Mi compañero de cuarto me ayudó con las fotos íntimas
Tengo veintidós años, soy moreno, delgado, con la cintura marcada y unas nalgas que se me pusieron firmes desde que empecé a entrenar en serio. Vivo con un compañero de departamento desde hace casi un año: Marcos, veintisiete, gay declarado, alto, de piel oscura y un cuerpo de gimnasio que jamás había mirado con otros ojos. Hasta esa mañana.
Con Sofía, mi novia, llevamos cerca de tres años juntos. Nuestra relación funciona porque hablamos todo y nos animamos a probarlo todo. Esa mañana de domingo me llamó temprano, todavía con la voz pastosa, y me pidió algo nuevo.
—Quiero fotos tuyas —dijo—. Pero no las de siempre. Algo distinto. Algo que me dé ganas.
Me reí, le contesté que vería qué se me ocurría y corté. Estaba solo en mi cuarto, o eso creía. Marcos seguía durmiendo del otro lado del pasillo. Busqué algunas poses en internet, me quité la ropa y arrastré la silla del escritorio frente al espejo del armario. La idea era simple: subirme a la silla, levantar las piernas, mostrar la verga desde un ángulo poco habitual y, si me animaba, dejar ver también el culo.
Empecé a grabar con el celular apoyado contra una pila de libros. Estaba concentrado, mirándome al espejo, acariciándome despacio para que se viera firme. Tenía las piernas en el aire cuando escuché la puerta.
—Disculpá, no sabía que… —Marcos se quedó tieso en el umbral.
Cerré las piernas de golpe y solté un grito ridículo, más de vergüenza que de susto. Él hizo el mismo gesto, levantó las manos como si lo hubieran atrapado robando algo y empezó a retroceder. Pero a medio paso se detuvo, asomó la cabeza y me miró otra vez, ahora con una sonrisa que no terminaba de disimular.
—¿Qué hacías? —preguntó, y me recorrió de arriba abajo sin esconderlo.
Le expliqué lo de Sofía, lo de las fotos, lo de las poses que había encontrado. Hablaba rápido, sin saber qué hacer con las manos, y él escuchaba apoyado en el marco de la puerta. Llevaba puesto solo el bóxer y una camiseta vieja. Cuando terminé, ladeó la cabeza.
—Si querés, te ayudo. Las fotos te van a quedar mejor si alguien las saca desde fuera. Y sé un poco del tema.
Me ardía la cara. Marcos sabía de fotografía, era cierto: tenía un Instagram con paisajes y retratos que me había mostrado dos o tres veces. Pero el contexto era otro y los dos lo sabíamos. Igual asentí.
Entró, cerró la puerta detrás suyo y agarró mi celular. Volví a la silla, esta vez con menos vergüenza, y él me corrigió la posición con la voz tranquila de alguien que está trabajando.
—Subí más las piernas. Así. Que se vea todo. ¿Tu novia te las pide así de explícitas?
—Le gusta el culo —dije bajito—. Lo de mirarlo y tocarlo. Es lo que más le calienta últimamente.
Lo solté sin pensarlo y me arrepentí al instante. Él se quedó callado un segundo, después soltó una risa corta, sin levantar la vista del celular.
—Tu novia tiene buen gusto.
Disparó varias fotos, me hizo cambiar de ángulo, me pidió que me apoyara contra el espejo, que me girara, que me tocara como si nadie estuviera mirando. Las fotos salían bien. Yo lo veía moverse alrededor mío descalzo, concentrado, y empezaba a notar algo que no esperaba notar: que Marcos tenía un cuerpo hermoso, que su voz cuando me daba indicaciones sonaba distinta a la de siempre, más grave, más cerca.
En una de las poses me pidió que me sentara en el suelo, con la espalda contra el espejo y el culo apuntando hacia el cristal. Para acomodarme, se agachó al frente y, sin querer, su entrepierna quedó pegada a mi cara durante unos segundos.
—Perdón, perdón —se separó rápido.
Pero yo no estaba sonrojado por el roce. Estaba sonrojado porque, debajo del bóxer, había sentido perfectamente que Marcos estaba durísimo.
***
Levanté la vista despacio. Él me estaba mirando. No dijo nada. Apoyó la mano sobre mi cabeza, con una suavidad que no le conocía, y volvió a acercar la cadera. Esta vez no fue un accidente. Bajó el bóxer apenas lo justo y su verga salió firme, oscura, larga, y me rozó los labios.
Me quedé quieto. El corazón me golpeaba en las orejas. Saqué la lengua despacio, casi sin pensarlo, y la pasé por la punta. Marcos cerró los ojos y soltó un suspiro corto. Eso me dio una valentía rara. Volví a lamerlo, esta vez más largo, recorriéndolo desde la base hasta arriba.
Nunca le había chupado la verga a nadie. Hice lo que recordaba que me hacía Sofía: movimientos lentos, mucha lengua, mucha saliva. Parecía funcionar, porque Marcos respiraba cada vez más fuerte. Cuando llegué a la punta, empujó apenas con la cadera y la metió en mi boca.
Sentirlo adentro me puso más nervioso, pero también más caliente. Empecé a moverme despacio, sin sacarla, recorriéndola con la lengua. Lo escuché desabrocharse algo y, cuando levanté un poco los ojos, ya se había sacado la camiseta. Estaba desnudo frente a mí, mirándome como si fuera la primera vez que me veía.
Me saqué su verga de la boca y bajé. Le lamí los testículos, el costado, la base. Tenía un sabor raro, no malo, distinto. La punta me dejó algo espeso en la lengua y eso, en lugar de incomodarme, me apuró más. Me concentré tanto en lamerla que dejé de pensar en cualquier otra cosa.
—Pará un momento —dijo, con la voz ronca—. Subí.
Me ayudó a levantarme. Yo estaba sonrojado, con la verga propia parada y goteando, y no sabía dónde mirar. Él tampoco habló. Me agarró de la cintura, me acercó y me besó. Fue un beso largo, con lengua, con su mano abierta sobre la nuca. Mientras me besaba me apretó las nalgas con la otra mano. Sentí, contra mi cadera, que su verga era mucho más gruesa que la mía.
***
Me llevó hasta la cama y me acostó boca abajo. Me tomó de las caderas y me levantó el culo. Yo pensé que iba a meterla de una y me tensé. No era eso. Lo que sentí fue su lengua. Fría al principio, suave, y después firme, abriéndose paso entre mis nalgas.
Sofía me había comido el culo dos o tres veces. Pero esto era distinto. Marcos tenía un piercing en la lengua, una bolita metálica que se movía con cada pasada y que me hacía retorcerme contra la almohada. Gemí sin querer y, en lugar de detenerse, él se hundió más.
Pasó la lengua en círculos, después de arriba abajo, después bajó a lamerme la verga sin sacar la otra mano de mis caderas. Estuve un buen rato así, mordiendo la sábana, con la cabeza dándome vueltas. Cuando se separó, sentí su verga frotándose contra mis nalgas y supe lo que venía.
Ya no estaba nervioso. Estaba caliente como nunca. Le abrí las nalgas con las manos y le pedí que la metiera. Él alcanzó el lubricante de mi mesa de luz, se mojó la verga, me mojó a mí.
—Respirá hondo —dijo.
Sentí la punta empujar. Aflojé. Marcos entró despacio, centímetro a centímetro, y yo soltaba pequeños gemidos cada vez que ganaba terreno. Cuando llegó a la base, me acarició la espalda baja y se quedó quieto. Me sentía partido en dos. No de dolor, sino de algo nuevo. Apreté las paredes alrededor suyo y lo escuché gemir bajito.
Empezó a moverse de a poco. Después no tan de a poco. Salía casi entera y me la volvía a meter de un solo movimiento. Mis gemidos se le hicieron música. Le gustaba escucharme. Cada vez que la base le golpeaba contra mi culo, yo perdía la cabeza un segundo.
La primera nalgada me sorprendió. Nunca me habían gustado, pero esa palmada me subió la temperatura a otro nivel. La habitación se llenó de mis gemidos y del sonido seco de su cuerpo contra el mío. Me sentía una puta. Me gustaba sentirme así.
Me agarró de la cintura y me arrastró hacia él, hasta que mis pies tocaron el piso y el resto de mi cuerpo quedó tendido sobre la cama. Aceleró. La cama crujía. Mi verga había quedado apretada entre los muslos. Marcos metió la mano, la sacó al aire libre y empezó a masturbarme al mismo ritmo de sus embestidas.
En un movimiento se le salió. Se frotó contra mis nalgas un segundo, divertido, y yo, sin pensarlo, le dije:
—Por favor, metémela de nuevo, papi.
No me lo pidió. Me salió solo. Y en cuanto lo dije, supe que recién en ese momento entendía lo que me gustaba. Marcos me volvió a meter la verga hasta el fondo, se inclinó sobre mí y me llenó el cuello de besos y mordidas suaves.
***
Sin sacarla, me levantó otra vez. Volví a estar en cuatro patas sobre la cama. Él subió detrás, me recorrió la espalda con las manos, me dio dos, tres palmadas más en las nalgas. Volvió a tomarme la verga y a masturbarme rápido, al mismo ritmo desbocado de sus caderas.
Tenía espasmos. Las piernas me temblaban. Marcos lo sabía. Metió la verga hasta lo más profundo y empezó a moverme la mano más rápido. Vi cómo se me iban los ojos para arriba, sentí el latigazo recorrerme la espalda y largué chorros sobre mi vientre y la cama. Las piernas no me aguantaron más y caí boca abajo, con la cara contra el colchón.
Él tenía la mano manchada con mi semen. Me dio dos nalgadas más con esa misma mano, dejándome la marca pegajosa en la piel. Sentí todo su peso sobre el mío, su pecho contra mi espalda, su cadera todavía empujando. Y entonces dio una estocada final, larga, y me llenó el cuello de besos mientras su verga palpitaba dentro de mí. Cada chorro venía acompañado de un gemido bajo, casi un suspiro.
Se quedó sobre mí un rato, acariciándome la cara, besándome el hombro. Después salió despacio. Su verga seguía gruesa pero ya no tan dura. Se acostó a mi lado y empezó a acariciarme las nalgas con la palma abierta.
Me acomodó como para abrazarme por detrás, pero yo me giré. Quería verlo de frente. Estaba sentado, lo miraba desde abajo, y bajé la cabeza otra vez. La punta tenía semen y eso era lo que quería probar. Lo lamí despacio.
Marcos me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a masturbarse rápido, dejando la punta dentro de mi boca. Tuvo otro espasmo y soltó dos chorritos más en mi lengua. Me sostuvo el mentón con firmeza.
—Tragá —dijo.
Lo tragué. Me costó un poco, pero lo tragué. Me subí encima suyo, me acosté contra su pecho y él me pasó una manta por arriba. Me acariciaba la cabeza despacio. Me dormí ahí, contra él. Era la primera vez que dormía así con un hombre. Me gustó más de lo que me hubiera animado a decir en voz alta.
***
Desde esa mañana, las cosas en el departamento cambiaron. Marcos no tiene problema con que siga teniendo novia. Con Sofía sigo siendo el de siempre: el que arma las cenas, el que la lleva del pelo cuando me lo pide, el que tiene el control. Con él, todo se da vuelta. Apenas cruzo la puerta de su cuarto sé que ahí mando yo lo que él decida que mande.
Las fotos, al final, se las mandé igual a Sofía. Le encantaron. Me preguntó cuándo nos vemos para repetir la pose en vivo. No le dije una palabra de Marcos. Hay cosas que prefiero guardarme. Hay cosas que descubrí esa mañana y que todavía estoy aprendiendo a contar.