Confesión: la semana que el tercero faltó en casa
El lunes por la mañana, todavía olía a Sergio en el pasillo. Aquel champú suyo de eucalipto seguía colgado del aire como si hubiese decidido quedarse aunque él no.
Lo vi cerrar la puerta del taxi con la maleta en el regazo, soltar un beso seco en mi mejilla y abrazar a Diego más tiempo del necesario, como quien firma un pacto sin palabras.
—Una semana en Barcelona, no más —dijo con esa media sonrisa que me obligaba a apretar los muslos contra el marco.
Cuando el coche giró en la esquina, la casa volvió a ser solo nuestra y nunca había estado tan vacía. Volvimos al café de cada mañana, a los besos de despedida, al ruido del cepillo de dientes mientras Diego se vestía. Una rutina que durante meses había sido suficiente, hasta que dejó de serlo.
Esa primera noche, Diego me arrastró al dormitorio antes de que cenáramos. Me arrancó el cárdigan, me empujó contra el colchón con esa hambre suya que no daba tregua. Su polla ya rozaba mi vientre cuando susurró que me había echado de menos todo el día. Yo cerré los ojos y dije que sí. Yo cerré los ojos para no ver lo que faltaba.
Me abrió las piernas con la familiaridad de seis años de saberse mi mapa. Bajó la cabeza y empezó a lamerme con esos barridos largos que conocía de memoria. Su lengua subía desde abajo hasta el clítoris, lo bordeaba, volvía a bajar. Sus dos dedos entraban y salían a un ritmo que normalmente me arrancaba un orgasmo en minutos.
Esa noche me costó concentrarme. Mi cabeza se iba a la última noche del fin de semana anterior, cuando Sergio había estado entre nosotros, su barba más áspera que la de Diego, sus manos más anchas, su forma de morder los pezones como si quisiera dejar marca. Echaba de menos el peso de otro cuerpo en la espalda mientras Diego me follaba la boca. Echaba de menos el calor de otra polla rozándome el muslo.
Cuando me corrí en su lengua fue un orgasmo tibio, casi educado. Un eco lejano de los temblores que los tres habíamos arrancado de mí los meses anteriores. Diego no notó nada, o eligió no notarlo. Me besó el ombligo, subió, me dio la vuelta y se metió debajo.
Lo cabalgué con ganas, los pechos rebotando contra el suyo, sus manos sujetándome las caderas. Mientras me hundía sobre él, mi cabeza inventaba a Sergio detrás de mí. Su escupitajo cayendo justo donde tocaba, su miembro abriéndome el otro lado, llenándome dos veces. Diego embistió desde abajo y soltó un gruñido animal. Yo aceleré para esconder lo que me faltaba.
Se vino dentro con un rugido que llenó la habitación. Yo fingí un clímax que ni siquiera había rozado. Después se acurrucó contra mi espalda, su brazo pesado sobre mi cintura, su respiración regulándose. Esperé a que se durmiera. Esperé media hora.
Cuando supe que dormía, bajé la mano por debajo de las sábanas. Me toqué con sus restos goteando entre mis dedos. Cerré los ojos y vi a Sergio en el suelo del baño aquella vez, con Diego de rodillas, las dos pollas en su cara, los ojos cerrados de placer puro. Me corrí mordiéndome el labio para no hacer ruido. Un orgasmo solitario, intenso, culpable.
Algo nos faltaba. No era solo carne. Era esa electricidad de saber que estábamos haciendo algo prohibido juntos, ese secreto compartido que se nos había metido en la sangre.
***
Una semana parecía poco hasta que empezó a estirarse. La primera mañana sin Sergio fue casi normal: café, beso, salida al estudio, promesa de cocinar yo. Por la noche, en cambio, la casa se notaba demasiado grande. Carla y yo habíamos pasado meses aprendiendo a follar entre tres, y volver a follar entre dos era como volver a una piscina vacía.
La devoré con todo lo que tenía esa primera noche. Le lamí cada pliegue del coño, le saboreé esa humedad un poco salada que se le ponía cuando llevaba horas pensando en sexo sin decirlo. Ella gimió mi nombre y se aferró a mi pelo. Pero mientras la penetraba, mi cabeza se escapaba al fin de semana anterior. A Sergio detrás de mí, a su miembro grueso abriéndome despacio, a esa orden suya en voz baja: «no te muevas».
La puse a cuatro patas. Le separé las nalgas con las dos manos para verme entrar y salir. Mis bolas chocaban contra su clítoris cada vez que la embestía.
—Más fuerte —suplicó.
Obedecí sin pensar, follándola con esa rabia un poco ridícula del que intenta tapar un agujero con otro agujero. Imaginé a Sergio arrodillado frente a ella, su polla en su boca. O aún mejor: detrás de mí, escupiendo en mi entrada antes de hundirse hasta el fondo, sincronizándose con mis embestidas. Me corrí con fuerza, llenándola hasta que rebosó por sus muslos. El placer fue hueco. Una sombra de la sumisión que Sergio me había arrancado el viernes anterior.
A la mañana siguiente, en la ducha, la apreté contra los azulejos. Levanté una de sus piernas hasta apoyarla en mi cadera y la penetré de pie. El agua caliente nos caía encima mientras yo me clavaba en ella con un ritmo cada vez más rápido. Sus paredes se contraían y me ordeñaban hasta que se vino con las uñas en mi espalda. Faltaba la rudeza. Faltaba la idea de Sergio detrás de mí, su mano en mi nuca, empujándome contra el cristal empañado para follarme mientras me decía al oído lo que iba a hacerme luego.
Ahora era yo el que dominaba a Carla. Y sí, ella se corría, y sí, yo me corría. Pero por dentro yo solo quería ser otra vez el que se rinde.
Esa semana follamos como nunca y como nunca. Carla me chupaba la polla hasta el fondo, tragaba mi semen con avidez, se ofrecía en posiciones que nunca había pedido. Yo le lamía el ano mientras la masturbaba hasta que se corría sobre mi cara. Y al terminar, los dos mirábamos al techo en silencio.
Sergio se nos había metido en el centro del deseo. No solo en los cuerpos, también en algo más viejo y más jodido de explicar. Cuando Carla se durmió la quinta noche, bajé la mano y empecé a tocarme pensando en su regreso.
Cinco días más. Cinco días de fingir que con dos era suficiente.
***
Barcelona burbujeaba con su caos de siempre. Las luces de neón parpadeaban sobre el asfalto mojado por una lluvia fina que no enfriaba nada. Habían pasado tres días desde que dejé el portal de Carla y Diego, con el sabor de los dos todavía pegado a la lengua y el eco de los gemidos de él retumbándome en algún sitio.
El rodaje me tenía secuestrado de día. Era un documental sobre cocineros de barrio para una plataforma: jornadas largas, focos calientes, comida que olía mejor de lo que sabía. Por las noches, sin embargo, el hotel se quedaba demasiado quieto, y yo abría la aplicación de citas con dedos demasiado rápidos. «Pareja busca experiencia con hombre bi», decía un perfil que me llamó la atención. Un tipo fornido llamado Adrián, treinta y tantos, y su mujer, Mireia, morena, curvilínea, con esa mirada que no necesita explicaciones.
Acepté la cita sin pensarlo. El gusto por la bisexualidad que Diego me había despertado meses atrás no se calmaba con dos pajas en un hotel.
Quedamos en un bar discreto cerca de Plaça Reial, uno de esos sitios donde las conversaciones se susurran y las manos se rozan bajo la mesa. Adrián era alto, barba recortada, una camisa que se le ajustaba al pecho ancho. Mireia llevaba un vestido rojo que dejaba poco a la imaginación, los pechos presionando contra la tela como una promesa. Hablamos de tonterías al principio: viajes, trabajos, el último puente que se pasaron en Mallorca. El aire tardó poco en espesarse.
—Somos abiertos —dijo Adrián con una sonrisa lobuna, su rodilla rozando la mía—. Y tú pareces saber lo que haces.
Mireia se echó a reír. Su mano subió por mi muslo despacio, hasta detenerse a un dedo de la cremallera. Mi polla se endureció al instante, recordando cómo había dominado a Diego en el cuarto de baño la noche que nos conocimos.
Media hora más tarde estábamos en su hotel, un edificio anodino con vistas a la Rambla. La puerta se cerró con un clic y Mireia me besó la primera. Su lengua me invadió la boca con urgencia. Sus manos me desabrocharon la camisa mientras Adrián observaba desde el sillón, palmeándose la entrepierna por encima de los vaqueros. La desvestí rápido. Le bajé el vestido por los hombros, le saqué los pechos del sujetador, le mordí los pezones oscuros hasta que se le pusieron duros.
Me arrodillé y le lamí el coño depilado. Mi lengua se hundió entre sus labios hinchados, saboreando una humedad densa que le sacaba pequeños gemidos guturales mientras me tiraba del pelo. Adrián se acercó con la polla en la mano, masturbándose lentamente mientras me veía devorar a su mujer.
—Chúpamela —ordenó.
Obedecí. Me giré sobre las rodillas y me la metí entera, con sus venas palpitándome contra el paladar, sus bolas peludas rozándome la barbilla cada vez que bajaba. La saliva me goteaba por el mentón. Mireia se acomodó en el sofá detrás de mí y me lamió la nuca mientras yo le chupaba la polla a su marido.
Era excitante, sí. Esa dinámica cruda y limpia de tres desconocidos que no se deben nada. Mireia terminó montándome en el sofá, su coño apretado deslizándose por mi polla hasta que sus nalgas chocaron contra mis muslos. Adrián se posicionó detrás de mí, escupió en mi entrada y empujó su miembro lubricado adentro. Gemí contra la boca de ella mientras él me embestía con golpes cortos y brutales, su vientre peludo golpeándome la espalda.
—Qué culo tan apretado —gruñó él, y aceleró.
Cambiamos de posiciones varias veces. Yo penetrando a Mireia a cuatro patas mientras Adrián me lamía el ano por detrás. Él reemplazando la lengua por dos dedos gruesos. Yo con las manos en sus caderas, hundiéndome hasta el fondo mientras ella gritaba y se corría empapando el sofá. Adrián volviendo a girarme para que le chupara la polla recién salida de mí, un sabor almizclado en mi boca mientras Mireia se frotaba el coño viéndonos.
Me empaló en su regazo y me abrió de nuevo. Yo me dejé caer sintiendo cómo me llenaba. Adrián se vino dentro de mí con un rugido bajo, chorros calientes inundándome por dentro, su semen goteando por mis nalgas cuando me aparté. Yo exploté en la boca de Mireia y ella se unió al clímax con los dedos hundidos en su coño hasta correrse sobre la alfombra.
Y sin embargo, mientras jadeábamos los tres enredados, sudorosos y exhaustos, algo se me removió en algún sitio del pecho. Era puro fuego físico, sí: el roce de pollas duras, el sabor de coños y culos, la rudeza de cuerpos chocando sin filtro. Mi bisexualidad se regocijaba en esa libertad sucia, en ser el que toma y el tomado en la misma noche. Pero faltaba esa chispa profunda. Ese lazo invisible que había ido apareciendo entre Diego, Carla y yo en los últimos meses.
No era solo el placer de dominar a Diego, de verlo romperse bajo mis embestidas y suplicar más. Era esa mirada suya cuando se rendía. Era la complicidad silenciosa de Carla mientras nos miraba, los ojos brillando de una manera que ninguna luz de hotel iba a igualar. Adrián era fuerte. Mireia era ardiente. Pero no eran ellos.
Me vestí con una excusa rápida sobre una sesión a primera hora. Salí al frío de la noche barcelonesa con el semen de Adrián aún resbalándome por dentro. Caminé sin rumbo por callejones empedrados, con la polla a medio dormir en los pantalones, recordando el último fin de semana de los tres en casa. Follar a esa pareja había sido un bálsamo temporal. Un chute de adrenalina que confirmaba mi nuevo apetito. Pero solo había avivado el otro. El que importaba.
Quería volver. Quería irrumpir en su rutina y reclamarlos a los dos. Quería follarlos juntos hasta que el vacío se llenara con sus gemidos compartidos.
Cinco días más.
Cinco días eran una eternidad. Subí al ascensor del hotel, me dejé caer en la cama vestido y bajé la mano a la polla todavía pegajosa. Cerré los ojos y los imaginé a los dos. La forma exacta en que Diego se rendiría cuando yo cruzara la puerta. La forma exacta en que Carla me esperaría después, con la sonrisa de quien ya sabe lo que viene.