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Relatos Ardientes

La primera vez que me animé a tragarle a Mariano

Hacía casi seis meses que veía a Mariano en secreto. Nos conocimos en un chat de la ciudad, uno de esos foros viejos donde la gente se acomoda por barrio y por horario, y yo entré una tarde aburrido en la oficina sin esperar gran cosa. Empezamos a hablar, los dos casados, los dos buscando algo que no estábamos pudiendo encontrar en casa, y a las dos semanas de mensajes él me dijo que conseguía un lugar y me preguntó si me animaba.

Le respondí que sí antes de pensarlo. Después me pasé toda la noche pensándolo igual.

Al otro día nos encontramos en una esquina del centro, cerca de su trabajo. Yo había inventado una excusa para escaparme una hora del mío. Estuve diez minutos parado en la vereda, mirando cada hombre que pasaba, convencido de que iba a arrepentirse, hasta que vi a un tipo de traje y corbata cruzar la calle directo hacia mí. Me clavó los ojos a media cuadra y supe que era él antes de que sonriera.

—Vos sos Lucas —dijo, como si lo supiera desde siempre.

—Y vos Mariano.

Caminamos cinco cuadras en silencio. Él me llevaba medio paso adelante, marcándome el camino sin tocarme. Llegamos a un edificio viejo, subimos por una escalera angosta hasta el tercer piso y entramos a un departamento que olía a guardado. Estaba amueblado pero vacío de gente: alguien le prestaba la llave y nada más.

—No vive nadie acá —me dijo apenas cerró la puerta—. Tranquilo.

No me dio tiempo a estar tranquilo. Me empujó suave contra la pared del recibidor y me besó como si me debiera ese beso desde hacía mucho. Tenía la boca grande, los labios calientes, y un olor a colonia mezclado con algo más íntimo, ese olor de hombre que se levantó temprano y ya pasó medio día con la camisa puesta. Me sostuvo la cara con las dos manos mientras me besaba, y yo me dejé hacer, porque hacía años que un beso no me hervía la sangre así.

Esa primera cita duró cuarenta minutos. Nos cogimos rápido, los dos parados, él detrás de mí contra el respaldo del sillón, con la urgencia de quien tiene que volver al trabajo. Cuando salimos del edificio nos despedimos en la esquina con un apretón de manos formal, como si fuéramos dos colegas saliendo de una reunión cualquiera.

***

Así arrancó lo nuestro. Eran encuentros cortos, medio a las apuradas, pero muy lindos. Cada quince o veinte días lográbamos hacer coincidir los horarios, nos escribíamos por el chat para arreglar el día y la hora, y caíamos por separado a la esquina del edificio. Después subíamos juntos sin decirnos nada.

Le tenía mucha confianza desde el principio. Era un tipo formal, cuidadoso, no preguntaba cosas que no le importaban y no contaba nada de su vida que después pudiera complicarnos. Sabía que tenía una mujer y dos hijos chicos. Yo sabía que él sabía lo mismo de mí, y nos alcanzaba con eso.

A la tercera o cuarta cita me dijo que no había llevado profiláctico. Lo dijo con esa voz baja que usaba cuando quería pedirme algo y no estaba seguro de cómo lo iba a tomar.

—Si no querés, no hay drama —agregó enseguida—. Me gustás igual.

Acepté. No fue una decisión pensada, fue el cuerpo el que decidió antes que la cabeza. Después de aquella vez ya no usamos más, y la diferencia fue tan grande que me costó admitirlo: sentirlo sin nada, piel contra piel, calor contra calor, era otra cosa. Era esa cosa que después uno extraña durante días.

***

La rutina de los encuentros se asentó rápido. Llegábamos, cerraba la puerta y nos quedábamos en silencio dos o tres segundos, mirándonos como si todavía nos sorprendiera estar ahí. Después empezábamos a los besos en la boca, parados en medio del living, sin sacarnos la ropa todavía. Él me agarraba la cola con las dos manos mientras me comía la boca, me la apretaba fuerte por encima del pantalón, me la separaba como si ya me estuviera cogiendo.

Antes de llevarme contra la mesa del comedor, siempre me pedía lo mismo.

—Chupámela un rato.

Me lo decía bajito, casi al oído, mientras se desabrochaba el cinturón. Yo me arrodillaba sobre la alfombra y se la sacaba con los dientes a través de la abertura del bóxer, porque le encantaba esa parte, ese gesto de impaciencia. Tenía la pija gruesa, dura, marcada por una vena gorda que le subía por el costado izquierdo, y un olor limpio mezclado con el sudor del trabajo que me ponía como loco apenas la tenía cerca.

Me gustaba hacérselo. Me gustaba sentir cómo se iba poniendo más duro contra mi lengua, cómo me clavaba las dos manos en la nuca y me marcaba el ritmo sin forzarme, dejándome a mí decidir cuánto entraba y cuánto no. Me gustaba más todavía lo que me decía mientras lo hacía.

—Qué hijo de puta, me volvés loco —murmuraba con los dientes apretados—. La chupás como nadie, Lucas. Como nadie.

Yo lo miraba desde abajo con la boca llena y él me sostenía la mirada. Esa parte, esa mirada cruzada, era casi más fuerte que el resto. Después me levantaba del piso, me daba vuelta y me cogía contra la mesa del comedor hasta que se venía afuera, casi siempre sobre mi espalda baja o entre las nalgas.

***

Cuando charlábamos por el chat para arreglar los próximos encuentros, había una pregunta que se había vuelto fija.

¿Mañana me la chupás?, me escribía.

—Sí —le contestaba yo.

¿Mucho?

—Mucho. Mucho mucho.

Y entonces, una noche, mientras yo estaba acostado al lado de mi mujer dormida, me llegó un mensaje distinto.

¿Y no te animás a tragarme la leche?

Me quedé mirando la pantalla con el corazón latiéndome en la garganta. La luz del teléfono iluminaba la sábana y yo no me animaba ni a respirar fuerte. Lo había pensado, claro que lo había pensado. Pero nunca lo había hecho, ni con él ni con nadie. Mi mujer no me dejaba acercarme a su boca cuando estábamos en eso, y antes de casarme, las pocas veces que había tenido sexo con un hombre, siempre habíamos terminado afuera.

Me daba un morbo enorme imaginarlo. Verme a mí mismo arrodillado, dejándolo descargarse adentro de mi boca, sintiendo el calor de su leche bajándome por la garganta. Pero también me daba una vergüenza ridícula, como si fuera un nene al que le piden algo que no sabe hacer.

No sé. Nunca lo hice.

¿Te gustaría probar?

Capaz.

Pensalo. No te obligo a nada.

Pensé toda la semana. Pensé en el trabajo, pensé en el subte, pensé mientras cocinaba, pensé cuando mi mujer me hablaba de la escuela de los chicos y yo asentía sin escuchar. Pensé tanto que, cuando llegó el día de la siguiente cita, ya lo había decidido sin haberlo dicho en voz alta.

***

Era un martes de marzo, todavía hacía calor a media mañana. Subí los tres pisos del edificio sintiendo el corazón rebotándome contra las costillas. Mariano me abrió la puerta con esa sonrisa de costado que le salía cuando estaba contento de verme.

—Estás raro —me dijo apenas entré.

—Nervioso.

—¿Por lo que hablamos?

Asentí. Él me agarró la nuca y me besó suave, sin apuro, como si me estuviera diciendo que no había que apurarse con eso tampoco. Me sacó el saco, me desabrochó la camisa botón por botón mientras me seguía besando, y me llevó de la mano hasta el sillón del living. Yo temblaba un poco. Él lo notó y se rió bajito contra mi oreja.

—Vení acá —me dijo, sentándose—. Hacelo como siempre. Si en algún momento querés parar, parás y listo. ¿Tá?

—Tá.

Me arrodillé entre sus piernas. Le saqué el cinturón, le bajé el pantalón hasta los tobillos y el bóxer hasta la mitad de los muslos. Ya la tenía dura, marcada contra la tela, y se la agarré con la mano antes de pasarle la lengua por toda la base, despacio, como me había enseñado a hacérselo. Lo escuché soltar el aire.

—Así —dijo—. Despacio.

Le chupé la punta primero, dándole vueltas con la lengua, sintiendo el sabor salado del líquido que ya le salía. Después me la metí entera, todo lo que pude, y empecé a moverme arriba y abajo con un ritmo lento. Él me sostenía la cabeza con una mano, sin presionar, solo acompañándome. La otra mano me la había puesto en el hombro y de vez en cuando me lo apretaba para hacerme saber que iba bien.

Tardó más que otras veces. Se notaba que se estaba aguantando, que quería estirarla. Yo aproveché y me tomé mi tiempo: paré, le besé la base, le chupé los huevos, volví a subir, le di vueltas a la punta con la lengua. Cuanto más rato pasaba, más segura tenía la decisión.

—Lucas —me dijo al rato, con la voz quebrada—. Me estoy por venir.

Lo miré desde abajo y asentí sin sacármela de la boca. Él entendió.

—¿Seguro?

Asentí otra vez.

—Dios mío —murmuró.

Le clavé los ojos mientras seguía moviendo la boca, más rápido ahora, más profundo. Le sentí los muslos tensarse contra mis hombros, la mano apretarme la nuca, la pija hincharse un grado más entre mis labios. Después soltó un gemido largo, ronco, y se vino.

El primer chorro me dio contra el paladar y me agarró desprevenido. El segundo bajó solo. Era espesa, caliente, con un sabor amargo y limpio a la vez. Me quedé quieto, con la boca cerrada alrededor de él, dejando que terminara, sintiendo cada latido de su pija contra mi lengua. Él respiraba fuerte, con la cabeza tirada para atrás contra el respaldo del sillón.

—Tragá —me pidió bajito, sin mirarme.

Tragué.

Me bajó por la garganta de una sola vez, con un calor que se quedó ahí varios segundos después. No fue terrible. No fue nada de lo que me había imaginado. Fue raro y fue íntimo y fue, sobre todo, suyo.

Cuando me la saqué de la boca y levanté la cabeza, Mariano me estaba mirando con una cara que no le había visto nunca. Una mezcla de incredulidad y de ternura, como si le hubiera regalado algo enorme.

—Lucas —dijo solamente.

Me agarró de los hombros, me subió al sillón y me besó en la boca sin asco, sin distancia, hundiéndome la lengua todavía con el gusto suyo encima de la mía. Me besó así durante un rato largo, con las dos manos en mi cara, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.

—Sos increíble —me dijo al separarse—. Sos increíble.

Después nos quedamos un rato sentados, él medio desnudo, yo con la camisa abierta, mirando el techo del living ajeno. No nos cogimos esa mañana. No hizo falta.

Cuando bajamos las escaleras y nos despedimos en la esquina, me apretó la mano más fuerte que otras veces y me sostuvo la mirada dos segundos de más.

—¿La próxima? —preguntó.

—La próxima —le dije.

Caminé hasta el subte sintiendo todavía el sabor amargo en la lengua, el calor en la garganta y una sonrisa estúpida que no me podía sacar de la cara durante toda la vuelta a la oficina. Esa misma noche, acostado al lado de mi mujer, le escribí un mensaje al chat.

Quiero hacerlo de nuevo.

Tardó dos minutos en responder.

Mañana a la mañana.

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Comentarios (4)

Elias_lector

Me atrapo desde el primer parrafo. Que relato tan bien contado!!

ToniBA87

Que historia tan intensa... me quede con ganas de mas, espero que haya una segunda parte

juancho88

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo

NachoLect

Me recordo a algo que viví hace años y nunca le conté a nadie. Se te hace un nudo leyendolo, en serio.

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