Mi mejor amigo me pidió algo que no me esperaba
Me despierto con una erección dura como piedra. Diego sigue dormido en la cama de al lado, así que cojo el móvil y mato el tiempo con un par de partidas hasta que lo oigo desperezarse.
—¿Otra vez perdiendo? —pregunta con voz pastosa.
—Calla, que te saco quinientas copas, chaval.
No insiste. Pienso que va a decir algo de lo de anoche, pero se queda mirando el techo. Queda entre nosotros, supongo.
Pasamos la mañana en su casa. Sus padres insisten en que me quede a comer y, después de avisar al mío, acepto. Sobre las cinco de la tarde vuelvo a casa.
Mateo está en el sofá pegado a mi padre, viendo dibujos. Mi padre tiene los ojos cerrados, pero me saluda en cuanto entro.
—¿Qué tal, hijo?
—Bien —digo, encogiéndome de hombros—. La consola, un rato en el parque y poco más.
Me siento al lado de Mateo, que se acurruca enseguida y apoya la cabeza sobre mi muslo, demasiado cerca de la entrepierna. Le acaricio el pelo.
—¿Y hoy qué planes?
—He quedado con una compañera para hacer un trabajo de clase.
Mi padre me mira con una sonrisa pícara.
—¿Acabáis de empezar el curso y ya un trabajo? Si no te conociera, pensaría que es una excusa.
—Es solo una compañera, papá.
—Ya, ya. Pero si te gusta, ve a por ella.
Carla aparece en ese momento, suelta un «adiós» y nos avisa de que se va a casa de Iván.
—Protección, hija —dice mi padre.
—¡Papá! —protesta ella, poniendo los ojos en blanco.
Cuando se va, mi padre se gira hacia mí.
—Tú igual, ¿eh? Aún es pronto, pero por si acaso.
—Papá, déjalo —miro a la tele, incómodo—. Gracias.
A las seis y media me llega el mensaje de Lucía. Quedamos en media hora. Me da la dirección y a las siete estoy llamando a su puerta. Me abre su padre, que me mira de arriba abajo como si me estuviera evaluando. Debe darle el visto bueno, porque sonríe y me invita a pasar.
Lucía aparece por el pasillo con una camiseta ancha y el pelo recogido. Vive en un segundo piso, con sus padres y un hermano un año menor que nosotros. Lo veo de refilón al pasar por delante de su habitación.
—Hola, soy Nico.
—Déjale —dice Lucía—. Está colgado del TikTok.
Parece mono, el hermano. No me da tiempo a fijarme más. Nos metemos en su cuarto y, en las dos horas que tardamos en sacar el trabajo, hablamos de todo. Música, profesores, miedos, planes. Cuando me voy, tiene una sonrisa diferente.
—Ha estado bien, Nico. Creo que nos van a poner buena nota.
Me ruborizo y se me marcan los hoyuelos.
—Sí, ha quedado guay.
Aguardo un par de segundos en la puerta. Sus padres están en el salón, atentos a la tele.
—Nos vemos en clase —dice ella.
Asiento. Lucía cierra. Mientras bajo las escaleras, me arde el pecho de una manera rara.
Me ha gustado. Mucho. Pero lo de anoche con Diego también me gustó, y eso no consigo entenderlo. ¿Cuál de las dos cosas me gustó más? ¿Es normal sentir las dos a la vez? El móvil vibra. Es Lucía.
«Si toca otro trabajo, ¿nos ponemos juntos?».
«Claro», respondo al instante.
Reacciona con un emoji de visto bueno. Le escribo al grupo donde están Diego, Marco y Aitor.
«¿Mañana?».
***
Quedamos el domingo a media tarde en el centro comercial, a quince minutos de mi casa. Les cuento lo de Lucía mientras Aitor se acicala el flequillo frente a un escaparate.
—No está mal, cabrón —dice—. De aquí a nada te estrenas.
—Habría que verle intentándolo —se burla Marco.
Imita mi manera de hablar y los cuatro nos partimos. Marco es el gracioso del grupo. Llegó de Italia hace cuatro años, pero ya habla como un español más. Tiene el pelo rizado, los ojos verdes y el cuerpo marcado de tanto judo y tenis. Aitor, en cambio, es el cabecilla. El que decide a dónde vamos. Rubio, pelo corto, ojos entre azules y miel. Nunca le he visto a nadie unos ojos así.
Después del helado y un rato dando vueltas, Aitor propone subir a su casa. Sus padres se han llevado a Lola, su hermana pequeña, a ver a los abuelos.
—Pero un rato, ¿eh? A las ocho os echo.
Llegamos a su salón y nos tiramos un FIFA. Después acabamos despatarrados en el suelo, con las manos en los pantalones sin hacer nada en concreto.
—Os renta una paja en grupo —suelta Marco—. Llevo dos días sin hacerme una y voy a explotar.
Lo hemos hecho ya varias veces. La primera, al empezar el instituto, con una manta tapándonos a todos para no vernos. Las últimas, ya sin manta, salvo Aitor, que nunca se la saca.
Bajamos las persianas, ponemos un vídeo y nos colocamos en el sofá. Aitor en un extremo, tapado con una manta. A su lado Diego, luego yo y Marco al otro extremo. Los tres nos la sacamos con la risa floja. Aún flácidas, pero ya se nota que la de Diego no es como las nuestras.
Cuando se nos pone dura, no puedo no mirar la de Marco. Le calculo unos catorce centímetros, curvada hacia la izquierda, con algo de vello en la base. Marco se sube la camiseta y enseña el abdomen, marcado como siempre. Diego ya está dándole con ganas.
Entonces Diego me mira con picardía, tira de la manta de Aitor y nos tapa a los dos. Marco nos echa una mirada, pero no le da importancia.
Diego sigue masturbándose, pero noto su mano sobre mi muslo. Se me corta la respiración. Me da pánico que los otros vean lo que está pasando ahí abajo, pero la manta nos cubre. Los dedos de Diego me rodean. Suelto el aire de golpe y Aitor nos echa un vistazo antes de volver al vídeo.
Le devuelvo el favor. Lo siento caliente y duro, más grueso de lo que pensaba. Mis dedos chocan con los suyos. Nos miramos a los ojos: cómplices.
—Sácatela ya, Aitor —insiste Marco—. Que hay confianza, joder.
—Calla y mira el vídeo —corta él, distante como siempre.
Empiezo a pensar que está acomplejado. Que igual no la tiene grande. Miro a Marco, que sigue dándole sin enterarse de nada.
—¿A que es grande? —dice, señalándose el rabo.
—No está mal —respondo, indiferente.
—Si quieres tocar, toca. Que ya he visto cómo me la miras, maricón —el insulto le sale entre risas, sin maldad.
Me lo pienso dos segundos. Quizá es la oportunidad. Acerco la mano derecha y él aparta la suya. Sin saber muy bien cómo, tengo el rabo de Diego en la izquierda y el de Marco en la derecha.
—Sabía yo que eras un sarasa —dice Marco, divertido—. Pero oye, no te juzgo. Si quieres también la chupas.
—Tú flipas —le contesto. Eso sería pasar una línea que no estoy dispuesto a cruzar. Al menos no ahora.
Sigo masturbando a los dos a la vez mientras Diego me la pajea a mí debajo de la manta. Marco, en pleno calentón, me mete la mano izquierda por debajo y me acaricia el muslo, cerca del pubis. Los cuatro respiramos cada vez más fuerte.
Aitor levanta la manta justo a tiempo para no manchar.
—Oh… —decelera hasta parar.
Marco va detrás. Me aparta la mano de su rabo, pero deja la suya en mi muslo. Se da una paja frenética hasta que se viene sobre el abdomen. Retira la mano un segundo antes de que Diego y yo terminemos también, casi a la vez. Una gota me cae justo encima del labio. La recojo con la lengua.
—Joder —dice Marco—, la mejor paja de mi vida. Lo de que te toquen es brutal.
—No te acostumbres —le digo—. No sé ni por qué lo he hecho.
—Ya, ya…
—Pareja de mariquitas —se ríe Aitor, levantándose—. Voy a limpiarme. Recoged, que aquí duermen siesta mis padres.
***
La semana pasa lenta. Lucía me busca en clase. Lo noto. Se sienta cerca, me roza al pasar, me mira cuando piensa que no la veo. No he vuelto a hablar con ella por privado, pero algo se mueve.
El viernes le escribo por WhatsApp para preguntarle por los deberes. La excusa más vieja del mundo. Contesta en dos minutos, con entusiasmo. Hablamos un rato y se nos acaba el tema. No fuerzo otro.
Es Diego quien me escribe.
«¿Te vienes?».
No habíamos quedado hasta mañana. Contesto un «voy» y diez minutos después estoy en su puerta. Me abre él. Silencio en toda la casa.
—¿No están tus padres?
—Nop —y me señala el salón con una sonrisa.
En la tele tiene un vídeo de dos chicas comiéndole el rabo a un tío. Debe haber enchufado el ordenador.
—Joder, qué disimulado —le digo—. Tú le has cogido el gusto a lo del finde pasado.
—No te lo voy a negar —ríe—. ¿Empezamos?
No contesto. Me bajo los pantalones hasta los tobillos. La tengo a medio gas, pero va subiendo. Diego se baja los suyos también; él está duro como una piedra. Lo noto temblar. Algo está tramando.
Nos sentamos. Él a mi izquierda. Le da al play y deja la pierna derecha sobre mi izquierda. Me mira. Soy yo quien acerca la mano. Él hace lo mismo. Su mano me abarca casi todo.
Me la pajea durante un minuto sin prestar atención al vídeo. Coge aire. Va a decir algo.
—Nico —empieza, tímido. Para el movimiento—. ¿Tú…?
—¿Yo qué?
—Esta semana he estado pensando… Esto es la ostia, pero…
—Pero qué, Diego.
—Eres mi mejor amigo —vuelve a empezar—. Lo que te voy a pedir que no salga de aquí, ¿eh? —traga saliva. Tres segundos en silencio—. Nico, ¿me la chupas?
Le miro. Sonríe avergonzado y baja la mirada. Seguimos con el rabo del otro en la mano.
—¿Estás seguro? —asiente sin mirarme. Está rojo—. ¿Y si te digo que sí, pero solo si me la chupas tú después?
Ahora sí me mira. En la penumbra no consigo descifrar lo que dicen sus ojos.
—Me da un poco de asco —reconoce—, pero quiero saber qué se siente.
El vídeo sigue. Nadie le hace caso.
—Vale —digo, soltando aire—. Voy.
Me arrodillo entre sus piernas. Él se acomoda. Tiembla. Yo también. Va a ser el primer pene que chupo y va a ser el de mi mejor amigo. Una parte de mí quiere salir corriendo. El resto se muere de ganas.
Siento el suelo frío en las rodillas. Sujeto su miembro con la derecha; la izquierda se apoya en el sofá. Nos miramos. Sonreímos como bobos.
Acerco la boca. Tras dos segundos asimilando lo que estoy a punto de hacer, lo meto. Lo rodeo con los labios, sin lengua todavía. Aún me da repelús.
—Oh… —suspira él enseguida.
Me río, más por nervios que por otra cosa. Diego se contagia. Vuelvo a la mamada con torpeza. Siento sus dedos retirando mi mano izquierda con suavidad. Quiere ver bien lo que estoy haciendo.
Apoya esa misma mano en mi cabeza y empuja hacia abajo, firme pero gentil. Intento abrir la garganta. No consigo tragármela entera. Sobran un par de dedos.
—Hm… —gime de nuevo.
Sonrío con la boca llena.
—Es la leche —susurra, como si hablar fuerte fuera a romper el momento.
Algo se me hincha por dentro. Le estoy dando placer y eso me gusta. Empapo su pene en saliva. Cuando intento absorber un poco con la lengua, él echa la cabeza hacia atrás y mira el techo. Algo he hecho bien.
Sigo. Pruebo a empujarle el rabo hacia el abdomen para llegar a los huevos. Le doy un par de lengüetazos. Diego se ríe, ya sin nervios. Cuando me los meto en la boca, le tiro demasiado.
—¡Au! —se queja—. Mejor vuelve a lo de antes.
Diego me invita a subir al sofá. Me siento a su lado y vuelvo a metérmela, esta vez sin manos, tanteando con los labios. Él aprovecha para pasarme el brazo por la cintura y empezar a pajearme despacio.
—Uf… —gime—. Pajea mientras lo haces.
Le hago caso. La base con la mano, la punta con la boca, todo acompasado. Su glande choca contra mi lengua a cada bajada.
—Madre mía, qué locura —susurra, y ríe brevemente.
Me río con la boca llena. Cada vez que dice algo se me sube todo. Voy a estallar.
Acelero la paja. Él acelera la suya en mí también. Su mano libre me revuelve el pelo con una ternura que no esperaba.
—Sigue, bro —pide en un murmullo.
Lo siento todo a la vez. Su rabo en mi boca, mi rabo en su mano, nuestras pieles rozándose. Somos uno.
Entonces exploto. Mancho su mano con un chorro corto. Diego me avisa, me aparto. Suelta su polla, la coge él y se corre encima del vientre, un semen blanco y abundante.
Silencio. Solo nuestras respiraciones.
—Uf… Joder —es todo lo que dice.
Me sale una risa pequeña, nerviosa.
—Voy a limpiarme —anuncio, levantándome.
—Nico —me llama antes de que me aleje—. Lo de hacerlo yo…
—No te rayes. Da igual.
Me encierro en el baño. Es contradictorio, después de lo que acabamos de hacer, pero el baño es lo único íntimo que me queda. Me miro al espejo.
¿Qué acabo de hacer? Esto está mal. No tendría que haberlo hecho. ¿Cómo le miro a la cara ahora?
Salgo. Diego se ha limpiado con papel de cocina y está sentado en el sofá. Ha subido un poco las persianas. La tele está apagada.
—Oye, creo que me voy a casa.
—¿Por? Si nos quedan partidas al Clash.
—Nah, estoy hecho polvo.
Cuando voy a salir, me llama.
—Nico. ¿Todo bien?
Le miro. Es una silueta en la penumbra. ¿Todo bien? No lo sé.
—Sí, claro. Nos vemos mañana.
«Chao, bro», le oigo decir cuando cierro la puerta.
Camino a casa con el pecho ardiendo. No debería sentirme así. Diego no se siente así. ¿Por qué yo sí? Para él ha sido una manera de pasar el rato. ¿Por qué para mí ha sido más?
No me gusta mi amigo, eso lo tengo claro. Pero el pecho me late raro.
Vibra el móvil. Es Diego.
«Loco, ¿seguro que todo bien?».
Le dejo en leído hasta que llego al portal.
«Sí, sí, estoy cansado, jajaja».
No contesta. Entro en casa y oigo pasos rápidos. Es Mateo, viene corriendo.
—¡Nico, Nico! ¿A que no sabes quién ha venido?