Lo que pasó cuando el pintor se quitó el mono
Aquel sobre azul claro apareció en el buzón un jueves por la tarde, perdido entre el correo basura de siempre. Lo abrí mientras subía en el ascensor, sin esperar gran cosa. Era una tarjeta sencilla, impresa en cartulina blanca: «Pintor de confianza. Trabajos limpios y económicos. Teléfono…». Nada más. La guardé en la mesilla del recibidor y casi me olvido de ella.
El invierno había sido largo y húmedo, y las paredes de mi casa lo notaban. Manchas de humedad en las esquinas, cercos grises en el techo del salón, una mancha amarillenta sobre la cocina que ya parecía parte de la decoración. Junio empezó con días sofocantes y yo seguía dándole vueltas a lo de la pintura. Una mañana, mientras desayunaba, la tarjeta volvió a mis manos.
Marqué el número.
—¿Diga? —respondió una voz grave, de hombre maduro.
—Buenas. Encontré su tarjeta en mi buzón. Quería pedirle un presupuesto.
—Tendría que ver el trabajo, así no se equivoca uno con los precios. ¿Le viene bien el sábado a las diez?
—Perfecto.
Le dicté la dirección y colgué con una sensación extraña, como si hubiera dado un paso que no terminaba de entender. No era para tanto, claro. Solo un presupuesto.
El sábado, a las diez menos cinco, sonó el telefonillo. Abrí el portal y bajé hasta el rellano. Cuando subió por las escaleras vi a un hombre corpulento, de unos cincuenta y tantos, con el pelo entrecano y unas manos enormes. Vestía una camisa gris remangada hasta el codo y unos pantalones de trabajo gastados.
—Soy Ricardo, el pintor.
—Mucho gusto. Pase, por favor.
Le tendí la mano y la suya envolvió la mía como si fuera la de un niño. Olía a colonia barata y a tabaco. Nada del otro mundo, pero algo en su manera de mirar —directa, sin disimulo— me hizo sentir que ya estaba en una conversación más larga de lo que parecía.
Recorrimos la casa habitación por habitación. Iba anotando en una libreta pequeña, comentando los desperfectos con voz tranquila.
—Los dos dormitorios, el salón y la cocina. El pasillo y la entrada solo necesitan unos repasos puntuales. Materiales incluidos, le sale por novecientos cincuenta.
—Me parece razonable.
—Le aviso que tendrá que esperar a primeros de agosto. Trabajo en una empresa entre semana y solo cojo las vacaciones en agosto. Los fines de semana hago chapuzas pequeñas, pero una casa entera me lleva más días.
—Entendido. A primeros de agosto, entonces.
Nos estrechamos la mano otra vez. Esta vez se demoró un par de segundos más de lo necesario. O eso quise creer.
***
Cuando faltaban tres días para agosto empecé a preparar la casa. Bajé los cuadros, descolgué las cortinas, cubrí las lámparas con bolsas de plástico y amontoné los muebles en el centro de cada habitación, tapados con sábanas viejas. Me trasladé a dormir al cuartito que tengo sobre el garaje, una especie de altillo que en verano uso porque corre el aire y se duerme mejor.
El último día de julio, jueves por la tarde, sonó el teléfono.
—El lunes a las nueve estaré por allí. ¿Le viene bien?
—Le espero.
Esa noche no dormí del todo bien. Me decía a mí mismo que era ansiedad por las molestias, por tener a un desconocido en casa toda una semana. Pero sabía perfectamente que no era eso. Era la forma en que su mano se había quedado en la mía más tiempo del necesario. Era la mirada del sábado cuando salió por la puerta.
El lunes, a las nueve en punto, sonó el timbre. Bajé a abrirle. Llegaba con un mono blanco impecable, una escalera plegable al hombro y una bolsa de tela colgada del otro brazo.
—Buenos días. Voy a por el resto. He aparcado un poco lejos.
—Tómese su tiempo.
Subió y bajó tres veces más, cargando cubos de pintura, brochas envueltas en papel y un par de espátulas de mango azul. Cuando terminó de instalar el equipo en el dormitorio principal, asomó la cabeza por el rellano.
—Ha dejado todo muy bien preparado. Voy a cerrar la puerta para que no salga polvo y abriré la ventana de par en par. Si necesita algo, dígamelo.
—Estaré abajo, en el patio.
Cerró la puerta. Me senté bajo el toldo con un libro que no conseguía leer. El raspado de la espátula contra la pared se mezclaba con el zumbido lejano del aire acondicionado de algún vecino. A eso de las doce, el calor empezó a hacerse insoportable. El termómetro del patio marcaba treinta y cuatro grados.
Me serví un vaso de agua y subí. Pensé que él también querría algo fresco.
Llamé suavemente a la puerta y entré sin esperar respuesta.
Me quedé clavado en el umbral.
Ricardo se había bajado la parte superior del mono y la llevaba atada a la cintura. El torso, ancho y velludo, brillaba por el sudor. Tenía vello gris en el pecho, más oscuro en el bajo vientre. Me sonrió como si nada.
—Me he puesto un poco cómodo, hace mucho calor aquí dentro. ¿Le molesta?
—No, no, faltaría más —tartamudeé—. Justo venía a ofrecerle algo de beber. ¿Un refresco?
—Si no es molestia, agua fresca. Por la mañana solo tomo agua.
—Le subo un termo.
Me di la vuelta, pero antes de cerrar la puerta él añadió, sin levantar la voz:
—Si no le importa, voy a quitarme también el mono. Total, aquí no hay nadie y este calor es de mil demonios.
—Como esté más cómodo.
Bajé las escaleras con el corazón retumbando. Llené un termo con hielo y agua, cogí un vaso ancho y volví a subir. Esta vez no llamé. Empujé la puerta y entré.
Estaba sobre la escalera, de espaldas a la entrada, completamente desnudo. Tenía una pierna apoyada en un escalón más alto que la otra y el peso le caía sobre el muslo izquierdo. Desde donde yo estaba se veía todo: la espalda ancha bañada en sudor, las nalgas firmes para un hombre de su edad, y entre las piernas, asomando, lo que parecía no caber en ningún cuerpo humano.
El miembro le colgaba flácido entre dos testículos enormes. Yo no había visto nada parecido en mi vida. Me quedé sin habla, con el termo en una mano y el vaso en la otra.
Carraspeé.
Él se giró sin prisa, como si estuviera vestido. Sus genitales quedaron justo a la altura de mi cara.
—Le he traído el agua —dije, intentando sonar casual.
—Está fresquita —contestó rozándome la mano con la suya—. ¿Quiere que me ponga algo? Le veo cortado.
—No, no… como prefiera usted.
Le tendí el vaso. Lo aceptó sin moverse del último escalón.
Me di la vuelta para irme. Di dos pasos. Y entonces, sin pensarlo del todo, giré sobre mis talones, volví hacia él y le pasé la mano abierta por encima de los testículos. Estaba bebiendo agua y dejó de hacerlo en seco. Bajó de la escalera con un solo movimiento, dejó el vaso en el suelo y me besó en la boca.
Su lengua era espesa, decidida. Buscó la mía y jugueteó con ella mientras yo le seguía sopesando con la mano lo que tenía entre las piernas. Era pesado, caliente, con esa textura áspera de la piel curtida. Olía a sudor limpio y a algo que no sabría definir, pero que me puso duro en cuestión de segundos.
Se separó unos centímetros, sin soltarme.
—Hay que trabajar, por muy bueno que esté esto. Primero la obligación.
Me dejó allí, con la respiración entrecortada, y volvió a subirse a la escalera como si nada hubiera ocurrido.
***
Bajé al cuarto de baño con las manos temblando. Me apoyé en el lavabo y miré mi reflejo. Tenía las mejillas rojas, los labios algo hinchados. Me bajé el pantalón y me masturbé sin paciencia, escuchando los pasos y el roce de la brocha sobre el techo del piso de arriba. Cuando me corrí, lo hice mordiéndome el dorso de la mano para no hacer ruido.
No puedes volver a subir. Déjalo en paz. Que trabaje.
Me cambié de ropa. Me puse una camiseta de tirantes blanca y un pantalón corto, sin nada debajo. Esperé. Releí dos veces la misma página de un libro que ya no recuerdo. A las dos menos cuarto subí otra vez.
Entré sin llamar.
Seguía desnudo. Ahora pintaba las esquinas con un pincel pequeño, agachado sobre el zócalo. Cuando me oyó, se incorporó.
—¿Ya repuesto? —preguntó con una sonrisa ladeada.
—¿A qué hora suele comer?
—En un rato. ¿Por qué?
No contesté. Me acerqué y lo abracé por la cintura. Él me respondió pasándome los brazos por encima de los hombros. Le besé el cuello, la clavícula, el pecho. Bajé despacio. Me arrodillé delante de él y cogí su miembro con las dos manos. Ya no estaba flácido. Tampoco estaba completamente erecto, pero el peso era el mismo.
Empecé a lamerle el glande con la punta de la lengua, dibujando círculos lentos. Él me acariciaba la nuca con una mano y con la otra se sujetaba al marco de la ventana. Fui metiéndolo en mi boca poco a poco, centímetro a centímetro. Era demasiado, lo sabía, pero quería intentarlo. Cuando llegué al fondo, una arcada me sacudió la garganta. Él lo notó y retrocedió ligeramente, sin sacarlo del todo.
—Tranquilo. Toma aire.
Tomé aire. Le clavé las manos en las nalgas, lo atraje hacia mí y volví a tragar. Esta vez aguanté más. Le acaricié los muslos, le apreté el culo, mantuve su miembro dentro de mi boca durante segundos enteros, sintiendo el pulso de su sangre contra mi paladar. Nunca antes me había producido tanto placer una mamada. Y eso que las he hecho muchas.
Su respiración se aceleró. Empezó a empujar con suavidad, marcándome el ritmo desde la nuca. Yo lo seguía.
—Si no quieres tragar, sepárate. Me voy a correr.
Apreté con más fuerza, lo atraje contra mi cara y le dejé claro que no iba a moverme. Descargó con una intensidad que no estaba preparado para gestionar. Tragué, tragué, y él seguía bombeando con espasmos cortos. Cuando creí que había terminado, un último estertor le sacudió las caderas y noté el resto sobre la mejilla y la barbilla.
Me relamí despacio. Él me miraba desde arriba, jadeando.
—Vaya mamada me has hecho. De escándalo.
Se rió bajito y me ayudó a ponerme de pie. Me besó en la frente, casi con ternura.
—Pinto un rato más y me marcho. Mañana será otro día.
—Mañana, entonces.
***
Un rato más tarde bajó con el mono otra vez puesto y la bolsa al hombro. Se había lavado la cara en el baño de arriba, llevaba el pelo mojado y un brillo distinto en los ojos.
—Mañana a la misma hora, si le parece.
Lo cogí del cuello con las dos manos y le planté un beso largo en la boca. Sabía a agua fresca y a sudor.
—Hasta mañana —le dije—. Le espero ansioso.
Se marchó silbando una canción que no reconocí.
Cuando cerré la puerta, me quedé de espaldas contra ella, escuchando cómo se alejaban sus pasos por el rellano. Era lunes. Tenía a un desconocido pintándome la casa entera durante toda una semana. Y yo ya estaba contando las horas que faltaban para volver a oír el timbre.