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Relatos Ardientes

El amigo que volvió tres años después a mi cama

Era miércoles y no esperaba a nadie. Tomás escribió cerca de las nueve, preguntando si podía pasar a dejarme unos libros que le había prestado hacía meses. Le dije que sí, sin pensarlo demasiado. Cuando llegó, traía además una botella de vino tinto que no había pedido y una mochila más grande de lo que justificaba la visita.

—Si te molesta, me voy en un rato —dijo, dejándolo todo sobre la mesa.

—No me molesta.

No lo veía hacía casi tres años. Nos habíamos perdido la pista después de una mudanza, dos cambios de trabajo y una historia complicada con un chico que él juraba que era el definitivo y al final tampoco. Tomás era alto, de cabello castaño que ahora llevaba un poco más largo, y tenía un culo enorme. No hay otra forma de decirlo. Si hubiera sido mujer y se hubiera dedicado al porno, sería de esas actrices a las que los productores ponen en los pósters porque saben lo que vende.

Yo lo conocía bien. Conocía el peso y la forma exacta de cada nalga, conocía cómo respiraba cuando se le ponía la piel de gallina, conocía el ruido pequeño que hacía con la garganta cuando algo le gustaba mucho y no quería confesarlo. Tres años son tres años. Cuando abrió el vino, no me miró a los ojos.

—¿Te quedás a cenar? —pregunté, porque me pareció que era lo que él esperaba que dijera.

—Si no te molesta.

Comimos cualquier cosa. Pasta con tomate y la mitad de la botella. Hablamos del trabajo, de la familia, de un amigo en común que se había ido del país. Cuando se hicieron las doce y media, y la conversación empezó a repetirse, dejó la copa vacía sobre la mesa y se quedó mirando el living.

—No quiero manejar así. ¿Puedo dormir acá?

—Hay sillón cama.

Hizo una pausa que duró exactamente lo necesario.

—¿Y si me quedo en tu cuarto? Como antes.

Como antes. La dijo bajito, sin levantar la cara de la copa, y yo sentí el primer apretón en la boca del estómago. Le dije que sí. Por supuesto que le dije que sí.

Nos lavamos los dientes con un solo cepillo, turnándonos frente al espejo. Él se quitó la ropa con la misma naturalidad de siempre, hasta quedar en bóxer negro, y se metió en la cama del lado de la pared. Yo me acosté del lado de la puerta, con el celular en la mano, fingiendo que iba a leer algo.

—¿Vemos algo? —dijo él, y giró la pantalla hacia mí.

YouTube. Un canal estúpido de viajes. Pusimos un video largo y nos quedamos mirando sin mirar, los hombros casi pegados, el rumor del comentarista hablando de un mercado en Bangkok mientras yo sentía cada uno de los centímetros que separaban su brazo del mío.

***

Pasaron treinta minutos. Tal vez cuarenta. No miré la hora. Empecé a entender que no iba a aguantar dormir así.

En algún momento, Tomás se giró sobre el costado izquierdo, dándome la espalda y, sin querer o queriendo, apoyando todo ese culo contra mi cadera. Sentí la curva caliente del bóxer contra mí. Aguanté. Aguanté quizás dos minutos más, mirando un mapa de Tailandia que el tipo del video estaba dibujando en una servilleta, y después no aguanté nada.

Apoyé la cadera contra él. Suavemente, como si fuera un accidente. Tenía la verga ya dura adentro del bóxer, presionando la tela, presionando su trasero. Él no se movió. No dijo nada. Tampoco se separó.

Me animé un poco más. Saqué el pene por el costado del elástico, sin bajarme la ropa, y la apoyé directamente contra la tela de su bóxer, en la curva entre las nalgas. La piel de él, debajo de la tela, estaba tibia. Empecé a moverme apenas, un vaivén mínimo, casi un temblor. Su respiración se hizo más larga, más callada. Yo sabía esa respiración. La había escuchado mil veces.

Pasaron así otros minutos. El video seguía hablando solo. En la pantalla un señor probaba sopa. Yo tenía la frente contra la nuca de Tomás y la mano izquierda apoyada en su cadera, sin agarrar, solo sintiendo.

Y entonces se giró.

—Hola —dijo, casi riéndose, con la cara muy cerca de la mía.

—Hola.

Lo besé. Tenía gusto a vino y a pasta, y a algo más viejo, algo que reconocí enseguida y que no había vuelto a sentir en tres años. Me besó de vuelta con una intensidad que me sorprendió, como si hubiera estado esperando la excusa toda la noche.

Bajó. Despacio. Pasó la boca por mi cuello, por el pecho, por el estómago. Me bajó el elástico del bóxer hasta los muslos y se quedó un segundo mirándome la verga, con esa expresión seria que ponía siempre antes, como si estuviera a punto de hacer algo importante. Después abrió la boca y se la metió completa.

—Mierda —dije.

Empezó despacio, dejándola entrar y salir, deteniéndose a veces en la cabeza para hacer círculos con la lengua. Tomás siempre había sido bueno con la boca. Lo era todavía. Cada tanto la apretaba hasta el fondo y se quedaba ahí unos segundos, con el cuello estirado, los ojos cerrados, hasta que el aire se le acababa y la sacaba tomando una bocanada honda. Yo le acariciaba la nuca, dejando que él manejara el ritmo, sintiendo cómo el cosquilleo subía por las piernas.

—Pará —le dije al rato—. Si seguís así, me vengo.

Sonrió con la verga todavía contra los labios. Después se giró otra vez, esta vez del todo, hasta quedar boca abajo. Se bajó él mismo el bóxer hasta las rodillas y miró por encima del hombro.

—Vení —dijo.

Me arrodillé entre sus piernas. Tenía delante ese culo que recordaba con detalle y que era exactamente como lo recordaba, quizá un poco más lleno. Le pasé las manos abiertas por las dos nalgas, sintiendo el peso, separándolas apenas. Escupí en mi mano, le pasé saliva por el agujero y me la pasé también a mí. No teníamos lubricante. Nunca habíamos tenido lubricante. Siempre nos las habíamos arreglado.

Apoyé la punta contra él y empujé despacio.

—Tranquilo —murmuró.

Entré de a poco, milímetro a milímetro, hasta que sentí que cedía. Tomás soltó un quejido pequeño contra la almohada, no de dolor, de otra cosa. Esperé. Esperé hasta que su cuerpo se relajó alrededor del mío, y después empecé a moverme. Lento al principio, casi sin sacarla. Él gemía suavemente, con la cara hundida en el almohadón, las manos agarradas a la sábana.

***

Aumenté el ritmo. Lo agarré de la cadera con las dos manos y empecé a empujarlo contra mí cada vez que entraba. La cama crujía bajo el peso de los dos, y la sábana se enredaba entre las piernas. Él gemía más fuerte, ya sin esconderlo en la almohada.

—Esperá —dijo de pronto.

Me detuve.

—Dejame chupártela otra vez. Quiero sentirla.

La saqué con cuidado y me senté en la cama, contra el respaldo. Tomás se acomodó entre mis piernas, agachado, y se la metió en la boca todavía con el calor de su propio cuerpo. La chupó como si fuera la primera vez de la noche, con ansias, con ese tipo de hambre que es difícil de fingir. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a guiar el ritmo, despacio primero, después más rápido, hasta que estuve cogiéndole la boca directamente. Él me dejaba hacer. Más que dejarme, lo pedía.

Cuando me di cuenta de que estaba demasiado cerca, lo aparté.

—Ponete en cuatro —le dije.

Lo hizo enseguida. Se separó las nalgas con las manos, mostrándome el agujero rojo, abierto. Era una imagen para no olvidar.

—Entrá y terminá adentro —dijo, mirándome por encima del hombro—. Quiero sentirte todo.

Me coloqué detrás. Volví a entrar, y esta vez la sensación fue más intensa todavía, porque ya sabía lo cerca que estaba y porque él se empujaba para atrás cada vez que yo empujaba para adelante. La cama golpeaba contra la pared. No me importó el ruido. No me importó nada.

Después de unos minutos, lo recosté de costado, levantándole una pierna, y se la metí desde ese ángulo. Era más profundo. Él gimió fuerte y se mordió el dorso de la mano para no gritar más. Yo lo miraba desde arriba, con la luz amarilla de la mesita iluminándole la mitad de la espalda, viéndolo cerrar los ojos cada vez que entraba hasta el final.

Sentí el aviso. Esa cosquilla en la base que ya no se controla.

—Ya está —avisé.

—Adentro —dijo él, sin abrir los ojos.

Empujé hasta el fondo y me quedé ahí, sintiendo cómo todo se vaciaba. Fueron varios golpes, uno detrás de otro, y cada uno me sacudió como un calambre. Cuando terminé, no la saqué. Me quedé adentro, respirando contra su nuca, con la mano abierta sobre su espalda, esperando a que la sensibilidad bajara. No bajaba. Estaba más sensible que nunca. Empecé a moverme otra vez, despacio, casi sin darme cuenta, y él dejó escapar un suspiro largo que terminó en una risa baja.

—Loco —dijo.

Seguí un par de minutos más, hasta que tuve que sacarla porque ya no se aguantaba. Cuando salí, una corriente eléctrica me recorrió las piernas y tuve que apoyarme con la mano en su espalda para no caerme.

Tomás se dio vuelta. Me miró, todavía con la cara enrojecida y el pelo pegado a la frente, y sin decir nada se inclinó y se metió la verga en la boca otra vez. La saboreó un minuto, despacio, limpiando todo lo que quedaba. Después se levantó y se fue al baño.

Volvió desnudo, sosteniendo el bóxer en la mano. Me lo mostró sin decir nada. En la parte trasera, sobre la tela negra, había una mancha clara, brillante, todavía húmeda. Sonrió y lo tiró al piso.

—Era mi favorito —dijo.

***

Después se acostó encima mío, apoyando todo el peso de su cuerpo contra el mío, y volvió a besarme. Estaba duro de nuevo. Yo también. Sin separar la boca de la mía, agarró mi pene con la mano, lo escupió un poco para humedecerlo, y se sentó encima despacio, dejándolo entrar él mismo.

Empezó a moverse. Primero lento, balanceándose, casi como si me probara. Después más rápido. Me apoyé en el respaldo y lo dejé hacer. Tenía las dos manos sobre mis hombros, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Yo lo miraba subir y bajar y casi no me movía. No hacía falta. Él se encargaba de todo.

—Mirame —le pedí.

Abrió los ojos. Eran castaños con un punto verde adentro y me acordaba de eso también, de los ojos. Se mordió el labio sin dejar de moverse y yo entendí que iba a venirme otra vez, pronto, demasiado pronto.

—Estoy por venirme —avisé.

—Yo también.

Sin sacarse la verga de adentro, se agarró el pene con la mano libre y empezó a masturbarse con golpes rápidos. Bastaron pocos segundos. Sentí los chorros calientes contra mi estómago al mismo tiempo que yo me venía dentro de él por segunda vez en menos de una hora. Nos quedamos así un rato largo, sin movernos, él arriba mío, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.

Después, despacio, se la sacó. Se acostó a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro, y se quedó callado. No dijo nada de los tres años, ni de por qué había aparecido esa noche, ni de qué iba a pasar al día siguiente. Yo tampoco pregunté.

A las cinco de la mañana, antes de quedarme dormido del todo, sentí su mano buscándome otra vez por debajo de la sábana. Sonreí en la oscuridad y me giré hacia él. Habían pasado tres años, pero la cama se acordaba.

Sin dudas, fue una de las mejores noches que recuerdo.

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Comentarios (3)

NachoPBa

tremendo relato, me dejo sin palabras!!

Rodrigo_mza

Por favor que haya segunda parte. quede con ganas de saber si se volvieron a ver despues de esa noche

MarcoRivera

Me encanto como fuiste construyendo la tension desde el principio, sin apuro. se nota que sabes escribir.

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