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Relatos Ardientes

El vestido de mi prima me dejó a merced de mi tío

Tengo veintitrés años y siempre fui un chico de baja estatura, complexión común, ni atlético ni gordo. Hasta esa tarde me consideraba heterosexual con cierta curiosidad por los hombres, una curiosidad que nunca había pasado de mirar fotos en internet a la una de la mañana. Lo que ocurrió con mi tío Esteban terminó de definir quién era.

Mi prima Camila se había casado en marzo y se había mudado con su marido a un departamento al otro lado de la ciudad. El cuarto que había ocupado durante casi treinta años quedó vacío, cargado de ropa, libros y zapatos que ya no le servían. Mi tío me llamó un sábado por la mañana para pedirme que lo ayudara a vaciar y remodelar el lugar. Él pintaba, yo cargaba cajas.

—Si encontramos algo que te sirva, llévatelo —me dijo apenas crucé la puerta.

Empezamos por el armario. Llevábamos cerca de dos horas separando lo que iba a donar de lo que se tiraba cuando me alcanzó una caja con vestidos y zapatos.

—Tu novia debe tener más o menos la talla de Camila. Llevate algo para ella.

Saqué un vestido rojo, ajustado, de tela elástica. Le dije, medio riendo, que se había equivocado de bolsa. Esteban se rio también, despreocupado.

—Da igual, regalalo. Y mirá esos tacones plateados, andaban con todo.

Tomé el vestido y los tacones casi por instinto. Años atrás, cuando mi hermana menor modelaba ropa para una tienda online, me había puesto vestidos suyos como broma para ayudarla a sacar fotos del talle. Aprendí a caminar en tacos sin tropezarme. Lo que no sabía era por qué, esa mañana, ese vestido me pareció exactamente de mi medida.

—Voy a buscar agua —mentí, y me encerré en el baño del pasillo con la caja.

Me desvestí rápido para no pensar demasiado. El vestido entró sin esfuerzo. La tela se ajustaba a las caderas, marcaba un poco lo que no tenía y disimulaba lo que sí. Los tacones me quedaron justos. Me miré al espejo y, por un segundo, me reconocí menos a mí mismo y más a alguien nuevo. El corazón me latía rápido, como si estuviera por hacer algo prohibido.

Salí del baño caminando despacio. Mi tío estaba acomodando libros en un estante y se volteó al escuchar los tacones. Se quedó quieto, con un libro en la mano, mirándome de arriba abajo sin disimulo.

—Sos igualito a ella —dijo en voz baja—. A mi hija. A mi sexy y rica hija.

La última frase me cayó como un balde de agua tibia. Antes de procesarla, Esteban dejó el libro sobre la cama, se acercó y me pasó la mano por la cintura. Después bajó hasta mis nalgas y las apretó. No fue un toque accidental. Fue una decisión.

Me sonrojé entero. Quise hablar y no encontré las palabras. Él me tomó el mentón con los dedos y me besó. Su lengua entró en mi boca sin preguntar y la mía respondió como si lo hubiera estado esperando. Cuando se separó, ya estaba sacándose la remera.

—Te voy a coger entero, amor —dijo, y se bajó el pantalón.

***

Mi cabeza todavía no terminaba de entender lo que estaba pasando. Esteban se sentó en la cama, encima de una pila de ropa de Camila que no habíamos terminado de doblar. Me tomó las caderas y me hizo sentarme sobre él, a horcajadas. Sentí su erección creciendo a través del bóxer, justo entre mis piernas.

Empezó a besarme el cuello mientras me apretaba el culo con las dos manos. Apoyé las rodillas en el colchón. El vestido se me subió hasta la cintura sin que él tuviera que tocarlo. Quedé con todo expuesto bajo la luz amarilla del cuarto, montado encima de mi tío como si fuera lo más natural del mundo.

Nos besamos largo rato. Yo tenía la respiración cortada y él una calma rara, de alguien que sabía adónde íbamos. Cuando se separó para tomar aire, me empujó suavemente de los hombros hasta que terminé arrodillado en el piso, frente a él.

—Bajame el bóxer —pidió.

Obedecí. Su pene saltó hacia adelante, duro y más grueso de lo que esperaba. Antes de que pudiera mirarlo bien, su mano me empujó la nuca hasta que mi cara quedó pegada contra él. El olor me golpeó primero, después el calor. Abrí la boca y dejé que entrara.

Tuve arcadas las primeras veces. A él pareció gustarle. Me movía despacio la cabeza, dirigiéndome, y con la otra mano se acariciaba lo que no me cabía. Yo escurría saliva por el mentón. El vestido seguía arrugado en mi cintura, los tacones me lastimaban un poco contra el parqué.

Sin darme cuenta, empecé a moverme solo. El sabor había dejado de chocarme. Pasé la lengua por el tronco, bajé hasta los testículos y los chupé despacio. Mi propia erección presionaba contra la tela del vestido. Esteban lo notó y me dio una palmada seca en el muslo.

—Quieta, mami —dijo—. Ahora te toca a vos.

***

Me hizo girar y ponerme en cuatro sobre la cama. Escuché que abría un cajón de la mesa de luz —donde mi prima, evidentemente, no había guardado solo libros— y volvió con un pomo de lubricante. Apoyó una mano en mi espalda baja, fría contra mi piel caliente, y con la otra empezó a frotarme el ano.

Primero fue solo el dedo por fuera, en círculos. La sensación era nueva, rara y agradable a la vez. Cerré los ojos. Cuando metió el primer dedo, contuve el aire. Después el segundo. Esteban movía despacio, con paciencia, como si me estuviera enseñando algo.

Encontró un punto adentro mío que me hizo morder la sábana. Apreté el vestido entre las manos. Gemí en voz baja, una vez, después más fuerte. La voz me salió aguda, no la reconocí del todo.

Sacó los dedos de golpe. Sentí frío donde antes había calor. Me apretó las nalgas con las dos manos, separándolas, y frotó la punta de su pene contra mi entrada. Le escuché destapar de nuevo el pomo.

—Avisame si te duele —murmuró.

Empujó. La punta entró. Me ardió. Bajé la cabeza hasta hundirla en el colchón y respiré por la boca. Él se quedó quieto unos segundos, después avanzó un poco más. Otro alto. Otro poco. Cuando estuvo del todo adentro, sentí que el cuerpo no era mío, que pertenecía a esa cama y a sus manos.

Las primeras embestidas fueron lentas. La mano que tenía libre rodeó mi pene y empezó a masturbarme al ritmo de sus caderas. El ardor del principio se transformó en otra cosa: una presión profunda, caliente, que me obligaba a gemir cada vez más fuerte.

—Más fuerte —pedí, sin pensarlo.

Aumentó. Me agarró de la cintura, hundió los dedos en mi piel y empezó a embestir en serio. Mis gemidos sonaban como los de una mujer. Cualquiera que hubiera caminado por el pasillo lo habría escuchado. No me importaba. Sentía los tacones golpeando contra la base de la cama en cada empuje.

Me dio una nalgada. Después otra. Mi piel ardía y mi cuerpo respondía abriéndose más. Levanté la cara para mirarlo. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo así, encima mío. Tenía los hombros tensos, la mandíbula apretada, los ojos brillantes. Era hermoso de una manera que no sabía nombrar.

Bajó y me besó la boca sin sacarla de mí. Mi cuerpo se relajó por un instante y volvió a apretarse cuando él aceleró de nuevo. No sabía que le gustaban los hombres, pensé, pero coge como si llevara años haciéndolo.

***

No sé cuánto tiempo estuvo así. Cuando finalmente la sacó, me dejó el ano abierto, latiendo, vacío. Se levantó, se subió a la cama y se acostó boca arriba.

—Vení —dijo, y se palmeó la pelvis.

Me di vuelta como pude. Me arrodillé sobre él, con el vestido enrollado en la cintura y los tacones todavía puestos. Me abrí las nalgas con las manos, busqué su punta y bajé despacio hasta que estuvo del todo adentro otra vez. Grité. Esta vez no de dolor.

Empecé a moverme arriba y abajo. Era torpe, lento, trataba de imitar lo que había visto en pantallas durante años. Esteban tuvo paciencia los primeros minutos. Después me agarró las caderas, las clavó contra él y me hizo saltar al ritmo que él quería. Le agarré la mano libre y la llevé a mi propio pene.

Me masturbó mientras yo me empalaba contra él. Llevó el pulgar a mi boca, lo chupé sin pensar, lo sacó lleno de saliva y lo pasó por mi glande en círculos. Cerré los ojos. Le clavé las uñas en el pecho. Sentí el orgasmo subir desde algún lugar nuevo del cuerpo y exploté sobre su estómago en chorros largos, sacudiéndome encima de él.

Esteban me agarró las caderas con las dos manos, se hundió hasta el fondo y se quedó ahí. Sentí su pene latir adentro mío, una vez, otra, otra. El orgasmo de los dos duró lo que no había durado nada en mi vida.

Cuando terminó, me derrumbé sobre su pecho. Su mano me acarició la espalda, después el pelo. Nos quedamos así, pegajosos y agotados, hasta que recuperó el aire.

—Perdoname —dijo al rato—. No quería que esto pasara así.

—No te disculpes —lo corté—. Era la primera vez que me cogía un hombre. No me arrepiento.

Me ayudó a sacarla. Quedé acostado de costado, mirándolo. Él agarró el teléfono de la mesa de luz, me abrió las nalgas con una mano y me sacó una foto del ano todavía abierto. Después otra. Me dio gracia. Lo apreté un poco y dejé escapar parte de lo que él había dejado adentro. Sacó otra foto.

No sé cómo, en algún momento me quedé dormido sobre la cama de mi prima, con los tacones todavía en los pies. Cuando desperté, Esteban estaba a mi lado, mirándome.

***

De eso hace casi un año. Esa tarde definió cosas que llevaba demasiado tiempo evitando. Hoy me reconozco bisexual sin pedir permiso. Cuando voy a la casa de mi tío me pongo lindo antes de salir: ropa interior delicada, perfume suave, a veces el mismo vestido rojo, a veces otros que él me fue regalando. La mayoría de las veces terminamos en la cama. Nos gusta así.

Gracias por leer. Espero que estos recuerdos los hayan dejado tan calientes como me dejan a mí cada vez que los escribo.

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Comentarios (4)

DiegoMRC

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

noche_loca22

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de mas jaja

Nicandro_ba

increible como lo contaste, se siente muy real. Sigue así!

Marcos_sf

El giro que tiene me dejo con la boca abierta, no me lo esperaba para nada

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