El mejor amigo de mi padre cumplió su promesa
A Damián lo conocía desde antes de tener edad para entender por qué los ojos de algunos hombres se quedaban prendidos donde no debían. Era el mejor amigo de mi padre desde la veintena, vivíamos en barrios vecinos y formaba parte de esa pandilla de tipos casados que se escapaban los sábados a beber cerveza, ver el fútbol o reservar una pista de pádel cuando lograban convencer a sus mujeres de que el ocio masculino aún tenía cabida en sus vidas adultas.
Mi padre era de los que tiraba de mí a esos planes desde que aprendí a andar, así que para mí aquellos hombres eran casi tíos políticos. Los oía discutir, contar chistes verdes y desgastar los mismos temas en cualquier mesa de bar. Damián, sin embargo, no era como los demás. Tenía cuarenta y pocos, una barba oscura siempre recortada, un cuerpo fibroso que mantenía corriendo al amanecer, y una manera de mirar que aprendí a reconocer mucho antes de saber qué nombre ponerle.
Estaba casado entonces con una mujer dulce llamada Carla, aunque por lo que se filtraba en sus charlas con mi padre era de los que coleccionaba aventuras como otros coleccionan corbatas. Yo era el hijo del amigo y eso me convirtió, sin que yo lo eligiera, en su pequeño proyecto a largo plazo.
Desde que tengo memoria, Damián me decía que iba a ser un hombre interesante. Cuando crecí un poco más, los halagos cambiaron de registro. «Vas a romper corazones, Mateo», me soltaba mientras me revolvía el pelo con una sonrisa. A los quince, una tarde en que mi padre se había ido al baño del bar, se inclinó hasta rozar mi oreja con la barba y me susurró: «Yo espero. Cuando seas mayor, vamos a hablar tú y yo de cosas serias». Lo dijo y se rió como si fuera una broma. No lo era.
A los diecinueve yo ya no era el crío que rondaba a mi padre por los bares. Estudiaba ingeniería, nadaba cinco días a la semana en el club, llevaba el cuerpo marcado por el agua y la edad, y empezaba a entender que muchas de las cosas que me ponían a mil no eran del todo previsibles. Me había acostado con dos chicas, ninguna relación seria, y me masturbaba con una frecuencia que solo se justifica cuando uno tiene veinte años y todavía no sabe lo que busca. A veces, bajo el agua de la ducha, pensaba en Damián. Más veces de las que estaba dispuesto a admitir.
Aquella tarde de octubre mi padre llamó a casa para preguntarme si lo acompañaba a sustituir a un colega en el pádel. Habían quedado en el club a las ocho. Yo tenía planes con mis amigos a las diez, así que le dije que sí con la condición de ducharme allí mismo. Damián jugaba con Rodrigo, otro habitual del grupo. Llegamos justos de tiempo. En las presentaciones, Damián me dio la mano un segundo más de lo necesario.
—Cómo has crecido, Mateo —dijo—. Tendrás que andarte con cuidado.
Mi padre se rió sin entender nada.
Les ganamos por paliza. Mi padre llevaba semanas sin jugar y yo cubrí casi todo el fondo. Cuando terminamos, mi padre y Rodrigo se quedaron en la barra del club pidiendo unas cañas. Yo me dirigí a los vestuarios principales, pero Damián me alcanzó por el pasillo y me puso una mano en el hombro.
—Esas duchas son una romería —dijo—. Hay otras detrás de las pistas, las usa solo el personal. Te las enseño.
Lo seguí sin pensarlo. Las duchas a las que me llevó eran cuatro cabinas pequeñas, un banco, dos taquillas y un suelo que olía a cloro reciente. Estaban vacías. Damián dejó la raqueta y la bolsa sobre el banco y empezó a desvestirse con la misma naturalidad con la que se quitaba la camisa en cualquier vestuario de su vida adulta.
Lo miré. Lo miré entero. Tenía el pecho cubierto de vello oscuro, los hombros anchos sin ser exagerados, una cicatriz pequeña en el costado y un sexo grueso, en reposo, colgando entre dos testículos que parecían pedir ser sopesados. No fingí no mirar. No tenía sentido.
—Por fin se confirma lo que llevaba años imaginando —dijo, sin levantar la voz, sin dejar de doblar la camiseta—. Eres exactamente como pensaba.
—Eres un cabrón.
—Sí —se rió—. Lo soy.
Me metí en la cabina del fondo, la que quedaba más oculta desde la puerta. Dejé la toalla por fuera y abrí el agua caliente. El gel se me escurría por el pecho cuando oí su voz al otro lado de la cortina.
—Mateo, me he olvidado el bote. ¿Me prestas el tuyo?
Saqué el brazo y se lo pasé. No volvió a su cabina. Apartó la cortina lo justo, lo suficiente para que yo viera cómo se acariciaba la polla, ya medio dura, con la otra mano apoyada en el marco.
—Damián…
—Te llevo esperando años —dijo en voz baja—. Más de los que te imaginas. ¿Me dejas pasar?
Habría podido cerrar la cortina. Habría podido reírme y mandarlo a la mierda. No hice ninguna de las dos cosas. Tiré de él hacia dentro.
***
Lo que pasó en aquella cabina lo recordé durante meses con cada paja que me hice. Damián me besó con una mezcla de hambre paciente y certeza que yo no había probado nunca. Su barba me arañaba la mandíbula, su lengua me buscaba como si conociera el camino, sus manos no dejaron quieto ni un centímetro de mi espalda. Yo respondí, no con técnica, sino con la urgencia del que descubre que llevaba años necesitando algo y no lo sabía.
Se arrodilló bajo el agua sin que yo se lo pidiera y me la chupó como ninguna de las dos chicas con las que me había acostado había sabido hacerlo. Me cogió por los glúteos, se hundió hasta la garganta, retiró la cabeza despacio, volvió. Mi polla salía de su boca brillante, y él la miraba como si la hubiera dibujado de antemano. Mientras me chupaba, una de sus manos buscó la raya de mi culo y rozó un punto donde nadie me había tocado nunca. Iba a apartarlo. No lo hice. El cosquilleo me subió por la columna y me dejó sin defensa.
Me corrí en su boca tan rápido que me dio vergüenza. Se lo tragó todo y se levantó sonriendo, con los labios hinchados y el agua corriéndole por la barba.
—Te toca —dijo, sin presionar.
Acepté hacerle una paja, no más. Le agarré aquella polla densa y caliente y le moví la mano que me pedía, mientras él me besaba el cuello y me mordía las clavículas. Se corrió en tres minutos, con un gruñido contenido, salpicando la pared de la cabina y mi muslo izquierdo. Cuando salí del club, mi padre me miró raro.
—Te has entretenido —dijo.
—Me encontré a un conocido —mentí, y él se encogió de hombros.
***
Pasaron dos meses. Dos meses en los que aprendí a convivir con un secreto que no tenía con quién compartir. Me acostaba con una chica de mi facultad y, a veces, en mitad del acto, pensaba en la barba de Damián contra mi pelvis. No me consideraba gay. No me consideraba nada concreto. Solo sabía que algo en mí se había abierto y que no quería cerrarlo.
Una tarde de noviembre lo crucé en la calle, cerca de la papelería del barrio. Llevaba dos cajas de cartón apoyadas en el coche.
—Carla y yo lo dejamos —me dijo—. Me mudo aquí al lado.
—¿Te ayudo?
Hicimos cuatro viajes en su coche. Cuando terminamos, en su apartamento nuevo —pequeño, blanco, con un sofá demasiado grande para el salón— se quitó el polo, se quedó con la bermuda y se dejó caer en el sofá con un suspiro de alivio. Trajo dos cervezas de la nevera. Me ofreció una, chocó la suya con la mía y bebió largo.
—Eres buen chico, Mateo.
—Y tú, en el fondo, un cerdo.
Se rió.
Me quité la camiseta sin pedir permiso. Hacía calor. Damián me miró el torso despacio, sin ocultarlo.
—¿Te acuerdas de lo del club?
—Más de lo que me gustaría.
—¿Y eso por qué?
—Porque me lo imagino. Mucho.
Damián se llevó la mano a la entrepierna, sobre la bermuda, y se acomodó la polla con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciéndolo.
—Si quieres una repetición, esta vez la pones tú.
Me incliné y lo besé. Lo besé yo. Aquella fue una pequeña victoria que necesitaba apuntarme.
Se desnudó deprisa, se tumbó en el sofá y me llamó con un gesto. Me coloqué encima de él. Nuestras pollas se rozaron y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Le besé el cuello, el pecho, los pezones, que tenía duros y oscuros. Bajé despacio por aquel vientre tenso hasta encontrarme con su sexo apuntándome a la cara. Cerré los ojos. Lo lamí desde la base hasta la punta y me metí el glande en la boca con la misma cautela con la que se prueba algo que sabes que va a cambiarte.
No me desagradó. Me concentré en imitar lo que él me había hecho a mí en las duchas: la lentitud, la mano de apoyo, la presión justa en el frenillo. Damián me hundió los dedos en el pelo y gimió bajo.
—Muy bien, Mateo. Muy bien.
Lo chupé un buen rato. Me dejé llevar. Cuando empezó a embestirme la boca con las caderas, me retiré antes de atragantarme. Él me apartó con suavidad y me hizo subir.
—No me quiero correr en tu boca —dijo—. Quiero correrme en otro sitio.
—No sé si estoy preparado para eso.
—Yo te llevo. Solo si tú quieres.
Me llevó al dormitorio sin esperar respuesta, pero sin imponer nada. Yo lo seguí porque quería seguirlo. Me tumbó boca abajo en una cama deshecha y me lamió el cuello mientras una de sus manos se entretenía entre mis nalgas. Hubo un primer momento en el que me tensé y otro en el que decidí no tensarme. Sacó un bote de lubricante del cajón de la mesilla, sin teatralizar, como quien tiene esto previsto desde antes de mudarse. Sus dedos entraron antes que nada más. Uno, después dos, durante minutos largos, mientras me besaba la nuca y me decía cosas que no entendía bien pero que me relajaban.
Cuando se colocó detrás de mí, su polla apoyada contra mi entrada me pareció imposible. Empujó milímetro a milímetro. Mordí la almohada. Dolió, dolió de verdad. Damián paró cada vez que yo me tensé, me besó la espalda, esperó. Tres o cuatro de esas pausas después, el dolor se transformó en otra cosa, en una presión densa que dejó de pedir que terminara y empezó a pedir más.
Empezó a moverse con cuidado y, en algún momento que no sabría situar, dejé de contar las embestidas. Me dio la vuelta, me subió las piernas sobre sus hombros y me miró a la cara mientras me follaba. Yo me agarré a su antebrazo. Mi propia polla, que había perdido la erección en los primeros segundos, volvió a ponerse dura. Él me la cogió con una mano y siguió empujando.
—Te he esperado mucho —dijo, con la voz rota.
Me corrí entre los dos cuerpos. Él aguantó unos segundos más y se vació dentro de mí con un gruñido que sonó a alivio, no a victoria.
Después nos quedamos abrazados en la cama deshecha, sin hablar, escuchando el ruido del ventilador.
***
No fue la última vez. Tampoco fue el principio de una historia ordenada. Damián y yo seguimos viéndonos a escondidas durante años, cada uno con su pareja a la vista de todos, encontrándonos donde podíamos y como podíamos. Hubo dolor para mucha gente cuando, mucho tiempo después, dejamos de fingir. Mi padre tardó en perdonarme. Algunos amigos no lo hicieron nunca.
Pero cuando lo cuento, cuando lo recuerdo, sigo volviendo siempre a aquella cabina del fondo del club, al gel resbalando por el suelo y a una voz que me decía, en voz baja, que llevaba años esperando justo eso.