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Relatos Ardientes

Aquella noche en el cine que nadie menciona

El lugar lo descubrí de casualidad, una tarde en que me perdí buscando una ferretería y terminé caminando por una calle que no conocía bien. La fachada era discreta: una puerta angosta, un letrero pequeño con el nombre de una distribuidora de películas, y una cortina de hule verde oscuro que impedía ver el interior desde la calle. Nada que llamara la atención de quien no supiera lo que era.

Un conocido me había mencionado el sitio meses antes, con esa manera que tiene la gente de decir algo sin decirlo del todo. «Hay un cine por el centro donde pasan películas para hombres solos», me dijo una vez, mientras compartíamos una cerveza y él miraba hacia otro lado. Tardé semanas en entender exactamente qué quería decir con «para hombres solos».

La primera vez que entré, me limité a observar. Me senté en la última fila, dejé que mis ojos se acostumbraran a la penumbra, y estuve quieto. Había cinco o seis hombres dispersos en la sala pequeña, cada uno en un asiento separado, y en la pantalla dos tipos se follaban a una mujer entre gemidos exagerados mientras la cámara enfocaba la polla entrando y saliendo del coño empapado. Nadie hablaba. Nadie se miraba directamente. Era como una coreografía que todos conocían menos yo.

Con el tiempo fui entendiendo las reglas no escritas: quién estaba dispuesto y quién prefería solo mirar y hacerse una paja en silencio, cómo se señalaba el interés sin pronunciar una sola palabra, cuánto tiempo era razonable quedarse antes de que resultara extraño. Fui varias veces más. En algunas ocasiones, alguien se me acercaba y colocaba la mano sobre mi muslo con una presión apenas perceptible, subiendo despacio hasta rozar el bulto ya duro de mi pantalón, preguntando sin preguntar. Al principio me ponía rígido y la persona se alejaba. Con el tiempo aprendí a dejar que pasara, a dejar que esa mano ajena me abriera la bragueta y me sacara la polla y me la trabajara con calma hasta hacerme correr en un pañuelo. Y en algún momento decidí que quería más que eso.

Pero esa noche —la que quiero contar— fue distinta a todas las anteriores.

***

Esa tarde me levanté con una idea fija. No sé bien de dónde vino, si de algo que había leído o de algún pensamiento que llevaba guardado en un rincón de la cabeza desde hacía tiempo. El caso es que, al vestirme, abrí el cajón del fondo del armario y saqué una tanga negra y unas medias de liguero que había comprado semanas antes sin tener muy claro para qué. Me las puse. La tela de la tanga se ajustó apretada contra la polla y las bolas, marcándome el bulto de manera obscena, y las medias me subían por los muslos con esa presión elástica que me erizaba la piel. Me miré un momento en el espejo del baño. Se me estaba poniendo dura de solo verme así. Después me puse el pantalón de siempre y la camisa de siempre, como si nada hubiera cambiado.

Salí poco antes de las seis de la tarde.

El hombre detrás del vidrio de la entrada era el de siempre: unos cincuenta años, cara aburrida, un televisor pequeño al lado que nunca apagaba. Me cobró sin mirarme. Empujé la cortina de hule y entré.

Había más gente de lo habitual para esa hora. Conté siete personas antes de sentarme. Busqué un lugar a mitad de la sala, donde la oscuridad era más completa y desde donde podía ver tanto la pantalla como la puerta de entrada. Me acomodé, crucé los brazos sobre el regazo, y me dediqué a esperar sin saber bien qué esperaba. En la pantalla una rubia tetona se comía dos pollas a la vez, una en la boca y otra en el coño, y los gemidos guturales llenaban la sala.

Pasaron veinte minutos largos.

Entonces entró él.

Era joven, de eso no había duda. Tendría veintipocos años. Delgado, con lentes de armazón oscura y el cabello peinado hacia un lado, y llevaba puesto un vestido de lana gris que le llegaba a la mitad del muslo. Caminaba con una seguridad tranquila, sin apuro, como si conociera el lugar y supiera exactamente cuánto espacio ocupar en él. No era lo que uno esperaría ver entrar a ese sitio, aunque allí había aprendido que lo inesperado era parte del inventario.

El chico eligió un asiento cerca de la puerta. Se sentó, cruzó las piernas con cuidado, y apenas llevaba dos minutos cuando ya se había inclinado hacia el hombre que tenía a su lado. El tipo —corpulento, ropa de trabajo, unos cuarenta años— no se hizo esperar: se abrió el pantalón con dedos torpes de urgencia y sacó una verga gruesa, oscura, ya semiendurecida. En menos de un minuto el joven tenía la cabeza agachada sobre su regazo y se la comía en silencio, chupándola entera, hundiéndose hasta la base y volviendo a subir con la lengua envuelta alrededor del glande. Se le escuchaba el chapoteo húmedo desde donde yo estaba. Trabajaba concentrado, como si todo lo demás en la sala hubiera dejado de existir, con una mano acariciando los huevos del tipo mientras la otra le subía el vestido por atrás dejando ver que no llevaba nada debajo: el culo pálido, redondo, exhibido para quien quisiera mirarlo.

Desde donde yo estaba la escena se veía sin dificultad. No soy de los que fingen que no miran. Se me había puesto dura otra vez, apretada dolorosamente contra la tanga.

Mientras eso ocurría, otro hombre se acercó por detrás del joven. Le deslizó las manos por debajo del vestido, le separó las nalgas, y empezó a acariciarle el culo con lentitud, escupiéndose en dos dedos para meterlos despacio. El chico no se detuvo. Se le escapó un gemido ahogado con la polla del corpulento adentro de la boca, y solo ajustó levemente la postura para dar mejor acceso, arqueando la espalda y sacando el culo hacia atrás, como si hubiera calculado de antemano cuánto espacio necesitaría cada uno. El segundo hombre le follaba el culo con los dedos, dos, después tres, con un ritmo lento que hacía que las caderas del chico se contornearan hacia atrás pidiendo más.

Duró unos minutos más. El corpulento terminó gruñendo y le vació la corrida en la boca; vi cómo el joven tragaba y después le lamía la punta limpiándolo con paciencia. Después el hombre le susurró algo al oído y el joven se incorporó, se arregló el vestido con un gesto tranquilo, casi aburrido, con un hilo de semen brillando todavía en la comisura del labio, y ambos salieron por una puerta lateral que yo no había notado hasta ese momento. El otro hombre se quedó en su asiento, con la polla afuera todavía, meneándosela mirando hacia la pantalla.

La sala fue quedando más sola. Los que quedaban parecían haber perdido interés con la partida, y uno a uno fueron saliendo también, hasta que quedamos únicamente dos personas: yo y un hombre de mediana edad que estaba sentado tres filas más adelante y que desde hacía un rato giraba la cabeza hacia donde yo estaba.

No era el tipo de hombre que yo habría elegido en otra situación. Mayor, cabello entrecano, la silueta de alguien que llevaba muchos años de escritorio a casa y de casa a escritorio. Pero en ese momento yo no estaba pensando con demasiada claridad: tenía la polla dura como una piedra apretada contra la tanga y las medias me quemaban en los muslos.

Me abrí el pantalón, me saqué la polla por encima del elástico de la tanga, y empecé a masturbarme despacio, sin disimulo, con la vista al frente. La corría de arriba abajo con la mano lubricada de saliva, dejando que la punta brillara mojada en la penumbra. El hombre me miró. Se le abrieron los labios apenas. Se levantó. Vino hacia donde yo estaba y se puso en cuclillas frente a mi asiento.

Sin ceremonia me apartó la mano y se metió mi polla entera en la boca. Tenía la lengua caliente y sabía lo que hacía: la chupó hasta el fondo, atragantándose un poco al llegar a la base, y después empezó a subir y bajar con un ritmo constante mientras me acunaba los huevos con una mano. Retomó donde yo había dejado y lo hacía con una calma que contrastaba con la urgencia que yo ya sentía en cada músculo del cuerpo. Me chupaba mirándome hacia arriba con los ojos entrecerrados, sacándola de la boca de vez en cuando para pasar la lengua por debajo del glande, para lamerme los huevos uno a uno, para volver a tragársela entera. Lo dejé hacer durante un rato largo, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos entrecerrados, dejando que la sensación se extendiera despacio, con la mano en su nuca marcándole a veces el ritmo, empujándole la cara contra mi ingle hasta que se le humedecían los ojos.

Después decidí ir más lejos.

Me puse de pie y me bajé el pantalón hasta los tobillos. La tanga negra empapada por delante, con la polla salida por encima del elástico goteando saliva y presemen, y las medias de liguero quedaron expuestas en la penumbra de la sala. El hombre se detuvo un instante. Vi cómo sus ojos recorrían lo que tenía delante, de arriba abajo, deteniéndose en cada detalle: los ligueros tirando de las medias, la tanga tirante sobre el paquete, la polla dura salida como si fuera lo único importante en la habitación. Y algo en su expresión cambió: ya no era simplemente el hombre aburrido de tres filas más adelante. Había en su cara algo parecido al hambre, una hambre vieja que llevaba mucho tiempo esperando algo así.

—Date vuelta —dijo. La voz le salió ronca. Era la primera vez que alguien hablaba desde que yo había entrado al cine esa noche—. Date vuelta, puta.

Me puse de pie, apoyé las palmas en el respaldo del asiento delantero, y él pasó las manos por mis caderas, por la tela de la tanga, por la costura de las medias. Tomó su tiempo explorando antes de arrodillarse: me manoseó las nalgas, me hundió los pulgares en la carne, me apartó la tanga hacia un costado dejándome el culo al aire. Se escupió en dos dedos y me los pasó por la entrada, describiendo círculos, y después hundió la lengua ahí. Sentí la lengua caliente entrar y salir del culo, mojándome todo, mientras una mano me buscaba la polla por delante y me la trabajaba despacio. Después de comerme el culo con paciencia, se puso de pie por un segundo, me obligó a girar otra vez, y se hincó de nuevo delante de mí y me tomó en la boca con una sutileza inesperada en alguien de su aspecto. Se la metió toda hasta la garganta, aguantó la respiración, sacó la polla despacio dejando un hilo de baba, y volvió a tragarla. Tuve que morderme el labio con fuerza para no hacer ruido, agarrándole el pelo cano con las dos manos.

***

En algún momento, mientras estaba en esa posición con las manos aferradas al respaldo, escuché que la puerta del cine se abría.

No me moví.

Pasos suaves sobre el piso de concreto. El chirrido de un asiento al doblarse. Y después, sin que yo captara el momento exacto en que se acercó, una mano en mi cintura.

Era el chico del vestido gris. Había vuelto solo.

Estaba de pie a mi lado y me miraba con una curiosidad que no tenía nada de tímida ni de dubitativa. Me examinaba con esa atención directa que tienen las personas que ya no necesitan justificar lo que quieren. Bajó los ojos a mi polla —todavía en la boca del entrecano— y se pasó la lengua por los labios. Después, sin decir una palabra, se levantó el vestido hasta la cintura, se arrodilló frente a mí junto al otro, y esperó su turno.

El entrecano me soltó de la boca y le hizo un gesto al chico. Los dos se acomodaron: el mayor volvió a comerme los huevos, chupándolos uno a uno, mientras el joven me tomaba la polla entera en la boca y empezaba a mamármela con una técnica que no tenía nada que envidiarle al otro. Los dos hombres trabajaban al mismo tiempo, cada uno desde su ángulo, y yo intentaba mantener el equilibrio con los nudillos blancos en el respaldo del asiento. El chico chupaba con hambre, hundiendo la cara hasta la base, y cuando yo le empujaba el cuello para meterme más profundo abría la garganta y me dejaba pasar. El mayor me lamía los huevos, me subía la lengua por el perineo, me buscaba otra vez el culo. Era demasiado. Era exactamente la cantidad correcta de demasiado.

Tuve que pararlos.

Me incorporé, respiré, e indiqué con un gesto que el chico pasara a ocuparse del otro hombre. Necesitaba unos segundos si no quería correrme ahí mismo. Me los tomé de pie en la oscuridad de esa sala pequeña, viendo cómo el joven le sacaba al entrecano una polla más gruesa de lo que uno hubiera imaginado bajo esa ropa de oficinista y se la metía en la boca, mientras con la pantalla proyectaba sus imágenes hacia tres espaldas que no la miraban y el sonido del lugar hacía lo que hacía: gemidos grabados y gemidos reales confundiéndose en el aire viciado.

Cuando me recuperé un poco, me agaché hacia el joven. Le levanté el vestido por atrás, le pasé la mano por las nalgas —tenía la piel suave, depilada, tibia— y descubrí que estaba lubricado, húmedo, listo. Lo había preparado antes de entrar. Podía verlo de cerca ahora, sin la distancia de antes. Lo que se intuía desde lejos no contaba la historia completa: tenía una polla más grande de lo que sugería su figura delgada, curvada hacia arriba, y tenía ese olor limpio y cálido de alguien que había pensado de antemano en que lo olerían. Le hice soltar al entrecano un momento y me arrodillé detrás de él. Pasé la lengua por el culo despacio, hundiéndosela, y él arqueó la espalda y soltó un gemido agudo que fue el primer sonido claramente humano que le había escuchado en toda la noche. Después me di vuelta y me la comí a él, tomando la polla curva desde la base, empujándola hasta el fondo de la boca, y me tomé el tiempo que quise mientras el chico jadeaba con los dedos enredados en mi pelo.

Después cambiamos de nuevo. El chico volvió a mí; yo volví al otro hombre. El entrecano me hizo agacharme entre sus piernas y me guio la boca sobre su polla, marcándome el ritmo con una mano en la nuca. Rotamos así durante un buen rato, sin apuro, sin hablar, siguiendo el ritmo que los tres habíamos encontrado sin necesitar acordarlo. En un momento el chico se puso a cuatro patas sobre dos asientos, el vestido levantado hasta la espalda, el culo abierto y ofrecido, y el entrecano se ubicó detrás de él y se la metió despacio hasta el fondo. Yo veía la polla del mayor entrar y salir de ese culo joven, brillante de saliva y de lubricante, mientras el chico gemía contra el respaldo con la boca abierta. Me acerqué por delante y le ofrecí la mía. El joven abrió los labios sin dudarlo y me chupó al ritmo de las embestidas del otro, atragantándose cada vez que el entrecano le daba más fuerte. La sala estaba completamente vacía salvo por nosotros. Afuera, el barrio seguía su noche.

Cuando sentí que no podía aguantar más, me aparté. Me quedé de pie con la mano apoyada en el asiento de al lado, respirando despacio, con la polla latiéndome pesada, colorada, a punto. El chico me miró con una pregunta en los ojos, la boca todavía abierta y brillante. Negué con la cabeza. Me alejé un paso y me la trabajé yo mismo, fuerte y rápido, y dejé que el final llegara solo, sin compañía, de pie en la penumbra. La corrida me salió en varios chorros largos que cayeron sobre las medias de liguero y sobre el asiento delantero, y me quedé un segundo tembloroso, con la polla goteando todavía en la mano.

El final fue silencioso y sin drama. Escuché al entrecano gruñir bajo detrás del chico y correrse adentro; vi al joven cerrar los ojos y venirse él también sobre el asiento, sin haberse tocado, solo por la polla que tenía dentro. Me limpié con el pañuelo que llevaba en el bolsillo, me volví a vestir con cuidado —primero la camisa, después el pantalón encima de la tanga y las medias empapadas, que no me quité—, y antes de salir les hice un gesto a los dos. No era un gesto de mucho, pero era lo que había.

La noche afuera olía a asfalto mojado. Había llovido mientras yo estaba adentro.

***

No volví a ese cine en varios meses. No porque me hubiera arrepentido de nada, sino porque hay ciertas noches que funcionan mejor como recuerdo que como hábito. Esa lo era.

Al chico del vestido gris no lo volví a ver nunca. Al hombre entrecano tampoco.

A veces, cuando paso por calles parecidas a aquella —calles con puertas angostas y cortinas de hule y letreros que no dicen lo que son—, recuerdo la manera en que ese hombre me miró cuando me bajé el pantalón y mostré lo que llevaba puesto. Su expresión no era de sorpresa. Era de reconocimiento. Como si hubiera visto antes exactamente eso, en exactamente ese lugar, y supiera con precisión lo que significaba.

No sé si eso dice algo sobre mí o sobre él. Probablemente dice algo sobre los dos.

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Comentarios(9)

Tania_nocturna

Dios mio... que historia tan caliente. No pude dejar de leer!!!

Claudio_BA

Confesiones como estas son las que hacen que esta pagina valga la pena. Muy buen relato!

PatriSur

Me recordo a una situacion que tuve hace años en un cine del centro, jajaja. Los nervios que se sienten en esos momentos son algo unico, imposible olvidarlos.

Fede_2021

Por favor seguí escribiendo, este tipo de relatos son los mejores de la categoria. Espero que haya continuacion!

CineAmante

El detalle de la ropa interior fue lo que mas me gusto, le da mucha credibilidad. Se nota que es una historia real.

Martu_baires

increible!!! mas relatos asi por favor

NoraLect

Que bien contado todo, se siente autentico desde el principio. Seguí compartiendo tus experiencias!

SinNombre77

Y despues de esa noche tuviste algun otro encuentro o fue algo unico?

cordobes_lector

El cine siempre tuvo esa magia particular que no tiene otro lugar. Este relato lo capta perfectamente. Felicitaciones, muy bueno.

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