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Relatos Ardientes

Mi primer trío bisexual fue con una pareja del centro

Llegué al portal del edificio sin tener claro si iba a tener el valor de subir. Llevaba toda la tarde repitiéndome que me iba a arrepentir, que aquello no era para mí, que mejor daba media vuelta y me metía a tomar algo en cualquier bar del barrio. Me llamo Esteban, tengo cuarenta y ocho años, y aquella tarde tenía cita con una pareja a la que había conocido por un sitio de contactos. Me considero bisexual con experiencia muy limitada: una conversación que se quedó en eso, dos encuentros frustrados que terminaron en nada y un recuerdo muy concreto que me empujaba a seguir buscando.

El recuerdo era de mi última relación estable. Una noche, ella me metió un vibrador pequeño en el culo mientras me hacía sexo oral. Terminé con un orgasmo que me dejó temblando y con la sensación de que algo se había abierto dentro de mí. Desde aquella vez no podía dejar de pensar en probar más. No con un vibrador, sino con un hombre. Y si encima podía hacerlo en un contexto seguro, con una pareja que ya tenía esto pactado entre ellos, mejor todavía.

Subí en el ascensor mirándome en el espejo y sin reconocerme. Aún podía bajar y desaparecer. Pero seguí. Toqué el timbre del cuarto B y ella me abrió en menos de tres segundos, como si llevara un rato esperándome detrás de la puerta.

Podría dar el nombre con el que se presentó, pero da igual: seguro no era el verdadero. Tendría unos treinta y tres años, no llegaba al metro sesenta, curvilínea sin ser gorda, con el pelo teñido de un castaño rojizo que le quedaba bien con la piel. Cara bonita, ojos claros, sonrisa de mujer que sabe muy bien lo que está haciendo. Llevaba una camiseta de tirantes finos y un pantalón corto, descalza.

—Pasa, pasa —me dijo, y cerró la puerta detrás de mí.

—¿Tu pareja? —pregunté con la voz un poco más aguda de lo normal.

—En el baño. Sale ahora.

El piso era de esos pequeños del centro, con paredes recién pintadas pero ya amarillentas en los rincones, tarima fina y un olor mezcla de incienso de sándalo y café recién hecho. Me hizo pasar al salón y me ofreció agua. Yo estaba tan nervioso que se me notaba al tragar.

—¿Quieres irte? —me preguntó con suavidad, sin reproche—. No pasa nada si quieres irte, de verdad.

Lo pensé. Lo pensé en serio durante dos o tres segundos largos. Luego negué con la cabeza.

—Quiero quedarme. Pero quiero conocerlo antes.

—Tranquilo, ya viene.

Y en eso salió él del pasillo. Aproximadamente mi estatura, sobre el metro setenta, complexión normal con algo de barriga blanda, cara amable, barba corta de tres días. Llevaba solo un calzoncillo gris. Me sonrió, me dio la mano como si estuviéramos cerrando un negocio y me dijo:

—Ponte cómodo. Estamos para pasarla bien, no para evaluarte.

Aquella frase me destensó los hombros más que cualquier otra cosa.

***

Pasamos a un dormitorio pequeño, con una cama de matrimonio que ocupaba casi todo el espacio y una mesita con un par de velas encendidas. Ella se acercó primero. Me abrazó por la cintura, apoyó la cara en mi pecho y se quedó así un par de segundos. Olía a algo cítrico y suave. Yo bajé las manos hasta su culo y empecé a apretarlo por encima del pantalón corto.

—Así me gusta —murmuró.

Le subí la camiseta y se la saqué por la cabeza. No llevaba sujetador. Las tetas no eran firmes, pero eran de buen tamaño y el pezón se le puso duro casi al instante. Me agaché y le mordí uno con cuidado. Ella respiró más fuerte, me cogió la cabeza con las dos manos y me la sostuvo ahí, como diciéndome que no parara.

Estábamos en eso cuando sentí un cuerpo desnudo pegándose a mi espalda. Él había llegado por detrás sin que me diera cuenta. Me abrazó por la cintura y noté su polla, todavía blanda, contra mis lumbares. En ese momento me dije: ya estás aquí, ya estás dentro, ahora hazlo. Llevé la mano derecha hacia atrás, a ciegas, hasta que mis dedos lo encontraron.

Es raro tocar una polla que no es la tuya. Lo primero que pensé fue que pesaba distinto, que el grosor de la piel era distinto, que se sentía más caliente de lo que esperaba. La rodeé con la mano y empecé a moverla muy despacio, sin saber muy bien si lo estaba haciendo bien. Él respiró en mi oreja y empezó a desabrocharme el pantalón. Cuando consiguió bajármelo hasta los tobillos, yo ya lo notaba creciendo en mi puño.

—Vamos a la cama —dijo ella—. Os estoy mirando y me estoy poniendo a cien.

Terminamos de desnudarnos los tres. Yo me tumbé bocarriba, casi por inercia, y ella se arrodilló a mi lado y me empezó a manosear la polla con la palma abierta, despacio. Después se inclinó y se la metió entera en la boca. Era buena, muy buena. Tenía esa forma tranquila de chupar, que va construyendo, sin prisa, mirándote a los ojos cada tanto. Yo casi me olvido del marido por un momento.

Pero el marido se arrodilló al otro lado y se acercó a mi cara. Su polla colgaba a unos centímetros de mi boca, todavía a medias. Yo seguía corriéndosela con la mano y notaba cómo se iba poniendo dura por mi puño. La tenía un poco más grande que la mía, con el glande un poco más oscuro. Cerré los ojos, abrí la boca y di el paso.

La primera vez que tienes una polla en la boca es desconcertante. Lo es por el sabor, que en realidad no sabe a casi nada, un toque salado y poco más. Lo es por el tamaño, que en cuanto la tienes dentro parece el doble. Y lo es porque te das cuenta de que no tienes ni idea de cómo se hace, aunque la hayas recibido cien veces tú. Empecé descoordinado, le rocé los dientes y él me puso la mano en la nuca con suavidad.

—Calma. Sin dientes. Cierra bien los labios.

Asentí con su polla dentro y respiré por la nariz. A los pocos segundos encontré un ritmo. La cabeza arriba, abajo, lengua plana, mano acompañando lo que la boca no alcanzaba. Empecé a disfrutar. De verdad. Mientras tanto, abajo, ella seguía con la mía como si nada, y la sensación de tener dos bocas trabajándote y una polla en la cara era algo que no había imaginado bien antes de probarlo. Era mucho más intenso.

Le pasé la mano libre por debajo y le toqué el culo. Suave, lampiño, firme. Le pasé el dedo corazón entre las nalgas, busqué su ano y empujé un poco. Él se abrió de piernas un milímetro, sin dejar de moverse, y eso fue toda la respuesta que necesitaba. Le metí la yema del dedo, despacio, y noté cómo se le tensaba todo el cuerpo de placer.

***

Después de un rato así, ella tiró de mí hacia arriba y se tumbó bocarriba en la cama, abierta de piernas. Me señaló el coño con un dedo y me sonrió.

—Tu turno.

Me coloqué entre sus muslos a cuatro patas y empecé a comérselo. A esas alturas estaba dispuesto a quedarme ahí hasta que se me durmiera la lengua. Estaba mojada, muy mojada, y respondía a cada movimiento con un suspiro o un tirón de pelo. Iba alternando: lengua plana sobre el clítoris, dedo corazón entrando despacio, labios cerrándose alrededor para chupar.

Estaba tan concentrado que no me di cuenta de que él se había levantado, había rebuscado en la mesita y se había colocado detrás de mí. Hasta que sentí sus manos en mis caderas. Su pulgar empujó suave entre mis nalgas. Un chorro de lubricante frío me hizo dar un respingo. Él se rio bajito.

—Tranquilo. Vamos despacio.

Su dedo entró primero, hasta el segundo nudillo. Después un segundo. Yo seguí comiéndomela a ella, intentando que la mandíbula no se me cerrara cuando él me abría. Después oí el ruido del envoltorio del condón, el chasquido de la goma, más lubricante, y por fin, sin avisar del todo, sentí la punta de su polla apoyándose en mi ano.

—Para —le dije al primer empuje—. Para un segundo.

Él paró. Esperó. No retiró la polla, simplemente esperó. Yo respiré hondo, apoyé la frente en el muslo interno de ella y traté de relajar todo lo que tenía tensado. A los diez segundos le dije que siguiera.

Esa segunda vez entró. Lento, pero entró. Y ahí entendí varias cosas a la vez: que dolía menos de lo que esperaba, que se sentía mucho más lleno de lo que recordaba con el vibrador, que el placer no estaba solo en la próstata sino también en la cabeza, en saberte abierto por otro hombre mientras tienes la cara hundida en el coño de su mujer.

Empezó a moverse. Al principio le pedí que fuera más lento, porque en un par de embestidas se aceleró y me costó seguir. Pero después de eso encontramos el ritmo. Él detrás dándome con cuidado, sujetándome de las caderas; yo con la boca en ella, las manos en sus tetas, apretándole los pezones; ella con una pierna por encima de mi hombro y la otra cayendo por el lado de la cama, gimiendo bajito y diciéndome al oído cosas que ahora ni siquiera recuerdo.

***

Cambiamos de posición una vez más. Me pidieron que me tumbara bocarriba. Él me cogió las piernas, me las puso sobre sus hombros y me ensartó otra vez de un solo movimiento, ya sin resistencia. Ella se subió encima de mi cara, apoyándose en el cabecero, y le bajó la polla a su boca a él. Quedé encerrado entre los dos: arriba su lengua trabajándomela, abajo él clavándome y golpeando un punto que me hizo curvar la espalda.

No duré mucho en esa postura. No podía. Empecé a notar el orgasmo subiendo desde algún lugar muy hondo, distinto al de siempre. Quise avisar, pero ella no me dejó: me la chupó hasta el final, sin sacársela, mientras él seguía dándome y yo le clavaba los talones en la espalda. Terminé con un grito ahogado contra el coño de ella. Literalmente se me nubló la vista durante unos segundos. Cuando volví a enfocar, los dos se estaban riendo con cariño, todavía pegados a mí.

—Bienvenido al club —dijo él, dándome una palmada en el muslo.

***

Después vinieron las toallitas húmedas, las idas al baño por turnos, un vaso de agua compartido y una conversación de diez minutos sentados al borde de la cama. Yo había llegado con la idea de, si me animaba, intentar darle yo a alguno de los dos. Pero la verdad es que terminamos los tres reventados. Para otra vez será.

Me vestí, intercambiamos los contactos por si volvíamos a coincidir, y bajé al portal por las mismas escaleras que un par de horas antes había subido sin saber si iba a ser capaz. Salí a la calle y respiré el aire de la noche, el ruido de los coches, las luces de las farolas, todo igual que cuando entré. Yo no.

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Comentarios (6)

Valentina_83

Que relato tan bueno!! me atrapaste desde el principio, se siente real

LucasNight42

Por favor necesitamos la segunda parte. Quede con ganas de saber como termino todo

PabloMV

Me recordó a una situacion propia, ese nerviosismo antes de entrar... me muero jajaja. Muy bien contado

CuriosaLect22

Como te animaste a concretar despues de tanto tiempo chateando? siempre me pregunto como dan ese paso

CarlosNL

increible!!

Dante_lector

Lo que mas me gusto es que se nota que es real, no parece inventado. Se siente la tension desde el principio. Muy bien

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