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Relatos Ardientes

El chaval del pueblo que llamó a mi puerta

Vivía en un pueblo de pocos vecinos, una zona apartada de las grandes ciudades donde casi todos nos conocíamos por el primer apellido. Mi casa quedaba al final de un camino sin asfaltar, rodeada por dos higueras viejas y un huerto en el que apenas crecían unas tomateras flacas.

A mis sesenta y ocho años seguía lúcido y con energía de sobra. La gente del pueblo me llamaba «don Alfonso», aunque ese tratamiento siempre me sonó a viejo cascarrabias, y yo no era ni cascarrabias ni viejo del todo. Nunca me conocieron pareja, ni mujer ni hijos. La gente no lo sabía, pero yo era homosexual. Lo fui toda la vida y lo seguía siendo, aunque en aquel lugar el deseo se quedara guardado bajo siete llaves.

Lo que más me pesaba no era esconderme. Era la falta de compañía al calor de las sábanas. Echaba de menos respirar contra otro cuello, oír otra respiración acompasada con la mía en la oscuridad. Echaba de menos cosas pequeñas, casi tontas, que la edad me había vuelto urgentes.

Hubo un tiempo en que me escapaba a la capital los viernes por la noche y volvía el domingo con la barba mal afeitada y el cuerpo todavía recordando. Pero esa época se acabó. Ya no me miraban en los bares como antes. Y la capital quedaba a casi dos horas de carretera mala.

Por eso terminé bajándome aquella aplicación de citas. Me costó entenderla, pero un sobrino de un amigo me echó una mano. El problema, después, fue otro. Los contactos más cercanos vivían a treinta o cuarenta kilómetros, chicos que nunca podían o nunca querían moverse hasta aquí. Las conversaciones se morían en saludos forzados y promesas vacías. Empecé a pensar que aquello no era para mí.

Hasta que una tarde apareció él.

En el perfil ponía solo una letra, una M, sin foto, sin descripción más allá de la edad: dieciocho años. La distancia que marcaba la pantalla era ridícula, apenas un puñado de metros. Tenía que ser alguien del propio pueblo. No me cuadraba. Llevaba media vida ahí y creía conocer cada cara, cada coche, cada ventana iluminada de noche. ¿Quién diablos era ese chaval?

Le escribí un «hola» seco, sin esperar gran cosa. La respuesta tardó casi tres horas. Otro «hola» igual de tímido. Y a partir de ahí, una conversación que se alargó tarde tras tarde durante una semana entera.

Se llamaba Mateo. Había nacido en el pueblo, pero sus padres venían de la otra punta del país. Era de esos chavales que vivían a la sombra, sin pandilla ni novia, leyendo en el patio del instituto mientras los demás jugaban al fútbol. Me confesó, con frases entrecortadas, que se había bajado la aplicación porque no sabía a quién más preguntarle nada. Que nunca había estado con nadie, ni con chico ni con chica. Que no le pasaba por la cabeza tener su primera vez con alguien del instituto.

No le insistí. Le hablé de mí, de mi huerto, de mi gato, del frío que hacía en invierno. Le conté que era homosexual desde siempre y que también me había costado descubrirlo. Le dije lo que un día me hubiera gustado que alguien me dijera a mí.

Cuando me pareció que ya nos conocíamos, lo invité a casa. Aceptó.

***

Quedamos para un sábado por la tarde, después de comer. Llamó al timbre puntual como un reloj que nunca se atrasa.

—Hola, Mateo. Pasa —le dije.

Era alto, más alto de lo que había imaginado por su forma de escribir. Delgado, desgarbado, con los hombros encogidos como si quisiera ocupar menos espacio del que ocupaba. Las mejillas todavía marcadas por el acné. Las manos largas. No era guapo en el sentido fácil de la palabra. Pero tenía esa rareza honesta de los chicos que no se han mirado nunca a sí mismos delante de un espejo. Eso me gustó.

Si tenía que adivinar, apostaría a que era el último de la fila en cualquier foto de clase. El que sacaba buenas notas. El que los profesores recordaban por el nombre y los demás no recordaban en absoluto.

—Siéntate. ¿Quieres beber algo?

—Un vaso de agua, por favor.

—¿Del grifo o de botella?

—Del grifo está bien.

Fui a la cocina. Cuando volví, se había buscado un rincón del sofá tan pegado al apoyabrazos que parecía querer fundirse con la tela. Le tendí el vaso. Bebió un trago corto, casi de cortesía, y lo dejó en la mesa auxiliar.

—Y dime, Mateo, ¿tienes muchos amigos en el instituto?

—No muchos —habló bajito, sin levantar la vista.

—¿Y las chicas? ¿No te interesa ninguna?

—No me quieren cerca. Dicen que soy feo.

—No eres feo. Es que no te conocen.

—Ya. Ojalá.

Le puse la mano en el muslo, encima del pantalón vaquero. Empecé a frotárselo despacio, en un ir y venir que se acercaba a la entrepierna y volvía a bajar por la cara interior. Buscaba alguna tensión, algún sobresalto. No encontré ninguno. Solo respiraba un poco más fuerte.

—Entonces, ¿te gustan los chicos?

—Sí. Hay dos en mi clase que me gustan.

—¿Y no has intentado nada con ellos?

—Nunca podría. No se fijan en mí. Y, además, tienen novia.

—Entiendo. ¿Y conmigo te gustaría probar?

Dudó. Bajó la cabeza todavía más. Después asintió.

—No hay nadie más por aquí —dijo, como si necesitara justificarse.

—Lo sé. Te puedo enseñar yo algunas cosas. Y, si más adelante encuentras a alguien…

No terminé la frase. No hacía falta. Vi cómo se le movía un músculo en la comisura del labio, una vibración mínima que delataba todo lo que llevaba dentro.

—Está bien —seguí—. A ver qué tenemos aquí.

Le desabroché el pantalón con calma, como quien intenta no asustar a un animal pequeño. Mateo se dejó hacer. Incluso se reclinó un poco hacia atrás, apoyando los codos en el respaldo y mirando al techo.

—Dime una cosa. ¿Qué prefieres ser? Yo soy versátil pasivo.

—No sé qué significa eso.

Se lo expliqué con palabras simples, sin que sonara a lección de instituto. Mientras hablaba, le bajé la cremallera y le saqué el miembro. Estaba a medio camino entre la calma y el despertar, todavía blando pero ya pesado. No era ningún juguete tímido. Tenía buen tamaño, mucho mejor de lo que su cuerpo desgarbado dejaba intuir.

—Tienes uno bien grande, Mateo. Serías un buen activo.

No respondió. Tenía toda su atención en mi mano, que lo recorría despacio, buscándole el ritmo. No hizo falta mucho. La carne joven responde rápido aunque la cabeza vaya despacio.

Le terminé de bajar los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Mateo me ayudó alzando un poco la cadera. Buena señal. El miembro se le mantuvo firme contra el vientre, ladeándose apenas.

—¿Qué te parece si vamos a la cama y vemos qué sabes hacer con esto?

Seguía sin decir nada. Pero su cuerpo hablaba por él. Asintió.

—Puedes dejar la ropa aquí. Ya la recogerás luego.

Se dejó las zapatillas, los pantalones y los calzoncillos en el sofá. Conservó la camiseta y los calcetines. Cuando se puso de pie, me costó respirar. Estaba largo, blanco, con esa torpeza maravillosa de los cuerpos que todavía no saben lo que son.

Caminó delante de mí hacia el dormitorio. Cada paso le hacía bambolear el miembro de un lado al otro. Yo me iba quitando la camiseta y el pantalón corto que llevaba para estar por casa. Sentía el pecho apretado de pura lujuria.

***

Recé por dentro para tener condones de su talla en el cajón de la mesilla. Los tenía. Por suerte, los que guardaba se estiraban lo suficiente, y en cuestión de un minuto le había puesto uno y lo había untado en lubricante. Me recosté boca abajo, con la cabeza ladeada sobre la almohada, y esperé.

Mateo no sabía cómo colocarse. Tanteó con las rodillas, ensayó un par de posiciones torpes contra mis piernas. Sentí su carne empujar al azar, sin tino. Le ayudé a guiarse.

—Ahí. Dale… ¡Ay! —gruñí cuando el primer empujón se abrió paso entre las nalgas—. Más despacio.

—Perdón —se disculpó al instante.

—No pasa nada, cariño. Es tu primera vez. Tienes que dejar que me acomode. Es mucho lo que calzas.

Le salió ese «cariño» de algún rincón viejo de mí, sin permiso. No me importó. A él tampoco pareció importarle.

Era un chaval cohibido, ya lo sabía. Tuve que decirle cuándo empujar, porque si no se quedaba quieto, temiendo hacerme daño. Yo soltaba un ruido ronco a medio camino entre el gruñido y el gemido, y él se asustaba. Pero le iba diciendo que siguiera. Que despacio. Que más. Que ahí. Que cada centímetro suyo me iba llevando la inseguridad, la mía y la suya.

—¿Lo hago bien?

—Claro que sí, cariño.

Llegó el movimiento. Carecía de técnica, eso se notaba. Metía y sacaba con una cadencia monótona, mecánica, como quien hace algo por primera vez y no se atreve a improvisar. Pero el grosor llenaba como debía llenar. El aliento se me escapaba entre los dientes como pequeñas vaharadas calientes. Mateo también gemía, pero distinto. Más bajo. Como si quisiera contenerse, como si tuviera miedo de que el ruido fuera de mal gusto.

—Ahora puedes ir más rápido.

Siguió sin afinar el pulso. Sus golpes secos chocaban contra mí sin sutileza, como un coche embistiendo un muro. Pero el placer estaba ahí, expandiéndose en cada embestida torpe. Aguantó varios minutos. No sabría decir cuántos. Los suficientes para que yo entendiera que aquel chaval, con un poco de tiempo, iba a hacer gozar a quien quisiera.

El orgasmo le llegó como un temblor. Lo sentí desde dentro. Un epicentro debajo del ombligo que reverberó hacia el miembro y le aflojó la fuerza del empuje. Se quedó quieto, jadeando contra mi nuca.

—Lo siento —jadeó—. Me he…

—No pasa nada.

Solo había llenado el preservativo. La primera vez que lo hacía en su vida.

—Ve a lavarte si quieres —le ofrecí—. El baño está pasando esa puerta.

Se quedó arrodillado sobre el colchón. Jadeante. Cohibido. Sin saber qué hacer con las manos ni con la mirada.

—Ven. Yo te enseño.

Lo llevé de la mano al baño. Le lavé el miembro con abundante agua tibia, despacio, como quien lava algo recién nacido. Él me miraba sin decir nada, con los hombros todavía encogidos.

—¿Lo he hecho bien? —preguntó al fin.

—Lo has hecho de maravilla. Cuando tengas un poco más de experiencia, vas a hacer gozar a todos los tíos que te propongas. Y no habrá uno solo que te ignore.

Le asomó un atisbo de sonrisa. La primera desde que había cruzado la puerta de mi casa. Pequeña, contenida, casi tímida de sí misma. Pero estaba ahí.

Volvimos al salón. Recogió la ropa en silencio, se vistió sin dejar de mirarme cada pocos segundos, como queriendo decir algo que aún no sabía decir. Cuando se calzó las zapatillas y se acercó a la puerta, le puse la mano en la nuca un instante.

—Cuando quieras volver, llamas.

Asintió. Bajó la cabeza con esa misma sonrisa apenas dibujada. Y se fue.

Cerré la puerta despacio. Me quedé un rato apoyado en ella, escuchando el silencio del pasillo y el latido todavía espeso de la sangre. Intuí, sin la menor duda, que iba a volver. Y que la próxima vez ya no iba a venir solo a aprender. Iba a venir también a sentir.

Y eso era, exactamente, lo que yo necesitaba.

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Comentarios (4)

MiguelT_cba

Genial!!! de los mejores relatos de esta categoria

Hernan_baires

Me quede con ganas de mas, espero la segunda parte. Muy bueno

SerapioRdz

Bien narrado, se siente que es algo vivido. El detalle del pueblo le da mucho realismo al relato

Pablito_MZA

jajaja tremendo el chaval ese, me mato

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