Aquel chico de la biblioteca cambió mi semestre
Desde que entré en la universidad, la sala silenciosa del segundo piso de la biblioteca municipal se convirtió en mi refugio favorito para preparar parciales. En casa siempre había ruido —vecinos arriba, perros abajo, mi madre poniendo telenovelas a todo volumen—, y en cambio allí, entre estanterías oscuras de madera y lámparas individuales, conseguía concentrarme durante horas. Bueno, casi siempre.
Porque la biblioteca también tenía su lado distraído: chicos largos y delgados con auriculares colgando del cuello, otros más bajitos pero con esos antebrazos marcados que se les notaban al pasar las páginas, alguno que entraba después del gimnasio con el pelo todavía húmedo. Yo intentaba no mirar demasiado, pero a veces el subrayador se me quedaba en el aire más tiempo del necesario.
Aquel martes de finales de octubre estaba peleándome con un manual de derecho civil cuando algo me sacó del libro. Levanté la vista y lo vi al otro lado de la estantería abierta, sentado en una mesa diagonal a la mía. Tendría unos veintidós años, era alto y delgado, con el pelo oscuro algo revuelto y una barba corta de dos o tres días. Me miraba sin disimulo, como si llevara un rato preguntándose lo mismo que yo me estaba preguntando.
Aparté la vista, pero a los pocos segundos volví a buscarlo. Él seguía allí. Sonrió apenas con un lado de la boca y bajó los ojos a su libreta. Yo intenté concentrarme en el artículo 1124 del código civil, sin ningún éxito.
Estuvimos así un buen rato. Subrayaba sin entender lo que subrayaba, y de vez en cuando alzaba la mirada y él justo levantaba la suya. Era un juego silencioso del que ninguno de los dos parecía querer salir.
Cuando ya no podía más, me levanté con la excusa de ir al baño. Mientras me lavaba las manos frente al espejo, oí la puerta abrirse y, sin necesidad de mirar, supe quién entraba. Lo vi reflejado: dejó la mochila apoyada en la pared, se acercó al lavabo de al lado y suspiró largo.
—Joder, necesito mojarme la cara o me duermo encima de los apuntes —dijo, sin mirarme directamente.
—A mí me funciona el café —respondí, en un tono que pretendía ser casual pero que me salió más bajo de la cuenta.
Él me miró por el espejo, sonriendo con la misma media boca de antes.
—Pues vamos. Hay una cafetería al lado que no está mal. Si te apetece.
No me lo pensé. Recogimos cada uno nuestras cosas y bajamos juntos por la escalera trasera, esa que da al patio interior y que casi nadie usa. Sentí su brazo rozar el mío al cruzar una puerta y ninguno de los dos se apartó.
***
Se llamaba Mateo. En la cafetería pedimos dos cortados y nos sentamos en una mesa pegada al ventanal, lejos del resto. Estudiaba ciencias políticas, iba un año por encima de mí y vivía solo en un apartamento pequeño que sus tíos tenían vacío a cinco calles de la facultad. Hablamos de profesores compartidos, de manuales caros, de exámenes imposibles. Pero por debajo de todo eso había otra conversación, una que ninguno de los dos se atrevía a abrir todavía.
—Tengo unos libros tuyos —dijo de pronto, mientras revolvía el azúcar—. Quiero decir, no tuyos. De tu carrera. Si quieres te los presto y los miras tranquilo.
Levanté la vista. Él sostenía la cuchara en el aire y me miraba directo, sin la sonrisa de antes.
—¿Cuándo?
—Esta tarde, si te viene bien. A las cuatro estoy en casa.
Me apunté la dirección en el móvil con la mano un poco torpe. No hizo falta decir nada más.
***
Llegué cinco minutos antes de las cuatro y di una vuelta a la manzana para no parecer ansioso. Cuando por fin llamé al portero, él tardó tres timbres en contestar, como si también hubiera estado intentando aparentar calma.
Su apartamento era pequeño: un salón con sofá y mesa, una cocina mínima y una habitación al fondo. Olía a café recién hecho y a esa cera vieja con la que algunas abuelas pasan los muebles. Me dejó dejar la chaqueta en una silla y me llevó directo a la cocina.
—¿Cómo lo tomas?
—Solo, sin azúcar.
Mientras él sacaba las tazas del armario alto, yo me ofrecí a coger las cucharillas del cajón. En aquel espacio reducido fue imposible no rozarnos. La primera vez su cadera tocó la mía y los dos seguimos como si nada. La segunda, su mano pasó por encima de la mía al alcanzar el frasco de azúcar y nos miramos de frente por primera vez sin nada en medio.
Dejé la cucharilla en la encimera. Me coloqué detrás de él, lo rodeé con los brazos y posé la palma sobre su pecho por encima de la camiseta. Él dejó de moverse. Inclinó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en mi hombro, y yo le besé el cuello despacio, justo donde el pelo se le rizaba un poco. Esa barba corta me arañó la mejilla con una aspereza que me gustó más de lo que esperaba.
Bajé la mano por su abdomen, todavía por encima de la ropa, y la dejé sobre su entrepierna. Lo noté ya duro, marcado contra el vaquero. Él soltó un suspiro corto, sin palabras, y se giró.
Su boca llegó a la mía primero cerrada, casi tímida. La fui abriendo con la lengua y él respondió como si llevara toda la tarde esperando ese momento. Nos besamos largo, apoyados contra la encimera, sus manos en mis caderas, las mías subiendo por su espalda por debajo de la camiseta. La cafetera empezó a echar vapor detrás de nosotros y ninguno se acordó de bajar el fuego.
—¿No prefieres que vayamos a la habitación? —murmuró pegado a mi oreja.
—Llevo media hora deseándolo —admití.
***
Apagó el fuego de un manotazo y me llevó de la mano por el pasillo estrecho. La habitación tenía una cama doble, un escritorio cubierto de apuntes y una ventana con la persiana medio bajada. La luz de la tarde entraba en franjas naranjas sobre las sábanas.
Me dejó caer sobre la cama con suavidad y se inclinó para besarme otra vez. Me subió la camiseta hasta el pecho con las dos manos, acariciándome el vientre y los costados, y al final me incorporé un poco para que pudiera quitármela del todo. Mi piel era lampiña; la suya, en cuanto se quitó la sudadera, fue una sorpresa.
Tenía veintidós años y un pecho que parecía de un hombre diez años mayor. Vello negro y denso le cubría todo el esternón, bajaba en una línea cerrada hasta el ombligo y se perdía dentro del pantalón. Los pectorales estaban marcados, no de gimnasio exhibicionista, sino de alguien que trabaja el cuerpo en serio. Me senté en la cama y me quedé mirándolo unos segundos.
—¿Qué? —preguntó sonriendo.
—Nada —dije, antes de hundir la cara en aquel pecho.
Le besé los pectorales, le mordí suavemente los pezones, pasé la lengua por la línea que bajaba al ombligo. Mateo se aferraba a mi pelo con una mano, sin tirar, solo guiándome despacio. Cuando llegué al cinturón, lo desabroché con dedos torpes y le bajé el vaquero hasta los tobillos. Tuvo que apartar las piernas para librarse de él.
Por debajo del bóxer asomaba un bulto que ya no podía disimular. Le bajé la prenda y allí estaba: ni circuncidada ni demasiado larga, pero gruesa, con el glande asomando bajo el prepucio. Como la mía, pensé, casi idéntica.
Bajé la piel con dos dedos y pasé la lengua por la punta. Mateo soltó un gemido apretado, como si llevara aguantándolo desde la cocina. Empecé despacio, lamiendo y rodeando, y poco a poco lo fui metiendo entero en la boca. Él me sostenía la nuca con las dos manos, acompañando el ritmo sin imponerlo.
—Para —dijo al cabo de un rato, jadeando—. Para o no llego a nada.
Levanté la cabeza. Tenía la cara enrojecida y el pecho subiendo y bajando rápido. Me incorporé y dejé que terminara él de desnudarme. Cuando los dos estuvimos completamente sin ropa, nos quedamos un momento mirándonos antes de volver a la cama.
—Quiero que me folles —le dije.
Asintió sin hablar. Buscó en el cajón de la mesita un sobre cuadrado y un bote pequeño. Me tumbé boca arriba y él se arrodilló entre mis piernas, levantándomelas hasta que mis rodillas le quedaron apoyadas sobre los hombros. Se puso el condón con calma y se untó los dedos con lubricante.
Empezó por la entrada, despacio, casi rozando. Pasó la yema en círculos hasta que cedí; luego entró con un dedo, después con dos. Yo cerré los ojos y me concentré en respirar. Cuando notó que estaba listo, retiró los dedos y apoyó la punta contra mí.
—¿Seguro? —preguntó.
—Sí.
Empujó muy despacio. Dolió, no lo voy a negar; esos primeros centímetros siempre duelen. Pero al mismo tiempo sentí una mezcla rara de plenitud y de calor que me recorrió todo el cuerpo. Cuando entró del todo se quedó quieto un momento, mirándome a la cara, esperando una señal.
—Sigue —dije.
Empezó a moverse con un ritmo lento que fue creciendo poco a poco. Se inclinó sobre mí para besarme y para alcanzarme los pezones con la lengua, sin dejar de embestir. Mi propia polla estaba dura contra mi vientre, atrapada entre los dos cuerpos. Cuando notó que yo no aguantaba mucho más, me la agarró con la mano y empezó a masturbarme al mismo compás de sus caderas.
Me corrí casi enseguida, sobre mi propio pecho, con un gemido que intenté ahogar mordiendo el hombro de Mateo. Confieso aquí que nunca aguanto demasiado, y aquella tarde menos. Unos segundos después, él se tensó entero, hundió la cara en mi cuello y soltó un sonido grave entre los dientes que me hizo apretarme contra él.
Se dejó caer encima de mí, todavía dentro, y se quedó así un buen rato. Sentí su pecho lleno de vello contra el mío y aquel contraste de pieles me dejó callado. Cada vez que se movía un milímetro, un escalofrío me subía por la espalda. Tardé en pedirle que saliera; en realidad lo retuve más tiempo del que él esperaba.
Después nos limpiamos, volvimos a la cocina y rescatamos la cafetera medio quemada. Reímos un poco mientras él frotaba la base con una bayeta. Nos sentamos a la mesa pequeña del salón con las dos tazas y un silencio cómodo entre los dos.
—Los libros los olvidé del todo —dije.
—Tienes una semana entera para venir a por ellos —respondió.
Volví a su casa muchas tardes después de aquella. Algunas vinieron acompañadas de libros, otras no. Y aquel manual de derecho civil terminó el semestre con la mitad de las páginas todavía sin subrayar.