Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La madrugada en que mi amigo me confesó la verdad

La llovizna que llevaba toda la noche cayendo sobre la sabana se afirmó al amanecer, golpeando los tejados con un repiqueteo grueso y persistente. La luz ámbar de la terraza y los focos blancos de la sala forcejeaban contra un cielo plomizo que no daba tregua. El viento bajaba frío desde la cordillera, atravesando los antejardines y empapando las baldosas rojas. Esteban Gabriel y su invitado abandonaron la terraza con los hombros encogidos y se refugiaron en el calor de la sala.

—Para nada me gustó —comentó Esteban mientras cerraba la puerta corrediza.

—¿Le supo tan desagradable? —respondió Mateo, revisando que no quedara nada olvidado en la mesita auxiliar.

El silencio del jardín no compaginaba con la música que sonaba dentro, pero la letra de la canción concordaba en algo con la conversación pausada que mantenían bajo el manto de humedad helada.

—Su sabor agridulce me sorprendió y no supe disimularlo. Catalina y sus padres se rieron de mi cara, y mientras escuchaba sus burlas contenidas, decidí quedarme pegado a ella, aunque consiguiera que hiciera mil intentos por apartarme. Quería castigarla a mi manera: seducirla lentamente, con labia y caricias de a poco, para que después me pensara cada noche y se sintiera exclusivamente mía. Pero el tiro me salió por la culata.

—¡Ja, ja, ja! Sí, hombre. Eso se nota. Pero ¿cómo lo consiguió?

Esteban tomó con suavidad su pipa de madera entre dos dedos. Revisó el tarro de tabaco y frunció los labios al confirmar que casi no quedaba. Caminó hasta el muro de la chimenea, donde colgaba el retrato familiar, y se detuvo un momento, como tomando aire.

—Me ofrecí a revisar la falla de encendido de aquella camioneta de platón. Bastó con que levantara el capó: el olor a aceite quemado me indicó el motivo. Mi cara de mal augurio entristeció a mi futuro suegro. Don Hernán me confesó al oído, más por vergüenza ante su mujer y su hija que por otra cosa, la ingenua decisión de prestarle a un conocido la mayor parte de sus ahorros, los que había juntado tras años de servir como agente vial. El conocido no pudo devolverle el dinero y le saldó la deuda entregándole esa destartalada pick-up.

—Qué lástima. Pero así son los negocios. En unos ganas, y en otros pierdes hasta la camisa —murmuró Mateo, sin acompañar el comentario con un gesto de compasión.

Esteban inclinó la cabeza, le dio la razón sin palabras y se dirigió al fondo del comedor. De una vitrina alta sacó un retrato mediano y volvió al sillón para entregárselo a su curioso invitado.

—¿Esta es la camioneta desarmada? ¡No lo parece! ¿Y esta es la familia de su mujer?

—Estos son mis suegros —le fue indicando con un dedo—, y las que están sentadas encima del platón son las hermanas de su apreciada amiga.

—¿Y Catalina?

—Detrás de la cámara, por supuesto. Once meses después de reparar el motor, ajustar la transmisión, cambiar las cuatro llantas y disimular los rotos del tapizado con unos forros que cosieron la señora Mercedes y su hija mayor, entre don Hernán, su amiga y yo dejamos la camioneta presentable.

—¿Tanto tiempo demoró la restauración?

—Ese limón de mujer me colaboró bastante. Al principio de mala gana, por desconfiada. Y eso que mi suegro no siempre tenía el presupuesto para los repuestos. No toda fue mi culpa, pero a mí me daba igual: los fines de semana, cuando le sacaba tiempo a la universidad y a mi puesto de administrador en la panadería, disfrutaba de su ofuscada compañía.

—¿Y usted? ¿Por qué no salió en esta fotografía?

—Para esa fecha estaba tramitando un traslado a otra ciudad. Me habían ofrecido un trabajo en una multinacional de alimentos, en Pereira.

—¿La abandonó? ¿Tan rápido desistió de conquistarla?

—¡Ja, ja, ja! Por supuesto que no. Aproveché ese tiempo para debilitar sus defensas. Pero no crea que fue fácil. Todo se nos convirtió en un tira y afloje. Con los días nos acostumbramos a los desencuentros fortuitos, a observarnos de reojo cuando ella vigilaba mis reparaciones, y a que yo, sin querer queriendo, le rozara alguna parte del cuerpo.

—¿Fue abusivo con ella? —preguntó Mateo con un tono de disgusto.

—¡Cómo se le ocurre! Simplemente me fue imposible evitar rozarle las nalgas con mis nudillos engrasados al pasar a su lado sosteniendo el bloque del motor. O arañarle la nuca con el calibrador de las válvulas, desde la línea de su melena ensortijada hasta el lugar donde la espalda cambia de nombre, y verla erizarse entera y, por supuesto, emputadísima conmigo.

—Se divertían ustedes dos, demostrándose esos sentimientos tan contradictorios. Del odio al amor hay un corto paso, ¿no?

—Y exactamente lo mismo, pero en sentido opuesto. ¡Como ahora! —respondió con cordialidad y algo de amargura—. Para esa época me gustaba verla barriendo la entrada de su casa, o limpiando, sin necesitarlo, el piso de tierra del garaje donde yo trabajaba con su padre. No nos decíamos más que el saludo protocolario, pero esa conexión entre los dos estaba ahí, intangible, sentida por los dos.

Mateo se levantó del sillón y caminó hasta el mueble del fondo. Colocó el retrato con cuidado y posó los ojos en los demás cuadros, mientras Esteban rebobinaba la película de sus recuerdos.

—Aprendimos a ocultar lo que sentíamos. De mi parte, a verla como la piedra donde apoyar la estructura familiar de mi futuro. Ya estaba metida en mis entrañas. La quería sin afanes, sin demostrarle demasiado apego, permitiéndole que ella marcara el ritmo, pausando mis ganas de abalanzarme sobre ella y robarle un beso.

De espaldas a su anfitrión, Mateo sonrió ante la confesión, borró el gesto antes de girarse y volvió a mirarlo directo a los ojos.

—Una tarde la acorralé contra la pared del garaje. Extendí los brazos a los lados de su cabeza y respiré su aroma, expulsando mi aliento a goma de mascar sobre su cara. No intentó escabullirse ni cerró los párpados. Rocé la punta de su nariz con la mía, sin dejar de mirarla. Sin más, escupí el chicle y le dije lo más lento que pude: «Anoche soñé contigo y te hacía esto».

Reclinado sobre la mesa de centro, Mateo se hizo con su vaso de vodka y bebió un trago corto. Al terminar de escuchar la siguiente parte, dio otro sorbo más prolongado, quizás para bajar la temperatura que sintió en el pecho.

—No sé si temblaba, pero si lo hizo sería por dos cosas: por el susto de que nos pillaran, o por las ganas que tampoco me expresó con palabras. Lo que sí vi fue que sus labios despintados se entreabrieron, emitió un ligero gemido que entendí como rendición, y ahí la besé. Nuestro primer beso. Escondido, prohibido, pero permitido por la mujer que después aprendió a esfumarse de mis sueños.

—¡Hasta que por fin cedieron! Eso merece un brindis —y Mateo levantó su copa de aguardiente—. ¡Salud!

—Y el palo de la escoba con la que solía amenazarme se le zafó de las manos. Me acarició una mejilla con ternura, los ojos encendidos. La otra mano se coló por la abertura de mi camisa hasta tocarme el pecho, y manteniendo nuestras bocas pegadas, me dio un rodillazo en mis partes nobles y terminó por empujarme contra la puerta de aquella destartalada pick-up.

—¡Ja, ja, ja! Muy romántico. Brindo por esos bonitos recuerdos.

—Sí, mucho. Y muy doloroso para mis pelotas —respondió Esteban con ironía, llevando ambas manos hasta el bulto en su entrepierna.

Mateo rió con ganas, acomodó la espalda contra el respaldar del sillón y siguió oyendo.

—Esa peladita era especial —continuó Esteban—. Me tramó desde el comienzo, porque tiene, como los caballos finos colombianos, tres pasos. Eso lo fui descubriendo con los años. El primero, el del «importaculismo». Estruendoso, normal en ella. Ese andar descuidado, sin fijarse en nada, pero mirando todo por el rabillo del ojo. Si nadie le prestaba atención, seguía meneando ese culo y ondeando la cabellera, más confiada y ligera.

—Si presentía algún peligro, o que la observaban desde la otra acera, cambiaba al segundo paso: el corto, más pausado, pero sin dejar de avanzar. Enderezaba la espalda, sus pechos juveniles ganaban volumen, apretaba el vientre, fruncía el ceño. Por lo esbelta y morena, Catalina no podía evitar llamar la atención. Sus caderas y lo redondo de ese par de herencias maternas eternamente la delataban.

—¡Ja, ja, ja! Me encanta cómo se expresa de ella. La tenía usted muy bien estudiada. ¿Y el último cuál es?

—El trotecito de «la mirada matadora». Lo ejecuta cuando quiere gustar. Con desesperante delicadeza, alarga una pierna y coloca un pie delante del otro; pisa firme, hace retumbar el tacón y avanza la otra pierna. Exagera el balanceo de las caderas, lo sincroniza con el de los hombros, y le suma un movimiento leve de cabeza hacia el costado, abriendo bastante los ojos. Le permite a su melena rebelde culminar el teatro un segundo antes de revisar sus alrededores con la sonrisa blanca, confirmando que ha conquistado ese pequeño mundo.

Mateo escuchó atento. Tras una sonrisa amigable, comentó:

—Concuerdo con las dos primeras. Las he visto en los pasillos de los aeropuertos. Del tercer paso, como comprenderá, no puedo opinar.

—Quizás no haya tenido esa suerte por ser su amigo… especial. Pero le podría apostar doble o nada que así consiguió a ese otro tipo.

—¿Especial? —preguntó Mateo, y se llevó el puño semicerrado a la boca para morderse el nudillo del dedo medio—. Bueno, pues quizás no necesite enseñármelo. Cuando ando por ahí de conquista, suelo utilizar ese mismo andar, aunque a mi manera. Más atrevido, eso sí, con más glamour.

—Discúlpeme, no pretendí ofenderlo ni discriminarlo por su preferencia sexual —respondió Esteban, apenado.

—¡Ja, ja, ja! Descuide, hombre. Tampoco fue mi intención incomodarlo. Con mis años de flirtear y las complicaciones a las espaldas, ya estoy muy curtido. Pero debo pedirle que me aclare algo. ¿Se la echó al pico antes de abandonarla?

Los dedos de Esteban araron la piel de su mejilla derecha. Dirigió la mirada al retrato familiar colgado sobre la chimenea, pensando si debía contestar a esa pregunta tan personal. Si mentía, mantenía su imagen de conquistador. Si decía la verdad, quedaba ante este extraño como un perdedor. Optó al final por lo segundo.

—La ocasión hace al ladrón, y tuve muchas. Pero ella se ganó, con sus amorosas ofensas y su distanciamiento orgulloso, todo mi respeto. Quería hacerla mía, claro, pero para que me amara hasta las trancas. Necesitaba que fuera ella quien dócilmente se me entregara. No quise hacer con Catalina lo que había hecho con mis otras conquistas. Estaba enamorado. ¿Me comprende? Además…

Ansioso ante la pausa, Mateo dejó el vaso vacío sobre el vidrio de la mesa con más fuerza de la necesaria. Esteban dio un sobresalto que lo trajo desde lo profundo de sus adentros hasta los dieciséis metros cuadrados de aquella sala.

—Disculpe la interrupción. Iba a decir algo más sobre su mujer.

—Recordé la cara de alegría de Catalina cuando su padre le informó que ya estaba matriculada en la Escuela de Aviación. Fue al mediodía de un miércoles, en pleno almuerzo de su cumpleaños diecisiete. Dudó de las palabras de don Hernán. Después, con el recibo de matrícula en la mano, saltó de alegría, llorando y riendo a la vez. Jamás se me podrá olvidar. Su sueño de tocar las nubes se le hizo realidad.

—¿Pero no me dijo que su suegro estaba corto de dinero?

—Sí. Lo que no le he contado a nadie, porque hasta ayer me importaba, fue mantener en secreto un acuerdo entre don Hernán y yo. Fui yo quien corrió con esos gastos para que su amiga pudiera estudiar.

—Muy loable. Guardaré su secreto.

Un pequeño detalle en esa respuesta no pasó inadvertido para Esteban. No replicó. Precipitarse nunca fue lo suyo. Eventualmente su mujer se lo habría mencionado.

—Cuando la busqué para despedirme y contarle lo que había decidido, no quiso escucharme. Me llamó aprovechado, ladrón, oportunista de mierda, y me mandó al carajo, bien lejos, por allá en la Patagonia. Esa fue nuestra romántica despedida.

—Mierda, hombre, qué cagada. ¿Perdió entonces su oportunidad?

—Ja, ja, ja. No ponga esa cara, tampoco fue para tanto. Me molestó al comienzo, pero ya la conocía. Bajo esa coraza de aparente dureza, Catalina es una mujer muy noble.

—No sé si yo hubiese reaccionado así. Lo más probable es que, al verme rechazado, partiría sin querer volverla a ver, por ingrata.

***

Esteban giró el casete y presionó la tecla del lado «B». Una canción lenta llenó la sala. Entre estrofa y estrofa, les confirmaba a los dos hombres que siempre existirían más de dos versiones de cómo las personas son percibidas, según la forma en que decidan mostrarse al mundo.

—Y usted, ¿qué me cuenta? ¿Encontró la felicidad que buscaba tras dejar a su mujer y a su hijo? ¿Ha valido la pena causar tanto dolor?

El cuestionamiento tomó a Mateo con la guardia baja. Las tortas se habían volteado, y ahora era el anfitrión quien deseaba hurgar en la vida ajena. La atmósfera se volvió opresiva. Mateo bajó la mirada, sus dedos tamborilearon sobre el borde del vaso con un ritmo errático. Respiró hondo y se obligó a alzar la vista.

—Las personas que pasan demasiado tiempo en tierra suelen idealizar la vida de quienes, como yo, vivimos en el aire. Pero no es fácil. La responsabilidad pesa más que la aventura, y el trajín no nos deja tiempo para conocer ni explorar. Con los años, la soledad se impone sobre la emoción del viaje. El cansancio no pregunta: llega y se instala. Lo que para otros es exótico, para nosotros se vuelve cotidiano, predecible. Aburrido.

—¿Está insinuando que lo que sucedió entre Catalina y yo es una situación común entre ustedes los pilotos, con sus relaciones?

—Hombre, Esteban, no lo sé. No conozco su vida íntima. Solo usted, al escuchar la mía, sacará sus conclusiones. ¿Le parece si ahora le hago el resumen de mi separación?

—Por supuesto. Lo escucho.

—Era principios de junio. Faltaban treinta días para nuestro aniversario. Regresaba a casa después de casi dos semanas afuera. Llegué temprano, justo cuando Verónica preparaba el almuerzo para ella y mi hijo Andrés. No le avisé. Pude hacerlo, pero me faltó valor. El ambiente en la cocina era sofocante, por los vapores de las tres ollas en la estufa, o por el comienzo de la temporada seca. Era yo y el peso de mi culpa.

Para Esteban, la escena cobró una intensidad inesperada. Al recrearla en su mente, casi pudo ver cada gesto de tensión, y le pareció escuchar la respiración entrecortada que creaba el suspenso. Era posiblemente el mismo estremecimiento que su mujer había plasmado en los primeros párrafos arrancados de su propio diario.

—Una tensión invisible pero palpable se instaló entre nosotros. Le apretó el pecho. Se sorprendió tanto al verme que casi le robé el aire. Verónica dejó sobre la tabla los tomates y la cebolla, soltó el cuchillo, se limpió las manos con el delantal y se cruzó de brazos. No los abrió como meses antes lo habría hecho para recibirme. Mi silencio le avisó que algo raro ocurría. De mi boca apenas surgió un «hola». Sus ojos redondos se aguzaron y, armada de valor, buscó las respuestas en mi rostro. Se tropezó con un cobarde silencio.

—«Necesito que me digas qué está pasando» —exclamó ella, dando un paso hacia mí—. «Ya no eres el mismo».

—Evité mirarla a los ojos. Desvié los míos hacia el suelo. Mis labios se separaron en un intento de pronunciar algo, pero nada salió. Dejé caer los hombros. La escuché suspirar, igual que lo hice yo, como si estuviésemos coordinados, resignados y perdiendo las fuerzas para sostener una mentira matrimonial que nos había agotado hasta la médula.

Esteban sintió pesar y le sirvió otro poco de vodka en el vaso alto, y un poco más de aguardiente en su copa.

—«Verónica, yo… no sé cómo explicarlo» —murmuré, con la voz quebrada. Le dije que había intentado forzarme a sentir algo más profundo todos esos años, algo que simplemente no había podido fluir como yo quería. Aquel comentario la atravesó como un puñal.

—«¿Forzarte?» —repitió incrédula—. «¿Qué quieres decir?».

—«¡Papá!» —gritó mi hijo al verme allí junto a su madre, ajeno a la tensión que flotaba. El aroma de la comida se mezclaba con la incertidumbre. Andrés ya no era el peladito de nueve o diez años, pero me atormentaba pensar en cómo sería su reacción cuando se enterara. Es un chico listo, curioso, entusiasta. Estudia ingeniería mecatrónica en otra ciudad. Le devolví la sonrisa, pero sus ojos los desvió hacia Verónica, quien en ese instante sostenía una cuchara de palo con más fuerza de la necesaria. Ella inhaló profundo, como si necesitara que el aire caliente le calmara el torbellino de pensamientos. Mi hijo, sin comprender el silencio, corrió a abrazarme.

Por toda la piel de Esteban, un estremecimiento causó que los poros se le erizaran. Pensó en cómo se habría sentido su «atadito de canela» al encontrarse de frente con su hija saliendo de aquel motel abrazada a su amante; y en los días posteriores, mintiéndole tras cada sonrisa cariñosa, después de los besos matutinos, los abrazos vespertinos y el sexo nocturno, cargando con el peso de la culpa hasta este nuevo presente.

—«Te extrañé, papá» —dijo Andrés con la voz inocente del que nunca imagina rupturas. Mi mujer lo repitió, pero ya con un plural medido. Verónica fue la primera en romper la frialdad: «No avisaste que vendrías temprano». Lo dijo con voz medida, como si lo hubiera ensayado mil veces antes de mi regreso.

—Andrés se mantuvo feliz, aferrado a mi antebrazo. En un momento dado, creí que pediría mi opinión sobre un proyecto para su universidad, algo sobre prótesis para personas que caen en campos minados. Pero fue por otra cosa. «Papá, ¿me ayudas con el avión que estamos construyendo? ¡A ver si por fin lo terminamos antes de que te vuelvas a marchar!». Tardé en reaccionar. Ese avión de madera se lo había regalado para su undécimo cumpleaños.

—Sí, Esteban, así es la vida. Te golpea cuando menos lo esperas. ¿Cuántas veces había despegado sin mirar atrás? ¿Cuántas veces creí que mis ausencias eran un daño menor?

Mateo se levantó, caminó hasta el mesón de la cocina, echó algunos trozos más de hielo en su vaso para refrescar el vodka y regresó, deteniéndose justo sobre el comienzo de la alfombra.

—«Claro, campeón, dime qué necesitas». Mi hijo corrió a su alcoba en busca del proyecto abandonado, ajeno a la mirada que su madre mantuvo clavada en mí. El silencio entre los dos se prolongó. Luego Verónica me dijo con una calma que no reflejaba el huracán que sentía por dentro: «¿Por qué hoy?».

—Titubeé y estúpidamente pregunté: «¿Cómo?». Y ella me la devolvió: «¿Por qué decidiste aparecer sin avisar? ¿Por qué este día, a esta hora?». Bajé la mirada hacia la mesa, hacia el plato a medio servir, hacia los cubiertos dispuestos para dos, y en el medio, un delicado florero de cristal con una solitaria orquídea mariposa. Lo había olvidado.

—«Es cuatro de junio». La voz de Verónica fue apagada pero firme. Treinta días antes de nuestro aniversario. Era su forma de recordarme los años que cumpliríamos juntos, y el tiempo que estaba por extinguírsele.

Mateo tragó saliva. En su mente revivió escenas fugaces: llamadas apresuradas desde aeropuertos, promesas de un pronto regreso que nunca llegaron a tiempo, noches compartidas junto a otros cuerpos con voces gruesas y musculatura diferente, en habitaciones de hotel donde tras el sexo, el eco de su propia soledad le recordaba que estaba perdiendo algo que nunca se molestó en retener con la suficiente fuerza.

—Verónica ya no me miraba con reproche, sino con agotamiento. Aquel cansancio que va más allá de la falta de sueño. El agotamiento de esperar, de entender, de perdonar sin recibir nada a cambio. Y mi hijo regresó corriendo, sosteniendo el avión de balsa a medio construir. «Aquí está, necesito que me ayudes a pegar las alas». Forcé una sonrisa y tomé el avión con cuidado. Lo sostuve entre los dedos como si fuera una metáfora de mi propia vida. Frágil, inconclusa, a punto de quebrarla si no la manejaba con precisión.

—Cuando terminamos de pegar las piezas, Verónica le acarició la cabeza a Andrés y le pidió con una sonrisa tenue que pusiera al sol el avión para que el pegamento se secara más rápido. «Ve a hacer tus cosas, cariño, tu papá y yo necesitamos hablar». Mi hijo le hizo caso sin rechistar y nos dejó solos.

—En un comienzo, ella no preguntó nada. Solo me observó, esperando. Sentí que el pecho se me oprimía. Había ensayado frases en mi cabeza una y otra vez, pero frente a esa mujer tan serena, cada palabra se me enredó en la garganta. «Yo…», comencé, y me detuve. Exhalé despacio antes de volver a intentarlo. «He estado huyendo, Verónica. Toda mi vida». Ella no reaccionó de inmediato, pero con su mirada me exigió que siguiera. «He huido de lo que realmente soy y de lo que siempre supe».

—La tensión en su rostro se transformó en algo distinto. Me regaló un gesto de comprensión, pero también percibí su dolor. Finalmente encontré el valor para decírselo. «Verónica, soy homosexual».

Las palabras quedaron flotando en el aire, liberadas tanto en los recuerdos de ese momento como en el ambiente cálido de la sala, cargadas de un peso semejante. Esteban levantó la copa de aguardiente.

—Brindo por usted y su dolorosa valentía. Eso debió de ser muy verraco. ¡Salud!

—Gracias, pero los vítores son solo para ella. Verónica cerró los ojos un instante. No reaccionó con sorpresa. Lo venía sintiendo en lo más profundo de su ser, por mis ausencias prolongadas, por el poco empeño que le ponía en las noches frías, por los sonidos pasionales que nunca fueron del todo naturales. Pero escucharlo en voz alta… eso fue diferente.

—«Siempre lo supe» —susurró con un tono de voz delgadito, casi angelical. Y me miró directamente para aclararme algo que se había quedado en suspenso. «Solo necesitaba que tú lo dijeras».

—Como puede ver, Esteban, jamás pretendí hacerles daño. Ni a ella ni a mi hijo. Por eso seguía adelante con las mentiras. Pensé que si lograba apartar eso por un tiempo, el suficiente, y si lo intentaba con mayor ahínco, podría ser alguien distinto y amarla como todo un hombre.

Mateo suspiró antes de volver a beber un trago. Sentía de nuevo aquella mezcla de alivio y miedo de la confesión. Alivio porque ya no tenía que cargar con el secreto ante el esposo de su amiga. Miedo porque, sin pretenderlo, era consciente de que continuaría causando escozor.

Continuará…

Valora este relato

Comentarios (3)

RafaelQro

Tremendo relato, me enganchó desde la primera línea!!

curiosoLector

necesito saber como termina todo esto, hay segunda parte???

SilviaBaires

Que historia tan bien contada. Esa escena del sillón al principio es un golazo, te deja atrapado de entrada.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.