Me animé a entregarme a un hombre a los cincuenta y dos
Llevaba años con la misma curiosidad rondándome en los momentos más insospechados. Cuando me sentaba a trabajar, cuando me duchaba antes de salir, cuando apagaba la luz del velador. Una fantasía silenciosa, contenida, que solo me permitía explorar a solas con mis manos o con algún juguete escondido en el cajón del fondo. Tenía cincuenta y dos años recién cumplidos cuando decidí que ya no quería seguir esperando.
Puse un anuncio breve en una página de contactos. No dije mucho: hombre maduro, primera vez, busca a alguien que sepa enseñar con calma. Los mensajes empezaron a llegar la misma noche. Algunos me asustaron por crudos, otros me dieron lástima por torpes, y unos pocos me parecieron interesantes. Aun así, cada vez que estaba por concretar un encuentro, me echaba atrás. La vergüenza, el miedo a lo desconocido, la idea de quedar expuesto en una situación que no sabría manejar. Cancelaba con cualquier excusa y me prometía a mí mismo que la próxima sí.
Hasta que apareció Esteban.
Su primer mensaje no fue agresivo ni evidente. Me preguntó cómo me sentía con la idea, qué me gustaba imaginar, qué era lo que más me frenaba. Nos escribimos durante casi tres semanas antes de hablar siquiera de un encuentro. Me mandaba enlaces a artículos sobre cómo prepararse, qué ropa elegir si quería vestirme de un modo más femenino, cómo respirar, qué evitar. No me apuraba. Me decía cosas como «si no estás listo, no pasa nada, cuando quieras hablamos». Eso fue lo que terminó de convencerme.
El encuentro lo organizamos en un motel de las afueras de Resistencia. Él iba a llegar primero y me iba a esperar abajo, en el estacionamiento. Yo tenía que tomar el taxi, bajar, subir a su auto y dejarme llevar. Cuando me subí al asiento del acompañante esa tarde de marzo, sentí un revoloteo en el estómago que no había sentido nunca. Lo miré y le dije, casi sin pensarlo:
—Ahora entiendo lo que siente una mujer cuando va camino al lugar donde la van a hacer suya.
Esteban se rio bajo, sin burla, y me apretó la rodilla con la mano libre.
—Vas a estar bien. Te lo prometo.
***
La habitación tenía luz indirecta, espejo en el techo y un equipo de música encendido con algo instrumental que sonaba a piano y cuerdas. Lo había pensado todo. Sobre la mesa de noche había una botella de agua, toallas dobladas, lubricante, condones de varios tipos y un par de láminas de látex. Me sorprendió esa preparación. Yo había llegado con una mochila pequeña con mis cosas y los nervios pesando en cada paso.
—Date una ducha tranquilo —me dijo—. Tomate tu tiempo. Yo me ducho después.
Me metí al baño y dejé correr el agua caliente un rato largo. Me lavé con cuidado, repasando cada parte del cuerpo como me habían recomendado en las páginas que él mismo me había pasado. Cuando salí, envuelto en una toalla, lo encontré sentado en el borde de la cama, mirando el celular. Me sonrió como si fuera la cosa más natural del mundo verme ahí, casi desnudo, con cincuenta y dos años a cuestas y la respiración entrecortada.
Mientras él se metía a la ducha, yo aproveché para vestirme. Me puse unas medias caladas que me llegaban hasta el final de las nalgas, una tanga roja muy ajustada, una falda corta del mismo color y una blusa fina que dejaba transparentar la piel. En la cabeza me até un pañuelo de seda. Me miré al espejo del armario y me sentí ridículo y encendido al mismo tiempo. La imagen que me devolvía el cristal no terminaba de ser yo, y eso, lejos de espantarme, me prendió todavía más.
Esteban salió del baño con una toalla atada a la cintura. Cuando la dejó caer, me costó tragar saliva. Tenía un cuerpo trabajado, no de gimnasio sino de alguien que se mueve mucho, y un pene erecto bastante más grande de lo que yo había calculado por las fotos. Lo miré sin pestañear unos segundos. Él notó mi cara y se acercó despacio.
—Tranquilo —me dijo en voz muy baja—. Si no te entra hoy, no pasa nada. Hoy es para que la pasemos bien, no para cumplir con un objetivo.
Le creí. No sé por qué, pero le creí.
***
Empezamos abrazados. Él me rodeó la cintura con los dos brazos y yo le pasé los míos por el cuello, como si estuviéramos bailando algo lento. Su boca se acercó a la mía y me besó sin apuro, primero en los labios, después en el cuello, y bajó hasta la clavícula. Cada beso me iba aflojando un nudo distinto. Me di cuenta de que llevaba la mandíbula apretada desde que había entrado a la habitación, y recién ahí, contra su pecho, empecé a respirar normal.
Sus manos bajaron despacio hasta mis nalgas y las acarició por encima de la tanga. Después metió los dedos por debajo y me apretó la piel desnuda. Sentí un tirón en el bajo vientre, una corriente que me subía por la espalda. Empezó a recorrer con un dedo la línea que separa las nalgas, de arriba hacia abajo, con una lentitud que me hacía morderme el labio para no quejarme. Cuando llegó al centro y me rozó apenas, dejé escapar un gemido que no esperaba.
—Te gusta —dijo, no como pregunta.
—Sí —murmuré.
Me empujó con la cadera contra la suya. Su erección chocaba con mi propio bulto debajo de la falda, y los dos teníamos un ritmo lento, casi suspendido. Pero lo que más me importaba era ese cosquilleo eléctrico, ese hormigueo entre las nalgas que él alimentaba con la yema del dedo.
Sin decir nada, me giró suave de las caderas y me hizo apoyar las manos en el borde de la cama. Mi cuerpo formaba un ángulo, casi en escuadra, mientras él se arrodillaba detrás. Sentí cómo me bajaba la tanga hasta los muslos y cómo colocaba una lámina de látex entre nosotros. Lo que vino después no se parecía a nada de lo que yo había probado con mis propios dedos a oscuras. Su lengua, fina y caliente, recorrió toda la zona con paciencia, deteniéndose más tiempo en el centro, repitiendo el gesto una y otra vez hasta dejarme temblando.
Mis gemidos ya no eran disimulados. Subían y bajaban en oleadas, y él los usaba como mapa para saber dónde insistir.
***
Después vino el lubricante. Sentí el frío del gel contra la piel y enseguida un dedo, no apresurado, que se quedó un rato apenas presionando antes de entrar. Recordé el consejo que me había mandado por escrito días antes: aflojar el cuerpo, pujar como si fuera a defecar, no contener la respiración. Lo hice y el dedo entró completo. Esteban no se movió. Me preguntó si estaba bien, si me molestaba, si quería que parara. Yo le pedí que siguiera.
El segundo dedo costó más. El tercero me hizo gemir alto. Era una sensación rara, mitad placer mitad presión, mitad miedo mitad alivio. Cuando los movía hacia adentro, encontraba un punto que me hacía cerrar los ojos y tensar los muslos. Él lo notó y empezó a buscarlo a propósito.
—Ese mismo, ¿verdad? —me dijo cerca del oído—. Ya te lo voy a encontrar con otra cosa.
Me sopló en la oreja, me mordió el lóbulo despacio, y entendí que el momento había llegado.
Me giró para acostarme de costado, con la pierna izquierda doblada hacia arriba. Le pasó un condón de sabor frutilla por encima del pene y me lo acercó a la boca. Lo recibí sin pensar. Mientras yo lo chupaba con todas las ganas, él seguía con dos dedos dentro de mí, abriéndome paso. Su erección se puso aún más dura contra mi lengua, y los dos sabíamos que lo siguiente no podía demorarse más.
***
Cambió de posición, se ubicó detrás y apoyó la punta contra mí. Respiré hondo y aflojé todo lo que pude. Sentí cómo entraba el primer centímetro y me quedé quieto. Él también. Esperamos. Después entró un poco más y volvió a esperar. Así, en escalones, fue avanzando hasta que estuvo entero adentro. Ahí no se movió durante un buen rato. Me acariciaba la espalda, me besaba el hombro, me decía cosas al oído que no recuerdo exactamente, solo recuerdo el tono.
Cuando empezó a moverse, fue tan despacio que parecía que estábamos respirando juntos. De a poco aceleró. Yo gritaba algunas veces, gemía otras, y le pedí en algún momento que no parara aunque me ardiera. Porque ardía, sí, pero también era un placer raro, hondo, que me llegaba a lugares del cuerpo que no sabía que existían. Pensé que los del cuarto de al lado nos iban a escuchar y la idea, lejos de incomodarme, me prendió más.
Pasamos por varias posiciones. En un momento se tiró de espaldas y me hizo montarlo dándole la espalda, para que él pudiera verme bien. Yo me sostenía con las manos en sus rodillas y bajaba y subía sintiendo cómo me llenaba completo. Más tarde me llevó hasta una silla del cuarto. Se sentó, abrió las piernas y me indicó con un gesto que me sentara encima. Cuando bajé sobre él, entró sin esfuerzo, como si llevara ahí desde siempre. Sentí mariposas subiéndome por todo el abdomen.
Después volvimos a la cama. Me puso de perrito, con la mejilla apoyada contra la sábana, y me agarró fuerte de la cintura. Ahí fue donde dejé de pensar. Me sentí hembra, puta, animal, todo lo que había imaginado, y me sentí también yo mismo, más mío que en mucho tiempo.
Cuando llegué, lo hice dos veces a la vez. El esfínter se me contrajo en oleadas y al mismo tiempo eyaculé sin que nadie me tocara el pene. Esteban me sintió y se vino casi al toque, agarrándome el hombro con los dedos clavados.
***
Nos quedamos tirados, sin hablar, escuchando la música que seguía sonando bajita. Después me acomodé contra su pecho y nos dormimos un rato. Cuando me desperté, él ya estaba otra vez duro, y a mí me daba una pereza enorme moverme, pero le sonreí y le pedí otro condón.
La segunda vez fue distinta. Más larga, más lenta, sin urgencia. Yo me ofrecí en cuatro patas y él entró sin esperar a que yo abriera. Ya había camino hecho. Me agarraba de los hombros, después de la cintura, después del cuello, y yo iba hacia atrás a su ritmo para no perderme ni un centímetro. Volví a llegar, otra vez doble, otra vez en oleadas.
Apenas me había salido cuando sonó el teléfono del cuarto. Las cuatro horas habían terminado. Esteban pagó media hora más para que pudiéramos ducharnos sin apuro y vestirnos en paz. Cuando bajamos al auto, la tarde ya se había hecho noche.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí. Adolorido, pero bien.
Se rio.
—Mañana vas a estar peor. Y pasado, mejor. Y la próxima vez, te vas a animar a más cosas.
Hubo una próxima vez, y otra, y unas cuantas más. Nos veíamos cada dos o tres semanas, siempre con tiempo, siempre con la misma calma. Hasta que un día me avisó que se iba a Concepción del Uruguay por trabajo y que no sabía cuándo iba a volver. Le escribí algunos meses después y no me contestó. Le perdí el rastro.
Hoy sigo viviendo en Resistencia, sigo con las mismas ganas, y de a poco voy buscando a alguien con quien repetir esa sensación de la primera tarde. Si alguien me lee y se siente identificado, que sepa que cumplir una fantasía a los cincuenta y dos no te hace ridículo. Te hace, por fin, dueño de tu cuerpo.