El sobrino de Germán llegó a bañarse esa noche
Para cuando cumplí veintidós años ya tenía claro lo que era, aunque todavía no podía decirlo en voz alta. Vivía con mi mujer en un departamento pequeño del barrio norte, trabajaba de día y estudiaba de noche, y cada vez que podía encontraba la manera de escapar unas horas hacia la casa del centro donde Germán me esperaba.
Germán tenía unos cincuenta y tantos y era amigo de mi familia desde antes de que yo naciera. Nadie sospechaba nada. Era un hombre discreto, ordenado, que vivía solo en esa casa grande con su sobrino Mateo cuando este venía de visita. Conmigo había sido paciente, casi pedagógico. Me enseñó las cosas de a poco, sin apuro, y yo aprendí sin hacerme demasiadas preguntas sobre lo que éramos el uno para el otro.
Pero la casa me daba algo más que sus noches. En el cuarto del fondo tenía escondida una bolsa con ropa que había ido juntando de a poco: una pollera negra, una blusa ajustada de color crema, una peluca castaña que me llegaba hasta los hombros, un par de tacos medianos y algo de maquillaje básico. Cuando llegaba antes de que Germán volviera del trabajo, me cambiaba despacio, con cuidado, como si el apuro pudiera arruinar algo. Me sentaba frente al espejo del baño, me colocaba la peluca, me perfilaba los labios, me pasaba un poco de sombra en los párpados. Y después me miraba. Largo. Hasta reconocer algo que de otro modo no podía ver.
Quiero aclarar algo antes de seguir, porque importa: nunca sentí la palabra «puto» como un insulto. Muchos hombres me la decían para creerse superiores, para marcarme un lugar que ellos decidían, pero yo la tomaba de otra manera. Era descriptiva, no degradante. Era mía. Incluso hubo noches en que la pedí, en que necesité escucharla para terminar de soltarme del todo. No había contradicción en eso. Después de todo, cuando la situación lo permitía, era yo quien los penetraba a ellos.
La primera vez que salí vestida a la calle fue al jardín de la casa. Solo unos minutos, parada entre las sombras del árbol que había en el fondo. Pasaban autos por la vereda y yo los miraba desde atrás de los arbustos, con el corazón apretado. Nadie se detenía. Nadie me veía realmente. Pero la sensación de estar ahí, expuesta aunque fuera de lejos, me bastó para seguir volviendo.
Con el tiempo fui animándome. Empecé a caminar por la cuadra cuando la noche estaba muy cerrada. En aquella época había pocas farolas encendidas en ese barrio y yo podía elegir mis rutas por las zonas más oscuras. Caminaba despacio, consciente de cada paso sobre los tacos, mirando cómo la gente a veces aparecía en la esquina y yo simplemente giraba y me perdía entre las sombras antes de que pudieran fijar la vista. Había algo hipnótico en ese juego. Una exposición controlada que me daba exactamente lo que necesitaba y nada más.
Así pasé más de un año. Las visitas a Germán se volvieron más frecuentes, las excusas de estudio más automáticas, y yo empecé a reservar ratos libres específicamente para cambiarme y salir a caminar. Mi mujer nunca preguntaba demasiado. Tenía esa clase de confianza que no viene del conocimiento sino de la distancia.
***
La noche del martes fue como cualquier otra al principio. Llegué a la casa del centro pasadas las diez, me cambié, me puse la peluca, me dibujé los labios y salí a dar una vuelta por el barrio. Hacía frío y caminé no más de veinte minutos. Cuando volví, estaba pensando en si Germán habría llegado ya o si tendría la casa para mí un rato más, y al doblar la última esquina vi una figura de pie frente a la puerta.
Me detuve en seco.
Un hombre. De espaldas, con los brazos cruzados, esperando.
El estómago se me apretó. Di un paso despacio. Luego otro. Mis tacos sonaban sobre el asfalto mojado y el hombre giró la cabeza. Traté de ver algo reconocible en su silueta antes de decidir si seguía acercándome o daba media vuelta y esperaba en la esquina. Era alto, de hombros anchos, con esa postura de quien lleva rato parado y no tiene apuro.
Cuando estuve a unos metros lo reconocí. Era Mateo.
Mateo tenía unos treinta y cinco años y era sobrino de Germán, aunque la dinámica entre ellos siempre me resultó un poco opaca. Lo había visto dos o tres veces de pasada, en visitas cortas que no dejaban lugar para conversaciones largas. Era de los que miraban directo a los ojos, sin disimulo ni esfuerzo. Esa noche me miró exactamente así.
—Menos mal que llegás —dijo—. Me quedé sin agua y necesito bañarme. ¿Me dejás usar el baño?
—Sí, claro —respondí, intentando que mi voz sonara normal—. Vamos, que hay que prender el calefón.
Entré primero. Él cerró la puerta detrás de nosotros.
—Estás bien —dijo, mientras yo encendía el calefón en la cocina. No era un cumplido ansioso ni una provocación. Era la observación tranquila de alguien que nota un detalle y lo dice sin darle más importancia de la necesaria.
—Gracias —dije, sin saber bien qué otra cosa responder.
El baño en esa casa era grande para los estándares del barrio. Tenía una puerta que abría directamente a la cocina y Mateo la dejó completamente abierta. Me quedé en la cocina fingiendo preparar unos mates que nadie iba a tomar. Lo miraba de reojo mientras me movía de un lado al otro. Se sacó la camiseta primero, despacio, sin prisa. Tenía los hombros marcados y la espalda ancha. Luego se desabrochó el pantalón y lo dejó caer.
Empecé a cambiarme de a poco. Me saqué la peluca, me limpié el maquillaje con la tela que tenía guardada en la bolsa, fui sacándome la ropa y volviendo a la de siempre. Pero las manos me fallaban. Tenía la sensación de que si me movía muy rápido iba a perderme algo, y entonces iba despacio también yo, fingiendo que buscaba las cosas dentro de la bolsa mientras miraba hacia el baño cada vez que podía.
Mateo se duchó sin apuro, con la puerta abierta todo el tiempo. Se enjabonaba de espaldas primero y luego de frente, sin ninguna conciencia aparente de que lo estaba mirando, o con demasiada conciencia. No supe distinguir cuál era. Lo que sí supe, cuando se dio vuelta bajo el chorro, es que tenía una pija considerable, mucho más grande que todo lo que había visto hasta entonces. El vapor le daba al baño un aire denso, casi irrespirable, y yo seguía ahí, en la cocina, con la bolsa en las manos y los ojos que no se quedaban quietos.
—¿Está el toallón? —preguntó desde adentro.
Estaba sobre la mesa de la cocina. Lo había dejado ahí antes de salir esa tarde.
Me levanté y me acerqué a la puerta del baño con el toallón en la mano. Mateo había cerrado la ducha y estaba de pie frente al espejo empañado. El agua le seguía cayendo por los hombros, por el pecho, por el vientre. Extendió el brazo para recibir el toallón pero cuando lo tomó no se cubrió de inmediato. Se quedó así, mirándome sin prisa, completamente desnudo y con una erección evidente.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Es grande —dije. La respuesta salió sola.
—Probala —dijo. En su boca sonó más a invitación que a desafío, aunque la diferencia era poca.
Me arrodillé en el umbral del baño. Lo tomé con ambas manos primero, tanteando el peso, la temperatura. Luego abrí la boca y lo recibí despacio, dejando que entrara de a poco mientras me acostumbraba al tamaño. Era algo que yo sabía hacer y que me gustaba hacer, y en ese momento no había distancia entre las dos cosas. Lo trabajé con la lengua, regulé el ritmo, presté atención a cada detalle con la concentración de alguien que quiere hacerlo bien por razones propias.
—Sabías lo que hacías —dijo, y dejó caer la mano sobre mi cabeza—. Mi tío me dijo que eras bueno.
Hice una pausa breve.
—Me enseñó él —respondí, y volví a lo mío sin más explicaciones.
Mateo empezó a guiar el ritmo con la mano en mi cabeza, marcando la profundidad y la velocidad. No era brusco. Era preciso. Había algo en esa precisión que me resultó más difícil de sostener que cualquier otra cosa, porque no dejaba ningún espacio para esquivar la intensidad de lo que estaba pasando entre los dos.
Lo noté ponerse más duro unos minutos antes del final. Se sujetó con la otra mano del marco de la puerta y me indicó con un gesto que no parara. Terminó en silencio, con fuerza, con una cantidad que me sorprendió. No pude contenerla toda. Me levanté, fui al lavatorio y tomé agua directamente del grifo.
—Buena mamada —dijo mientras se secaba y empezaba a vestirse—. No me la esperaba.
—¿Cómo ibas vestida? —preguntó un momento después, mientras se abotonaba la camisa.
—Bien —dije—. Aunque todavía me falta.
Se rió apenas, sin burla. Fue un sonido corto, casi para adentro.
—Yo cierro —dijo—. Vos andate.
Salí a la calle con la sensación de haber cruzado algo que no había planeado cruzar. Después me enteraría de que Mateo y Germán tenían un acuerdo tácito sobre no compartir amantes, y que aquella noche había sido un desliz que Mateo nunca le confesó a nadie.
Llegué a mi casa pasada la medianoche. Me lavé la cara en el baño del departamento pero quedaron restos de maquillaje en los bordes de los ojos, esa línea oscura que siempre se resiste. Mi mujer lo notó desde la cama.
—¿Qué tenés en los ojos?
—Me mancharon en la facultad —dije—. Una broma de unos compañeros.
Ella no preguntó más. Nos abrazamos en la oscuridad y esa noche hicimos el amor en silencio. Yo pensaba en el umbral del baño de Germán, en la mano de Mateo sobre mi cabeza marcando el ritmo, y en el sonido de mis propios tacos sobre el asfalto mojado mientras me acercaba sin saber todavía lo que me esperaba al llegar.