Lo que hizo mi primer amor en casa de mi amigo
Habíamos sido el primer amor el uno del otro. Diez años después ella volvía al pueblo, y yo aún no sabía que esa noche aprendería a odiar la sonrisa fácil de mi mejor amigo.
Habíamos sido el primer amor el uno del otro. Diez años después ella volvía al pueblo, y yo aún no sabía que esa noche aprendería a odiar la sonrisa fácil de mi mejor amigo.
La curiosidad de Bruno despertó algo en mí que ya no pude controlar: quería que mi entrenador me tocara de verdad, no solo en mis palabras.
Abrí la puerta a medio vestir, con el pelo revuelto y la cama todavía tibia. Él miró el cesto de mi ropa íntima antes de mirarme a mí, y yo no me molesté en taparme.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.
Ella me humilló por una videollamada y salí a beber hasta caerme. En la barra, dos tipos altos me sostuvieron del brazo y me ofrecieron un sitio más tranquilo.
Entré temblando en aquel piso a oscuras a esperar a un hombre al que jamás había visto. Lo que pasó esa tarde me marcó para el resto de mi vida.
Subí al dormitorio con un vaso de agua fresca y me lo encontré desnudo sobre la escalera. Carraspeé para avisar que estaba allí, pero él se giró sin prisa.
La libreta del fiado no daba para más, mi marido miraba la tele y el almacenero me miraba a mí desde el otro lado del mostrador con esos ojos azules que parecían desnudarme.
Me hice la borracha para que nos llevara a casa. No imaginé que ese sería el plan perfecto para terminar la noche de otra manera.
La oía discutir con su marido a través del patio. Esa noche llamó a mi puerta con una excusa de cartón y la bata medio abierta. Yo no sabía lo que venía.
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Bajé las persianas, me tumbé boca abajo en el colchón y cerré los ojos para una siesta corta. Cuando oí la puerta abrirse, fingí seguir dormido sin abrirlos.
«Solo es una paja», le prometió él. Pero el padre volvía esa misma noche y ellos seguían enredados entre las sábanas, sin poder ni querer parar.
Salí de aquella reunión con la sangre hirviendo. Esa noche no quería jugar suave: quería destruir a los dos chicos que me esperaban de rodillas en el colchón.
Llamé a un electricista por un trabajo en el tablero. Marisa estaba en Rosario, yo cumplía sesenta y dos años, y nunca había tocado a otro hombre.
A las tres de la madrugada le pregunté si quería besarme. Lo único que nos separaba era el sueño de la chica que dormía a un metro de la cama.
Subí al ascensor con las manos sudadas. Llevaba semanas hablando con él por internet, pero ahora estaba ahí, a tres pisos de saber si era capaz de hacerlo.
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Cuando le abrí la puerta a las diez de la mañana, no imaginaba que un favor con el iPhone terminaría con él gimiendo bocarriba en mi cama.
Cuando bajó del coche y todos los hombres del salón giraron la cabeza, entendí que esa noche mi esposa no era mía: era de quien se atreviera a mirarla.