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Relatos Ardientes

Esa tarde en el sauna fui de todos ellos

Conocía ese sauna como si fuera mi segunda casa. Llevaba casi dos años frecuentándolo y había aprendido a leer sus ritmos con la misma precisión con la que un marinero lee el viento. Los martes eran tranquilos, para hombres que llegaban con el tiempo justo antes de volver al trabajo. Los jueves tenían más movimiento y más variedad. Pero los viernes entre las seis y las nueve de la tarde eran otra categoría completamente distinta: el lugar se llenaba de hombres con todo el peso de la semana acumulado en el cuerpo, urgentes, sin ganas de hablar ni de negociar demasiado. Era el momento de mayor intensidad y también el más impredecible.

Por lo general lo evitaba. Prefería una tarde tranquila entre semana, donde había tiempo para saber qué quería cada uno antes de llegar al momento concreto. El viernes de seis a nueve era otra cosa: demasiada gente, demasiada urgencia, demasiada posibilidad de que todo se volviera un caos sin gracia.

Pero ese viernes me cayó diferente.

Había tenido una semana agotadora. Trabajo acumulado, un proyecto que no avanzaba, y para colmo el departamento que estaba reformando se había convertido en un infierno de ruido y polvo que hacía imposible descansar. Cuando cerré la puerta del edificio a las cinco y media, con los obreros ya idos y el olor a pintura fresca todavía en la ropa, me encontré caminando hacia el sauna sin haberlo decidido del todo. El cuerpo sabe antes que la cabeza.

Me cambié en el vestuario. Tenía un suspensorio negro que había comprado unas semanas antes: una tela mínima al frente y un elástico fino que no cubría absolutamente nada por detrás. Era provocador sin ser exagerado, y dejaba muy poco margen a la imaginación. Me lo até con cuidado, me envolví la toalla en la cintura y empecé a recorrer las instalaciones.

Las salas de vapor estaban más llenas de lo habitual para esa hora. El calor era denso, el ambiente olía a madera mojada y a eucalipto. Reconocí algunas caras de otras visitas, asentí con la cabeza cuando me cruzaron la mirada, y seguí caminando sin detenerme. No tenía prisa. Esa era la primera regla que había aprendido en ese lugar: la prisa hace que uno elija mal.

Después de unos cuarenta minutos de recorrido, cuando ya había mapeado quién estaba y qué buscaba cada uno, pasé al pasillo de los privados. Eran habitaciones pequeñas con una cama angosta, una percha en la pared y una puerta que uno podía dejar abierta o cerrada según lo que quisiera ofrecer o recibir. Entré al del fondo, que era el que prefería por la distancia del pasillo principal. Me quité la toalla, la colgué en la percha, me acosté boca abajo con el suspensorio puesto y dejé la puerta entreabierta unos veinte centímetros.

Eso era todo lo que hacía falta decir.

No habían pasado diez minutos cuando sentí una mano apoyarse sobre mis glúteos.

Era una mano grande, de dedos gruesos, que recorrió despacio la curva de mis caderas antes de detenerse en el elástico. No dije nada. Separé un poco más las piernas y escuché un sonido bajo, casi un gruñido aprobatorio, que salió del hombre de pie junto a la cama. Cuando giré la cabeza lo vi: cuarenta y tantos años, cuerpo ancho, pecho con vello oscuro, una mirada directa que no pedía permiso porque sabía que no hacía falta pedirlo.

Me incorporé sobre los codos y lo acerqué hacia mí con la mano en la cadera. Tomé lo que me ofrecía entre los labios y me concentré en hacerlo bien.

La puerta seguía entreabierta. Eso era una invitación, y así lo leyeron los demás.

El segundo entró sin anunciarse. Me acarició las nalgas, apartó el elástico del suspensorio con dos dedos y empezó a trabajarme con paciencia, sin apuro, explorando antes de actuar. Para cuando me penetró, yo llevaba varios minutos preparado y el acceso fue fácil. Lo sentí asentarse, encontrar su ritmo, cerrar los ojos con un sonido que salió del fondo de la garganta.

El tercero llegó mientras yo tenía al primero en la boca y al segundo dentro de mí. Se acomodó junto al primero y durante un rato los dos se fueron alternando, empujando hacia mi garganta en intervalos que parecían coordinados aunque nadie se los hubiera pedido. Uno me ponía la mano en la nuca sin apretar, solo para orientarme. El otro murmuraba algo en voz baja que no llegué a entender.

Lo que vino después se volvió borroso en el mejor sentido posible.

Hubo dos hombres que acabaron sobre mi espalda mientras se masturbaban mirándose entre sí, de pie junto a la cama, y que cuando terminaron se marcharon juntos en silencio sin decir una palabra. Hubo otro que me penetró con fuerza mientras dos más se turnaban en mi boca, y en algún momento el hombre que había llegado primero ya no estaba y en su lugar había uno al que no había visto llegar, más joven, más nervioso, pero igualmente decidido. El espacio era pequeño y el tiempo se desintegraba cuando uno tenía los sentidos ocupados en todas las direcciones al mismo tiempo.

Fui el centro de ese pasillo durante más de cuarenta minutos.

Me dejé llevar sin resistencia. Era eso exactamente lo que buscaba: entregarme sin condiciones a lo que viniera, sin tener que pensar ni administrar. Solo recibir, absorber, responder. Fui pasivo en el sentido más completo de la palabra, y lo disfruté con la misma intensidad que si lo hubiera planeado durante semanas. Cada hombre que entraba me tomaba como si fuera suyo por ese rato, y yo se lo permitía, y eso era suficiente para los dos.

Poco a poco el tráfico fue bajando. Los hombres se marchaban de la misma manera silenciosa en que habían llegado. Quedé solo en la cama angosta, con la espalda húmeda, el cuerpo pesado y una satisfacción profunda que empezaba desde los hombros y llegaba hasta los pies.

Entonces escuché que la puerta se cerraba del todo.

Me di vuelta. El hombre que había cerrado era uno que había pasado antes por el pasillo pero que no había participado de la primera ronda. Tendría cincuenta años, el pelo corto con canas en las sienes, la complexión de alguien que había trabajado con el cuerpo durante años. Había una calma específica en su manera de moverse que contrastaba con la urgencia de todos los anteriores. Se sentó en el borde de la cama y me miró en silencio durante un momento largo, como si estuviera evaluando algo que todavía no había decidido.

—Escuché cosas buenas —dijo finalmente.

—¿Sí? —respondí.

—Todos hablan muy bien de vos. Quería comprobarlo.

No contesté. Me senté en el borde junto a él y esperé.

Lo que vino después fue diferente a todo lo anterior. Los otros habían sido urgentes, directos, eficientes en su manera. Este hombre tenía otra cosa. Tomó su tiempo para limpiarme la espalda con la toalla, para acomodarme en el borde de la cama, para indicarme con gestos exactamente cómo quería que lo tocara y cómo quería que lo tomara con la boca. No era agresivo. No alzaba la voz. Pero tampoco pedía: ordenaba con una suavidad que tenía más autoridad que cualquier tono elevado.

Me puso de rodillas en la cama y trabajó con sus manos de una manera que alternaba entre la calma y algo que no tenía otro nombre que dominio. Intentó algo que no había esperado —quería introducir la mano completa— y cuando vio que no era posible lo aceptó sin insistir, sin frustración visible. Siguió probando otras cosas, pasando por distintas posiciones con la metódica determinación de alguien que sabe exactamente lo que busca y sabe también cómo buscarlo.

Hacíamos ruido. Cada vez que empujaba, yo dejaba escapar un sonido que no podía controlar, un gemido que salía antes de que pudiera decidir si quería que saliera. Él respondía con un sonido corto y apretado que sonaba más a satisfacción que a placer. En un momento me presionó contra la cama y me susurró algo al oído que no era una frase completa sino más bien una instrucción de una sola palabra.

Obedecí.

Después me arrodilló en el suelo frente a él. Me tomó de la nuca con cuidado y me miró desde arriba, sin apuro, esperando que yo también lo mirara.

—No tenés que tragar —dijo—. Pero sí tenés que recibir.

Entendí lo que venía. Abrí la boca.

Fue una cantidad pequeña, caliente, inesperadamente tolerable. Lo que cayó por mi cara y mi pecho se mezcló con el sudor y la humedad del ambiente. Lo que llegó directamente a mi garganta lo tragué sin pensarlo demasiado, porque en ese punto ya no había espacio mental para pensar: solo espacio para recibir, para dejar que ese hombre hiciera con mi cuerpo exactamente lo que había venido a hacer.

—Bien —dijo solamente.

Me levantó del suelo, me acomodó de espaldas en la cama, levantó mis piernas y me penetró de nuevo. Esta vez fue más lento, más sostenido, con una concentración diferente, como si hubiera llegado el momento de tomarse en serio lo que los anteriores habían hecho a las apuradas. Duró diez minutos, quizás un poco más. Cuando terminó lo hizo adentro, y cuando se retiró y yo me incorporé un poco, sentí el calor deslizándose por la parte interna del muslo.

Se puso la toalla en la cintura. Me dio una palmada suave en el hombro, como si clausurara algo.

—El viernes que viene, volvé —dijo.

Y salió.

***

Me quedé quieto unos minutos mirando el techo bajo de la habitación. El cuerpo tenía ese peso específico que solo aparece cuando uno ha usado todo lo que tenía y no guarda ninguna reserva. Me levanté, me envolví en la toalla y fui a las duchas.

El agua caliente tardó en convencerme de que todo había sido real, pero lo convenció. Me enjuagué despacio, me sequé con cuidado y busqué uno de los privados pequeños que algunos usaban para descansar entre una cosa y otra. Me acosté boca arriba con la toalla encima y cerré los ojos.

Dormí casi media hora. Cuando salí, las instalaciones estaban más silenciosas. El viernes de seis a nueve había llegado a su fin.

En el vestuario, mientras terminaba de vestirme, el encargado pasó cerca con un montón de toallas limpias bajo el brazo.

—Parece que la pasaste bien esta tarde —dijo sin detenerse.

—¿Eso parece? —respondí.

—El suspensorio hizo estragos. —Se detuvo un segundo y esbozó una sonrisa discreta. —Me alegra. Eso le hace bien al ambiente.

Salí a la calle. El aire de afuera era fresco y olía a asfalto mojado. Caminé despacio hacia la parada con ese cansancio exacto que solo tiene el cuerpo cuando ha dado todo lo que tenía para dar.

No me arrepentí de haber ido ese viernes.

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Comentarios (4)

Pipe_rdp

Tremendo relato, me dejó sin palabras. Se nota que lo viviste de verdad.

NachoBCN

excelente!!! sigue escribiendo por favor

Tomas_cba

Lo leí de un tirón y no pude parar hasta el final. Ese ambiente que describís te mete de lleno en la historia, muy bien narrado. Ojalá haya mas!!

fercho_lee

Se hizo cortisimo jaja quede con ganas de mas

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