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Relatos Ardientes

Lo que mi hermano me enseñó aquel verano prohibido

Desde muy chico supe lo que me gustaba. Jugaba siempre con las niñas, y los varones me daban miedo: eran ruidosos, bruscos, todo lo contrario a mí. Con los años, esos mismos varones brutos se volvieron lo único que me quitaba el sueño. Pero antes que ninguno, estuvo Néstor.

Néstor es mi hermano. Mi padre enviudó joven y, cuando se casó con la que después fue mi madre, él ya tenía dos años. Yo nací al año siguiente. Crecimos pegados, casi como gemelos desfasados, y él me cuidó desde que tengo memoria. Sus abuelos maternos eran escoceses, así que cuando empezó la carrera de ingeniería se marchó a estudiar a Edimburgo con ellos. Pero los veranos eran sagrados: volvía a casa, y la casa volvía a tener sentido.

De niño me llevaron al mismo colegio donde él estudiaba, y allí me protegía de los que se metían conmigo. No sabía vivir sin tenerlo cerca. Cuando él no estaba, yo contaba los días en el calendario de la cocina como un preso que tacha condena.

En clase tenía un amigo, Marcos. Grande, guapo, listo, inseparable de mí. A los dieciocho los dos ya sabíamos perfectamente lo que éramos, porque lo hablábamos a escondidas, en los recreos, comparándonos con los demás y sintiéndonos raros y a la vez orgullosos de serlo.

Una tarde, en mi casa, Marcos me preguntó si quería ser su novio. Me ilusioné como un tonto. Le dije que sí y nos besamos en mi cuarto, con la puerta entornada y el corazón a mil. Fue mi primer beso de verdad, de los que se sienten en el estómago.

Con el tiempo nos volvimos descuidados. A veces nos rozábamos las manos sin medir quién había alrededor, nos buscábamos con los ojos en mitad de una conversación ajena. Estábamos demasiado contentos para tener cuidado.

***

Fue Néstor quien nos descubrió. Aquel verano él había vuelto antes de lo previsto, y una tarde subió al ático y nos encontró besándonos contra la pared, las manos de Marcos por debajo de mi camiseta y la mía apretándole la polla por encima del pantalón, dura y marcada bajo la tela.

Nunca lo había visto así. Se puso rojo, después blanco, y nos gritó cosas que todavía me duelen al recordarlas. Nos llamó de todo, lo peor que se le ocurrió. Marcos se fue casi corriendo, subiéndose la cremallera a media escalera. Néstor se quedó temblando en el umbral, me miró una última vez y salió dando un portazo. Juraría que estaba llorando.

En la cena no me dirigió la palabra. Mi madre intentó averiguar qué pasaba, preguntó dos o tres veces si nos habíamos peleado, pero él contestaba con monosílabos y la vista fija en el plato. Yo apenas comí. Tenía un nudo en la garganta que no se deshacía con nada.

Esa noche fui a su habitación, como tantas otras veces. Lo hacía desde chico, cuando tenía miedo o pesadillas o simplemente necesitaba que alguien me abrazara hasta dormirme. Empujé la puerta sin pedir permiso y me metí en su cama.

Le busqué la mano en la oscuridad. Y entonces volvió a llorar, bajito, para que no lo oyera nadie de la casa. Yo estaba por cumplir diecinueve y él tenía veintiuno, era un hombre hecho, y verlo deshacerse así, por mí, me desarmó por completo.

—No me gustó verte con él —murmuró al fin, con la voz rota—. No soporto verte con nadie.

Me incorporé en la penumbra, sin entender del todo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque te quiero. Porque siempre te he querido y no de la manera que debería. Eres mío, ¿entiendes? Mío.

Lo dijo con vergüenza y con rabia a la vez, como quien confiesa un delito. Y lo más loco de todo es que, en lugar de asustarme, sentí que algo encajaba dentro de mí. Yo también lo quería así. Lo había querido así desde siempre, sin atreverme a ponerle nombre.

***

Aquel verano fue el más intenso de mi vida. Néstor y yo aprendimos a escondernos del resto del mundo dentro de nuestra propia casa, a inventar excusas, a robar minutos. Una caricia en el pasillo, una mirada en la mesa, un pie buscando el mío por debajo del mantel mientras nuestros padres hablaban del calor.

Una noche de agosto, cuando caían las estrellas y el cielo se llenaba de rayas de luz, le entregué mi virginidad. Habíamos subido a la terraza con la excusa de ver el espectáculo, y terminamos en su cuarto con la ventana abierta y el rumor de los grillos colándose entre las sábanas.

Néstor se había preparado. Lo notaba en su manera de tocarme, lenta, paciente, como si hubiera leído mil veces cómo hacerme menos daño. Me besó la nuca, la espalda, fue bajando con la boca mientras me hablaba al oído para que no tuviera miedo. Me arrancó el pantalón corto y el bóxer de un tirón y me dejó desnudo boca abajo sobre su cama, con el culo levantado y las piernas abiertas para él.

—Mira qué culo tienes, joder —susurró, y me lo apretó con las dos manos, separándome las nalgas para verme el agujero por primera vez—. Llevo años imaginándome esto.

Se agachó y sentí su lengua caliente entre las nalgas, lamiéndome el culo entero, ensalivándome el ojete con paciencia de mártir. Yo temblaba, gemía contra la almohada, no sabía que se pudiera sentir algo así. Me chupó ahí abajo largo rato, hasta dejarme el agujero mojado y palpitante, y entonces empezó a meterme la punta de la lengua, empujándomela dentro, abriéndome de a poco.

—Avísame si te duele —susurró cuando subió otra vez a mi oído, escupiéndose en los dedos—. Paramos cuando quieras.

—No quiero parar —le dije, y era verdad.

Me preparó con los dedos y con saliva, sin prisa, primero uno solo entrando y saliendo, después dos, buscándome por dentro hasta que rocé algo que me hizo arquear la espalda y morderme la mano para no gritar. Me metió tres dedos, moviéndolos en tijera, y para cuando los sacó yo tenía el agujero abierto y latiéndole, pidiéndosela.

Se escupió en la polla —la sentí gruesa contra mi muslo cuando se acomodó encima— y me la fue apoyando en el ojete, empujando la punta muy despacio. Cuando por fin se hundió en mí, apreté los dientes por el ardor, sentí cómo su glande me rompía por dentro, cómo el tronco me iba llenando centímetro a centímetro, hasta que noté sus huevos pegados a mi culo. Enseguida el dolor se volvió otra cosa. Lo sentía dentro, lo sentía temblar, lo escuchaba contener la respiración para no gemir demasiado fuerte. Me llenó despacio, agarrándome las caderas como si tuviera miedo de que me arrepintiera y desapareciera.

—Joder, hermano, qué apretado estás —jadeó pegado a mi nuca—. Me estás ahogando la polla.

Empezó a follarme con embestidas largas, sacándola casi entera y volviéndomela a clavar hasta el fondo, chocando contra mi próstata en cada empuje. Yo le empujaba el culo hacia atrás, buscándolo, mordiendo la funda para que no me oyeran los viejos. Se me escapaba la baba, se me llenaban los ojos de lágrimas, y la polla se me marcaba contra las sábanas, rezumando líquido preseminal a cada golpe.

Me dio la vuelta, me abrió las piernas y me las echó a los hombros para hundírmela mirándome a la cara. Le veía la mandíbula tensa, la vena de la frente, el sudor cayéndole por el pecho. Me agarró la polla con una mano y me la empezó a pajear al ritmo de las embestidas, sin dejar de mirarme.

—Córrete conmigo —me pidió con la voz rota—, córrete para mí, quiero verlo.

Bastaron unos pocos tirones más. Me corrí a chorros sobre mi propia barriga, la lefa saltándome hasta el pecho, y el culo se me cerró como un puño sobre su polla. Néstor gimió apretando los dientes, me clavó las uñas en los muslos y se vació dentro de mí en tres, cuatro sacudidas largas que sentí como latidos calientes en el fondo. Se quedó ahí, hundido hasta el nacimiento, respirando contra mi boca mientras la semilla se le escapaba de mi agujero y me chorreaba por el perineo.

No me arrepentí. Me aferré a la almohada y dejé que me hiciera suyo otra vez esa misma noche, mientras afuera seguían cayendo las estrellas.

Después de aquello no hubo día que no lo buscara. Me convertí en su amante en silencio, en su secreto, en la sombra que se metía en su cama cuando la casa dormía. Aprendí a mamársela de rodillas junto a la cama, a tragarme su leche sin derramar una gota, a que me follara contra la pared del baño con la mano tapándome la boca mientras mis padres desayunaban abajo. Hasta que en septiembre se marchó de nuevo a Edimburgo y la distancia se interpuso entre los dos.

***

No volví a verlo hasta Navidad, y ya algo había cambiado. Seguíamos buscándonos en cuanto estábamos solos, con la misma hambre de antes, pero también hablábamos hasta tarde sobre lo imposible que era lo nuestro. Él en otro país, yo aquí. Una historia sin futuro por donde la mirara.

En primavera, Marcos volvió a acercarse. Me escribía, me esperaba a la salida, me hacía reír como antes. Poco a poco volví a sentirme atraído por mi viejo amigo, esa atracción tranquila y luminosa, tan distinta de la tormenta que me provocaba mi hermano.

Cuando Néstor empezó a salir con una compañera de la facultad, lloré. Él me juró que era pura fachada, que necesitaba aparentar delante de sus abuelos, que conmigo todo seguía igual. Quise creerle. Una parte de mí siempre quiso creerle.

***

Para el verano siguiente ya estaba con Marcos de verdad. Habíamos empezado a acostarnos, y aunque no era el incendio que sentía con mi hermano, me dejaba satisfecho, querido, en paz. Las cosas eran simples entre nosotros: él activo, yo pasivo, y ninguno de los dos pedía más de lo que el otro podía dar. Marcos me follaba con cariño, tumbado encima de mí, besándome mientras se movía; me llenaba el culo de leche y después me abrazaba hasta que nos dormíamos pegados.

Pero Néstor volvió. Llegó con la novia que les había presentado a los abuelos, y yo me prometí que esta vez no iba a caer. Marcos se había ido de vacaciones con su familia y yo quedé solo en casa, a merced de mi hermano y de mí mismo.

Aguantamos unos días. Los dos intentábamos cruzarnos lo menos posible, midiendo las distancias, evitando los pasillos vacíos. Fue inútil. Nos atraíamos como el imán a la aguja, y en menos de una semana ya volvía a levantarme de madrugada para pasarme a su cama.

Había mejorado. Donde antes había ternura torpe, ahora había un hombre que sabía exactamente lo que hacía. La primera noche entré descalzo en su cuarto y él ya me estaba esperando desnudo, la polla dura contra la barriga, más gruesa de lo que yo la recordaba.

—Ven aquí, cabrón —me dijo bajito—. De rodillas.

Me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca sin pensarlo. Se la mamé entera, hasta ahogarme, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y él me agarró de la nuca para follarme la garganta a su ritmo. Le chupé los huevos uno por uno, le lamí el tronco de abajo arriba, se la volví a tragar hasta que se le hincharon las venas. Sabía a sudor, a piel de hombre, a mi hermano.

—Sube —me ordenó, sacándomela de la boca con un tirón obsceno de la mejilla—. Móntame.

Me subí encima a horcajadas, le escupí en la polla y me la clavé despacio, sentándome centímetro a centímetro hasta apoyar el culo entero contra sus muslos. Empecé a cabalgarlo, sujetándome de su pecho, sintiéndolo hasta las tripas cada vez que bajaba. Me pellizcaba los pezones, me daba palmadas en el culo que sonaban en el silencio de la casa, me metía dos dedos en la boca para que se los chupara junto a su polla.

Me daba la vuelta, me sujetaba las muñecas contra el colchón, me ponía a cuatro patas y me embestía por detrás como un animal, con las manos en mis caderas y las pelotas golpeándome el perineo a cada estocada. Me hacía morder la almohada para no despertar a nadie, me tiraba del pelo, me follaba con la rabia de todos los meses que había estado sin poder tocarme.

—Dime que es mío —jadeaba pegado a mi oído, sin salir de mí—. Dime que este culo es mío, no de él.

—Tuyo —gemía yo, con la cara aplastada contra el colchón—, todo tuyo, hermano, fóllame más fuerte.

Y me follaba más fuerte, y me abría de piernas, y se corría dentro sin preguntar, llenándome a rebosar noche tras noche. Después me pasaba la mano por el culo empapado, se llevaba los dedos manchados de su propio semen a la boca y me hacía chupárselos también a mí. Volvieron las pasiones locas, y yo me entregaba con una culpa que se evaporaba en cuanto lo sentía dentro.

De día me arrepentía. Más todavía cuando sonaba el teléfono y era Marcos contándome su viaje, su voz limpia, sin sospechar nada. Me juraba a mí mismo que no volvería a fallarle. Y cada noche, sin excepción, lo olvidaba en cuanto la puerta de Néstor se abría y su polla volvía a abrirme por dentro.

***

Han pasado algunos años desde aquel verano. Néstor terminó casándose; tiene dos hijos y una vida que de afuera parece perfecta. Marcos sigue siendo mi novio, y a veces hablamos de casarnos, aunque nunca terminamos de decidirnos. Lo quiero, de verdad lo quiero; es un hombre grande y bueno que me hace feliz cada día.

Y sin embargo, de vez en cuando, invento un viaje. Un curso, una conferencia, cualquier excusa que suene creíble. Tomo un vuelo a Edimburgo y dejo que mi hermano me reciba en la puerta de su casa con esa mirada que nunca cambió. Cierro los ojos, y por unas horas volvemos a tener diecinueve y veintiuno, y el cielo de agosto se llena otra vez de estrellas cayendo solo para nosotros.

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Comentarios(7)

SilviaLect

Increible relato, me enganche desde el primer parrafo. Gracias por compartirlo!

Pablito_RC

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue todo...

RosaLunera

Pocas veces un relato me genera tantas emociones encontradas. Muy bien narrado, se siente autentico.

Torino_86

Tremendo comienzo, me dejó sin palabras jaja

ClaudinaMza

Me recordó a ciertos veranos de la juventud donde todo se siente mas intenso. Hermoso relato.

LuciaMdp_77

Lo que mas me gustó es como manejás los sentimientos sin caer en lo burdo. Se nota que hay un trasfondo muy humano en la historia. Espero con ansias el proximo relato.

FelipeGV

¿Va a haber continuación? Quede con ganas de saber como termina todo esto

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