El lobo de la fiesta volvió como invitado de papá
Era sábado por la noche, en pleno julio, y el calor del verano se pegaba a la piel como una segunda capa. Había quedado con mis amigos en el antro de siempre, pero esa noche tenía algo distinto: era la fiesta de disfraces que llevábamos semanas esperando. El tema era simple y prometedor: «Ven como tu versión más sexy».
Desde que nos avisaron, no habíamos parado de fantasear con qué pasaría, con quién acabaríamos liándonos, con qué nos pondríamos. Y por fin la noche había llegado.
Ahí estaba yo, frente al espejo de mi habitación, terminando de ajustarme el disfraz. Tenía veintisiete años y nunca me había sentido tan cómodo en mi propia piel. No iba a ganar el premio al mejor disfraz, eso lo tenía claro, pero el espejo me devolvía una imagen que me ponía caliente a mí mismo.
Mi disfraz de demonio consistía en un arnés de cuero negro: dos tiras que partían de los hombros y se juntaban en una anilla redonda en el centro del pecho, de la cual bajaba otra tira hasta el ombligo. Tres correas cruzaban en horizontal las costillas. De los hombros caían unas tiras rasgadas que simulaban alas caídas. Abajo, unos pantalones negros que parecían pintados sobre la piel, y por detrás un rabo terminado en punta de flecha.
Va a sonar a presumido, pero el arnés resaltaba mi piel morena y, al estar tan ceñido, marcaba cada uno de mis abdominales. Sin camiseta, la uve de la cadera apuntaba como una flecha hacia el bulto del pantalón. No pude evitar tocarme un poco mientras me miraba al espejo. Iba calentito antes incluso de salir de casa.
Casi se me olvida lo más importante: el antifaz. Era negro con detalles rojos y dorados, y de él salían dos cuernos grandes que, junto con mi pelo negro y semilargo, le daban al conjunto un aire de demonio de verdad. Lo había elegido así porque me dejaba la boca libre, y la boca me iba a hacer falta. Mis labios gruesos y mi lengua eran parte de la artillería; cuando un tío la probaba en la boca, ya no quería irse a casa sin más.
Semierecto, bajé a reunirme con mis amigos en la esquina pactada. Después de unas risas y unos manoseos aprovechando la falta de ropa, enfilamos hacia el local.
No llevaba ni veinte minutos en la fiesta cuando decidí ir de caza. Ya tenía a un par en el radar: un vampiro con una estaca sospechosa en la entrepierna, un pirata con la camisa hecha jirones. Pero justo cuando iba a lanzarme a por uno de los dos, lo vi.
Estaba en la pista, bailando sin moverse apenas. Llevaba una máscara enorme de cabeza de lobo gris, sin camiseta, con una cadena de eslabones gordos al cuello. Los pantalones imitaban patas de animal, anchos y cubiertos de pelo gris, terminados en unas garras de tela con sus uñas. Detrás, una cola larga y recta.
¿Por qué me llamó la atención? Primero, el contraste del gris con su piel morena. Después, ese torso duro, con unos pezones redondos rodeados de vello negro. Y todo el pecho cubierto por una mata oscura que bajaba hasta perderse en el pantalón. El disfraz le daba calor, era evidente: tenía gotas de sudor bajándole por los abdominales.
Me acerqué por un costado y le aullé exagerando el gesto de levantar la cabeza. Con la música a tope apenas se oía, pero giró la cara con un movimiento tan cómico que me hizo sonreír. Se me quedó mirando de arriba abajo y yo, con las manos, le invité a que me observara desde todos los ángulos. Me siguió el juego: como un perro, empezó a rodearme, examinándome de cerca. Aproveché para agarrarle la cola del disfraz, pero negó con un gesto firme.
—Soy un demonio. Si me dices que no haga algo, lo voy a hacer peor —le dije sacándole la lengua, sin soltarle la cola.
Se acercó a mí. Por primera vez sentí sus manos en mis caderas. Recorría la marca de la uve con los dedos, sin prisa, y yo aproveché para pasarle los brazos alrededor del cuello.
Estuvimos así un rato, restregándonos al ritmo de la música, hasta que sus manos en mi culo dejaron de ser suficientes. Necesitaba el siguiente paso. Agarré las cadenas de su cuello y tiré de él hacia los baños. Encontré un cubículo cerrado y nos metimos sin que nadie nos viera.
Le ataqué los pezones con la boca, mordiendo despacio y luego con más fuerza. Lo oía aullar a través de la máscara. Estaba metido al cien por cien en su papel, y eso me ponía a mil. Mis manos recorrían sus abdominales húmedos de sudor, llenos de vello. Intenté meter la mano por la cintura del pantalón, pero volvió a negar con la cabeza.
Nos separamos un instante. Se bajó una cremallera bien escondida en un costado y sacó una polla morena y gruesa, con dos huevos pesados colgando. El tío iba muy bien servido. Joder, mis pantalones ya me apretaban demasiado.
Intenté levantarle el hocico de la máscara. Quería verle la cara, quería comerle la boca. No me dejó. Me apartó las manos, me puso las suyas en los hombros e hizo presión hasta dejarme de rodillas frente a su tranca.
Me rozó los labios con el pulgar, me sujetó el cuello con una delicadeza inesperada y, con un movimiento de caderas que parecía un baile, acercó su rabo a mi boca. Abrí y empecé a comérsela con muchas ganas, jugando con sus huevos y acariciándole el torso. Qué torso peludo, joder, me estaba volviendo loco.
Soltó mi cuello, apoyó las manos en la pared y empezó a moverse. Me estaba follando la boca como en una película porno. Me la sacaba entera, dejaba que se la lamiera por fuera y luego me la restregaba por la cara antes de volver a hundirla hasta el fondo.
Yo ya no podía más con el pantalón. Me lo bajé hasta los muslos y empecé a masturbarme. Él me vio con la polla fuera y me levantó al instante. Se agachó, levantó un poco la cabeza de lobo y se metió mi rabo en la boca. El mío era más fácil de trabajar que el suyo: tamaño normal, depilado, recto hacia arriba a diferencia del suyo, que se inclinaba a la izquierda.
No le veía la cara. La máscara era demasiado grande. Pero la pena duró poco: ese tío sabía usar la lengua. Me recorría toda la polla con un control que nadie me había hecho antes.
Cuando notó que estaba cerca de correrme, paró. Se levantó y volvió a quedar frente a mí. Le agarré el rabo y empecé a masturbárselo mientras él pegaba el pecho contra el mío. Lo oía resoplar, y de vez en cuando un susurro:
—Sigue, cabrón. Más bajito.
Levantó los brazos para colocarlos por encima de la cabeza de lobo y me dejó a la vista unas axilas peludas, oscuras, sudadas. Me lancé sin pensarlo a lamerlas, sin soltarle la polla, mientras la mano libre le recorría el cuerpo.
—¿Puedo follarte? —Fue la primera vez que oí su voz. Ronca, grave, muy seria—. Tengo un condón. Me encantaría follarme al diablo.
Mi respuesta fue un mordisco en el pezón izquierdo. Volvió a aullar mientras me giraba contra la pared y me dejaba el culo moreno y depilado bien colocado para él.
Me ajustó las caderas para sacarme más el culo. Pegó mis manos a la pared y las sujetó con una de las suyas. Con la otra me puso el condón en la boca para que rompiera el envoltorio con los dientes. Lo hice y escupí al suelo el trocito de plástico.
Se posicionó. Noté la cabeza gorda en mi entrada. Me relajé y dejé que entrara despacio. Se conocía bien: esperó a que mi cuerpo se adaptara a semejante rabo antes de seguir empujando. Mientras esperaba me acariciaba el pecho, los pezones, me masturbaba con la otra mano. Me tenía completamente entregado. En cuanto estuve listo, fui yo quien empezó a pedirle más polla con el culo.
Su mano agarró mi cadera, la otra seguía sujetando mis manos en la pared, y en esa postura empezó a clavármela. Despacio pero muy hondo. La sacaba casi entera y volvía a hundirla hasta el fondo. Notaba los huevos chocándome y el pelo del disfraz rozándome la piel. Después cambió el ritmo: la cosa se volvió más animal, más bruta, más intensa.
Yo lo estaba gozando como nunca. Ese lobo me estaba dando una follada monumental, mis gemidos salían fuerte aunque la música los tapaba a medias, y los bufidos que él soltaba se oían perfectamente.
Le empecé a lamer la mano que me sujetaba contra la pared, y entonces lo vi: un pequeño tatuaje en la muñeca interior. Era diminuto, casi escondido entre el vello negro. Una especie de pulsera con un diseño muy peculiar, asimétrico, que nunca había visto en nadie. Me llamó la atención, pero el placer me arrastró otra vez y lo olvidé.
La mano que tenía en mi cadera bajó hasta mi polla y empezó a masturbarme. Eso fue lo que me llevó al borde. El placer de su rabo dentro, las bolas chocándome con cada embestida, la paja que me estaba haciendo… era demasiado.
Lo noté tensarse. Estábamos a punto de corrernos los dos. Y ahí hizo la magia: me rodeó el cuello con todo el brazo, como si fuera a estrangularme, pero sin apretar. Su pecho peludo contra mi espalda, sus embestidas finales, y yo me corrí. Tres chorros mancharon la pared del baño. Él se corrió justo después, gimiendo cerca de mi oreja mientras se descargaba entero dentro del condón.
Aún estando yo de espaldas, y sin soltarme el cuello, lo noté quitarse la máscara. Empezó a comerme el cuello con la boca desnuda. Por fin sentía su lengua de verdad. Dios, eso tendría que haber pasado antes. Volvió a colocársela en cuanto me susurró al oído:
—Esta noche el diablo ha sido domado por el lobo. Qué pena que el diablo no vaya a tener ocasión de vengarse. —Me agarró la polla y luego me apretó el culo con fuerza—. Quien tuviera la suerte de tener a este diablo malo para jugar todo lo que quisiera.
No me dio tiempo a contestar. Salió del baño y desapareció entre la gente antes de que yo terminara de subirme los pantalones. Estuve buscándolo el resto de la noche, pero o se había marchado del local o se había vuelto invisible. No quedaba rastro.
***
Una semana después, mi padre nos organizó uno de esos almuerzos trampa que tanto odio. Tenía un nuevo compañero en el despacho y, como tantas veces, quería presentárselo a la familia. Esas comidas siempre eran incómodas, conversaciones rígidas y vino malo, y yo siempre era el primero en buscar una excusa para subir a mi cuarto.
Llegó el invitado. Oí a mi madre llamándome desde la entrada para que bajara a recibirle. Cuando abrí la puerta de mi habitación y empecé a bajar las escaleras, me esperaba la sorpresa de mi vida.
Yo esperaba al típico señor de la edad de mi padre, con barriga, calva incipiente y traje gastado. No. Delante de mí había un hombre joven, muy alto, de unos treinta y tres años como mucho. Media melena negra, barba abundante y oscura que hacía resaltar el blanco de sus dientes, y unos ojos castaños que me clavaron al suelo.
—Buenas tardes. Soy Diego. Tú debes ser el famoso Mateo del que tanto habla tu padre —dijo mientras me apretaba la mano en un saludo.
El almuerzo, contra todo pronóstico, fue agradable. Diego, además de guapo, era inteligente y tenía un sentido del humor seco que me hizo reír más de la cuenta. Resultó que compartíamos varios gustos: la misma novela de culto, los mismos discos viejos, la misma serie que nadie más en la mesa había visto.
Fue justo en uno de esos momentos, mientras le enseñaba un libro firmado de la estantería, cuando lo vi. Ese tatuaje en la muñeca interior. La misma pulsera asimétrica, el mismo diseño imposible de confundir. Casi se me cae el libro al suelo.
El lobo había venido a comer a mi casa.
Sentí el corazón en los oídos durante un par de segundos largos. Después respiré hondo. Mi padre estaba al otro lado del salón, sirviendo café. Mi madre, en la cocina.
—¿Sabes? —dije bajito, acercando la mano a la cadena de plata que él llevaba al cuello, fingiendo que la miraba como cualquier visita curiosa—. La venganza se hace esperar, pero el diablo no se olvida del lobo que intentó domarlo.
Se le iluminaron los ojos. Asomó un colmillo en una sonrisa muy lenta, se mojó los labios y, sin soltarme la mirada, me sujetó por la cadera con una mano firme.
—Pues quizá el diablo debería dejarse de esperas y pasar a la acción —murmuró—. Antes de que el lobo huya otra vez y pierda la oportunidad.