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Relatos Ardientes

Mi primera vez con un desconocido en las cabinas

Llevaba más de un año oyendo hablar de las cabinas sin atreverme a preguntar qué eran exactamente. Lo decían entre risas en los pasillos de la facultad, lo dejaban caer en una conversación cualquiera, y yo asentía como si supiera. Lo que sí sabía era que algo dentro de mí se inquietaba cada vez que escuchaba la palabra.

Esa tarde de jueves salí de una clase eterna de Estadística sin ganas de volver a mi cuarto. La idea de subirme al microbús y aguantar media hora de tráfico para acabar fingiendo que estudiaba me daba pereza. Me metí al metro casi por inercia, sin un destino claro, y dejé que el vagón me llevara hasta una estación del centro donde casi nunca me bajo.

Subí las escaleras al sol del atardecer y el ruido de la calle me golpeó de frente: voceadores, cláxones, un señor anunciando relojes a treinta pesos. Caminé tres cuadras mirando aparadores hasta que el letrero rojo de una sex shop me detuvo en seco. La S del nombre parpadeaba. Estuve un buen rato fingiendo que leía los precios de unos discos en la acera de enfrente antes de animarme a cruzar.

Dentro olía a desinfectante y a plástico nuevo. Un tipo aburrido detrás del mostrador apenas levantó la vista cuando entré. Recorrí los pasillos haciéndome el interesado en juguetes que ni sabía cómo se usaban, hasta que vi una puerta al fondo con una flecha pintada a mano y una palabra: cabinas. Me acerqué con la garganta seca.

—¿Es la primera vez? —preguntó el del mostrador sin mirarme.

—Sí —dije, y odié lo nervioso que sonó mi voz.

—Ochenta pesos. Adentro hay áreas separadas. Puedes hacer lo que quieras con quien quieras, mientras los dos se pongan de acuerdo. ¿Te late?

Saqué un billete arrugado del bolsillo y se lo entregué sin contestar. Él me señaló la puerta con la cabeza, como si fuera un trámite más del día.

El pasillo del otro lado era estrecho y oscuro. La luz venía de unas pantallas que parpadeaban detrás de cortinas mal puestas. A la derecha, una puerta cerrada con un cartelito que decía «solo parejas». A la izquierda, otra que decía «general». Avancé despacio, deteniéndome a leer cada letrero como si fueran instrucciones de seguridad de un avión.

La sección general era un cuarto con cinco cabinas pequeñas y un par de hombres parados al fondo, conversando en voz baja. Vi a uno con el pantalón abierto y la verga afuera, sin esconderse, como si estuviera fumando un cigarro. Esperé a que llegara la vergüenza, pero no llegó: en su lugar apareció otra cosa, algo más parecido al alivio. Yo siempre había tenido algo de exhibicionista, lo descubrí desde adolescente, y de repente estaba en un sitio donde mostrarse no escandalizaba a nadie. Aquí no me ven raro, pensé. Aquí nadie me va a juzgar.

Caminé un poco más y encontré el área que decía «caballeros». Eran ocho o nueve cabinas con puerta de madera, cada una con una televisión chica encajada en la pared mostrando porno entre dos hombres. Las paredes estaban perforadas a la altura de la cintura: orificios redondos, perfectos, conectando una cabina con la siguiente. Glory holes. Por fin entendía la palabra.

Entré a una cabina vacía y eché el pestillo. El cubículo medía apenas un metro por uno. Olía a desodorante barato y a algo más, algo orgánico que no me animé a identificar. En la pantalla, dos tipos musculosos se besaban contra una pared de azulejos. Me bajé el cierre del pantalón más por imitación que por deseo y empecé a tocarme despacio, mirando la pantalla, escuchando los gemidos amortiguados que venían de los cubículos vecinos.

Llevaba quizá tres minutos cuando una mano apareció por el glory hole.

Era una mano grande, de dedos gruesos, con una sortija de plata en el meñique. Se quedó suspendida en el aire del cubículo, con la palma hacia arriba, esperando. Me quedé inmóvil. La mano hizo un pequeño gesto, una invitación silenciosa. Di un paso adelante.

El primer contacto fue eléctrico. Sus dedos rodearon mi verga con una seguridad que me arrancó un jadeo. Era una mano rasposa, de trabajador, de alguien que se gana la vida con las manos, y sin embargo se movía con una delicadeza que no esperaba. Me masturbó despacio al principio, midiendo, y luego con más ritmo, como si llevara haciendo eso toda la vida.

Cerré los ojos. Apoyé la frente contra la madera y dejé que pasara. No tengo que pensar en nada, me dije. No tengo que decir nada. Aquí no soy nadie.

De pronto la mano se retiró. Pensé que se había acabado, pero un segundo después un condón cayó al suelo entre mis pies. Lo recogí con dedos temblorosos. Tardé en abrirlo. Las manos me temblaban tanto que casi lo rompo con los dientes. Cuando por fin me lo puse, me acerqué al hueco con el corazón golpeándome en la garganta.

Lo que sentí primero fue calor. Después una lengua, lenta, subiendo desde la base hasta la punta de mi verga. Tuve que morderme el labio para no soltar un quejido demasiado fuerte. Llevaba años imaginando momentos así y siempre los había imaginado en una cama, con luz cálida, con alguien que tuviera un nombre. Esto era otra cosa. Esto era anónimo, sucio, perfecto.

El hombre del otro lado sabía exactamente lo que hacía. Me chupó con paciencia, cambiando el ritmo cada vez que sentía que me acercaba al final. Cuando creyó que ya había aguantado bastante, paró. Sentí su respiración del otro lado de la madera. Luego sentí una presión nueva, distinta, que apretaba contra mi verga desde el hueco.

Tardé un par de segundos en entender. Cuando entendí, se me secó la boca.

Él quería que se la metiera.

Me quedé paralizado. Nunca había estado con un hombre en ese sentido. Nunca me había planteado en serio si quería, ni cómo, ni con quién. Y sin embargo, ahí estaba, con la verga forrada y un desconocido ofreciéndome el cuerpo del otro lado de una pared. Si vas a hacerlo, hazlo ahora, pensé. Si te detienes, no vas a volver a intentarlo en años.

Empujé.

Al principio no entró. La presión era distinta a todo lo que había imaginado, más cerrada, más caliente. Empujé un poco más fuerte y escuché un quejido apagado del otro lado, un sonido que no supe si era de dolor o de algo más. Me quedé quieto. Esperé. El cuerpo del otro lado se movió primero, retrocediendo y acercándose otra vez, y yo entendí que no tenía que hacer nada, que él iba a marcar el ritmo.

Y así fue. Se movió contra mí con una determinación que me dejó sin palabras. El cubículo era tan estrecho que apenas podía sostenerme con las dos manos contra la madera. La pantalla seguía proyectando porno que ya nadie veía. Los gemidos de las otras cabinas se confundían con los míos.

No duré mucho. La combinación de la situación, del calor, del simple hecho de estar haciendo algo que jamás creí que haría, me llevó al borde rapidísimo. Cuando me vine, lo hice con la frente pegada a la madera y los dientes apretados, mordiéndome la lengua para no gritar.

El hombre se quedó quieto unos segundos. Después se separó despacio. Saqué la verga del hueco, aún forrada, aún temblando. Pensé que ahí terminaba todo, pero un momento después su boca volvió, suave, y me chupó otra vez con el condón puesto, limpiándome de una manera que me hizo cerrar los ojos de pura sensación.

Cuando terminó, me senté en el banquito del cubículo con las piernas flojas. El corazón me iba a mil. Tardé un rato largo en poder subirme el pantalón. Pensaba que al salir me iban a mirar todos, que iban a saber lo que acababa de pasar. Que iban a notarlo en mi cara.

Abrí la puerta despacio.

No pasó nada. Los dos hombres que había visto antes seguían conversando en voz baja, cada uno con la verga afuera, como si estuvieran esperando el camión. Otro chico salía de una cabina al fondo, ajustándose el cinturón, sin levantar la vista. Nadie me miró. Nadie cambió la cara. Era como si lo que acababa de vivir fuera lo más normal del mundo, porque para ese sitio lo era.

***

Salí a la calle con las piernas todavía temblando. El sol ya se había metido y el centro estaba encendido de luces de neón y vendedores ambulantes ofreciendo elotes y churros. Caminé varias cuadras sin saber a dónde iba. Me metí a un café cualquiera, pedí un americano, y me quedé sentado mirando la calle como si el mundo hubiera cambiado de color.

En el metro de regreso me miré en el reflejo de la ventana. No tenía cara de nada. No se me notaba. Y sin embargo algo se había movido por dentro, algo que llevaba años pidiendo permiso para existir y por fin lo había tomado sin pedírselo a nadie.

Volví la semana siguiente. Y la siguiente. El tipo del mostrador empezó a saludarme con un movimiento de cabeza, ya sin preguntarme si era la primera vez. Aprendí a distinguir las manos, las bocas, los ritmos. Aprendí a darme permiso para querer cosas que antes ni me animaba a nombrar.

Todavía no se lo he contado a nadie. Quizá nunca lo cuente. Pero cada vez que paso por esa estación del centro y huelo el aire del subsuelo, el cuerpo me lo recuerda solo: que una tarde aburrida de jueves entré a una sex shop sin saber por qué y salí siendo otro.

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Comentarios (3)

nocheoscura99

Dios mio, que relato!!! me dejo con ganas de mucho mas

LectorNocte77

Atrapante desde la primera línea. Por favor que haya segunda parte, porque asi no se puede dejar.

DiegoRos

Muy bueno. Lo lei de un tiron.

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