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Relatos Ardientes

Un activo para tres pasivos en Bilbao

Llevaba meses debiéndole una visita a Marcos. En julio había venido a verme a mi apartamento en la costa, y le prometí que antes de que acabara el año me acercaría yo hasta Bilbao. Con cuatro días libres por delante y sin una sola excusa válida, lo llamé un jueves por la tarde.

—Ven este fin de semana —dijo—. Tengo una sorpresa para ti.

No me especificó cuál. Lo conocía lo suficiente para saber que merecía el viaje.

Cogí el tren el viernes a mediodía. Marcos vivía en un ático en pleno centro de Bilbao, a dos calles del Casco Viejo, con una terraza que daba a los tejados del barrio y un salón que olía a café y a ese ambientador de madera que le gustaba desde que lo conocí. Cuando entré, había alguien sentado en el sofá con una cerveza en la mano.

—Adrián, este es Rubén —dijo Marcos.

Rubén tenía unos treinta años, quizás un poco menos. Alto y delgado, con esa clase de cuerpo que parece construido para el movimiento aunque no pise un gimnasio a propósito. Llevaba una camiseta gris desgastada y no llevaba nada debajo. Me tendió la mano y sonrió de una manera que no era exactamente inocente.

En los minutos siguientes, mientras Marcos abría más cervezas y nos las ofrecía, me fui enterando. Rubén era consultor en una empresa del sector energético, llevaba tres años viviendo en el País Vasco y, como Marcos y como yo, era pasivo. Los tres preferíamos recibir. Cada uno había actuado de activo alguna vez, a su manera, pero no era lo que buscábamos. Esa tarde estaba claro desde el principio que los tres queríamos lo mismo.

***

No tardaron mucho en ponerse cómodos. Marcos y Rubén ya estaban en ropa interior cuando llegué, y en diez minutos yo también lo estaba. La televisión seguía de fondo, con algo que nadie miraba. Rubén se me acercó sin rodeos y me besó. Era de esos besos que no piden permiso, que asumen que la respuesta ya está dada.

Me puse de rodillas y se la chupé. La tenía larga, casi sin vello, ya completamente dura. Marcos se acercó y le hice lo mismo: él la tiene más corta pero gruesa, con ese detalle que siempre me llama la atención en él, que tarda una eternidad en correrse aunque esté al máximo de excitación. Los tres nos fuimos moviendo sin prisa, cambiando de posición, explorando lo que cada uno ofrecía. Rubén era bueno con la boca. Yo me concentré en dar placer a los dos por turnos mientras notaba sus manos recorriéndome la espalda y bajando despacio.

Estuvimos así un buen rato, los tres enredados en el sofá, con el sonido apagado de la calle llegando desde afuera. Era bueno. Pero había una variable que faltaba y los tres lo sabíamos sin necesidad de decirlo.

—Llamo a Lorenzo —dijo Marcos en un momento dado, levantándose a buscar el teléfono.

Yo ya sabía de Lorenzo. Marcos lo había mencionado un par de veces antes, de pasada. Un acompañante colombiano con el que había quedado en dos ocasiones anteriores. Activo al cien por cien, de confianza, sin dramas. Marcos le envió un mensaje y en menos de diez minutos teníamos respuesta: podía estar en veinte minutos. Estaba cerca del barrio.

***

Mientras esperábamos, Marcos llevó a Rubén al dormitorio. Desde el salón los oía sin ningún problema. Marcos es ruidoso, siempre lo ha sido, y Rubén claramente sabía lo que hacía. Me quedé en el sofá con la televisión de fondo, masturbándome despacio, sin ninguna prisa, reservando energía para lo que venía.

Me asomé a la habitación al rato. Rubén tenía una mano enguantada completamente dentro de Marcos, que estaba boca abajo aferrado al cabecero con los nudillos blancos. No decía nada inteligible, solo sonidos largos y continuos. Rubén me hizo una señal para que me acercara y repartió su atención entre los dos sin sacar la mano de donde la tenía. Yo me coloqué a su lado y él me hizo sexo oral mientras continuaba con lo de Marcos. La imagen de los dos, el sonido de la habitación, la luz apagada, todo junto era demasiado bueno para apresurarlo.

Sonó el interfono.

Me puse algo encima y fui a abrir. En el descansillo había un hombre de piel oscura, cerca de metro noventa, con una camiseta ajustada y una mochila pequeña al hombro. Lorenzo. Me tendió la mano y sonrió con esa tranquilidad de quien ha hecho esto muchas veces y lleva mucho tiempo sin necesitar fingir nada.

Le hice pasar al salón. Desde el dormitorio seguían llegando los sonidos de Marcos, inconfundibles.

—¿Cuántos sois? —preguntó Lorenzo, mirando hacia la puerta entreabierta.

—Tres —dije—. Los tres pasivos.

Se quedó un momento en silencio. Era fácil adivinar que había calculado para uno, o como mucho para dos.

—Eso es mucho trabajo —dijo. No había molestia real en la voz, solo un apunte práctico.

—Lo sabemos —dije—. Y pagamos en consecuencia.

Sacó el teléfono, miró algo durante unos segundos, lo guardó. Luego asintió despacio.

—De acuerdo. Vamos.

***

En el dormitorio, Lorenzo se desnudó con la misma calma con que había entrado. Tenía el cuerpo de alguien que se cuida sin obsesionarse: ancho de hombros, abdomen definido, con una erección que ya estaba formándose antes de que terminara de quitarse los pantalones. Marcos lo miró desde la cama con esa expresión que yo le conocía bien, la de cuando sabe exactamente lo que quiere y está a punto de conseguirlo.

Lorenzo se puso un preservativo y se colocó encima de Marcos directamente. Sin preliminares extra. Marcos lo había pedido así, me enteré después. Le gustaba así cuando ya llevaba un rato calentando, sin más ceremonia que la estrictamente necesaria.

Rubén y yo nos quedamos a los lados. Lorenzo follaba a Marcos con un ritmo constante y controlado, la espalda recta, los ojos a medias. Con las manos nos acariciaba a los dos, sin perder el compás en ningún momento. Era bueno en eso, en dividir la atención sin que ninguno se sintiera de más. Marcos gemía con la cara hundida en la almohada y las manos apretadas en las sábanas.

Nos besamos entre los cuatro, excepto Lorenzo, que mantenía cierta distancia aunque sin frialdad. Estaba presente, atento, y hacía su trabajo con una precisión que se notaba en los detalles: la presión exacta, el ángulo correcto, el momento en que aflojaba el ritmo para que el placer durara más.

Cambiamos de posición. Lorenzo se puso detrás de mí mientras Marcos y Rubén se colocaban a los lados. Me penetró despacio, dejando que me acostumbrara antes de marcar el ritmo, y mientras tanto yo hacía sexo oral a Rubén, que tenía la mano apoyada en mi cabeza con una presión suave y constante. Marcos miraba la escena con los ojos entrecerrados, masturbándose sin apresurarse, saboreando cada segundo.

La habitación era pequeña y eso lo hacía todo más denso, más real. Los cuatro respirábamos el mismo aire. El ruido de Bilbao llegaba desde abajo amortiguado y lejano, como si perteneciera a otro mundo completamente distinto al nuestro.

Lorenzo sudaba pero aguantaba. No se había corrido con Marcos y no se corrió conmigo. Tenía un control que rozaba lo desconcertante. Rubén empezó a ponerse más silencioso, esa clase de silencio específico que en él significaba que estaba cerca del límite.

Marcos se tumbó boca arriba en el centro de la cama y extendió los brazos a los lados. Cerró los ojos. Esperó.

No hizo falta que dijera nada. Los tres lo entendimos de inmediato.

***

Lorenzo fue el primero. Se quitó el preservativo, se arrodilló sobre el pecho de Marcos y con tres o cuatro movimientos de mano soltó una carga densa sobre su cara y su cuello. No hizo ruido. Solo exhaló lentamente y se apartó con calma hacia un lado.

Rubén fue el segundo. Se corrió sobre el pecho de Marcos, con la ayuda de la mano de Lorenzo en los últimos segundos. Yo le metía dos dedos a Marcos por detrás durante todo ese tiempo, y él gemía con la boca abierta y los ojos cerrados, moviéndose despacio contra mi mano sin poder controlarse.

Fui el último. Me coloqué sobre su cadera y me vine sobre su vientre mientras él mismo se masturbaba, con Rubén guiándole la muñeca. Marcos se corrió casi al mismo tiempo que yo, con un espasmo largo que le recorrió el cuerpo entero de arriba abajo.

La habitación quedó en silencio durante unos segundos. Luego alguien respiró hondo y los demás lo imitamos, casi al unísono, sin haberlo acordado.

***

Lorenzo se limpió en el baño, se vistió con la misma tranquilidad con que se había desnudado y volvió al dormitorio para recoger sus cosas de la mochila.

—Tengo que irme —dijo—. Tenía otra cita programada antes de que me llamarais y me quedé justo de tiempo.

—Gracias —dijo Marcos desde la cama, todavía boca arriba, todavía sin moverse.

Lorenzo se despidió de Rubén y de mí con un gesto cercano, recogió el sobre que Marcos había dejado sobre la mesilla antes de que llegara y salió sin más ruido que el de la puerta cerrándose al fondo del pasillo.

***

Los tres nos duchamos por turnos. Marcos el primero, que era el que más lo necesitaba. Rubén y yo esperamos en el salón bebiendo agua en silencio, medio desnudos todavía, con esa calma espesa que queda después de que todo el cuerpo ha descargado lo que tenía encima. Una calma que no se parece a ninguna otra.

—¿Dónde aprendiste lo de la mano? —le pregunté a Rubén.

—Práctica —dijo, y se encogió de hombros como si la respuesta no necesitara más desarrollo.

Cuando Marcos salió del baño con el pelo mojado y una camiseta vieja demasiado grande, los tres nos sentamos juntos en el sofá y pedimos comida. Era casi medianoche y ninguno había cenado. Fuera, Bilbao seguía sonando, ajeno a todo.

Acordamos salir más tarde a tomar algo por el Casco Viejo. Rubén conocía un par de bares que solían estar bien los sábados, con gente interesante y sin demasiado ruido para poder hablar.

—La próxima vez en mi casa —dijo Rubén—. Tengo una casa en el campo, a media hora de aquí. Más espacio, más silencio.

—Y más privacidad —añadí yo.

—Exacto.

Marcos levantó su vaso de agua a modo de brindis. Los otros dos lo imitamos. No hizo falta decir nada más.

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Comentarios (5)

Santi_87

jajaja que situacion mas loca, tremendo!!

Gordo_Bilbao

Se me hizo cortisimo para lo que prometia. Segunda parte necesaria y urgente

PacoLector

Muy bien narrado, se siente como si fuera real. Sigue escribiendo por favor!

LectorNocturno99

Increible relato, me enganche desde el primer parrafo. La logistica del asunto me resulto graciosisima jaja. Espero que haya continuacion porque quede con ganas de saber como termino la noche entera.

DiegoFer22

buenisimo!!! otro mas asi porfavor

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