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Relatos Ardientes

Me depilé entero y nadie me avisó de esto

Todo empezó de la manera más banal del mundo: en las duchas del gimnasio. No fue algo que busqué, ni una revelación que llegara envuelta en dramatismo. Fue simplemente observación. Llevaba meses yendo tres veces por semana al mismo gimnasio del barrio, y en los vestuarios era inevitable cruzarte con otros hombres. La mayoría de los que llevaban tiempo entrenando en serio tenían el cuerpo depilado: el pecho liso, el pubis limpio, los glúteos sin un pelo a la vista. Se movían por el espacio con comodidad en su propia piel, sin que aquello les pareciera nada del otro mundo. Yo, en cambio, tenía el cuerpo de alguien que nunca había pensado demasiado en esos detalles.

Tenía veintisiete años entonces. Medía metro ochenta y algo, era delgado sin ser flaco, con hombros que empezaban a tener forma gracias a los últimos meses de esfuerzo. No tenía complejos especialmente marcados con mi cuerpo, pero la comparación cotidiana empieza a hacer su trabajo de manera silenciosa. No me decía que había algo malo en mí. Me decía que había algo que podía cambiar. Algo menor, algo sin importancia. Solo un detalle estético.

La primera decisión fue la más obvia: afeitar. Compré una máquina de tres hojas, espuma de afeitar y me encerré en el baño un sábado por la tarde. El resultado no estaba mal. La zona del pubis quedó limpia, los glúteos también. Me gustó lo que vi. El problema llegó a los tres días, cuando la piel empezó a picar de una manera que no había anticipado y los pelos nuevos salían como agujas. Al cabo de dos semanas volví a estar donde había empezado, pero con más irritación y menos paciencia.

Probé con crema depilatoria. La compré en una farmacia con la misma incomodidad discreta con que uno compra cosas que prefiere que no le vean comprar. Funcionaba mejor que la máquina: tardaba más en salir el pelo, y cuando salía era más suave. Pero tampoco era una solución definitiva. Seguía siendo algo que había que repetir cada semana, que dejaba la piel sensible y que nunca daba el resultado tan limpio como el que veía en el vestuario. Fue entonces cuando empecé a buscar lo que realmente buscaba: la cera, como la usaban las mujeres, como usaban los hombres que tenían esa piel lisa y pareja que yo empezaba a querer para mí.

«Depilación masculina con cera. Zona íntima. Discreción garantizada. Andrés.» Era un perfil sencillo en una plataforma de servicios locales. Foto de perfil en la que aparecía un hombre de unos cuarenta años con barba corta y expresión serena. Precio razonable. Las pocas reseñas que tenía eran discretas, breves y positivas. Le escribí preguntando por disponibilidad.

Respondió en menos de diez minutos. Me preguntó qué zona quería tratar. Le dije que los glúteos y el pubis, y que era mi primera vez con cera. Me explicó el proceso con brevedad y sin condescendencia: la temperatura, el tirón, el tiempo de recuperación, lo que debía hacer antes y después de la sesión. Nada de drama, nada de insinuaciones. Le di nombre para la reserva y quedamos el jueves siguiente a las siete de la tarde. Cuando cerré el chat tenía la sensación extraña de alguien que toma una decisión que ya había tomado antes de empezar a escribir.

El local estaba en el primer piso de un edificio sin letrero en una calle tranquila del centro. Para llegar había que pasar por una peluquería de señoras que ocupaba la planta baja. Subí las escaleras sin que nadie me mirara y llamé a la puerta que Andrés me había descrito. Abrió él mismo. Era como en la foto, quizás un poco más corpulento de lo que había imaginado. Rondaba los cuarenta y tantos, con manos grandes y voz tranquila. Llevaba una bata blanca de manga corta y olía a algo neutro y limpio que después aprendería a reconocer como la cera que usaba.

El espacio era pequeño y funcional: una camilla de espalda larga, una lámpara articulada, un carrito con tarros de cera a diferentes temperaturas, rollos de tiras de tela, una silla pegada a la pared. Sin música de fondo, sin decoración que distrajera. Nada superfluo. Me sentí raro durante aproximadamente veinte segundos, hasta que Andrés me habló con la misma naturalidad con que un médico explica un procedimiento rutinario.

—Zona íntima y glúteos, ¿correcto? —preguntó mientras preparaba el carrito.

—Sí.

—Perfecto. Quítate todo de la cintura para abajo. Hay una toalla ahí si quieres usarla. —Señaló el extremo de la camilla—. Te dejo un momento.

Salió y cerró la puerta. Me quedé solo durante treinta segundos. Me desnudé, doblé los pantalones sobre la silla y me senté en el borde de la camilla con la toalla sobre el regazo. El papel desechable crujía con cada movimiento. La habitación estaba en silencio.

Andrés volvió, comprobó la temperatura de la cera con el dorso de la muñeca y me indicó que me tumbara boca abajo.

—Empezamos por detrás —dijo—. La mayoría prefiere así la primera vez. Cuando hay que darse la vuelta ya saben lo que les espera.

La primera aplicación de cera en el glúteo izquierdo fue una sorpresa de temperatura antes que de dolor. Caliente pero no quemante, densa, con un peso que se extendía por la piel. El tirón llegó después: seco, rápido, concreto. Menos doloroso de lo que había imaginado. Andrés colocó la palma abierta sobre la zona durante tres segundos, y ese contacto firme sobre la piel que acababa de tirar era, de alguna manera difícil de nombrar, completamente diferente a cualquier otra cosa que hubiera sentido antes.

Trabajó con eficiencia, sin prisa pero sin demoras innecesarias. Tira a tira, avanzando hacia zonas cada vez más internas. A veces comentaba algo en voz baja: «Esto va muy bien», «Buen pelo para trabajar». Su mano izquierda siempre presente: sujetando la piel para tensarla antes del tirón, apaciguando el ardor después. Había algo hipnótico en ese ritmo, en esa alternancia entre calor y tensión y alivio. Yo tenía la barbilla apoyada sobre los brazos cruzados y los ojos cerrados.

Cuando llegó a la parte más interna, hizo una pausa breve.

—Para esta zona necesito que te pongas en cuatro —dijo—. Los músculos se abren solos y así puedo trabajar bien sin hacerte daño.

Me puse en cuatro sin pensarlo demasiado. Andrés siguió trabajando. En esa posición, los glúteos se separaban de manera natural, y yo era muy consciente de que entre mis rodillas y el carrito de cera no había ninguna distancia que llamar cómoda. Mis testículos quedaban a la vista. El pene colgando. Andrés no alteró ni el ritmo ni el tono de voz. Aplicó cera, tiró, presionó. Una tira, luego otra, luego otra más. Cada pasada un poco más cercana al centro.

—Bien —dijo cuando terminó—. Date la vuelta.

Me tumbé boca arriba. La toalla había quedado a un lado de la camilla y no la busqué. Andrés tomó el tarro de cera caliente y empezó con el pubis. Lo que siguió era un trabajo técnico que requería mover, tensar, separar con una mano lo que hubiera que separar para poder trabajar con la otra. Era eso exactamente. Pero mi cuerpo no procesaba las cosas de la misma manera que mi cabeza.

La erección llegó sin que yo tomara ninguna decisión al respecto.

Andrés no detuvo el movimiento. No cambió la expresión. Siguió aplicando la cera en la zona que quedaba, con la misma precisión metódica de antes. Cuando levantó los ojos por un momento y me encontró mirando el techo con el pecho en tensión, lo único que dijo fue:

—Pasa. No eres el primero.

Y siguió trabajando.

Tardó otros cuatro o cinco minutos en terminar. Los últimos tiros de cera los sentí casi sin dolor, porque había algo en esa habitación que había desplazado toda la atención hacia otro lugar. Cuando Andrés puso el tarro sobre el carrito y tomó una toallita para retirar los restos de cera, el ritmo de la sesión cambió sin que nada externo lo marcara.

La toallita se movió con lentitud sobre la zona que acababa de depilar. Más despacio de lo necesario para una limpieza. Sus dedos se detuvieron.

No dije nada. Él tampoco.

Lo que siguió fue pausado, deliberado, sin el tipo de urgencia que uno asocia con cosas que ocurren entre desconocidos. Sus manos conocían el cuerpo con la misma familiaridad técnica de antes, pero el propósito era completamente distinto. Yo tenía los brazos extendidos a los lados de la camilla y la vista fija en la lámpara apagada del techo. Había una tensión acumulada de semanas, quizás de más tiempo que eso, que encontraba allí de repente un cauce.

—Avísame —dijo en voz baja.

Lo avisé cuando ya era tarde para mucho aviso. Andrés se inclinó, y lo que siguió duró menos de un minuto pero tuvo la nitidez y el peso de las cosas que ocurren por primera vez y no se olvidan.

Después hubo silencio. El tipo de silencio que no pide disculpas ni explicaciones, que simplemente existe porque las dos personas que comparten una habitación necesitan un momento para ocupar sus propios cuerpos de nuevo.

—Date el tiempo que necesites —dijo, y salió cerrando la puerta sin ruido.

Me vestí despacio. Revisé mentalmente si había algo que debiera sentir con más urgencia: culpa, confusión, algo que reclamara explicación. No encontré ninguna de las dos. Lo que encontré fue más parecido a la claridad. A la sensación de que algo que había estado dando vueltas sin dirección había encontrado finalmente un lugar donde posarse.

***

Andrés volvió con una tarjeta pequeña de cartón donde solo figuraba su nombre y un número de teléfono.

—Por si quieres repetir la sesión. La cera dura entre tres y seis semanas, depende del pelo.

Pagué. Le di las gracias. Bajé las escaleras y atravesé la peluquería de señoras con el mismo paso con el que había subido. Las clientas seguían bajo sus secadores. La calle estaba exactamente igual que cuando la había dejado.

Guardé la tarjeta en el bolsillo de los pantalones.

Durante los tres años siguientes fui a ver a Andrés cada mes y medio, a veces cada dos meses cuando el trabajo se acumulaba. La depilación seguía siendo la razón oficial de cada visita. Algunas sesiones terminaron como aquella primera vez. Otras no. Nunca hablamos de lo que ocurría entre nosotros de manera directa, nunca le pusimos un nombre, nunca lo convertimos en algo que requiriera una conversación que ninguno de los dos parecía necesitar. Era lo que era, sin más peso del que elegíamos ponerle.

Lo que sí cambió, con el tiempo, fue algo más difícil de describir. Dejé de construirme explicaciones para lo que simplemente sentía. Dejé de preguntarme por qué miraba ciertas cosas en el vestuario del gimnasio. Aquella tarde en el primer piso de aquel edificio sin letrero no me transformó en otra persona. Solo me quitó algo que había estado cargando sin darme cuenta de que lo llevaba encima.

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Comentarios (6)

Julito_cba

jajaja el titulo me enganchó al toque, excelente!!

CarlosR_bsas

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de mas. Muy bueno!

MiguelBA23

Me recordó a una situacion parecida que me pasó hace tiempo... uno nunca sabe como terminan estas cosas jaja

Lautaro_noche

hay segunda parte? no puede quedar asi!! muy buen relato

DiegoNoche_ok

Muy bien escrito, se siente autentico. De los mejores que lei en esta categoria en mucho tiempo

NachoQ_lector

El titulo es genial, ya te ganó antes de empezar a leer. Y el relato no decepciona para nada, seguí así!

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