El otro invitado llevaba el mismo traje que yo
Cuando Sergio y Marina me pidieron que fuera el padrino de su boda, supe que no podía decir que no. Nos conocíamos desde el colegio, habíamos compartido más cumpleaños, exámenes, viajes y borracheras que con casi nadie. Eran, además, las dos únicas personas en el mundo que sabían que yo era gay, y eso convertía la propuesta en algo más que un gesto formal. Era una declaración silenciosa de que, pasara lo que pasara, yo seguía formando parte de su familia elegida.
El día amaneció con un cielo limpio y un sol que prometía no estropear nada. Después de una ceremonia breve, las fotos de rigor en la escalinata y la lluvia de pétalos, la caravana entera se trasladó al hotel rural donde se haría el banquete. Era una casona de piedra a las afueras de un pueblo cuyo nombre apenas recuerdo, con un patio interior empedrado y habitaciones reservadas para los invitados que no querían volver a sus ciudades a las tantas de la madrugada.
Yo me llamaba Andrés —me sigo llamando así, supongo— y, a mis treinta y dos años, llevaba un buen rato esquivando las preguntas previsibles. Cuándo me casaba, si tenía novia, si había alguien especial. En esa boda en particular me esperaba un interrogatorio peor, porque sabía que la mitad de los invitados me había visto crecer.
—No te ralles —me había dicho Marina la semana anterior—. Si alguien pregunta, te inventas algo. Y si no, los mandas a la mierda con elegancia.
Tomé prestada la sugerencia. Llegué solo, con la sonrisa puesta y un traje negro impecable que Marina misma me había convencido de comprar para hacer juego con el de Sergio. Así, en las fotos, la mesa presidencial luciría uniforme. Yo había accedido sin rechistar, pero apenas crucé las puertas del salón descubrí que la jugada tenía un fallo importante.
Había otro invitado vestido casi exactamente igual.
Me fijé en él enseguida. Era un poco mayor que yo, quizá unos treinta y cinco, con la espalda ancha y el pelo castaño peinado hacia atrás. Una perilla recortada le marcaba la mandíbula. Llevaba el mismo corte, la misma camisa, la misma pajarita oscura. Por un segundo pensé que se trataba de un familiar lejano del novio al que me habían olvidado presentar. Por otro segundo —y este se me alargó bastante más— pensé en otra cosa, pero la aparqué.
El banquete transcurrió como suelen transcurrir estos banquetes. Demasiada comida, demasiados discursos, alguien que hizo llorar a la novia con una anécdota de la infancia, otro alguien que se emborrachó antes de los postres. La orquesta empezó a tocar pasadas las once y, en cuanto sonaron los primeros compases, mis amigos de toda la vida me arrastraron a la pista sin darme opción a negarme.
Lo bueno de bailar con la pandilla de siempre es que nadie te mira raro si haces el ridículo. Lo malo es que dejas de prestar atención al resto del salón. Cuando levanté la vista en mitad de una canción cualquiera, descubrí que el otro invitado del traje gemelo estaba a un metro escaso del corro, moviéndose al ritmo y mirándome con una expresión que no supe descifrar del todo.
Se acercó disimuladamente entre los cuerpos, aprovechando un cambio de tema, y se inclinó hacia mi oreja sin dejar de bailar.
—En la tienda me juraron que no habría otro traje igual al mío —dijo—. Está claro que voy a tener que ir a echarles una bronca.
Me reí más de lo que la frase merecía.
—A mí me dijeron exactamente lo mismo —respondí—. Si quieres, vamos juntos y se la echamos por partida doble.
Soltó una carcajada limpia que se me quedó pegada al pecho durante un rato.
—Daniel —dijo, ofreciéndome la mano.
—Andrés.
El apretón duró un instante más de lo necesario. O quizá fui yo el que tardó en soltar. Daniel había venido solo, por parte del novio. Vivía en otra ciudad, no conocía a nadie de mi grupo, y no le quedaba más remedio que pegarse a alguien si quería sobrevivir hasta el final de la fiesta. Lo presenté a mis amigos, que lo recibieron con la cordialidad indiscriminada de los borrachos de buena fe. En menos de media hora era uno más de la mesa.
***
El alcohol fue haciendo lo suyo. Daniel y yo terminamos bailando cerca varias veces y empecé a sospechar que esa cercanía no era del todo casual. Un roce de hombros que duraba demasiado. Una mano que se quedaba apoyada en mi espalda baja medio segundo más de la cuenta. Una mirada que se sostenía cuando yo creía que se desviaría. Pequeñas cosas. Esas pequeñas cosas que, cuando llevas años aprendiendo a leerlas, te hacen pensar.
Aun así no quise hacerme ilusiones. La experiencia me había enseñado a no proyectar mi deseo sobre cualquier hombre amable, mucho menos sobre uno con la facha de Daniel, que tenía toda la pinta de haber pasado por novias guapas y aburridas en alguna ciudad lejana.
Pasada la una y media de la madrugada, la gente empezó a desfilar. Los que vivían cerca cogieron sus chaquetas y se despidieron entre besos. Los que se quedaban en el hotel subieron a sus habitaciones de a uno o de a dos. Cuando comprobé que el salón se vaciaba y que ya no quedaban excusas decentes para seguir bailando, me despedí también.
—Uno que se va a dormir —dije, recogiendo la chaqueta del respaldo de la silla—. Me tomo un café en la cafetería y subo. Estoy reventado.
Lo dije sobre todo para que Daniel lo escuchara. Era una carta tonta, pero era la última que me quedaba. Si quería algo, sabría dónde encontrarme. Si no quería nada, yo me ahorraría el ridículo de proponérselo.
***
La cafetería del hotel estaba prácticamente vacía. Sólo el camarero medio dormido, una pareja mayor que apuraba un coñac en una esquina y yo, de pie frente a la barra, pidiendo un café que en realidad no tenía ganas ningunas de tomarme.
Estaba aún esperando a que la máquina terminase cuando oí una voz a mi espalda.
—Camarero, deje el café para otra ocasión —dijo—. Tráiganos mejor una botellita de cava y dos copas.
Me giré despacio, conteniendo la sonrisa. Daniel se había aflojado la pajarita y se había desabotonado el primer botón de la camisa. Tenía las mejillas ligeramente sonrosadas, por el baile o por el alcohol, no supe distinguirlo bien.
—Tendremos que hacer un último brindis por los novios —añadió—. Y por lo bien que sabemos vestirnos.
—Por los novios, sin problema —dije—. En lo del traje no estoy nada de acuerdo. Yo me lo quiero quitar cuanto antes.
Daniel me sostuvo la mirada una fracción de segundo más de la cuenta y sonrió de medio lado.
—Me acabas de dar una idea —dijo—. Nos llevamos la botella y brindamos arriba. En mi habitación se está bastante más cómodo que aquí.
No respondí. Asentí con la cabeza, dejé un par de monedas sobre la barra y le seguí escaleras arriba con la botella envuelta en una servilleta blanca, intentando que mis pasos no sonaran demasiado eufóricos.
***
La habitación de Daniel daba a un patio interior silencioso. Una cama enorme con un cubrecama color crema, una mesa baja, dos butacas y un sofá pequeño frente a la ventana. Cerró la puerta detrás de mí y, en el mismo gesto, giró la llave en la cerradura. Aquel chasquido sonó más fuerte de lo que era.
Sirvió el cava en dos copas, me alcanzó una y se sentó en el sofá. Yo me senté a su lado, con el muslo rozándole el muslo. Brindamos en silencio. Bebimos un sorbo. Dejé la copa en la mesa baja sin apartar los ojos de él.
Después puse la mano sobre su pierna, justo encima de la rodilla, y dejé que se quedara allí. Daniel no se apartó. No se sorprendió. Bajó los ojos a mi mano, los volvió a subir a los míos y respiró una vez, despacio, como quien por fin se permite respirar.
—Llevas toda la noche mirándome —dijo en voz baja.
—Tú también.
—Lo sé.
Le besé. No fue un beso elegante. Fue directo, con la boca abierta, buscando la suya. Daniel respondió enseguida, agarrándome la nuca con una mano y atrayéndome hacia él. Le rocé los labios con la perilla y noté cómo se le escapaba un estremecimiento corto por toda la espalda.
Le fui aflojando la pajarita mientras nos besábamos. Él hizo lo mismo con la mía. Después fue la chaqueta —la suya primero, la mía después—, los gemelos sobre la mesa, los zapatos pateados al suelo sin mirar dónde caían. Cada vez que mi mano descendía un poco más por su torso, su respiración se aceleraba un poco más. Yo notaba mi propio pulso en sitios donde uno no debería notarse el pulso.
—Te estoy deseando desde que me has presentado a tus amigos —murmuró contra mi cuello.
—Yo desde antes —admití.
Bajé la mano hasta su entrepierna y, por encima del pantalón, comprobé que estaba tan duro como yo. Le acaricié allí durante un rato sin desabrocharle nada, sólo para escucharle gemir bajito, sólo para escucharle pedir más con cada movimiento de cadera. Cuando por fin le bajé la cremallera y saqué su polla, me sorprendió lo gruesa que era. Más ancha que larga, con la cabeza enrojecida y un hilo brillante de líquido preseminal en la punta.
Me deslicé del sofá al suelo de rodillas, le separé las piernas y la besé primero como se besan los labios. Daniel echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo y soltó el aire entre los dientes.
—No decías que querías quitarte el traje para estar más cómodo —preguntó con la voz rota.
Sin contestarle, me saqué su polla de la boca, me puse de pie y empecé a desnudarme yo. Botón a botón, sin prisa. Daniel se incorporó y me ayudó con la camisa, los pantalones, la ropa interior. Cuando estuve desnudo del todo, se quedó un instante mirándome de arriba abajo.
—Eres bastante más peludo que yo —dijo, sonriendo.
—Te aguantas.
Tiró de mi mano hacia él, me sentó a su lado y empezó una ceremonia lenta de besos por todo el cuerpo. Cuello, hombros, pecho. Se entretuvo en mis pezones, los lamió, los mordió con cuidado, los chupó hasta que me arqueé sin querer. Bajó por el esternón, por el estómago, por la línea de vello, hasta llegar a mi polla, que apuntaba ya al techo.
Se la metió en la boca despacio, hasta el fondo, y luego subió y bajó con un ritmo que parecía estudiado en otras camas. Tuve que morderme los nudillos para no hacer ruido. Sentía toda la habitación girando alrededor de su lengua y de la presión exacta de sus labios.
—Para —le pedí cuando estuve a punto de no poder parar—. Sube aquí.
Le subí, le tumbé sobre el sofá y le devolví la mamada con todo el cuidado y todo el descaro que pude reunir. Le acariciaba los muslos con una mano, le agarraba la base con la otra, le miraba a los ojos cada vez que él bajaba la vista. Nos turnamos durante un rato largo en aquellos juegos, con la boca, con las manos, con la lengua. Cuando ya no podíamos más, decidimos sin necesidad de palabras que tocaba ir más lejos.
Le pedí que se quedara sentado, con el culo justo al borde del sofá. Yo volví al suelo, le separé las piernas y, después de humedecerme bien los dedos con saliva, empecé a tantearle despacio. Un dedo, luego dos. Daniel respiraba hondo, con los ojos cerrados, dejándose hacer sin un gesto de prisa. Cuando lo noté lo suficientemente preparado, le presenté la punta de mi polla y empujé con cuidado.
En apenas dos embestidas estaba dentro entero. Daniel ahogó un gemido contra mi hombro y me clavó las uñas en la espalda. Le di tiempo a acostumbrarse, sin moverme, besándole la sien, hasta que él mismo movió la cadera para indicarme que siguiera.
Empujé despacio al principio, luego con más ganas. Cada embestida nos sacaba un sonido distinto: a él un gruñido, a mí un suspiro. Después de varios minutos noté que ya no iba a aguantar mucho más. Se lo dije al oído. Daniel agarró mi mano, se la llevó a su propia polla y empezó a masturbarse con mi puño cerrado alrededor, para terminar conmigo a la vez.
Él se corrió primero, derramándose entre nuestros pechos con un gemido ahogado contra mi cuello. Yo lo hice dos embestidas después, dentro de él, con una intensidad que me dejó sin aire varios segundos. Pensé, mientras me corría, que nunca había sentido un placer así con otro hombre. Y lo pensé con la convicción tranquila de quien sabe que no se está mintiendo.
***
Después, ya en la cama, terminamos la botella de cava que nos había servido de excusa. Brindamos por Sergio y por Marina, por la chica de la tienda que nos había mentido a los dos con lo de la exclusividad del traje y, en voz más baja, por todo lo que aquella noche había dejado de ser casualidad.
Dormimos pegados, con las piernas cruzadas y la respiración de uno sobre la nuca del otro. A la mañana siguiente bajamos juntos a la cafetería, todavía con el pelo revuelto, y le pedimos al mismo camarero los dos cafés que yo no había podido terminar la noche anterior.
El camarero, sin decir una palabra, sonrió mientras nos los servía.