Lo desperté con la boca antes del amanecer
Anoche tuve un sueño extraño, o quizá no fue del todo un sueño. Todavía me cuesta separar lo que ocurrió de verdad de lo que mi cabeza inventó al borde del amanecer.
Habíamos vuelto pasadas las dos del cumpleaños de su hermana. Mateo manejó toda la vuelta con la ventana baja y la música baja, peleándole al sueño mientras yo me mordía la lengua para no decirle que mejor me dejara conducir. Cuando llegamos al edificio, se bajó dando un portazo suave, se sacó los zapatos sin desatarlos y se desnudó hasta los bóxers antes de tirarse en la cama bocarriba. Soltó un suspiro largo, como si su cuerpo entero se vaciara del peso del día.
—Mañana hablamos —murmuró sin abrir los ojos.
Le di un beso corto en la sien y apagué el velador. Yo también estaba cansado, pero era esa clase de cansancio que no se cura con dormir.
Me acosté de costado y lo escuché unos minutos. La respiración se le acompasó enseguida: un fuelle parejo y profundo que conocía de memoria. Hace tres años que dormimos juntos casi todas las noches, y todavía hay momentos en que despertarme antes que él me parece un regalo, como si tuviera permiso para mirarlo a escondidas. Mateo dormía como si nadie pudiera molestarlo. Las pestañas le temblaban apenas y la boca se le entreabría hacia un costado, marcándole una sonrisa boba de hombre rendido.
Encendí la pantalla del teléfono para mirarlo mejor. La luz azulada le pintó el pecho, las costillas, el vello que le bajaba en una línea desordenada desde el ombligo hacia el elástico del bóxer. Tenía una gota de sudor secándose en el hueco del cuello. No pude apartar los ojos.
Una sola caricia y vuelvo a mi lado, me dije. Mentira.
Estiré la mano y se la apoyé en el pecho sin presión, justo donde el vello era más espeso. El calor de su piel me llegó hasta el codo. Su olor era el de siempre —sudor de macho, restos del perfume gastado, algo dulce que se le pegaba al cuello cuando manejaba mucho— y se me metió en la nariz como un golpe.
Respiré hondo, intentando convencerme de que ya había sido suficiente. Una caricia, una sola. Pero el cuerpo tiene sus propios planes, y el mío llevaba semanas pidiéndole algo así a la noche.
Mateo respiró más hondo, sin enterarse de nada. Tomé una pequeña toalla que había quedado al pie de la cama y le sequé el sudor del esternón con cuidado, en círculos lentos, sintiendo cómo el vello se le rizaba bajo la tela. Tendría que haberme detenido ahí. Lo sé.
En cambio, dejé la toalla, bajé la cabeza y le besé el pecho.
Un beso seco, casi infantil. Después otro, ya con los labios entreabiertos. Después uno con la lengua, y el sabor salado me partió el último resto de prudencia.
Bajé despacio. La mano me iba abriendo camino por la línea de vello del vientre, los dedos hundiéndose en cada respiración profunda. Cuando llegué al borde del bóxer, me quedé quieto un segundo, escuchando. Él seguía en su mundo, ajeno a todo.
Le bajé el elástico apenas lo justo. Su polla estaba ahí, dormida, tibia, descansando contra el muslo. La olí antes de tocarla. Un olor concentrado de macho que me mareó. Le pasé la lengua por la cabeza, una vez, suavísimo, como si probara si el azúcar estaba bien disuelto en el café de alguien que duerme.
Tenía un sabor que conocía y que igual me sorprendió, como pasa con las cosas que uno sabe de memoria pero olvida cuánto le gustan.
El vientre se le movió con una contracción larga y satisfecha. Me asusté, levanté la cabeza, esperé. Mateo siguió respirando hondo, con la boca medio abierta. No se había despertado. O fingía no haberse despertado, que a esta altura ya casi daba lo mismo.
Volví. Le besé la base de la polla, en el medio de los huevos, donde el calor era más denso. Después subí lamiéndolo todo el largo, como si trazara una línea que no podía borrar. Al llegar a la punta le di una chupada lenta, abriéndole los labios para hacerle lugar.
—Mmm —exclamó él, sin abrir los ojos.
Volví a chupar, más despacio, midiendo. Y otra vez. Y otra. La polla se le fue endureciendo en mi boca, primero perezosa y después con esa urgencia propia del cuerpo cuando se acuerda de lo que es estar vivo.
—Nunca tuve un despertar con tanto placer —dijo, todavía con la voz pastosa.
Yo no respondí. Tenía la boca ocupada y, además, cualquier palabra rompía el hechizo. Pensé en levantarme y mandarme a dormir, en cerrar la noche ahí, en dejarlo creer que había sido un sueño. Pero entonces sentí su mano apoyarse en mi nuca, sin fuerza, sin guiar, solamente diciéndome no te vayas. Y me sentí autorizado a seguir.
Le chupé con ganas. Sin apuro pero sin tregua. Los músculos del muslo se le ponían tensos contra mi mejilla y los soltaba enseguida, en oleadas que iban subiendo de intensidad. Salió la primera gota de líquido preseminal y la saboreé como si la hubiera estado esperando toda la noche. Salada y limpia, una promesa.
Quise estirarlo. Saqué la polla de mi boca y me quedé apenas con la cabeza apretada entre los labios, sin moverme, escuchando cómo él se quedaba sin aire del otro lado. Mateo levantó la cadera buscando más y yo no se la di. Esperé.
—No me hagas esto —pidió con un hilo de voz.
Le sonreí con la boca llena y volví a metérmela hasta el fondo, golpeándome el paladar contra ella, con una glotonería que ya no tenía nada de medida ni de paciencia. Él me apretó la nuca, ahora sí con fuerza, y la cama empezó a moverse con el ritmo de las dos caderas, la suya empujando y la mía sosteniendo.
—Cuidado —jadeó—. Me estás sacando la leche. Cuidado.
Pero la mano me sostenía la cabeza. La mano me decía lo contrario de la boca, y yo le hice caso a la mano.
Sentí el latigazo justo antes del chorro. El cuerpo entero se le puso rígido como una cuerda demasiado tensa, todos los músculos del vientre marcándose un segundo, y enseguida sentí en el fondo de la garganta el primer chorro caliente, espeso, saliendo desde lo más profundo de los huevos. Me lo tragué sin pensarlo. Después vino otro, y otro, y otro, hasta que perdí la cuenta. Salado, intenso, con ese sabor concentrado a macho que no se parece a ninguna otra cosa. La cabeza me daba vueltas y, por un instante, no supe ni dónde estaba ni quién era yo. Solo existía esa boca llena y ese hombre temblándome encima.
Mateo intentó retirarme. Con esa torpeza dulce del que está saliendo del placer y se siente vencido por su propio cuerpo, me empujó la cabeza, queriendo terminar la mamada ahí. Pero yo, inteligente o terco, lo tenía abrazado por la cintura y no me iba a soltar hasta sacarle la última gota. Seguí chupando, suavísimo, casi sin moverme, mientras él se contraía con cada paso de mi lengua y dejaba escapar exclamaciones cortas de placer que sonaban a ruego.
Lo sentí jadear bajo mi peso, las manos perdiendo la fuerza, dejando de empujarme la cabeza. Me dejé llevar por ese vencimiento dulce, por el privilegio de tenerlo todo entregado entre mis labios.
—Por favor —murmuró—. Por favor.
No supe si me pedía que parara o que siguiera. Tampoco se lo pregunté.
Cuando por fin solté su polla, él suspiró largo, vencido. Yo le apoyé la mejilla en el muslo y me quedé unos segundos así, escuchándole los latidos del cuerpo volver a su sitio.
—Me has matado —dijo al fin, con una sonrisa que pude oír sin verle la cara.
Volvió a quedarse profundamente relajado, casi sin abrir los ojos. Subí a su altura, me acomodé contra su hombro y le besé la barba. Olía a sal, a sueño, a mí.
—Te he adoptado —dije, repitiendo un chiste viejo nuestro.
Él se rió ronco, sin abrir todavía los ojos.
—¿Adoptado por qué?
—Porque te he dado una buena mamá. La mejor.
—Habrá sido buena —contestó—. Pero como estaba medio dormido, no puedo asegurarlo. Habrá que repetir para poder valorar.
Me empecé a reír contra su cuello. La mano todavía me temblaba un poco.
—Repetimos ahora.
—Ahora imposible —dijo—. No me has dejado ni una gota en los huevos. Pero mañana, mañana no te la pierdes.
Le besé el hombro y me quedé ahí, con la oreja apoyada contra él, escuchando su corazón irse calmando. Afuera empezaba a amanecer. La habitación se llenaba de a poco de una luz gris que le pintaba la cara, y yo lo seguí mirando hasta que el sueño me agarró sin avisar.
Por la mañana, cuando me desperté, él ya estaba haciendo café en la cocina, en bóxer, despeinado, con esa media sonrisa que se le pone cuando quiere algo y todavía no sabe cómo pedirlo. Pasé a su lado, le robé un beso y me serví un café.
—Y bien —dije—, ¿lo de anoche fue un sueño o no?
Él me miró por encima de la taza, levantó una ceja y se mordió el labio.
—Vamos a tener que averiguarlo.