Mi primera noche en el circuito gay
Llegué a los cuarenta y pico con un secreto que habría llenado cajones enteros si alguien hubiera decidido abrirlos. Tres bragas, una tanga, un culotte y un bóxer femenino: eso era lo que guardaba entre mis camisas, en el fondo del cajón derecho del ropero. Mi mujer nunca lo encontró, o si lo encontró, nunca dijo nada. Cada tanto me los ponía para ir a trabajar. La sensación contra la piel era lo que buscaba, eso y algo que todavía no sabía nombrar del todo.
En el trabajo éramos todos hombres. Una empresa de mantenimiento industrial, vestuarios con buenas duchas, mucho tiempo muerto entre tareas. Las conversaciones derivaban hacia donde suelen derivar cuando no hay mujeres presentes: fútbol, culos, sitios donde ir sin complicaciones. Fue en una de esas charlas donde escuché hablar por primera vez del circuito gay de la ciudad.
Rodrigo, uno de los compañeros más experimentados del turno, lo mencionó de pasada mientras se secaba el pelo. Dijo que había una zona, sobre el bulevar norte, donde hombres de todas las edades paseaban lento esperando que algún auto frenara. No lo dijo con burla ni con admiración. Lo dijo como quien menciona un supermercado que abre tarde.
Yo escuché sin preguntar. Pero anoté mentalmente cada detalle que pude.
Tardé tres semanas en reunir el valor. Un viernes a la noche salí de casa con la excusa de un asado con amigos, me puse una de las bragas debajo del pantalón y conduje hasta el bulevar norte. Aparqué a varias manzanas y fui a pie, el corazón en la garganta.
***
La primera imagen fue desconcertante: hombres solos o en grupos de dos, caminando despacio a lo largo de aceras mal iluminadas. Algunos jóvenes, otros mayores. Ninguno miraba directamente. El código, lo entendí rápido, era simple: caminar cerca de la calzada, mirar los autos que pasaban, pararse si alguno frenaba.
Me quedé veinte minutos apoyado en una esquina, observando. Una camioneta oscura frenó y bajó la ventanilla; el hombre que estaba más cerca se acercó, habló unos segundos y subió. La camioneta arrancó. Así de sencillo.
Me decidí a caminar.
Di la vuelta completa a una manzana. A mitad de la segunda vuelta, una camioneta grande frenó unos metros más adelante de donde yo estaba. La ventanilla bajó. El conductor me miró. Caminé hacia él con las piernas tensas.
—¿Qué hacés por acá? —preguntó. Unos cincuenta años, corpulento, voz tranquila.
—Dando una vuelta —dije. No se me ocurrió nada mejor.
—Aquí no hay mucho que ver parado en la esquina. Si querés, subís y charlamos.
Subí.
Circulamos cinco o seis cuadras. Hablamos de roles, de qué estábamos buscando. En algún momento sacó el pene sin que yo se lo pidiera. Lo acaricié mientras él conducía con una mano y con la otra me guiaba la cabeza hacia abajo.
Me agaché sobre su regazo y lo tomé con la boca.
Paró la camioneta en un descampado oscuro, a pocas cuadras. Pasamos al asiento trasero. Yo sabía lo que estaba haciendo: lo que había imaginado en las noches solitarias, exactamente esto. Empecé desde la base, lento, subiendo hasta el glande con la lengua, bajando a los testículos, volviendo arriba. Él se aferraba al reposacabezas y respiraba cada vez más fuerte.
Debimos estar veinte minutos así. Me avisó cuando estaba cerca. Seguí sin detenerme, y cuando eyaculó lo tragué sin apartarme. Soltó un largo suspiro y se quedó quieto, la mano todavía en mi nuca.
Me llevó de vuelta al mismo lugar donde me había recogido. Se despidió diciendo que le gustaría repetir. No nos volvimos a ver.
Llegué a casa con mis hijos dormidos y mi mujer frente a la pantalla, igual que siempre. Me puse el pijama con la tanga todavía puesta debajo. Me dormí con una sensación extraña: no era culpa. Era algo más parecido a la satisfacción.
***
La zona se volvió un lugar de visita regular. No frecuente, cada dos meses más o menos, pero cada vez que iba algo pasaba. El código se aprende rápido cuando uno presta atención.
Una noche decidí ir en el auto en lugar de a pie. Con cinco minutos dentro del circuito, un hombre mayor que yo me hizo una seña desde la vereda. Paré. Se llamó Ernesto, aunque sospecho que ese no era su nombre real. Me dijo que tenía departamento cerca.
Fuimos.
La habitación estaba muy iluminada. Eso me sorprendió: en la oscuridad uno se siente más protegido, más anónimo. Pero Ernesto quería vernos bien. Nos desnudamos sin preámbulos y empezamos a besarnos, algo que rara vez sucede en esos encuentros.
Me pidió que lo penetrara. Se puso en cuatro sobre la cama, con una confianza que solo da la costumbre. Entré despacio, sintiendo cómo se acomodaba a mí, y en pocos minutos ya me pedía más, que no parara, que siguiera así. Me quedé dentro de él un buen rato, escuchando sus gemidos, moviéndome al ritmo que me marcaba con las caderas.
Después nos tumbamos uno al lado del otro. Lo besé un rato con la mano en su pecho. Luego pasamos a la siguiente ronda: él me lo chupó con una paciencia que pocas veces había experimentado, y yo me dejé llevar hasta acabar en su boca.
Fue en esa pausa, mientras los dos recuperábamos el aliento, cuando Ernesto me habló del Neptuno.
—Hay un baño turco —dijo—. Lo llaman así por la pileta grande que tiene. En realidad es solo hidromasaje, pero el ambiente es completamente gay. Nunca salí de ahí sin haber estado con alguien.
Me contó el precio, el horario, cómo funcionaban los boxes privados. Mientras hablaba noté que se iba excitando de nuevo. Terminamos con él encima de mí, penetrándome desde atrás, lento al principio y luego con más fuerza, con las manos en mis caderas y la cara enterrada en mi nuca. Cuando acabó se quedó tumbado sobre mi espalda un momento, sin decir nada.
Lo besé en el hombro, le dejé mi número en un papel sobre la mesita de noche y salí sin hacer ruido.
***
Unos días después entré por primera vez al Neptuno.
El local estaba en una calle secundaria del centro, con una entrada discreta: apenas un cartel pequeño y una puerta de vidrio esmerilado. En el mostrador había un chico joven que me explicó el funcionamiento con una eficiencia practicada, como si lo hubiera repetido mil veces. Me dieron una toalla grande y un paño para la cintura, y me indicaron los vestuarios.
Salí al interior del recinto con cautela. Había tres salas de vapor de intensidad progresiva, una pileta central con hidromasaje y, al fondo, un pasillo que llevaba a los boxes privados. En total, unas quince o veinte personas distribuidas por el espacio, moviéndose con una lentitud deliberada.
En la primera sala hacía un calor suave. Cuatro hombres jugaban a las cartas en una mesa pequeña sin mirarse demasiado. En la segunda, el vapor era denso y olía a eucalipto. Me gustó. Me quedé varios minutos dejando que el calor húmedo me ablandara los hombros. En la tercera, la temperatura era casi insoportable pero dejaba la piel increíblemente limpia. Estaba solo cuando entré.
Un hombre de unos cincuenta años se sentó frente a mí poco después.
—Primera vez, ¿no? —dijo.
—¿Se nota tanto?
—No tanto. Es que hoy hay poca gente y los nuevos siempre miran todo con esa cara.
—¿Qué cara?
—De quien está calculando si escapar o quedarse.
Me reí. Le pregunté si la pileta valía la pena. Me dijo que sí, que no me perdiera los boxes del fondo. Luego se fue sin más.
Pasé a las duchas y de ahí a la pileta. Había que entrar desnudo: ese momento, colgar el paño en el gancho y caminar hacia el agua sin nada encima, me generó un pudor inesperado. Pero lo hice sin pensar demasiado.
El agua estaba perfecta. Me senté en uno de los asientos del hidromasaje y dejé que las burbujas me envolvieran. Estaba solo. Cada tanto alguien pasaba por el borde, miraba hacia adentro y seguía caminando.
Uno no siguió.
Se quedó en el borde, con las manos apoyadas en el reborde de la pileta, mirando en mi dirección con una sonrisa tranquila. Mediana estatura, complexión atlética, el pelo oscuro pegado a la frente por el vapor. Le devolvía la mirada cada vez que giraba la cabeza hacia él, hasta que finalmente se metió en el agua y se sentó en el hidromasaje de al lado.
—El agua está bien hoy —dijo.
—Sí. Es la primera vez que vengo.
—¿En serio? ¿Y cómo te enteraste del lugar?
—Un conocido.
—Los mejores lugares se conocen así.
Charlamos unos diez minutos de nada en particular. Cuando decidí salir de la pileta, me levanté despacio, caminando con el agua hasta los muslos antes de subir la escalerilla. Sentí su mirada en la espalda todo el camino.
En el pasillo de los boxes, el aire olía distinto: a madera caliente, a sábanas limpias y a algo más difícil de definir, tal vez un incienso que ardía en algún rincón. Los cubículos eran sencillos: una cama de una plaza, una frazada doblada a los pies, una cortina de tela que se podía correr o no. En algunos, hombres tumbados boca arriba se acariciaban sin disimulo, sin urgencia, como si el tiempo dentro de ese pasillo funcionara diferente.
Elegí uno frente a una ventana con el vidrio pintado de azul, que creaba una penumbra agradable. Me recosté boca abajo con el paño sobre los glúteos y esperé.
Oí pasos que se detenían en la entrada. Varios siguieron de largo. Luego uno no lo hizo.
Era él: el hombre de la pileta.
Se quedó en el umbral un momento, esperando. Me giré de costado para mirarlo. Entró y corrió la cortina.
Se quitó el paño y mostró una erección considerable. Me senté al borde de la cama y lo tomé con la boca sin decir nada. Limpio, suave, con ese sabor neutro del agua caliente todavía en la piel. Pasé la lengua despacio por cada centímetro, sintiendo cómo endurecía más entre mis labios. Él se tomó del larguero de la cortina y empezó a gemir en voz muy baja.
Cuando me dijo que quería penetrarme, me puse en cuatro sobre el colchón. Entró muy despacio, con cuidado, parando cada vez que yo tensaba, esperando. Luego empezó a moverse. Sus manos en mis caderas me guiaban hacia él con una presión firme. Yo me moví como si llevara años haciéndolo en ese lugar, con ese hombre, a esa hora.
Aumentó el ritmo poco a poco. Sus dedos se clavaban en mi piel. Cuando acabó se quedó quieto dentro de mí unos segundos, con el peso del cuerpo sobre mi espalda. Luego se retiró, se limpió con la toalla y dijo en voz baja:
—Sos muy bueno en esto. Espero que vuelvas.
Y desapareció por el pasillo.
***
Volví. Muchas veces.
Al principio cada dos o tres semanas, luego casi todos los viernes. Siempre había alguien. A veces varios. Descubrí que podía ser activo o pasivo según el momento, y que ninguno de los dos roles me definía más que el otro.
Compré ropa interior en una tienda del barrio: una tanga de hilo dental, negra, que empecé a usar en el baño turco para ir al solárium o simplemente para tumbarme en los boxes con ella puesta, de espaldas a la cortina abierta, y esperar. Funcionaba mejor de lo que esperaba.
Conocí hombres que me dieron su dirección. Hombres que volvieron a buscarme. Hombres que no volvieron nunca. Dentro del Neptuno aprendí que había otro baño turco en la ciudad, más céntrico, más concurrido, con una clientela más joven.
No sé todavía si eso es una promesa o una advertencia. Pero lo busqué en el mapa esa misma noche, con mi mujer dormida a dos metros, el teléfono contra el pecho y la tanga puesta bajo el pijama.