El hijo del encargado tocó mi puerta esa noche
La asamblea de propietarios de mediados de junio fue la más larga que recuerdo. Hubo que despedir al encargado anterior por una lista de descuidos que ya no se podían disimular, juntar un fondo común para gastos extraordinarios y contratar a alguien nuevo. Después de tres reuniones llegamos a Don Anselmo: un hombre de unos sesenta años, oriundo de un pueblo del norte de Salta, treinta años viviendo en Córdoba Capital, casado con una mujer amable y atenta que lo seguía a todos lados anotando lo que faltaba.
Tenían un hijo de veintitrés, bajito, de poco más de un metro sesenta, tez oscura y silencioso. Damián. Según contaron en la entrevista, era el primero de la familia en pisar una universidad. Estudiaba para contador y se notaba que sociabilizaba poco; las primeras semanas lo crucé un par de veces y apenas me devolvió el saludo.
El edificio es grande: cocheras sobre una calle, entrada sobre la otra, garita de seguridad y un patio interior con plantas. Mucho metro cuadrado para descuidar, y los vecinos veníamos atentos a ver cómo se acomodaban Don Anselmo y su mujer.
Un sábado a la tarde volví del gimnasio con la remera roja pegada al cuerpo, el short corto y el bolso cruzado. Vivo en el sexto piso. El ascensor frenó en el segundo y subió Damián con la bolsa del consorcio en una mano, la escoba en la otra y cara de pocos amigos.
—Buenas tardes —le dije, acomodándome el pelo en el espejo.
Me miró de arriba abajo. Mido un metro ochenta y pico y se notaba que le costaba la diferencia.
—Hola, buenas. ¿Usted sube?
—Al sexto. Vos vas al subsuelo, ¿no? Tocá rápido que llegamos.
Entré al departamento y me quedé un segundo pensándolo. Era flaquito, callado, con un aire frágil que no terminaba de cerrar con la cara de enojado.
***
Un par de semanas después, un domingo a la mañana, bajé a abrirle a Sebastián, un chongo con el que cada tanto me junto cuando anda por la zona. Veníamos de una noche entera y el chico se iba con cara de satisfecho y caminar raro. En la recepción estaba Damián jugando con el celular. Lo saludé y me devolvió el saludo sin levantar la vista. Cuando Sebastián se inclinó a darme un pico de despedida, Damián levantó los ojos justo en ese momento. Después clavó la mirada otra vez en la pantalla. Subí al ascensor con la sensación de que el chico se había llevado más información de la que esperaba.
***
El lunes a la mañana bajé temprano para llevar el auto al estudio. En el sexto me crucé con Damián, otra vez con la bolsa y la escoba.
—Buen día —le dije.
—Buen día, señor.
—Eh, eh. ¿Cómo «señor»? Todavía no llegué a los cuarenta. Doctor, si querés. O Martín.
—Ah, perdón. Pensé que era más grande.
Apreté el botón del subsuelo. Le pregunté por la carrera. Me dijo que estaba en tercero, que iba atrasado, que se distraía, que sus padres lo presionaban para que trabajara en el edificio porque la plata que le mandaban tenía que devolverla de alguna forma.
—Si me das permiso, hablo con ellos —le ofrecí, apoyándole la mano en el hombro—. Antes una sola persona se ocupaba del edificio. Ahora son dos. No hace falta una tercera, menos si estás en la facultad.
—Doctor, ¿usted es médico?
—No, abogado. Y ahora me voy. Vos concentrate en la carrera.
Esa misma tarde, al volver, me crucé con Don Anselmo en la planta principal y le planteé el tema. Me respondió con el orgullo del que tiene una doctrina cerrada: en su pueblo, cada uno se gana lo suyo con el sudor de la frente. Le contesté que el contrato era con él y su esposa, no con el chico, y que estábamos en una capital, no en un pueblo. Como abogado y miembro del consejo de propietarios, no quería volver a ver a Damián limpiando pasillos. Asintió de mala gana.
***
Por tres o cuatro días no lo vi. Después me lo crucé saliendo del subsuelo, hablando por celular pegado a una columna. Le toqué bocina y le hice señas para que se acercara al auto.
—No muy bien, doctor. Como ya no me dejan trabajar, me dan lo justo para la facultad. Me quedé sin crédito y me agarro al wifi de la plaza para hablar con mis amigos.
Saqué el celular y le pedí el número. Le mandé dos mil pesos por Mercado Pago para que tuviera datos.
—No, doctor, no sé cómo devolvérselos.
—No me devolvés nada. Aprovechalo y meté pilas a los estudios. Y si necesitás hablar con alguien, estoy en el sexto B.
Me agradeció con una cara que era más alivio que sorpresa. Pasaron unos días y le escribí por WhatsApp para saber cómo iba. Tardó en responder y, cuando lo hizo, ya no preguntó quién era. Me había agendado.
***
Unas semanas más tarde volvió a aparecer Sebastián. Cuando entraba al edificio nos cruzamos con Damián en la entrada. Lo saludé y noté que el chico se quedó mirando un rato largo a Sebastián antes de irse.
Al domingo siguiente, mientras me duchaba y Sebastián todavía dormía, tocaron timbre. Eran las nueve y media de la mañana. Me sequé rápido, me envolví en la toalla y miré por la mirilla. Vi una coronilla y poco más. Abrí despacio.
—¿Sí…? Ah, Damián. ¿Pasó algo?
—Perdone, doctor. Le mandé mensaje y no me contestó.
—No miré el celular. ¿Qué necesitás? —hablaba bajo para no despertar a Sebastián.
—Quería saber si conoce a alguien que dé clases particulares de matemáticas.
Abrí la puerta apenas más, todavía cubierto solo con la toalla. Damián se quedó congelado con los ojos fijos en mi cuerpo.
—Doctor, qué cuerpo… Perdón, pero hombres así sólo vi en la tele.
—Gracias —le dije, riéndome—. Después te contesto el mensaje. Ahora me cambio.
***
Más tarde, al despedir a Sebastián en la recepción, Damián seguía sentado con el celular en la mesa de la entrada.
—¿Es su novio?
—No. Digamos que un amigo con derechos.
—¿Usted es de esos hombres que salen con hombres?
—Soy gay, sí. Y él también.
—Ah.
Se quedó pensando un rato, mirando el piso. Después largó lo que se le venía encimando hacía semanas. Que desde que me había conocido se sentía raro. Que en su pueblo, en Salta, había tenido un chico con el que se veía a escondidas en las fiestas de fin de año, cuando viajaba con sus padres. Que con él había dejado de ser virgen. Que aquel chico era el activo y él el pasivo, y que lo había querido mucho hasta que el otro se puso de novio con una chica del pueblo y dejaron de verse.
—Lamento escucharlo. A muchos pibes del interior les pasa lo mismo cuando llegan acá. Vos tenés que salir más, conocer gente del ambiente de tu edad.
—¿Y usted no tiene amigos así?
—Todos son grandes para vos. Buscá en la facultad.
Me dijo que era una pena, que yo le parecía muy atractivo. Le agradecí y subí al departamento. El chico me tenía ganas. Y a mí me empezaba a tirar la idea, pero la cercanía con sus padres me mantenía las distancias.
***
Pasó un par de semanas hasta que hubo novedad. Llegando del estudio una tarde, encontré a media docena de vecinos amontonados en la recepción, hablando fuerte con Don Anselmo y su mujer. Dejé el auto en la cochera y subí por la escalera.
—¿Qué pasa?
La vecina del segundo, una señora que vive ofendida por algo, soltó la historia con los ojos brillándole. Había bajado con unas cajas al cuarto de reciclaje y se había encontrado a Damián en el descanso de las escaleras teniendo sexo con otro chico.
—¿Y a vos qué te parece? —me dijo, como si esperara que la acompañara en el escándalo.
—Que son cosas de chicos. Está mal el lugar, sí. Pero hablen con él tranquilos, despacio. A lo mejor les quiere contar algo que no se anima.
—¡¿No escuchaste lo que dije?!
—Escuché. De la misma forma que el año pasado todos escuchamos lo del encargado anterior con la del octavo en el cuarto de máquinas, y nadie hizo escándalo. Tardamos meses en echarlo, y lo echamos por descuidado, no por eso.
Don Anselmo tenía la mandíbula apretada.
—Mi hijo no tiene nada que descubrir. Mi hijo es un hombre.
—Es un hombre al que le gustan los hombres. ¿Cuál es el problema? ¿Sabe cuántos pibes del interior vienen a Córdoba a respirar fuera del ambiente sofocante de su casa?
Otra vecina, más razonable, dijo que ya estaba, que si no se repetía no había de qué hablar más. La del segundo se fue mascullando algo sobre «putos» que terminé cortando en seco.
—Vecina, cuide las palabras o se va a comer una denuncia por discriminación. Ya está. Los padres hablarán con él en privado.
La madre de Damián me agradeció en voz baja antes de subir.
***
Esa noche le escribí. Me contestó al día siguiente desde la facultad. Sus padres se sentían decepcionados, esperaban nietos de su único hijo, sentían que se había aprovechado del trabajo y del edificio. Que estaba bien, que sólo me escribía para agradecerme la buena onda.
Le respondí que no estaba solo, que cualquier cosa contara conmigo.
El martes a la noche, mientras preparaba la cena, tocaron timbre. Los martes los padres iban a la iglesia. Abrí y era Damián, con los ojos hinchados.
—Pasá. Esperame un segundo que apago la hornalla.
Volví y lo encontré parado en el medio del living, sin saber qué hacer con las manos. Le pregunté qué le pasaba y largó todo: su amigo de Salta, el del pueblo, le había contado por mensaje que en unos meses iba a ser padre. Para Damián era la confirmación final de que no había vuelta atrás. Soltó dos lágrimas chiquitas y yo lo abracé sin pensarlo.
Apenas me llegaba a la altura del pecho. Me apretó la cintura con los dos brazos delgados y se quedó así, agradeciéndome por escucharlo. Me senté en el apoyabrazos del sillón para quedar más a su altura. Lo abracé otra vez, le di un beso en la frente, y cuando él corrió la cara para devolverme un beso en la mejilla, le sostuve la cara con las dos manos y lo besé en la boca.
Se quedó paralizado un segundo. Lo besé otra vez. Esta vez me respondió. Subió los brazos a mi cuello y nos besamos con la urgencia de algo que llevaba semanas guardado.
Me acarició el pecho por encima de la chomba. Se la saqué. Le saqué la remera. Cuerpo flaquito, lampiño, oscuro, las costillas marcadas. Le pedí que me chupara los pezones y bajó la cara como si fuera lo único que importaba en ese momento. Le acaricié la cabeza mientras sentía la lengua en mi piel.
Le bajé las manos a la cola, le apreté las nalgas y él me bajó la suya al bulto del pantalón. Apretó por encima de la tela y se sobresaltó.
—Doctor, no. Esto es enorme. No voy a poder.
—Shh. Yo te ayudo.
Le bajé el pantalón. Slip gris, desgastado. Se lo bajé, lo di vuelta y le miré el culo. Chiquito, redondo, casi sin vello, recién bañado. Le mordí una nalga y se retorció.
—Si eso te gusta, esperá.
Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua desde la base de los huevos hasta donde nacía la espalda. Empezó a gemir y a apretar la cara contra el respaldo del sillón. Lo cogí con la lengua un rato largo, sintiendo cómo se aflojaba.
—Sí, doctor, soy suyo.
Lo di vuelta, lo besé y le empujé el hombro para que bajara. Se arrodilló, me bajó el slip y se quedó mirándome la pija con cara de no saber por dónde empezar. La amasó con la mano, la olió, me la masturbó un par de veces antes de metérsela en la boca. La sacó enseguida.
—Huele rico, doctor. Pero nunca vi una así.
—Despacio. Sin dientes.
Probó un rato. Le costaba. Cada tanto los dientes me rozaban y se ahogaba al intentar más. Iba a tener que enseñarle de a poco. Lo levanté del piso, me lo cargué en brazos un segundo y lo llevé a la habitación.
Lo puse boca abajo sobre la cama. Le abrí las piernas y volví con la lengua. Apretó las sábanas con los puños y se tapó la cara con la almohada para no gritar. Cuando lo sentí relajado del todo, me incorporé, abrí el cajón de la mesa de luz y saqué el lubricante.
Al verme parado al lado de la cama, con la pija marcada y dura, me pidió que fuera suave.
—Tranquilo. ¿Cómo querés empezar?
—Arriba suyo. Yo manejo.
Me unté bien y le puse bastante a él. Me acosté. Se subió encima, apoyando las manos en mis pectorales como si fueran un manubrio. Le pedí que se tomara su tiempo. Apoyó la punta en la entrada y se quedó quieto. Bajó un milímetro y se quejó.
—Apoyá los pies. Sentate, despacio. Yo te sostengo.
Le agarré las nalgas y empecé a moverme apenas. Tenía cara de dolor, las manos clavadas en mi pecho. Le besé el cuello, le dije que aflojara la respiración, y cuando se distrajo con el beso ya tenía la mitad adentro. Le sonreí.
—¿Ves? Aflojate y entra solo.
—Es enorme, doctor. Me siento excitado y dolorido al mismo tiempo.
Lo agarré de la cintura y empecé a marcar el ritmo, despacio, buscando que se acomodara. Tomó la almohada y se la metió en la boca para amortiguar los gemidos. Cuando lo sentí más cómodo, lo abracé fuerte y giré, quedando yo arriba.
—Despacio —pidió.
Le levanté las piernas, se las apoyé en el pecho y aceleré las embestidas. Me apretaba la cintura con las dos manos como pidiéndome que parara, pero no tenía fuerza para frenarme. Le saqué la almohada de la cara y me incliné a besarlo. Me devolvió el beso con una ternura rara para el momento.
Lo levanté otra vez y le pedí que se pusiera en cuatro. Cuando saqué la pija vi sangre. Lo mandé al baño, me lavé yo también. Se asustó.
—Tranquilo, es normal la primera vez con alguien nuevo.
Le puse una crema hidratante apropiada y volví a lubricar. Lo apoyé sobre el vanitory del baño, con el culo a la altura justa, y empecé de nuevo. Tirado contra la bacha, se tapaba la boca con la mano. Aceleré. Las lágrimas le caían y él se aguantaba como si no quisiera que parara. Empecé a gemir más fuerte y a respirar agitado.
—Voy a acabar. ¿Salgo?
—No. Seguí.
Una embestida más y exploté adentro. Me quedé colgado sobre su espalda, sin fuerza, escuchándolo pedirme que no saliera. Esperé hasta que la pija empezó a aflojarse. Apenas salí, un hilo de leche le corrió por la pierna como si hubieran pasado cinco hombres por ahí.
—Es la primera vez que me pasa esto. Me siento raro.
Lo besé y le dije que se metiera tranquilo a la ducha. Se duchó largo. Cuando salió, le pasé crema, le dije que tomara un antiinflamatorio si le dolía, que al otro día iba a estar bien. Se quedó mirándome en el espejo del baño.
—No puedo creer lo que pasó. Si lo cuento no me creen.
—Por ahora no cuentes nada. A tus amigos si querés, sí. A tu familia, nada.
—A mi familia nada. ¿Podemos repetir?
—Obvio. Pero esa colita necesita descanso. Si la apurás, durante un mes no vas a poder hacer nada con nadie.
Se vistió todavía con las manos temblándole, me abrazó y se fue.
A la semana siguiente volvió a tocar el timbre un martes a la noche, mientras sus padres rezaban a tres cuadras. Cuando me agradeció después, me dijo que sentía que se había sacado un peso de encima. El peso, en realidad, no era la culpa. Era todo lo que no había podido decir antes.