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Relatos Ardientes

La segunda vez con Esteban también fue la última

Hay historias que uno carga durante años sin saber bien qué hacer con ellas. La mía con Esteban es una de esas, y este es el final, la segunda parte de algo que empezó cuando yo tenía treinta y tres años y él casi sesenta.

De la primera vez ya hablé en otro relato. Lo importante para entender esto es que, después de aquel encuentro, me alejé. No porque no me hubiera gustado —me había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir—, sino porque tenía miedo. Vergüenza, también. Vivía con una novia, trabajaba en una oficina, jugaba al fútbol los martes con los chicos del barrio. Nada en mi vida cuadraba con lo que había sentido la noche que entré en la casa de Esteban por primera vez.

Pasaron dos años. Dos años en los que borré su número tres veces y lo volví a anotar cuatro. Dos años de mensajes a las tres de la mañana que después no me animaba a mandar. De entrar en su perfil y salir antes de que apareciera el «en línea». De convencerme de que ya estaba, que había sido una experiencia aislada y nada más.

Hasta que un viernes de abril volvimos a hablar.

Fue algo simple. Le mandé una foto del parque al lado de mi casa, los árboles ya con las hojas amarillas, y un mensaje corto. «Me acordé de vos.» Tardó cuarenta minutos en responder. Cuando lo hizo, no me preguntó dónde había estado todo ese tiempo. Solo me dijo que también pensaba en mí, que su casa seguía siendo la misma, que si quería podía pasar el sábado.

Dije que sí antes de pensarlo.

***

La casa de Esteban quedaba en un barrio tranquilo de Rosario, una calle de árboles altos y veredas rotas. Llegué a las nueve de la noche, después de dar tres vueltas a la manzana para juntar valor. Toqué el timbre y enseguida me arrepentí. Quise irme. La puerta se abrió antes de que pudiera dar dos pasos hacia atrás.

—Ey. Pasá —dijo, y su voz fue exactamente como la recordaba.

Tenía más canas que la última vez. La barba bien recortada, una remera negra, jeans gastados, los pies descalzos. Me hizo un gesto con la cabeza para que entrara y cerró la puerta despacio, como si tuviera miedo de espantarme. No nos abrazamos. No nos saludamos con un beso. Hubo apenas una mano en mi hombro y un «qué bueno que viniste» dicho en voz baja.

Me ofreció una vuelta por la casa. La cocina, el patio interno con un limonero, el cuarto donde guardaba libros y discos. Yo iba detrás suyo asintiendo y mirando todo sin ver nada. Cada vez que se daba vuelta para señalarme algo, mi estómago se cerraba un poco más. No por miedo. Por anticipación.

—Vení, vamos al cuarto —dijo cuando terminamos el recorrido—. Acá está más cómodo para charlar.

El dormitorio era grande, con una ventana que daba al patio. Una lámpara baja en la mesa de luz, música a un volumen apenas audible —algo viejo, jazz, no reconocí al músico— y una cama amplia con un cobertor gris. Nos sentamos del mismo lado, los dos contra el respaldo, las piernas estiradas. Esteban me sirvió un fernet con coca en un vaso ancho y se sirvió otro para él.

Hablamos. De pavadas al principio, después de cosas más en serio. Le conté que había dejado a mi novia hacía ocho meses. Él me contó que su hermano se había enfermado y que estaba pensando en mudarse al sur a cuidarlo. Yo lo escuchaba y le miraba la boca, no podía evitarlo. Esa boca con la que dos años atrás había aprendido todo lo que sé.

—Te quedaste callado —me dijo, después de un rato.

—Estoy nervioso —admití.

—Yo también.

Se rio. Era una risa baja, casi para él mismo. Y entonces dejó el vaso en la mesa de luz, se acercó y me besó.

***

Con las mujeres yo siempre fui el activo, el que lleva, el que decide cuándo y cómo. Con Esteban era distinto. Apenas su boca tocó la mía, algo en mi cuerpo se acomodó solo, como si llevara dos años esperando justamente eso. Le devolví el beso con una urgencia que no había sentido nunca con nadie. Mis manos buscaron su nuca, su barba me raspó el mentón, sentí el sabor del fernet en su lengua.

Nos sacamos la ropa sin decirnos nada. Primero las remeras, después los pantalones. Él me ayudó con los botones del jean porque las manos me temblaban. Cuando estuvimos los dos desnudos, me quedé un segundo mirándolo, el cuerpo de un hombre de casi sesenta, no perfecto, no de revista, pero sólido, real, con vello en el pecho y una cicatriz vieja en el hombro derecho. Era el cuerpo más erótico que había visto en mi vida.

—Vení —dijo, y me agarró del brazo.

Me hizo arrodillar entre sus piernas y se la chupé sin que me lo pidiera. La tenía dura desde antes, gruesa, y yo me había olvidado de lo que era tener algo así en la boca. Lo hice con ganas, despacio al principio, después más profundo, sintiendo cómo le crecía la respiración. Esteban me agarró del pelo, no para forzarme, solo para guiarme. Le gustaba que lo mirara mientras se la chupaba. Yo lo miraba.

—Pará —me dijo, después de un rato—. Pará o se termina antes de empezar.

Me levantó y me hizo darme vuelta. Boca abajo en la cama, con dos almohadas debajo de la cadera para levantarme la cola. Sentí su mano abriéndome, sentí su lengua, y después el frío del lubricante. Apoyó los dientes detrás de mi nuca, me mordió suave el hombro y empezó a meterme un dedo.

—Avisame —dijo.

—Dale.

Un dedo, después dos. Yo respiraba contra la sábana, los puños cerrados, y de a poco mi cuerpo se acordó. Se acordó de la primera vez, dos años atrás, cuando Esteban me había enseñado que mi cola podía sentir cosas que yo no sabía que existían. Empujé un poco hacia atrás. Quería más.

—Metémela —le pedí.

***

Lo hizo despacio al principio. Apoyó la punta y empujó con paciencia, dejándome respirar entre cada centímetro. Yo sentía el ardor, ese ardor que no se parece a nada y que la primera vez me había asustado tanto. Ahora no. Ahora lo esperaba. Lo recibía. Cuando se la sentí entera, dejó de moverse y me besó la nuca.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Cogeme.

No le dije más. Esteban entendió la palabra como una autorización para todo. Empezó a moverse, primero con embestidas largas, profundas, después más rápido. Yo gemía contra la sábana, mordía la tela, sentía el peso de su cuerpo sobre la espalda. Era mucho más bruto que la primera vez. Me agarraba de la cintura, me clavaba los dedos, salía y volvía a entrar de una sola estocada. Por momentos el dolor era fuerte, demasiado fuerte. Me dolía la cola como si me estuviera rompiendo. Y cuando ya no aguantaba, le decía.

—Pará un segundo.

Frenaba. Esperaba. Me besaba el hombro, la nuca, me hablaba al oído. «Estás muy bien, te estás portando muy bien.» Yo respiraba, me acomodaba, y cuando el ardor bajaba un poco le decía que siguiera.

Volvía a empezar.

Esa noche aprendí que el dolor puede ser parte del placer si confiás en quien te lo está haciendo. Yo confiaba en Esteban. Confiaba tanto que en algún momento me cansé de pedirle que parara y le pedí lo contrario.

—Hasta el fondo —le dije—. No frenes.

No frenó. Me la metió entera, una y otra vez, hasta el fondo, hasta que yo perdí la cuenta y la noción y todo lo demás. Cuando acabó —dentro mío, después de un gemido grave que le salió desde el pecho— se quedó arriba de mí un buen rato, respirándome en el cuello. Yo tenía la cara empapada y no sabía si era de transpiración o de algo más. No quería moverme.

—Quedate —le dije.

—No me voy a ningún lado.

***

Dormimos juntos esa noche. Me desperté a las seis y media, con el cielo todavía oscuro, y lo miré dormir un rato largo. Le toqué la barba, el pelo gris, la cicatriz del hombro. Memoricé todo. No sé por qué, pero ya sabía que no iba a haber una tercera vez. Me lo decía algo adentro, una intuición que no podía explicar pero que estaba ahí, clarísima, mientras él respiraba pesado contra la almohada.

Cuando se despertó, desayunamos en la cocina. Café, tostadas, una mandarina pelada entre los dos. Hablamos poco. Antes de irme, en la puerta, me abrazó fuerte y me dijo al oído:

—Cuidate, pibe.

—Vos también.

No nos volvimos a ver. Tres meses después se mudó al sur, como me había dicho. Le escribí dos veces, me respondió con cariño pero corto. Después dejamos de escribirnos. Hace un año me enteré por un conocido en común que su hermano había muerto, y que él estaba viviendo solo en una casa cerca del mar. Pensé en escribirle. No lo hice.

Esteban me cambió. Por culpa de él —o gracias a él— ahora sé que me gustan los hombres tanto como las mujeres, y que hay una manera de coger y de que te cojan que solo existe entre dos tipos que se buscaron mucho antes de encontrarse. No salgo a buscar a nadie nuevo. No tengo apuro. Sé que está, en alguna parte, y eso me alcanza.

Saludos desde Rosario, Argentina.

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Comentarios (4)

NocturnoCba

que final... me dejo pensando toda la noche

NestoR_lector

Ojala haya una tercera parte aunque el titulo diga lo contrario jajaja. Muy bueno

RolandoMdz

me recordo a algo que me paso hace años con un amigo del secundario. Cosas que quedan abiertas y no se cierran nunca bien.

LauraNight

Muy emotivo para ser de esta categoria. Se nota que hay algo personal ahi. Saludos

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