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Relatos Ardientes

Lo que descubrí compartiendo cama con un compañero

Después de aquel desliz que prefería no recordar, decidí ordenar mi vida y dejar atrás los momentos que me habían sacudido por dentro. Conocí a Camila pocos meses después y supe enseguida que con ella podía empezar de cero. La quería con una intensidad sincera, de esas que te hacen creer que el pasado se queda en su sitio.

Y, sin embargo, esa paz nunca era completa. Cuando menos lo esperaba, un detalle cualquiera traía de vuelta lo que había vivido aquella noche. Una imagen suelta, un olor parecido, un gesto cualquiera en el espejo del baño. Pequeñas chispas que reavivaban algo que yo creía haber apagado a fuerza de voluntad.

La noche antes de un viaje de trabajo, estaba haciéndole el amor a Camila en nuestra cama. Ella enredó las piernas alrededor de mi cadera y, mientras me besaba el cuello, sus manos bajaron por mi espalda hasta clavarme las uñas en las nalgas. Fue un segundo, nada más. Un arañazo lento, casi distraído. Pero me recorrió un cosquilleo que no tenía nada que ver con ella.

El cuerpo respondió antes que la cabeza. La embestí más fuerte, más rápido, descargando en ella algo que no le pertenecía. Camila se desplomó después contra mi pecho, respirando entrecortado, sonriendo como quien ha sido bien atendida. Yo le acariciaba el pelo y mantenía la mirada en el techo. No era ella quien me había puesto así.

—¿En qué piensas? —murmuró al rato.

—En el viaje. Cosas del trabajo —respondí.

Ella se acomodó y se quedó dormida en pocos minutos. Yo me quedé despierto buena parte de la noche, mirando la sombra del ventilador, intentando convencerme de que aquel cosquilleo no significaba nada. Que era solo un eco viejo. Que mañana, en la carretera, se me iba a pasar.

***

El compañero que me asignaron como apoyo se llamaba Diego. Lo conocía de vista, de pasillos y reuniones, pero nunca había cruzado más de tres frases con él. Subimos al auto antes del amanecer, con dos cafés y una ruta de seis horas por delante.

Al principio la conversación fue de protocolo: el clima, el tráfico, los pendientes del cliente. Pero a la altura del segundo café Diego empezó a hablar de sí mismo, y en algún momento dejó caer, sin pedir permiso ni adornarlo, que era homosexual. Lo dijo igual que quien menciona en qué barrio vive.

—¿Hace mucho que lo asumiste? —pregunté, intentando que la pregunta sonara casual.

—Desde la adolescencia. Lo difícil no fue darme cuenta, fue contárselo a mi viejo —dijo, sin apartar los ojos de la ruta.

Me habló del proceso. De los años de silencio, de las novias de tapadera, del día que se cansó. Yo lo escuchaba con una atención que él probablemente notó. Había algo en su manera de contarlo, sin culpa y sin pose, que me incomodaba y me atraía al mismo tiempo. Como si me estuviera enseñando un idioma que yo entendía a medias.

Llegamos al pueblo pasada la tarde, agotados, con el cuerpo entumecido del viaje. La búsqueda de hospedaje fue un desastre: había una feria local y casi todo estaba lleno. Recorrimos cuatro hostales antes de encontrar una pensión con una habitación libre. Una sola. Con dos camas pegadas que prácticamente formaban una.

—¿Te molesta? —preguntó Diego desde la recepción, ya con la llave en la mano.

—Mientras pueda darme una ducha y dormir, no —contesté.

Y lo dije convencido. O al menos eso intenté creer.

***

Cenamos algo rápido en un bar de la esquina, volvimos a la pensión y nos turnamos para el baño. Cuando salí, Diego ya estaba metido en su lado de la cama, con el celular en la mano y el torso desnudo. Apagué la luz del techo y dejé encendida la lámpara de la mesa de noche.

La conversación siguió desde el oscuro tibio del cuarto. Hablamos de tonterías al principio, luego de relaciones, luego de deseos. Yo, poco a poco, sin darme cuenta del todo, fui llevando el tema hacia esas prácticas que aún consideraba ajenas. Quería saber qué se sentía. Quería que él me lo contara como me había contado todo lo demás: sin teatro.

Diego respondió con la misma naturalidad. Me describió situaciones que me dejaron la boca seca y el corazón golpeando en las sienes. No había morbo en su tono, ni intención evidente, pero entre nosotros se formó una especie de electricidad muy fina, casi imperceptible, que yo sentía perfectamente en el costado del cuerpo que daba hacia él.

Antes de que la conversación cruzara una línea de la que no pudiera volver, me volteé hacia la pared.

—Mañana hay que arrancar temprano. Buenas noches —dije.

—Buenas noches —respondió él, con una sonrisa en la voz.

Caí dormido casi al instante, agotado por el día. Lo que no supe hasta más tarde fue que Diego, del otro lado, se quedó despierto. Que la charla lo había dejado encendido. Que el silencio del cuarto no le calmaba nada.

***

Me desperté con una sensación rara en la parte baja de la espalda. Tardé unos segundos en entender qué era. Diego se había acercado a mí en la cama y se estaba frotando muy despacio contra mis nalgas, por encima de la tela del pantalón de la pijama. Sentía el calor de su sexo duro a través de dos capas finas.

El primer instinto fue apartarme. El segundo fue no moverme. El tercero, el que ganó, fue empujar la cadera apenas un milímetro hacia atrás, para que él entendiera que estaba despierto y que no le iba a decir que parara.

Diego ajustó el movimiento. Más lento, más preciso. Yo seguí su ritmo sin abrir los ojos, como si fingir el sueño fuera una manera de no asumir lo que estaba haciendo. Al rato, con los labios pegados a mi nuca, me susurró:

—¿Querés que te la meta?

No contesté. No podía. Tenía la garganta cerrada y el pecho latiéndome en los oídos. Esperé unos segundos eternos. Después, igual que quien da un paso al vacío con los ojos cerrados, me bajé el pantalón del pijama junto con la ropa interior, hasta dejarme las nalgas al descubierto.

Sentí cómo su mano se posaba en mi cintura. La piel le quemaba.

—Despacio —pedí, casi sin voz.

—Relajate. Vamos despacio —respondió.

Empezó a frotarme el ano con la punta de su sexo, untándomelo con su propio líquido. Estaba caliente, palpitante, más delgado de lo que yo había imaginado y de un tamaño que prometía más placer que castigo. Cada roce me arrancaba un escalofrío que me bajaba por la columna. Mi propio sexo, abajo, contra el colchón, estaba duro como una piedra.

Quería pedirle que ya me la metiera. No lo hice. Me pareció que decirlo en voz alta era admitirlo demasiado pronto. Pero subí las rodillas hacia el pecho, le ofrecí el ángulo, dejé claro con el cuerpo lo que no me animaba a decir con la boca.

Diego me metió un dedo primero. Lento, midiendo. El placer me recorrió de golpe y me arrancó un gemido apagado contra la almohada. Jugó conmigo un rato así, dilatándome, leyendo mis reacciones. Luego retiró el dedo, agarró su sexo con la otra mano y empezó a buscarme la entrada con la punta.

—Avisame si te duele —murmuró.

Apreté los párpados.

***

Entró despacio, milímetro a milímetro, y aun así me arrancó un quejido. Dolía. Dolía mucho más de lo que había imaginado. Pero detrás del dolor había una clase de placer nueva, una sensación de plenitud rara que no sabía cómo nombrar y que no quería que se detuviera.

Diego apoyó su mano en mi muslo y me lo acarició como quien calma a un animal asustado. Avanzó otro poco. Esperó. Avanzó otro poco. Esperó. Tenía paciencia, sabía lo que estaba haciendo. Yo apretaba la sábana con los dedos y mordía la tela de la almohada para no hacer ruido.

En un momento se detuvo y me preguntó al oído:

—¿Te la puedo meter toda?

No le dije nada. Moví la cadera hacia atrás, despacio, como una invitación. Él entendió el mensaje y empujó hasta el fondo. Sentí su sexo entero dentro de mí, palpitante, caliente. El dolor me cerró los ojos y un instante después se transformó en otra cosa. Algo denso, algo grave, algo que me llenaba más allá del cuerpo.

Se quedó quieto un rato, susurrándome cosas que ya no recuerdo, dejándome ajustar. Cuando el dolor se rebajó del todo y solo quedó el placer de estar lleno, fui yo el que empezó a moverme. Adelante, atrás, probando. Diego aguantó lo que pudo, hasta que ya no aguantó más. Me agarró firme por la cintura y empezó a embestirme de verdad.

***

Le seguí el ritmo como pude. Cada embestida me arrancaba un gemido que yo intentaba ahogar contra la almohada, consciente de que las paredes de la pensión eran de cartón. No podía creer lo que estaba haciendo. No podía creer cuánto me gustaba. La idea de estar siendo penetrado por otro hombre me parecía, hasta unas horas antes, una posibilidad ajena. Y ahí estaba yo, ofreciéndome, deseándolo, contando cada segundo para que no terminara.

Perdí la noción del tiempo. No sé cuánto duró. Sé que en algún momento Diego clavó las uñas en mi cadera, embistió más profundo, y soltó un gemido grave, casi un gruñido, antes de quedarse quieto. Sentí su orgasmo dentro de mí, caliente, denso. Yo seguía duro, sin haberme corrido todavía.

Se retiró despacio. Se quedó arrodillado al borde de la cama, respirando, mirándome. Después se acostó boca abajo a mi lado y se giró un poco, con un gesto que decía claramente: ahora vos a mí, si querés.

Y fue justo ahí, en ese gesto silencioso, cuando algo se me rompió por dentro.

***

Volví en mí de golpe. Como si me hubieran apagado y vuelto a encender. Camila, en la cama de nuestro departamento, durmiendo sola porque su novio estaba «de viaje de trabajo». Camila, que me había dicho que me quería con la cara pegada a mi pecho hacía menos de veinticuatro horas. Camila, que confiaba en mí.

Le estaba siendo infiel. No con otra mujer, no con una compañera de oficina, no con alguien que pudiera entrar en la categoría imaginable de «error». Le estaba siendo infiel con un hombre, en una pensión de mala muerte, a seiscientos kilómetros de ella.

Me incorporé. No miré a Diego a los ojos.

—Perdoname. No puedo —dije.

Él no insistió. Me dejó pasar sin decir una palabra. Recogí del suelo el pantalón, me lo subí mal y caminé hasta el baño con las piernas todavía temblando. Cerré la puerta. Abrí la ducha al máximo, sin esperar a que calentara, y me metí debajo del chorro frío como quien busca un castigo.

Ahí, contra los azulejos, con el agua bajándome por la cara, me corrí. Sin tocarme casi, en cuatro o cinco movimientos. Fue uno de los orgasmos más fuertes y más tristes de mi vida.

***

El viaje de regreso lo hicimos casi sin hablar. Diego intentó dos o tres veces meter un tema neutro, el partido, una serie, lo que fuera, y yo respondí con monosílabos hasta que entendió y dejó la radio encendida el resto del camino. No había rencor de su parte. Tampoco vergüenza. Solo respeto por el silencio que yo necesitaba.

Manejé las últimas dos horas yo, para tener algo concreto que hacer con las manos. Sentía picazón en la cola, una irritación leve, un dolor sordo cada vez que cambiaba de postura. Cada uno de esos detalles era un recordatorio físico de lo que había pasado.

Cuando llegué a casa, Camila me recibió con un abrazo largo en la puerta y un beso en la boca. Olía a su crema de siempre. Me preguntó si había comido, si estaba cansado, si quería bañarme antes de cenar. Yo le contesté que sí a todo y la abracé otra vez, más fuerte, escondiendo la cara en su pelo para que no me viera los ojos.

Esa noche, mientras ella dormía pegada a mi espalda, miré el techo durante horas. Descubrir que había dentro de mí una zona entera que desconocía me daba más miedo que cualquier otra cosa. Porque ya no podía decir que había sido un accidente. Porque ya no podía decir que no me había gustado. Y porque, mientras la quería de verdad y no soportaba la idea de hacerle daño, una parte de mí, callada, escondida, ya estaba pensando en cuándo iba a volver a sentir lo que había sentido en aquella pensión.

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Comentarios (4)

LoboNocturno33

increible!!!! me engancho desde el primer parrafo

Renzo_BA

Muy bien contado, se nota que hay trabajo detras. Espero la continuacion!

GabiDM

Me recordo a algo que me paso hace años. Esas situaciones que uno no planea y que igual te cambian. Buen relato.

MiriamV09

el protagonista me genero mucha ternura, uno lo va viendo descubrirse solo. Muy bueno

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