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Relatos Ardientes

Mi primer maduro lo conocí en una aplicación

Esto pasó hace cosa de dos semanas y todavía me cuesta creer que lo esté contando en voz alta. Nunca fui el guapo del grupo, ni el que llamaba la atención en las clases. Siempre fui el que se sentaba al fondo del aula para que nadie le preguntara nada, el que inventaba excusas para no ir a las reuniones, el que se quedaba leyendo los sábados por la noche mientras los demás salían a tomar algo. Ese soy yo. Veintiún años, ningún beso, ningún roce, ninguna historia para contar.

Imaginen entonces que tampoco tengo pareja. Y la verdad es que durante mucho tiempo eso no me preocupó. Vivo solo en un estudio pequeño que me dejó mi tía cuando se mudó a la costa, estudio diseño gráfico a distancia y trabajo desde casa editando catálogos para una imprenta del barrio. Mi vida cabía en tres pantallas y una taza de café.

Hasta que una noche de jueves, aburrido y caliente, me puse a mirar videos de los que ya saben. Empecé con lo de siempre, lo predecible, lo que cualquiera ve. Pero el algoritmo es traicionero. Me sugirió uno donde aparecía un chico más o menos de mi edad y un señor que decía en cámara que tenía cuarenta y seis años. La primera reacción fue saltarlo. La segunda fue dejar el dedo quieto sobre la pantalla. La tercera fue mirarlo entero, dos veces, casi sin respirar.

Algo se me prendió esa noche. No era solo morbo. Era la idea concreta de que ese tipo de hombre, con manos grandes, con voz grave, con la calma del que ya sabe lo que está haciendo, me agarrara a mí. Que me llevara. Que no tuviera que actuar ni fingir experiencia. Esa fantasía se me quedó pegada al pecho durante días.

Prueba una app. Es eso o seguir mirando pantallas.

Como mis habilidades sociales empiezan y terminan en sonreír al panadero, abrir un perfil en una aplicación de citas era la única vía. Subí dos fotos, una en blanco y negro y otra de espaldas frente a un mural del centro, y escribí una bio honesta: «Tímido. Curioso. Aprendo rápido». Listo. Que el universo hiciera lo suyo.

Los primeros días fueron decepcionantes. Me llegaban likes de chicos de mi edad, de adolescentes recién pasados los dieciocho, de tipos que no me decían nada. Yo iba en busca de algo específico y nadie lo entendía. Pasaron cinco días así. Empezaba a pensar que la aplicación me iba a tirar siempre lo mismo.

Hasta que un martes me desperté tarde, abrí la app todavía en calzoncillos y vi el mensaje. Era de Mauricio, treinta y nueve años, ingeniero, ojos claros en la foto. Nada de torsos desnudos ni poses ensayadas. Solo decía:

—Hola. ¿Tomamos algo el sábado? Conozco un lugar tranquilo en el casco antiguo donde se puede charlar sin gritarse.

Lo leí tres veces. Le contesté que sí antes de pensarlo demasiado.

***

El sábado a las seis de la tarde me bajé del autobús en la plaza del centro y me quedé parado en la esquina, con las manos en los bolsillos, fingiendo que miraba el teléfono. Lo reconocí enseguida. Estaba sentado en uno de esos bancos de madera donde se acomodan los turistas, con una chaqueta de cuero gastada y el pelo un poco canoso en las sienes. Era más alto de lo que parecía en la foto.

—¿Eres Tomás? —preguntó, levantando la mirada.

—Sí —dije, y me odié por el temblor en la voz.

—Ven. Hay un bar a dos cuadras.

Caminamos sin tocarnos. Él hablaba con la naturalidad del que ya estuvo en mil citas. Me preguntó por la carrera, por mi familia, por los lugares en los que crecí. Yo respondía con monosílabos, asintiendo demasiado, riéndome de cosas que no eran tan graciosas. En el bar pidió dos cervezas artesanales y un plato de papas con queso fundido. Me dejó hablar a mí.

Después del bar paseamos por la feria. Me agarró del codo cuando casi me llevo por delante a una pareja con un perro. No me soltó hasta media cuadra más adelante. Entramos a una librería de viejo y se quedó mirando un libro de poesía mientras yo hojeaba uno de cuentos. Cuando salimos me llevó a una tienda de electrónica donde compró unos auriculares inalámbricos que «alguien va a necesitar», dijo, y me los puso en la palma de la mano.

—No hacía falta —empecé.

—Ya sé que no —me cortó—. Pero ahora puedes agradecérmelo de otra manera, si quieres.

Lo dijo cerca del oído, sin tocarme. Sentí que el calor me subía por el cuello.

—Conozco un sitio a tres cuadras —le contesté, y no me reconocí la voz.

Lo había investigado hacía meses, por las dudas. El motel El Sereno estaba sobre una calle interna, con una entrada discreta para coches y otra para los que íbamos a pie. Mauricio pagó la habitación en efectivo, sin pedirme nada. Subimos por una escalera con alfombra granate y olor a desinfectante de pino. Habitación catorce. Cerró la puerta con llave por dentro.

***

Me tiré de espaldas sobre la cama matrimonial, con la chaqueta todavía puesta, mirando el techo pintado de blanco. Estaba agotado de los nervios y de haber caminado toda la tarde con el cuerpo tenso. Él se sentó a mi lado, me sacó los zapatos uno por uno y después se inclinó.

—Date la vuelta —dijo en voz baja.

Me di la vuelta y apoyé la mejilla contra la colcha. Sentí sus manos pasarme por encima del pantalón, primero apenas, después con más peso. Me apretó las nalgas con las dos manos, sin apuro, como si estuviera midiendo algo. Yo cerré los ojos.

—¿Es tu primera vez? —preguntó.

—Sí.

—No te preocupes. Vamos despacio.

Me dio la vuelta de nuevo. Me desabrochó el cinturón con una sola mano, sin mirarme. Me bajó el pantalón hasta las rodillas y me dejó en bóxer, con la erección marcándose contra la tela. Pasó el pulgar por encima, despacio. No me la sacó. Todavía no.

Se incorporó y se desnudó él primero. Tenía el cuerpo de alguien que iba al gimnasio sin obsesión, con vello en el pecho y un par de tatuajes viejos en el antebrazo. Cuando se bajó el bóxer me quedé sin palabras. Era exactamente lo que había buscado en la pantalla durante semanas. Gruesa, larga, con las venas marcadas, y él la sostuvo a la altura de mi cara con una calma que me terminó de calentar.

—¿La quieres?

Asentí. Abrí la boca y la recibí. Me costó al principio, me atoré dos veces, pero él me puso la mano en la nuca con suavidad, marcándome el ritmo. Me dejaba salir cuando necesitaba respirar y me volvía a guiar después.

—Baja —me dijo después de un rato—. Chúpame primero los testículos.

Le hice caso. Me pasé un buen rato lamiéndolo ahí, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se le escapaba un gemido sordo cada vez que le pasaba la lengua de una manera particular. Me gustaba tener algo de control, aunque fuera ilusorio.

—Ponte a cuatro patas —ordenó al final.

Subí a la cama y me acomodé como me había pedido. Él me bajó el bóxer con un solo tirón y se quedó callado un momento. Después sentí el lubricante frío en la espalda baja.

—Veo que no aguantas más —dijo, con una sonrisa que se le notaba en la voz.

—Pídemelo otra vez y te lo suplico —le contesté, y me sorprendió cómo me había soltado en cuestión de minutos.

—Suplica.

—Por favor.

—Más.

—Por favor, métemela. No aguanto más.

Lo hizo de una sola embestida, sin pausas. Solté un gemido que rebotó contra la pared del baño. Me agarró de la cadera con las dos manos y empezó a moverse con un ritmo que ya conocía de memoria, fuerte para entrar, lento para salir, y otra vez fuerte. Yo apretaba la colcha entre los dedos y trataba de no pensar en nada.

Estuvimos así no sé cuánto tiempo. Diez minutos, veinte, no podría decirlo. En un momento paró, se inclinó sobre mi espalda y me susurró que se quería venir en mi boca. Me dio la vuelta otra vez, me hizo arrodillar en el suelo al costado de la cama y se la trabajó con la mano hasta terminar. Me cayó tibio en la lengua y en la barbilla. Tragué casi todo.

***

Después nos metimos juntos en la ducha. El baño tenía azulejos amarillos viejos y la presión del agua era una bendición. Me pasó las manos por la espalda mientras el agua nos caía encima. Me besó una vez en la sien, casi como un gesto de cariño, y otra vez en la boca, ya con más calma que con deseo.

Salimos. Nos secamos. Nos vestimos sin hablar mucho. Él me pasó una toalla limpia, miró su reloj y me dijo:

—Tengo el coche a la vuelta. ¿Te llevo a tu casa?

Acepté. Manejaba tranquilo, con una mano en la palanca y la otra en el volante. En el semáforo de la avenida me apoyó la palma en el muslo, sin apretar, solo dejándola ahí. No dijimos nada hasta que llegamos a mi cuadra.

—Cuando quieras volver a verme, me escribes —dijo antes de que abriera la puerta—. No es un favor. Lo digo en serio.

—Mañana —contesté, sin pensar.

Se rio. No de mí. Conmigo.

—Mañana entonces.

Bajé. Lo vi alejarse por el espejo de la entrada. Subí los tres pisos con las llaves en la mano y los auriculares nuevos en el bolsillo. Cuando llegué al departamento me senté en la cama todavía vestido, agarré el teléfono y le mandé un mensaje confirmando el día siguiente. Me contestó en menos de un minuto con la dirección de un apartamento en el otro extremo de la ciudad.

Así que mañana voy. Tengo la mochila preparada desde anoche. No sé si esto se va a convertir en algo más o si va a quedar en un par de encuentros y nada más. La verdad, hoy no me importa demasiado. Por primera vez en veintiún años siento que algo me pasa, que tengo una historia para contar aunque no se la cuente a nadie. Hago tiempo en silencio, escuchando música con los auriculares puestos.

Deséenme suerte.

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Comentarios (4)

Milo_22

buenisimo!!! quiero mas

NachoPam

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber qué pasó después

DiegoCba

Me trajo recuerdos de mis primeros encuentros... bien escrito, se siente real

LectoRealMdq

Y lo volviste a ver? eso es lo que quiero saber jaja

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