Me cité para ser activo y aprendí a ser pasivo
Después de mi primera vez con un tipo del barrio, una experiencia tan dolorosa que me dejó sin poder sentarme bien durante días, pensé que nunca volvería a intentarlo. Pero el cuerpo tiene memoria y la cabeza, deseo. Pasaron casi dos meses hasta que me animé a salir otra vez en busca de algo que no podía nombrar pero que me ardía por dentro cuando estaba solo en mi habitación.
Por aquel entonces compartía el alquiler con un chico de la oficina, Mateo, pero él se volvió a su pueblo cuando se le enfermó la madre y no aguanté más pagar yo solo aquel apartamento del centro. Encontré uno más pequeño a unas cuadras, un estudio sin gracia con ventana al patio interior y un colchón en el suelo. Allí pasaba las noches con la luz apagada, mirando el techo, pensando en lo que había sentido aquella primera vez antes del dolor: aquel instante de tensión, de algo nuevo entrando donde nunca había entrado nada.
Una tarde, al salir del trabajo, en lugar de caminar hacia mi casa caminé hasta unas cabinas de internet del centro de la ciudad. Estaban en un edificio viejo, con olor a humedad y a café malo, y nadie miraba a nadie. Entré a una página de encuentros y empecé a chatear con un tipo que se anunciaba como versátil. Tenía buenas fotos y parecía cordial. Le dije la verdad: que era nuevo, que quería penetrar a alguien, que no había hecho casi nada por arriba. Me respondió que él me enseñaba. Quedamos en la esquina de una avenida, a las siete.
Salí de la cabina con el estómago revuelto. No sé si era miedo o ganas. Quizás las dos cosas a la vez.
***
Llegué con quince minutos de adelanto. Encendí un cigarrillo que no me apetecía y me apoyé en una farola para esperar. La gente pasaba sin verme. Yo miraba a todos los hombres que caminaban hacia mí pensando «¿es él?, ¿es este?», hasta que cruzó la esquina alguien que no podía ser otro.
Era mucho más alto de lo que yo había imaginado. Casi un metro noventa, con piernas gruesas como columnas y unos hombros que llenaban la chaqueta. La cara, en cambio, era amable. Tenía la mirada de alguien que sabe esperar.
—¿Iván? —preguntó.
—Sí. ¿Rafael?
—Rafael, sí. Pensé que serías más gordito por el video. En las fotos parecías otra cosa.
—Las cámaras mienten —dije, y me reí sin ganas—. ¿Vamos?
Caminamos sin hablar dos cuadras hasta meternos por un pasaje estrecho que yo nunca había recorrido. Allí, casi al final, había un hotel para hombres con un cartel viejo y una recepción donde el encargado no levantó la vista del periódico. Rafael pagó la hora y subimos por una escalera de baldosas gastadas.
La habitación era exactamente lo que esperaba: una cama doble con sábanas baratas, un espejo enfrente, una lamparita y un baño minúsculo con cortina de plástico. Olía a desinfectante.
—Voy un segundo al baño —dije.
Cuando salí, Rafael estaba boca abajo sobre la cama, con la almohada bajo las caderas y aquel culo enorme levantado hacia mí. Se había desnudado en los pocos segundos que yo estuve adentro. La luz amarilla de la lamparita le marcaba la curva de la espalda y el hueco entre las nalgas.
—Cógeme —dijo girando la cabeza—, así después me toca a mí.
Me quedé parado un segundo. El plan era ese, pero ahora que lo tenía delante me sentí pequeño, sin saber por dónde empezar.
—¿Te puedo chupar primero?
—Como quieras, mi vida.
Se dio media vuelta. Tenía el sexo todavía a medio crecer, escondido bajo el peso de las piernas. Me arrodillé entre ellas y empecé a chuparlo como había leído en algún foro, con la boca abierta y la lengua suelta. Él me dejó hacer un rato, en silencio, y luego me puso una mano en la nuca.
—Vas a tener que practicar —dijo, no con maldad, sino con cansancio—. A las justas me haces cosquillas, hermano.
No supe qué contestar. Sentí la cara caliente. Le dije que mejor pasábamos a lo otro y se dio vuelta de nuevo.
Me subí sobre él y empujé. Lo hice mal. No usé nada, ni saliva, ni los dedos antes, ni nada. Rafael se quejó por lo bajo, dijo «así no, así no se hace, espera», pero yo ya estaba dentro, demasiado nervioso para parar, demasiado torpe para escucharlo. Aguanté apenas un par de minutos. Eyaculé adentro casi sin haberme movido y me dejé caer a su lado, jadeando, con la vergüenza subiéndome por las orejas.
—Bueno —dijo él, sin enojarse—. Ahora me toca a mí.
Se sentó en la cama y abrió las piernas.
***
No estaba preparado para lo que vi.
Cuando se cogió aquello con la mano y lo levantó hacia mí, casi me caigo de la cama. Era enorme, mucho más grueso de lo que parecía cuando colgaba, y más largo de lo que yo había visto nunca, ni en imágenes ni en sueños. Tenía las venas marcadas y la cabeza ancha y oscura.
—Eso no me entra —dije, y la voz me salió temblona—. Yo no aguanto eso, Rafael, en serio.
—Un culo que ya recibió pinga aguanta lo que sea, mi vida. Tranquilo.
—No, en serio. Yo recién… —tragué saliva—. Yo recién hace dos meses, una sola vez. Y me dolió como nunca.
Rafael me miró. Por un segundo me pareció que iba a soltarme, que iba a dejarme ir, vestido y todo. Pero entonces sonrió de una manera que no me gustó.
—Vine a esto —dijo, despacio—. A coger y a que me cojan. Lo segundo ya lo hiciste mal. Lo primero no me lo vas a quitar.
Me levanté para vestirme. Él se levantó también y se puso entre la puerta y yo. No me empujó ni me tocó: solo se quedó ahí, desnudo y enorme, con aquel sexo durísimo levantándose contra su vientre. Lo miré a la cara y supe que no me iba a pegar, pero también supe que no iba a salir de esa habitación sin haberlo hecho.
—Chúpamela —dijo, sin levantar la voz—. Despacio. Vas a ver que después la quieres.
Me arrodillé. Las piernas me temblaban. Le agarré aquello con las dos manos y empecé a lamer la punta, primero con miedo, después con una mezcla de miedo y curiosidad. Sentí cómo crecía todavía un poco más en mi boca, cómo se iba poniendo más caliente y más duro. Una gota cristalina apareció en la punta y me dio rabia darme cuenta de que me gustaba el sabor.
—Eso es prelíquido —dijo él, acariciándome el pelo—. Tranquilo, todavía falta para que acabe. Tenemos tiempo.
Me tuvo así un rato largo, jugando con mi boca. Yo lloraba sin lágrimas, con un nudo en la garganta que no era de tristeza pero que pesaba parecido. Cuando me cansé y bajé las manos, él me levantó del codo y me llevó otra vez a la cama.
***
Me puso boca abajo, con la cabeza contra la almohada y el culo en el aire. Sentí su boca antes que sus manos. Empezó a lamerme entre las nalgas con una lentitud que no se parecía a nada que yo hubiera sentido. Cada pasada de su lengua me arrancaba un escalofrío que me bajaba hasta los dedos de los pies.
—Este culo va a ser mío hoy —murmuró contra mi piel.
Después vino el dedo. Uno solo, mojado en saliva y en algo más, que me entró con la facilidad de quien ya ha pasado por ahí. Me dolió un poco, pero menos que la primera vez. Cuando entró el segundo, dejé escapar un quejido. Lo movía en círculos despacio, abriendo, buscando, mientras seguía lamiéndome el borde con la otra mano apoyada en mi cintura. Yo me mordía el dorso de la mano para no hacer ruido.
—Despacio —le pedí—. Por favor, despacio.
—Despacio voy, mi vida. Mira cómo te abres.
Sentía que algo dentro de mí se aflojaba sin permiso, que mi cuerpo respondía a sus dedos con un palpitar nuevo, una mezcla rara de dolor y de ganas. Cuando sacó los dedos y sentí la cabeza de aquello apoyarse contra mí, todo el miedo volvió de golpe.
—No, Rafael, no, espera, no entra, no entra…
—Muerde la sábana —dijo, y me la metió él mismo en la boca—. Muerde.
Empujó. La cabeza entró de un tirón y solté un grito ahogado contra la tela. Quise levantarme, sacármelo, salir corriendo, pero él dejó caer todo su peso sobre mi espalda y me dejó clavado contra el colchón. Me mordió la nuca, despacio, mientras seguía empujando más adentro, despacio también, sin prisa ninguna.
—No te muevas —me susurró al oído—. Si te mueves te va a doler más. Quédate quieto.
Le hice caso porque no podía hacer otra cosa. Tenía aquello dentro mío, atravesándome, y cada milímetro que avanzaba me arrancaba un quejido nuevo. Lloré contra la sábana, contra el peso de su cuerpo, contra mi propia decisión de haber bajado al centro esa tarde. Pero también empecé a sentir, debajo del dolor, una cosa rara, un latido nuevo que venía de muy adentro y que se parecía a algo bueno.
Cuando estuvo todo dentro, se quedó quieto un minuto largo. Me besaba la nuca, la espalda, los hombros. Me decía cosas que yo no terminaba de oír. Después empezó a moverse, primero con embestidas cortas, luego más largas, hasta que la cama empezó a chirriar contra la pared. Yo dejé de pensar. Solo era cuerpo, cuerpo y dolor y un placer extraño y vergonzoso que no sabía de dónde salía.
—Sácala —le pedí en algún momento, ya sin fuerzas—. Sácala o acaba, por favor.
Aceleró. Empujó tres, cuatro, cinco veces seguidas con todo el peso del cuerpo y soltó un gruñido largo contra mi oído. Sentí cómo se vaciaba adentro mío, en una cantidad que se desbordaba y me corría por la cara interna del muslo. Cuando se separó, lo hizo despacio, y yo me quedé boca abajo, sin moverme, escuchándome el corazón en los oídos.
Me senté en el borde de la cama. Las sábanas tenían sangre. Poca, pero la suficiente para asustarme. Me llevé la mano y la retiré con la palma manchada. Empecé a llorar otra vez, sin ruido, mirándome los dedos.
—Ven —dijo Rafael, y se sentó a mi lado—. Ven aquí, mi vida.
Me abrazó. Olía a sudor y a desinfectante de hotel. Me besó en la sien, en el ojo, en la comisura de los labios. Yo no le devolví el beso, pero tampoco me aparté.
—No sabía que eras virgen —dijo, después de un rato.
—No lo era —respondí, sin convicción.
—Sí lo eras. Casi. Te juro que si lo sabía iba más despacio.
Me reí, no sé por qué. Tal vez por nervios. Tal vez porque era absurdo escuchar esa promesa después de todo.
***
Nos duchamos juntos, en silencio. El agua salía tibia y olía a cloro. Él me enjabonó la espalda con las manos abiertas y se demoró sin querer en la nuca, en los hombros. Después se vistió primero y se sentó en el borde de la cama a mirarme mientras yo me vestía con cuidado, dolorido en cada movimiento.
—¿Te puedo decir una cosa? —dijo, cuando salíamos.
—Dime.
—Con esa pinga chiquita que tienes, no calificas para activo. Mejor agarra el otro camino, el de abajo. Te va a ir mejor.
No le contesté. Bajamos las escaleras, devolvimos la llave y salimos al pasaje. Ya estaba oscureciendo. Nos dimos la mano en la esquina de la avenida, como dos compañeros de trabajo despidiéndose, y caminamos en direcciones opuestas.
Llegué al estudio con el cuerpo encendido, palpitando todavía donde no debía palpitar. Pasé por una farmacia y compré una crema y unos analgésicos. La farmacéutica no me miró mientras me cobraba. Me encerré en el cuarto y me senté con cuidado en el borde del colchón.
Esa noche no dormí. Cada vez que me tocaba allá abajo lo sentía abierto, como si todavía estuviera él dentro. Me prometí, en voz alta, que no lo iba a hacer más, que esa había sido la última vez, que con eso me alcanzaba para toda la vida.
Mentí.
Pero esa noche, al menos, me lo creí.