Mi amigo hetero descubrió mis relatos y quiso probar
Eran las diez de la mañana cuando sonó el timbre. Yo estaba frente al ordenador, terminando de corregir uno de mis relatos, y por un instante consideré no levantarme. Después recordé la conversación del día anterior con Mateo en la cafetería: le habían regalado un iPhone nuevo y no tenía ni idea de cómo pasar los contactos desde su teléfono viejo. Le había prometido que lo haría yo. Bloqueé el teclado y fui a abrir.
—Buenos días —dijo desde el umbral, con la timidez de siempre.
—Hola, Mateo. Pasa.
Le dejé entrar y cerré la puerta. Tenía treinta años, era guapo de una manera limpia, casi adolescente, y un torpe absoluto con cualquier cosa que llevara batería. Por eso me caía bien: la gente que no presume me relaja.
—¿Trajiste los dos teléfonos?
—Sí, los dos. Yo solo conseguí pasar un contacto y casi me da algo.
Lo llevé a la habitación donde tengo el ordenador. Aparté el teclado para hacer sitio sobre la mesa y solo entonces me di cuenta de que la pantalla seguía encendida, con el documento de Word abierto a la vista. Cambié de ventana enseguida, pero al hacerlo se maximizó el navegador, y ahí estaba la página web donde publico, con mi perfil cargado en la pestaña principal. Para terminar de empeorarlo, Mateo ya había leído lo suficiente.
Se puso rojo hasta las orejas. Apartó la mirada del monitor y luego, con un esfuerzo, volvió a buscarla.
—¿Tú… escribes esto?
—Lo escribo, sí. Vivencias mías, sobre todo —dije sin darle la menor importancia—. A mis sesenta años he tenido relaciones de todo tipo, pero las que me siguen calentando son las que tengo con hombres.
—Pero… son de temas gay.
—Son de temas gay, sí. Y los publico porque me entretiene escribirlos y porque alguien al otro lado se la estará pajeando mientras los lee. Eso me halaga, qué quieres que te diga.
Soltó una risa nerviosa. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como si no supiera dónde más ponerlas.
—Después si quieres te paso la dirección de la web —añadí—. Pero vamos primero con lo tuyo.
Conecté su teléfono viejo, exporté los contactos, los sincronicé con su cuenta de Gmail y configuré el iPhone nuevo para que todo le llegara solo. No llevó ni quince minutos. Mientras le iba explicando dónde tocar para llamar o mandar un mensaje, le abrí Safari y, casi sin pensarlo, escribí la dirección de la página. Entré en mi perfil. La lista de relatos publicados ocupaba varias pantallas.
—Curiosea si quieres —le dije, y me fui a la cocina a por dos vasos de agua.
Cuando volví, estaba sentado en mi silla con el teléfono en la mano, los hombros encogidos y la respiración un poco más rápida. No levantó la cabeza. Le dejé el vaso al lado del ratón.
—Joder —murmuró, todavía sin mirarme—. Esto me está poniendo cachondo.
—No tienes que disculparte por eso.
—Yo soy hetero, ¿eh? —dijo, y la frase sonó más a pregunta que a afirmación—. Pero… joder.
—¿Lo que has leído es muy distinto a lo que te imaginas cuando te pones a fantasear?
Tardó en contestar.
—Es que parece real.
—Lo es. Algunos los adorno un poco, pero las cosas pasaron. ¿Tú nunca has tenido nada con otro hombre?
—Nada. No me llama.
—Y, sin embargo, mírate.
Le miré abiertamente el bulto del pantalón. Estaba marcando una línea inconfundible bajo la tela vaquera. Mateo se removió en la silla como si quisiera taparlo y se dio cuenta de que no había manera. Me acerqué un paso, le puse la mano por encima sin avisar y apreté apenas.
—¡Oh! —se le escapó, y se mordió el labio.
No se apartó. No protestó. Se quedó quieto, con la cabeza ligeramente girada hacia mí y la lengua pasando por los labios cada dos segundos. Mantuve la mano donde estaba, presionando con suavidad, sintiendo cómo la polla seguía endureciéndose contra mis dedos.
—¿Nunca te han chupado la polla? —le pregunté.
—Sí. Mujeres.
—Me refería a otro hombre.
Negó con la cabeza. Tragó saliva.
—¿Quieres probar?
Estuvo callado el tiempo justo para que yo pensara que iba a echarse atrás. Después, sin mirarme, dijo un sí casi inaudible.
Antes de que se arrepienta.
Me arrodillé entre sus piernas y le bajé la cremallera. El bóxer apenas contenía lo que había dentro. Le saqué la polla con cuidado: dura, tiesa, generosa, con el glande hinchado y la piel del prepucio todavía a medio bajar. Le aflojé el cinturón y, con un par de tirones, conseguí que el pantalón y el bóxer le quedaran amontonados a la altura de las rodillas.
—No te vayas a ningún lado —le dije, y me incliné.
Le pasé la punta de la lengua por el glande, despacio, como si estuviera probando algo nuevo. Mateo gimió y echó la cabeza hacia atrás. Le bajé del todo la piel del prepucio con la mano y empecé a chupar, sin prisa, alternando la lengua con los labios, recorriéndole la longitud entera para volver al glande y demorarme ahí. Tenía las manos sobre el reposabrazos, agarradas con fuerza, los nudillos blancos.
Después de un par de minutos, una de sus manos se posó sobre mi cabeza. No empujó. Solo me la dejó ahí, como si necesitara tocarme para creérselo.
Subí una mano por debajo de su camiseta. Era lampiño, tenía el abdomen plano y duro, y cuando le rocé los pezones todo el cuerpo se le sacudió. Sonreí con la polla todavía en la boca. Ahí tenía un punto que no se esperaba ni él.
Le levanté la camiseta hasta los hombros y le mordí un pezón. Soltó un chillido y la espalda se le escapó hacia arriba.
—Joder, joder, joder —repetía, como un mantra.
—Vamos a la cama —le dije—. Aquí no nos vamos a apañar.
Se levantó tambaleándose y se quitó las zapatillas, los pantalones, los calcetines, la camiseta. Yo me deshice del pijama en dos movimientos. Debajo no llevaba nada, porque duermo sin nada, y el pijama solo me lo pongo para abrir la puerta. Nos quedamos los dos frente a frente, desnudos, las dos pollas apuntando al techo. La suya, la verdad, no tenía nada que envidiar a la mía: unos buenos dieciocho centímetros que se veían más grandes todavía por lo lampiño que estaba a su alrededor.
Lo abracé por la cintura y volví a apoderarme de aquellos pezones que tan bien estaban respondiendo. Lo fui empujando hacia la cama hasta que cayó sentado y, de un suave envión, lo tumbé bocarriba.
***
Le recorrí el cuerpo con la lengua, descubriendo los lugares donde se retorcía sin control: los pezones, la curva de las orejas, la ingle. Cada vez que volvía a las orejas y se las mordisqueaba, se le escapaba un gemido que parecía sorprenderle a él mismo. Lo abracé fuerte y volví a bajar hasta su polla. Quería tenerla otra vez en la boca antes de pedirle nada más.
Le flexioné las piernas y se las separé con las manos. No protestó. Le chupé los testículos uno por uno, le mordí el perineo, y entonces le pasé la lengua por el ano.
El cuerpo entero se le levantó de la cama. Me apretó la cabeza con los muslos y soltó un chillido que duró más de lo que esperaba.
—Madre mía —jadeó—. Madre mía.
Le repetí la operación. Esta vez con más calma, con la punta de la lengua trazando círculos alrededor del esfínter. Cada pasada le hacía abrir más las piernas, como si su cuerpo entendiera antes que él lo que estaba pidiendo. Me humedecí un dedo con saliva y empecé a presionar la entrada. Cedió enseguida, sin un solo ruido de protesta.
—¿Te duele?
—No.
—Voy a meter otro.
Pegó un respingo cuando el segundo dedo entró, pero no se cerró. Aguantó. Empecé a moverlos despacio, abriéndolos un poco, y al cabo de un minuto ya estaba arqueando la pelvis para buscarme.
—Mateo —dije, sin parar—. Quiero metértela.
Tardó. Me miró desde abajo, con la cabeza apoyada en la almohada y el pelo pegado a la frente.
—Despacio.
—Despacio.
Le levanté las piernas hasta apoyárselas en los hombros. Me incliné sobre él y la postura le subió tanto las caderas que el culo se le abrió solo. Me unté el glande con saliva, lo pasé un par de veces por la entrada como si dibujara, y empujé.
Hubo un grito ahogado. Un crujido en su respiración. Yo me quedé quieto con la polla a medio enterrar, esperando.
—¿Sigo?
—Sí. Sigue.
Empujé hasta el fondo. Su cuerpo cedió completo y los huevos me chocaron contra su culo. Me quedé ahí, respirando sobre su cuello, sintiéndole los músculos del esfínter apretándome como si quisieran reconocerme.
—Ya está —le dije—. Ya la tienes dentro.
Empecé a moverme. Despacio, sin sacarla del todo, dejándole tiempo para acostumbrarse. Con una mano le rodeé la polla y le hice una paja al ritmo de mis embestidas. Mateo cerró los ojos. Empezó a gemir bajo, rítmico, con una nota nueva que no le había oído todavía: la de alguien que entiende, justo en ese momento, que esto le gusta más de lo que pensaba.
Subí la velocidad. Le solté la polla porque necesitaba las dos manos para sostenerle las caderas, y empecé a follármelo en serio. El sonido del choque, ese plof plof seco y húmedo a la vez, llenó la habitación. Mateo había dejado de hablar; solo jadeaba, con la boca abierta y los ojos apretados.
Aguanté lo que pude. Lo intenté.
—Me corro —avisé—. Me corro, joder.
Me corrí dentro, en chorros, con el cuerpo doblándose sobre el suyo. Mantuve la polla enterrada hasta el último espasmo. Después le volví a agarrar la suya y la pajeé rápido, con la palma resbalando por el preseminal que le caía hasta el ombligo.
—Me corro yo también —dijo, y se corrió enseguida.
Soltó cinco chorros largos que le llegaron al cuello y a la mejilla. Antes de que el último saliera, me incliné y me metí el glande en la boca para acabarlo ahí. Quería que se acordara de aquella mañana cada vez que pensara en lo que era hetero y lo que no.
***
Nos quedamos un rato sin hablar. Yo, todavía dentro de él. Él, con un brazo sobre los ojos. Cuando por fin recuperé la respiración, me retiré con cuidado, fui al baño y volví con una toalla húmeda. Le limpié el cuello, la cara, el pecho. Le pasé la toalla por el sexo. Se dejó hacer, con los párpados a media asta.
—¿Te ha gustado?
Tardó en contestar. Buscó las palabras como quien busca el cambio en el bolsillo.
—Más de lo que me esperaba.
—Más de lo que querías esperar, querrás decir.
Sonrió a medias. Se incorporó, se sentó al borde de la cama y empezó a buscar la ropa con la mirada. Le acerqué los calzoncillos.
—Tienes un cuerpo de escándalo y un culo todavía mejor —le dije, dándole una palmada en una nalga—. La próxima vez quiero probar la tuya.
—Puede ser. Ya veremos.
Lo dijo con la mirada todavía en el suelo, pero esbozó una sonrisa que no terminaba de disimular. Lo acompañé a la puerta con su iPhone nuevo en la mano y la lista de contactos sincronizada. Le di un abrazo de despedida que duró un par de segundos más de lo habitual.
Cuando cerré la puerta, volví a la habitación, abrí el Word y empecé a escribir lo que acababa de pasar. Estaba seguro de una cosa: tarde o temprano, mi amigo hetero iba a volver a llamar al timbre. El que prueba, casi siempre, repite.