Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El pintor volvió con su pareja y todo cambió

La tarde anterior la pasé recordando cada detalle del lance de la mañana, repasando en mi cabeza el cuerpo de Mateo como quien vuelve sobre las páginas de un libro que no quiere terminar. Apenas dormí. Y cuando por fin amaneció me levanté con un nudo en el estómago que no era miedo, sino impaciencia.

Me metí en la ducha temprano. Dejé que el agua caliente me corriera por la nuca mientras me enjabonaba sin prisa, dándome un masaje largo en los genitales. Los tengo de tamaño medio y siempre los llevo depilados; me gusta la piel limpia y lisa, sin estorbos. Salí, me sequé despacio y me puse una camiseta sin mangas y un pantalón corto. Nada debajo. Desayuné un café que apenas pude tragar y me senté a esperar.

A las nueve en punto sonó el timbre. Como el día anterior. Abrí la puerta y allí estaba él, con la caja de herramientas en una mano y esa sonrisa contenida que ya le había aprendido.

—Buenos días —le dije.

—Buenos días —respondió, y pasó.

Cerré la puerta despacio, como si la situación fuese frágil y un ruido pudiera romperla. Mateo dejó la caja en el suelo del recibidor y se giró hacia mí.

—Me marché preocupado —dijo—. Pensando que tú me habías dado un placer enorme y yo no te había devuelto nada.

No supe qué contestar. Sentí cómo la sangre se me iba al sexo y se me marcaba bajo la tela del pantalón corto. Él lo notó. No hizo falta más. Dio un paso, me rodeó la cintura y me besó. Lento al principio, voraz después. Yo le comía la lengua con la misma hambre con la que él me la metía. Bajó una mano y me apretó el sexo por encima del pantalón, midiéndome la dureza con los dedos.

No me voy a contener hoy.

Tiré de él hacia la cocina sin soltarle la nuca. Mateo me cogió por la cintura y me sentó de un movimiento sobre la encimera fría. Me quitó la camiseta de un tirón. Después el pantalón, que cayó al suelo entre los dos. Me quedé desnudo sobre el mármol, con las piernas abiertas y él entre ellas, todavía vestido.

Empezó por los pezones. Los chupaba sin prisa, mordía apenas, y mientras tanto me sobaba el sexo y los testículos con una mano firme que sabía exactamente cuándo apretar y cuándo aflojar. Bajó por el abdomen lamiéndome la piel, se entretuvo en el ombligo más tiempo del que esperaba y, cuando llegó abajo, se la metió en la boca de golpe. Sin avisar. Hasta el fondo.

Solté un jadeo que rebotó en los azulejos. Mateo succionaba con una constancia que no daba tregua. La sacaba, me lamía el glande con la punta de la lengua, lo bañaba en saliva y volvía a tragarla entera. Yo me apoyaba con las dos manos en el borde de la encimera para no caerme.

—Bájate —murmuró en algún momento, tirando suavemente de mí.

Me incorporé y me dejé caer al suelo. Él seguía arrodillado. Me rodeó con los brazos, me palpó las nalgas y un dedo encontró el camino. Tiró de mí hacia su boca otra vez, con la polla dentro y el dedo trabajándome el ojete a la vez. Fue demasiado. Le avisé.

—Me vengo —le dije, por si no quería tragar.

No se apartó. Me vacié dentro de su boca y noté cómo tragaba sin dejar de chupar, sin perder una gota. Cuando empecé a desinflarme me soltó y se incorporó. Me besó. Su boca estaba caliente y salada con lo mío, y aún así me pareció lo más limpio que había probado en mucho tiempo. Respiró hondo encima de mi cara, me soltó la cintura y dijo:

—Ojalá te haya gustado tanto como a mí. Y ahora, a trabajar.

—Gracias —contesté—. Desde ayer no pienso en otra cosa que en que me poseas.

Subió al piso de arriba con la caja de herramientas y al rato lo oí trastear con los rodillos y la escalera. Yo no me vestí. Me quedé desnudo, me llevé un libro al patio y me tumbé al sol. Las letras me bailaban delante de los ojos. No retenía una sola frase. Cada vez que cerraba el libro era para volver a verlo a él, arrodillado en el suelo de la cocina, tragando.

***

A media mañana bajó. También desnudo. Llevaba un pincel en una mano y los nudillos manchados de blanco.

—Ya tengo terminado el dormitorio grande —dijo—. Ahora empiezo con el pequeño. No conviene que vuelvas a poner nada en su sitio hasta que seque del todo, por si hay que retocar algo.

Se quedó mirándome con media sonrisa.

—Se está cómodo así, ¿verdad?

Asentí. Le dije que en un rato subiría por si necesitaba algo. Él me hizo el gesto del ok con los dedos y volvió a las escaleras.

Esperé media hora. Lo prometido es deuda. Llené el termo con agua fresca, le añadí dos hielos y subí. Mateo estaba en el dormitorio pequeño, encaramado a la escalera, pintando la unión del techo con la pared. Estaba de espaldas. De puntillas. Las nalgas tensas, separadas, exactamente a la altura de mi cara.

—Te traigo el agua fresca —dije en voz baja.

Dejé el termo en el suelo, me acerqué y le besé una nalga. Después la otra. Él abrió un poco más las piernas sin bajarse de la escalera. Le pasé la lengua por toda la raja, despacio, ensalivándole el ojete con calma, sin meter, solo rodeando. Lo noté estremecerse. Le subí una mano por dentro del muslo y le sostuve los testículos. Con la otra, le acaricié la polla, que estaba ya dura y caliente. Él se la meneaba a la vez, con el pincel todavía en la mano contraria.

—Espera —dijo de pronto—. Espera, bajo.

Bajó los peldaños con cuidado, dejó el pincel apoyado en el bote y extendió en el suelo una manta vieja de pintor. Estaba limpia, doblada por la mitad. Se tumbó boca abajo encima.

—Estás empalmado —dijo girando un poco la cabeza—. Métemela.

Me tumbé sobre él. Entré despacio, con saliva propia y la suya. Iba sin dificultad: aquel culo estaba caliente y dispuesto, y el roce era tan intenso que tuve que parar en mitad de la entrada para no acabar en ese instante. Mateo movía las caderas marcándome el ritmo, apretando cuando le convenía, soltando cuando me veía a punto. En un momento dado se giró por debajo de mí.

—Cambia. Quiero verte la cara.

Salí. Él se levantó, me empujó suave por los hombros y me hizo tumbarme boca arriba sobre la manta. Después se montó encima en sentido contrario y me ofreció la suya en la boca mientras hundía la cabeza entre mis piernas. Un sesenta y nueve perfecto, los dos comiéndonos a la vez, marcando un ritmo frenético de mete y saca que nos llevó a los dos al borde casi al mismo tiempo. Nos vaciamos con apenas segundos de diferencia, uno en la boca del otro.

Se quedó un rato encima, respirando, antes de rodar a un lado.

—A seguir con la faena —dijo, y se incorporó.

—¿No quieres una ducha?

—Cuando termine. Si me ducho ahora ya no vuelvo a subir la escalera.

Bajé yo solo y me metí debajo del agua un buen rato. Lo oía por el techo, moviendo la escalera, silbando algo bajito.

***

Cuando terminó la jornada bajó otra vez. Esta vez ya desnudo del todo, sin pincel.

—¿Nos duchamos? —preguntó desde la puerta.

—Te estaba esperando —contesté.

Le cogí de la mano y lo llevé al baño. Pasamos a la ducha besándonos, dejamos que el agua caliente nos empapara y empezamos a enjabonarnos el uno al otro. Le recorrí cada centímetro con las manos llenas de espuma, los hombros anchos, el vientre plano, el sexo blando y satisfecho. Él me hizo lo mismo, riéndose por lo bajo cada vez que mis costillas reaccionaban a sus dedos. Estuvimos un buen rato así, manoseándonos sin ninguna intención de llegar a más, disfrutando como dos recién casados.

Le pasé una toalla. Me secó con una delicadeza que no me esperaba. Luego le sequé yo a él. Nos vestimos en silencio y nos despedimos en la puerta hasta el día siguiente.

***

El tercer día fue casi una repetición. Misma rutina, mismos cuerpos, los mismos rincones de la casa convertidos en escenarios. Pero el trabajo se acababa y los dos lo sabíamos.

—Repasemos —dijo al final de la tarde—. Por si hay algún defecto que tengamos que corregir.

Recorrimos los dormitorios pared por pared. Todo estaba perfecto. Le ofrecí el dinero acordado.

—¿Te importa si me paso esta noche con mi pareja y me lo das entonces? Nos tomamos algo y os conocéis.

—Como quieras.

—¿Sobre las nueve te va bien?

—Sobre las nueve.

Se vistió y se marchó.

***

Preparé una cena de picoteo: tabla de embutidos, queso, unas aceitunas, pan tostado. Saqué cervezas frías. A las nueve sonó el timbre. Abrí.

Mi sorpresa fue total. Mateo venía acompañado de un hombre de mi edad aproximadamente. Pelo cano corto, gafas, sonrisa amable. Me lo presentó.

—Andrés —dijo, y me tendió la mano.

—Ricardo —contesté, y le devolví el apretón—. Pasad, no os quedéis en la puerta.

Los llevé al patio. Saqué las cervezas. Hablamos un rato de tonterías, del trabajo en la casa, del barrio, del verano que no terminaba de irse. Andrés era tranquilo, escuchaba más de lo que hablaba, y cuando hablaba lo hacía con una voz baja que obligaba a inclinarse hacia él.

Ya en la sobremesa, después de la segunda cerveza, soltó la pregunta sin cambiar el tono.

—Me ha dicho Mateo que follas muy bien.

Me quedé perplejo unos segundos. Reaccioné como pude.

—Se hace lo que se puede.

—No seas modesto —dijo Mateo, y se levantó—. Demuéstraselo.

Se acercó y me besó en la boca delante de Andrés. Andrés no se movió un milímetro, solo dejó la cerveza sobre la mesa y, con una calma asombrosa, se puso de pie y empezó a desabrocharme el pantalón. Me sobó por encima de la tela hasta que se la marqué. Alucinaba. Dos hombres dispuestos a darme placer y a recibir el que yo les diera, en mi propio patio.

—Bajemos al sótano —dije, antes de perder del todo la cabeza—. Estaremos más cómodos y los vecinos no se escandalizarán.

Bajamos. En la habitación de invitados hay una cama grande, sábanas limpias y poca cosa más. Nos desnudamos los tres entre risas y los tres nos echamos al mismo tiempo, sobándonos las pollas mutuamente, todavía mirándonos como si estuviéramos negociando los turnos. Empecé yo. Me agaché y me la metí a Andrés en la boca. La tenía algo más pequeña que Mateo, pero estaba dura, sensible, y reaccionaba a cada pasada de lengua con un gemido apagado. Andrés a la vez se la comía a Mateo. Mateo se inclinó sobre mí. Una rueda perfecta, los tres conectados, cada uno entregado a la boca del de delante.

De ahí pasamos a otras posturas. Yo follé a Andrés mientras él seguía comiéndosela a Mateo. Después Mateo me la chupó a mí mientras yo se la metía a Andrés. Fuimos rotando, sin prisa, sin discutir, encajando los cuerpos como si lleváramos años haciéndolo.

Cuando me tocó a mí recibir, Mateo dio la orden con la naturalidad de quien organiza algo cotidiano.

—Primero te folla Andrés. Para abrirte bien.

Andrés me lamió antes de entrar. Me dilató con los dedos, despacio, sin forzar. Cuando se la metió la recibí sin dolor. No era la primera vez que me follaban; estaba acostumbrado. Entraba y salía con una suavidad que me llevaba al séptimo cielo, marcando un ritmo lento que parecía no querer acabar nunca. Se vació dentro de mí y me dejó el culo caliente, engrasado, listo para el segundo turno.

Mateo se colocó. Empezó a meterme su nabo enorme y noté la diferencia de tamaño al instante. Me dolió. No me había imaginado nunca una polla de esas dimensiones intentando entrar entera. Aguanté. Él fue paciente, presionaba un poco, paraba, esperaba, presionaba otro poco. Poco a poco fue entrando hasta el final. Y entonces ya no dolía. Sentía como si me llegara al ombligo, una sensación absurda y enorme, y me quedé absorto en lo que me hacía, incapaz de pensar en nada más.

Lo noté tensarse. Convulsionar. Vaciarse dentro de mí con un gemido largo, agarrado a mis caderas como si fuera a caerse.

Cuando salió, los tres nos quedamos tumbados en la cama, destrozados, sudados, sin hablar. Al rato volvieron los besos. Los manoseos lentos. Las caricias de después.

—¿Os apetece una ducha colectiva? —pregunté.

Dijeron que sí. Nos duchamos los tres apretados en el plato, riéndonos, tocándonos sin malicia, relajándonos bajo el agua caliente. Después de secarnos nos vestimos despacio y nos despedimos en la puerta, quedando en que, si a alguno le apetecía repetir, sabíamos dónde encontrarnos.

Cerré la puerta y me apoyé en ella un rato largo, sonriendo solo, antes de subir a la cama.

Valora este relato

Comentarios (4)

Gabo_lector

Tremendo relato, no pude parar de leer!!!

RobertoSPV

Necesito la segunda parte urgente, me quede con ganas de saber como termina todo

DarkLector

Me engancho desde el primer parrafo. Que manera de construir tension, excelente!!

NachoCba22

Buenisimo, seguí publicando

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.