Sorprendí a mi padre con otro hombre en el obrador
Mi padre lleva veintidós años amasando pan en el obrador de la calle Tabernillas. Empieza a las tres de la madrugada todas las noches, como un reloj suizo. Yo nunca le pregunté qué hacía en esas horas muertas antes de que el barrio despertara. Pensaba que era pan. Solo pan.
Aquella madrugada volvía de un garito de Malasaña con los oídos pitando todavía y dos cubatas de más en el cuerpo. Un colega del grado me dejó en la esquina de la Cava Baja y desde allí bajé andando hasta La Latina. Eran las cuatro y poco. Los shorts se me pegaban a las piernas por el sudor del baile y la camiseta de algodón olía a humo de tabaco ajeno y a perfume barato.
Antes de subir al piso pensé en pasar por la panadería. Mi padre siempre me guardaba un cruasán de los primeros, esos que salen del horno a las cuatro y media con la mantequilla aún burbujeando en la corteza. Tenía hambre de borracho y la panadería estaba dos portales más abajo del nuestro. La puerta de servicio, la que da al callejón de atrás, casi siempre estaba abierta a esa hora.
La empujé con cuidado para no asustarlo.
Lo que vi me clavó al suelo.
***
Mi padre, Rubén, estaba de pie frente a la mesa central del obrador, con el delantal blanco caído sobre las rodillas y los pantalones por los tobillos. A su lado, Hakim, el ayudante marroquí que había contratado el invierno pasado, estaba en la misma postura. No amasaban. No horneaban. Tenían las manos ocupadas en otra cosa.
Mi cerebro tardó tres segundos largos en procesarlo. Los dos hombres, hombro con hombro, masturbándose el uno al lado del otro frente a la mesa de mármol que yo había visto desde niño cubierta de harina. Mi padre con la barba rubia perlada de sudor, el pecho ancho y velludo subiendo y bajando deprisa. Hakim con la piel oscura brillando bajo la luz amarilla del extractor, la barba negra muy corta, los ojos cerrados y los labios entreabiertos murmurando algo que sonaba a árabe.
No me vieron. Estaban demasiado concentrados.
Me quedé en el umbral, con la mano todavía en el picaporte, sin poder respirar. El aire del obrador estaba espeso, caliente, olía a levadura y a algo más, algo animal. Por las claraboyas del techo se filtraba el zumbido lejano de un camión de la basura.
Sentí cómo el pulso me golpeaba en las sienes. Y, sin pedírselo, sentí también cómo mi propio cuerpo respondía debajo de los shorts.
***
Lo primero que pensé fue dar media vuelta y desaparecer. Lo segundo, irme al piso y emborracharme aún más para olvidarlo. Lo tercero, lo que me hizo quedarme, no lo pensé del todo. Fue una corriente que me subió por la espalda y me obligó a mantenerme quieto, con la respiración recortada, mirando.
Mi padre tenía cincuenta y dos años, pero el cuerpo de un tipo que carga sacos de harina cada noche. Los hombros anchos, los brazos llenos, las piernas firmes. Nunca lo había visto desnudo de cintura para abajo, ni siquiera de pequeño. Tenía la verga en la mano, gruesa y un poco curvada, y la trabajaba con un ritmo tranquilo, casi metódico, como si llevara haciéndolo así toda la vida.
Hakim era distinto. Más joven, quizá treinta y cinco. Más delgado, más nervudo. Lo suyo era más oscuro, más recto, y lo agarraba con una mano cerrada en torno a la base, moviendo la piel con golpes secos. De vez en cuando giraba la cabeza un milímetro hacia mi padre, como midiendo el ritmo del otro para no terminar antes.
—Despacio, Hakim —dijo mi padre en voz baja, sin abrir los ojos—. Que se nos acaba.
—Yo voy despacio —contestó Hakim, con ese acento suyo que arrastraba las consonantes—. Eres tú el que va rápido hoy.
Se rieron los dos por lo bajo. Una risa cómplice de gente que se conoce el cuerpo.
***
Y entonces, no sé cómo, dejé caer el llavero.
Las llaves rebotaron en el suelo de cemento con un ruido metálico que en el silencio del obrador sonó como un disparo. Mi padre giró la cabeza tan rápido que casi se rompió el cuello. Hakim soltó un improperio en su idioma y se llevó la mano libre al delantal para taparse, aunque demasiado tarde.
—Joder, Diego —dijo mi padre, y su voz se quebró a la mitad de mi nombre.
No se subieron los pantalones. No corrieron a esconderse. Se quedaron los dos congelados, con las pollas todavía duras y latiendo en el aire caliente del obrador, mirándome como un par de animales sorprendidos por los faros de un coche en la carretera.
Tampoco yo me moví.
—Yo… —empecé, y no encontré la frase. La voz me salió ronca, casi infantil—. Venía a por un cruasán.
Mi padre soltó una carcajada que sonó más a tos. Hakim cerró los ojos y murmuró algo que sonó a oración o a maldición. La situación era tan absurda, tan ridícula, que durante un segundo entero pensé que estaba en una de esas pesadillas en las que apareces en clase sin pantalones.
—Cierra la puerta —dijo mi padre por fin, recomponiendo la voz—. Y baja la voz, que tu madre está en el piso de arriba.
Obedecí sin pensar. Cerré la puerta de servicio con el pie y di dos pasos adelante. Las llaves se quedaron en el suelo.
***
—Esto no es lo que parece —empezó mi padre, y se detuvo en seco al darse cuenta de que era exactamente lo que parecía—. Bueno, es lo que parece, pero no es…
—¿No es qué? —dije, sin poder evitar una media sonrisa nerviosa.
Mi padre miró a Hakim. Hakim miró al suelo. La verga de los dos seguía sin bajar, terca, como si tuviera vida propia.
—Mira, Diego. Es algo que pasa a veces. Las noches son largas, el obrador es caluroso, uno se aburre. Empezó como una broma hace meses y… ya. No es más.
—¿Eres gay, papá? —pregunté, sin querer ser cruel, solo confundido.
Mi padre se rio otra vez, esta vez más suelto.
—No, no soy gay. Y Hakim tampoco. Hakim tiene mujer y tres hijos en Tetuán y los echa de menos cada noche. Yo tengo a tu madre. Esto es… otra cosa.
—Es desahogo —dijo Hakim, levantando la cara por primera vez—. Como un café.
—Eso —remató mi padre—. Como un café.
Yo asentí despacio, como si entendiera. La verdad es que sí entendía, y eso era lo que más me asustaba.
***
—¿Puedo… puedo quedarme un rato? —pregunté.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Mi padre frunció el ceño. Hakim levantó las cejas tanto que casi se le perdieron en el pelo. Hubo un silencio largo, denso, durante el cual oí el zumbido del horno, el goteo de un grifo mal cerrado y los latidos de mi propio corazón.
—Diego —dijo mi padre en voz muy baja—, no sé si esto es buena idea.
—No voy a contar nada —añadí rápido—. No voy a tocar nada. Solo… déjame quedarme. Por favor.
Mi padre miró a Hakim. Hakim se encogió de hombros y dijo algo en árabe que no entendí. Mi padre suspiró largo.
—Siéntate en aquella silla. Y como hagas un solo ruido, te juro que te echo a patadas.
Me senté en el taburete metálico donde mi padre se quitaba los zapatos al llegar. Desde ahí los veía a los dos de perfil, con las espaldas anchas inclinadas levemente hacia adelante, las manos volviendo poco a poco a su trabajo.
***
Al principio iban con cuidado, mirándome de reojo cada pocos segundos. Pero pronto la respiración se les fue acelerando otra vez y mi presencia dejó de existir para ellos. Hakim cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Mi padre apoyó la mano libre en la mesa de mármol y abrió un poco más las piernas, buscando estabilidad.
El obrador se llenó otra vez de ese olor caliente, animal, mezclado con la levadura del pan que reposaba en los moldes. Por la rendija del horno se escapaba un brillo dorado que les iluminaba a los dos de cintura para abajo, dejando los rostros en penumbra.
Yo no me toqué. Tenía el bulto duro como una piedra debajo de los shorts y las manos crispadas sobre los muslos, pero no me toqué. No habría podido aunque hubiera querido. Mirar era ya demasiado.
—Hakim… —dijo mi padre en un susurro.
—Sí.
—Casi.
—Yo también.
Los vi terminar casi al mismo tiempo. Primero Hakim, con un gemido sordo que se mordió a medias. Después mi padre, con un jadeo largo y un golpe seco de la mano libre contra la mesa. La harina amortiguó el ruido. Algo blanco salpicó el mármol y resbaló hasta el suelo de cemento.
Se quedaron los dos quietos unos segundos, jadeando, las espaldas brillantes de sudor bajo la luz amarilla del extractor.
***
—Limpia esto —dijo mi padre por fin, pasándole un paño a Hakim.
—Limpia tú —contestó Hakim—. Hoy me toca a mí amasar.
Se subieron los pantalones, se ajustaron los delantales y volvieron a la tarea sin mirarme. Como si los últimos diez minutos no hubieran existido. Como si yo no estuviera ahí.
Me levanté del taburete, recogí las llaves del suelo y caminé hasta la puerta. Antes de salir, mi padre me llamó por mi nombre.
—Diego.
—¿Sí?
—Cógete un cruasán de la bandeja de la izquierda. Los de la derecha son para la primera tanda.
Cogí uno. Estaba todavía caliente, casi quemaba. Lo metí en la bolsa de papel que me tendió Hakim sin decir nada.
—Y, Diego —añadió mi padre, sin levantar la vista de la masa—, si vuelves otra noche, llama antes.
Asentí. Salí al callejón. El aire fresco de la madrugada me golpeó la cara y, por primera vez en una hora, fui consciente de la dureza que llevaba debajo de los shorts.
***
Subí al piso sin hacer ruido. Mi madre dormía. Me metí en la ducha con el agua casi fría y me corrí en dos minutos, con la frente apoyada en los azulejos, mordiendo el labio para no hacer ruido.
Esa noche apenas dormí. Repasé en bucle cada detalle: la espalda ancha de mi padre, el perfil oscuro de Hakim, el ritmo de las dos manos trabajando en paralelo, la mirada de complicidad cuando se rieron por lo bajo. Y la última frase: «si vuelves otra noche, llama antes».
No fue una amenaza. Fue una invitación.
He vuelto cuatro veces desde entonces. Siempre llamo antes. Y siempre traigo el cruasán de vuelta a casa, todavía caliente, para que mi madre lo encuentre por la mañana sobre la encimera de la cocina.
Ella nunca pregunta a qué hora bajo. Mi padre nunca pregunta qué hago allí. Hakim, a veces, me guiña un ojo desde el otro lado de la mesa de mármol.
Y yo sigo sentado en el taburete metálico, las manos sobre los muslos, mirando.