con todo lo que tenía. Tragué sin pensar, lamiendo después cada gota que había quedado en el tronco.

—Pará, pará —dijo, intentando apartarme con suavidad—. Si seguís así me dejás seco y no voy a poder cogerte cuando lleguemos.

Me senté derecho, me limpié la comisura del labio con el pulgar y le sonreí. Él meneó la cabeza, como si no pudiera creer la suerte que tenía esa tarde, y casi no levantó el pie del acelerador durante las cuadras que quedaban.

***

Su casa quedaba en un edificio bajo, con cochera propia y un ascensor que olía a madera nueva. Apenas se cerró la puerta del departamento, antes de que yo pudiera dejar la mochila en el suelo, me empujó contra la pared del recibidor y empezó a besarme como si quisiera robarme el aire.

Era un beso distinto al del cine. Aquel había sido apurado, casi violento, con miedo de que alguien abriera la puerta del baño. Este era un beso tranquilo, con tiempo, con manos que sabían adónde iban. Me agarró la cara con las dos manos y me obligó a mirarlo.

—Te estuve pensando toda la semana —me dijo.

No supe qué contestar. Me limité a besarlo de nuevo y a dejarme llevar mientras me bajaba el cierre del pantalón con la otra mano. Caminamos hacia atrás, tropezando con el sillón del living, hasta llegar a la habitación. Por el camino fue dejando una estela de ropa: mi camisa en el pasillo, su remera en el umbral, mi bóxer en el borde de la cama.

Me besó el cuello, después los hombros, después el pecho. Bajó por el abdomen mordiéndome la piel a la altura de las caderas, y cuando creí que iba a chupármela me dio vuelta sin avisar.

—Quedate quieto que te voy a preparar bien.

Sentí su lengua entre las nalgas y el cuerpo se me arqueó solo. Mateo sabía lo que hacía: alternaba la presión con la suavidad, dibujaba círculos lentos y de pronto hundía la lengua sin pedir permiso. Yo agarraba las sábanas con las dos manos, intentando no gemir demasiado fuerte, aunque sabía que en ese piso no iba a escucharnos nadie.

Cuando terminó, me puso en cuatro sobre la cama y se acomodó atrás. Lo escuché escupirse en la mano, sentí cómo se la pasaba por el tronco, y después el calor pegado a mi entrada. Entró despacio, dándome tiempo, hasta que me sentí lleno de un modo que no había sentido antes. Sin condón todo era distinto. La textura, la temperatura, la sensación de que ningún milímetro estaba separado del otro.

—Te lo dije —susurró, hundiéndose hasta el fondo—. A pelo es otra cosa.

Empezó con esa mezcla suya que yo recordaba bien del cine: movimientos circulares, embestidas lentas, embestidas rápidas, y de nuevo lentas, como si estuviera escribiendo algo dentro de mí. La cama crujía con cada empuje. Yo bajaba la cabeza, la levantaba, miraba por encima del hombro para verle la cara, y siempre lo encontraba con los ojos cerrados, concentrado, mordiéndose el labio.

Después de un rato sentí que se aceleraba el ritmo, que las manos me apretaban más fuerte la cintura, y supe que se venía. Pensé que iba a salir, que iba a hacerlo afuera por costumbre, pero esta vez no. Se hundió hasta el fondo, me clavó las uñas en la piel y se vació adentro mío durante segundos que parecían no acabarse. Lo sentí escurrir, salir de a poco cuando se retiró, caer tibio sobre la sábana.

—Limpiámela —me ordenó, sentándose en el borde de la cama.

Me di vuelta, le agarré la verga con las dos manos y se la chupé despacio, sin asco, sin pensar. La dejé sin un solo rastro. Mientras lo hacía, sentí cómo se le iba poniendo dura otra vez contra mi lengua, cómo crecía sin que yo hiciera nada raro. Me sonrió.

—Te quiero volver a rellenar, pero ahora dale vos.

***

Me trepé arriba suyo y me senté despacio, hundiéndome a mi ritmo. La sensación de tener todo eso adentro otra vez, sin protección, sin apuro, me cortó el aire por un segundo. Empecé a moverme buscando mi propio ángulo, las palmas apoyadas en su pecho, mientras él me miraba como si yo fuera una película que no quería perderse.

—¿Te gusta mi verga? —me preguntó, agarrándome las caderas.

—Me encanta —respondí entre gemidos.

—¿Querés más?

—No me la saques nunca.

—¿Te gusta cómo te cojo?

—Más que nada.

Le contestaba sin pensar, las respuestas saliéndome casi solas, cada una más vergonzosa que la anterior. Él se reía bajito, satisfecho, y aumentaba el ritmo cuando me sentía flojo. En un momento se incorporó, me agarró por la espalda y empezó a moverse desde abajo, embistiéndome con fuerza mientras yo intentaba mantener el equilibrio.

Y ahí, sin previo aviso, soltó la pregunta que cambió el tono de toda la tarde.

—¿Cuál verga te gusta más, la mía o la de tu ex, la de Joaquín?

Me quedé en silencio.

No era una pregunta inocente. Yo le había contado, dos semanas atrás, en mensajes que después borré, que tenía un ex con el que todavía me veía cada tanto. Le había dicho, además, que Joaquín la tenía más larga, más gruesa, y que con él yo había llegado a tener orgasmos secos solo con la penetración. Eso no se lo iba a confesar ahora, encima suyo, con su semen escurriéndome por dentro.

—Contestá —insistió.

—Vos cogés rico —dije, esquivando.

—No te pregunté eso.

Bajé la mirada, sonreí un poco y seguí moviéndome. Pensé que se iba a enojar, que me iba a sacar de encima. En cambio, me apretó con más fuerza y empezó a hablarme cerca del oído.

—Así que te gusta más la de Joaquín. Te voy a coger tanto esta tarde que te la voy a hacer olvidar. Te voy a coger tanto que vas a tener su nombre en la punta de la lengua y va a salir el mío. ¿Me escuchaste?

Asentí, porque no me salía la voz.

Y cumplió. Apenas se vino la segunda vez me dio vuelta, me puso boca arriba, me levantó las piernas y empezó otra vez. Se vino una tercera vez, descansó cinco minutos y volvió. Yo ya no llevaba la cuenta de los orgasmos suyos ni de los míos. La habitación olía a sudor, a perfume mezclado, a algo dulce y áspero al mismo tiempo. Las sábanas estaban hechas un desastre.

Solo paró cuando no se le paró más, cuando el cuerpo ya no le respondió y se desplomó al lado mío respirando como si hubiera corrido una maratón.

***

Tardó varios minutos en hablar. Yo miraba el techo, todavía con un temblor en las piernas, sintiendo cómo se me escurría el semen sobre la sábana.

—¿Todavía preferís la verga de Joaquín? —preguntó al fin, girando la cara hacia mí.

—No —contesté—. Ahora la tuya.

Se rió bajito.

—Mentiroso. Me lo decís para no herirme el orgullo.

No le contesté. Me limité a sonreír mirando al techo. Él se acomodó de costado, me pasó un brazo por la cintura y me habló pegado a la nuca.

—Está bien. Voy a hacer que cambies de opinión. Ya sea con mi verga sola o, si hace falta, con más vergas.

Esa última frase me dejó dando vueltas. Más vergas. La dijo así, en plural, como si fuera una promesa cualquiera, y siguió hablándome de otras cosas como si no acabara de abrirme la puerta a algo que yo no había imaginado. Me quedé callado un rato largo, mirando la luz de la tarde colarse por las cortinas, y pensé que la próxima vez que me escribiera ya no iba a saber muy bien qué iba a encontrar del otro lado.

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Comentarios (3)

SantiRiver14

Buenisimo!!! Me quedé con ganas de saber cómo siguió la tarde jaja

ElCurioso99

Muy bien narrado, se siente autentico. Seguí subiendo relatos así

DiegoCba99

La escena del carro al principio me mató, tremendo arranque. Espero que haya mas de este tipo

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