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Relatos Ardientes

El hombre más temido se arrodilló por mí

Marcos aparcó la moto en el callejón trasero con ese rugido de motor que ya reconocía desde el piso de arriba. Era su manera de anunciarse: brusca, urgente, imposible de ignorar. La lluvia había vuelto sobre el barrio de Gràcia, y cuando abrí la puerta metálica del loft, llegó empapado, con la chaqueta de cuero pegada al torso y los ojos cargados de esa mezcla que ya conocía bien. Irritación. Necesidad. Las dos peleando por el mismo espacio.

Dos semanas sin aparecer. Esta vez había tardado más de lo habitual.

—Bienvenido —le dije, haciéndome a un lado para dejarlo pasar.

Tomé su chaqueta empapada y, al colgarla en el perchero, presioné deliberadamente los dedos contra su costado izquierdo. Él ahogó un sonido entre los dientes. Las marcas de la sesión anterior aún no habían desaparecido: líneas rojas que cruzaban el torso bajo la camisa, señales violetas que todavía latían con calor propio. Lo sentí tensarse al instante. Lo sentí también en otra parte: el bulto claro contra la costura del pantalón mojado, la polla ya despertándose antes de que hubiéramos empezado nada.

Este hombre mueve a doscientas personas con una mirada y viene aquí a que yo le diga qué hacer.

El loft estaba preparado: luces ámbar bajas, olor a sándalo mezclado con cuero nuevo, las cuerdas de yute negro enrolladas sobre la mesa con esa precisión que comunica algo antes de que empiece nada. Todo en orden. Todo esperando.

Marcos cruzó la habitación sin mirarme directamente, como si pudiera fingir que llegaba por alguna otra razón. Se detuvo frente a la ventana sellada, de espaldas, los hombros tensos bajo la tela mojada.

—No quiero que empieces con el mismo discurso de siempre —dijo.

—¿Cuál discurso?

—El de que soy tuyo aquí dentro.

Me acerqué despacio, hasta quedar a un metro de él.

—¿Y si lo eres?

Se giró. En Barcelona nadie lo miraba a los ojos más de tres segundos. En esta habitación yo lo miraba el tiempo que quería, y él lo sabía desde la primera sesión.

—Soy el primero en lo que hago —dijo, con esa voz plana y calibrada que usaba para cerrar conversaciones—. No soy de nadie.

Dejé pasar un silencio largo. El tipo de silencio que a él le incomoda más que cualquier orden.

—Estás aquí —respondí al final—. De nuevo. Empapado, con las marcas del mes pasado todavía encima, y con la polla dura marcándose en el pantalón desde que cruzaste la puerta. ¿Vas a explicarme por qué, o preferimos saltarnos esa parte?

La mandíbula se le apretó. Ese gesto es el preludio de la rendición, aunque él todavía lo niega cuando se lo digo.

—Porque los otros no sirven —dijo—. Se acobardan. Te miran, saben quién eres fuera de aquí y ya no pueden. Necesito alguien que no tenga miedo de ir hasta el final.

—¿Y yo no te tengo miedo?

—No.

—¿Por qué?

Tardó. Aquí es donde Marcos siempre tarda: en el momento en que tiene que admitir algo real, algo que no puede resolver con autoridad ni con dinero.

—Porque sabes lo que necesito mejor que yo mismo —murmuró—. Y eso me irrita profundamente.

Sonreí.

—Eso es lo más honesto que me has dicho en tres meses.

***

Le ordené que se desvistiera despacio. No como una humillación brusca, sino como un ritual deliberado: camisa botón a botón, pantalones doblados en la silla, ropa interior al final. Marcos lo hizo con esa rigidez inicial que siempre cede después de los primeros treinta segundos, cuando el aire del loft le toca la piel y algo en él empieza a soltar. Lo vi cambiar. Siempre lo veo.

Cuando se bajó el bóxer, la polla le saltó contra el vientre, gruesa, muy dura, la punta ya brillante de líquido preseminal. Se quedó de pie frente a mí, con las manos a los costados y esa erección obscena entre nosotros, como si él mismo se sorprendiera de lo obvio que estaba siendo.

Su cuerpo guardaba las marcas como un mapa de lo que ya habíamos hecho: líneas en el pecho, señales en los costados, una quemadura fina en el muslo derecho de la vez del mes pasado. Estaba completamente excitado, y ninguno de los dos fingió que no lo veíamos.

—Cuéntame qué has pensado esta semana —le dije, acercándome por detrás, sin tocarlo todavía.

—No he pensado.

—Marcos.

Una pausa. La lluvia contra el cristal sellado.

—He pensado en esto —admitió, con la voz más baja—. En las cuerdas. En cómo queda el cuerpo después. En lo que se siente cuando no tienes que decidir nada, cuando alguien más lleva todo y tú puedes soltar. He pensado en tu polla en mi boca, en cómo me la metiste hasta la garganta la última vez y me obligaste a tragarme la corrida entera.

Le pasé la palma abierta por la espalda, muy despacio, bajando por la curva de la cintura hasta la nalga izquierda. Se la apreté con fuerza, hundiendo los dedos, y él se le escapó un jadeo corto.

—Bien —dije—. Al menos esta noche no vas a mentirme.

Rodeé su cuerpo hasta ponerme delante. Le agarré la polla con la mano derecha, cerrando el puño alrededor sin previo aviso, y la sentí latir contra la palma, caliente, empapada ya en la punta. Un solo movimiento lento de arriba abajo, desde la base hasta el glande, y a Marcos se le doblaron las rodillas un centímetro.

—Mírame —le ordené.

Levantó los ojos.

—Esto también es mío esta noche —dije, apretando el puño alrededor de su verga—. Como todo lo demás. ¿Entendido?

—Sí, amo.

Puse una mano en su hombro y lo empujé hacia abajo.

—Entonces arrodíllate —le dije, sin elevar la voz.

Lo hizo. Lento, con una resistencia que era más ritual que real, más costumbre que convicción. Se arrodilló en el suelo del loft y bajó la vista, y ese momento exacto es el que más espero de cada sesión con él. El hombre más temido de la ciudad, con las rodillas en el suelo y la polla goteando contra su propio muslo, por voluntad propia.

—¿Qué quieres esta noche? —le pregunté.

—Lo que usted decida, amo.

***

Empecé el Shibari con las cuerdas de yute negro. Un arnés de torso primero: la cuerda cruzando el pecho de izquierda a derecha, presionando sobre los pezones, cada nudo apretado con la tensión suficiente para dejar marca sin cortar la circulación. Él respiraba con la boca entreabierta, los ojos cerrados, el cuerpo absorbiéndolo todo con esa concentración que nunca le veía fuera de aquí.

—¿Duele?

—Sí.

—¿Paramos?

—No.

Continué. La cuerda bajó por el abdomen, pasó entre las piernas ciñéndole la base de la polla y los huevos con un doble nudo que se los dejó apretados, morados, muy visibles, y volvió a subir por la espalda siguiendo el recorrido que ya teníamos establecido desde la tercera sesión. Un sistema que inmoviliza sin requerir fuerza, que convierte la presión constante en información para el cuerpo: estás atado, no tienes que decidir nada, alguien más lleva el control.

Para Marcos eso es lo más difícil de conseguir en su vida ordinaria.

Até los brazos detrás en una posición que arqueó el torso hacia delante, exponiéndolo por completo: el pecho marcado por la cuerda, la polla apretada por el nudo entre las piernas asomando aún más hinchada, el culo levantado. Luego las piernas, dobladas y fijadas con nudos que él ya había aprendido a reconocer por la presión antes de verlos. Trabajé en silencio, con pausa, y él fue hundiéndose en ese estado que los que practican esto conocen bien: algo entre la rendición y el alivio, el punto exacto donde el cuerpo deja de pelear contra sí mismo.

Cuando lo suspendí parcialmente de los ganchos del techo, apenas a treinta centímetros del suelo, soltó el aire de golpe. No fue un sonido de dolor solo, ni de placer solo. Era las dos cosas mezcladas de una forma que fuera de esta habitación no tiene nombre en ningún idioma.

—¿Sigues aquí? —pregunté.

—Sí, amo.

—¿Color?

—Verde.

Me coloqué delante de él suspendido. Le levanté la cabeza con dos dedos bajo el mentón, obligándolo a mirarme. Sus ojos estaban húmedos. No de llanto todavía: de intensidad contenida, del esfuerzo de estar completamente presente en algo que no puede controlar.

—¿Cuántas veces dijiste que no volverías? —pregunté.

Tardó.

—Tres.

—Y aquí estás.

No era una pregunta. Él lo sabía.

—Aquí estoy —repitió, con la voz rota en los bordes.

Bajé la mano hasta su pecho y tracé una de las marcas antiguas con el índice. Despacio, con suficiente presión para que el ardor se abriera de nuevo. Él apretó los dientes pero no intentó moverse. No podía moverse, y eso también formaba parte de lo que necesitaba.

—Estas marcas son mías —dije—. Las puse yo. Y siguen ahí porque tu cuerpo las guarda mejor que tu orgullo.

Gimió. Bajo, casi inaudible en la habitación silenciosa. Pero lo escuché.

Bajé la mano por el vientre hasta la polla atrapada por el nudo. La rodeé con dos dedos, sin prisa, y empecé a masturbársela muy despacio, sabiendo que con la cuerda apretándole la base no iba a poder correrse aunque quisiera. Él intentó cerrar las piernas por instinto y las cuerdas no lo dejaron. Un gemido más largo se le escapó entre los dientes apretados.

—Esto también es mío —dije, apretando el puño alrededor de la verga—. Cuándo se pone dura, cuándo se corre, cuándo aguanta. Todo mío esta noche.

—Sí, amo.

—Dilo bien.

—Mi polla es suya, amo.

Aceleré la mano. La cuerda a la base le atrapaba la sangre y la punta se le puso oscura, brillante, chorreando líquido preseminal sobre mis nudillos. Marcos apretó los ojos, echó la cabeza hacia atrás en la suspensión, y de la garganta le salió un ruido gutural que no había hecho antes en ninguna sesión.

—Por favor —jadeó.

—¿Por favor qué?

—Déjeme correrme, amo.

Le solté la polla de golpe. Él soltó un quejido de frustración pura, casi obsceno de tan honesto.

—Todavía no —dije—. Esta noche te vas a correr cuando yo diga, donde yo diga, y ni un segundo antes.

***

Lo bajé de la suspensión con cuidado, controlando cada centímetro del descenso, y lo arrodillé de nuevo en el suelo. El Shibari seguía en su lugar, las cuerdas cruzando el torso y los muslos como una segunda piel que lo mantenía contenido incluso sin los ganchos. La polla seguía apretada por el nudo, dura como una piedra, apuntando hacia arriba contra su vientre.

Me coloqué frente a él y me abrí el pantalón. Saqué mi verga, ya erecta y pesada, y se la pasé por los labios cerrados, marcándole la boca con el líquido de la punta.

—Abre la boca —le dije.

Lo hizo sin dudar esta vez. Sin resistencia. Sin el segundo de pausa que había al principio, en las primeras sesiones, cuando todavía intentaba negociar cada paso como si estuviera en una reunión de negocios. Ahora abría la boca porque yo lo ordenaba y eso le bastaba, y los dos sabíamos que eso había costado meses conseguirlo.

Le metí la polla entera de una sola embestida. Sentí el fondo de su garganta cerrarse alrededor del glande y él tragó, resistiendo la arcada, sin apartarse. Rodeé su nuca con una mano y guié el ritmo con la firmeza justa, sin prisa. Le follaba la boca en profundidad, cada envite metiendo la verga hasta la base, los huevos golpeándole el mentón, y cuando lo mantenía adentro él respiraba por la nariz con esfuerzo y no protestaba.

—Así —murmuré—. Bien abierta. Toda para mí.

Le agarré el pelo con la otra mano y lo empujé aún más hondo. La saliva le corría por la barbilla, le caía en gotas espesas sobre el pecho marcado por las cuerdas. Los ojos se le llenaron de lágrimas por el esfuerzo, pero no cerró la boca ni intentó apartar la cara. Al contrario: cada vez que yo aflojaba, él estiraba el cuello hacia adelante buscando más.

Lo saqué un momento, le levanté la barbilla y le pasé la punta de la polla por la cara, por la mejilla, por los labios hinchados.

—Mírame mientras te la meto —le ordené.

Se la volví a meter hasta el fondo, y esta vez no aparté los ojos ni él tampoco. Lo follé así, mirándolo, hasta que sentí el orgasmo subir desde los huevos, denso, imparable. Él tomó lo que yo le daba con una concentración absoluta, como si en ese momento no existiera nada más fuera de esta habitación, ninguna decisión pendiente, ninguna persona esperando algo de él. Solo esto. Solo yo.

Lo mantuve así el tiempo que quise. Cuando me corrí, lo hice dentro de su boca, en chorros largos y calientes que le llenaron la lengua, la garganta. Una parte se le escapó por la comisura y le bajó por el mentón, y él tragó lo demás sin apartar la vista de la mía. Le dejé la punta un segundo más adentro, apoyada contra la lengua, y él la limpió con la boca cerrada, tragando las últimas gotas.

Después un silencio largo. Solo el sonido de la lluvia y su respiración entrecortada.

—Bien —dije, pasándole el pulgar por el mentón para recoger lo que se le había escapado y volvérselo a meter en la boca—. Muy bien.

Él lo chupó como si fuera parte de la orden. Después me miré la polla todavía a media asta frente a su cara y bajé la mano hasta el nudo que le apretaba la base de la verga. Aflojé el yute apenas lo justo para que la sangre volviera a circular sin liberarlo del todo.

—Ahora córrete tú —le dije.

—¿Sin tocarme, amo?

—Sin tocarte.

Lo miré arrodillado, con la boca todavía manchada, con las cuerdas marcándole el pecho y los muslos, con la polla estallándole entre las piernas. Le costó apenas segundos. El cuerpo entero le tembló, la respiración se le rompió en un jadeo alto y crudo, y la corrida le salió disparada en cuatro o cinco chorros espesos que le cayeron sobre el vientre, sobre las cuerdas, sobre el suelo del loft entre sus rodillas. Se corrió gimiendo con la boca abierta, sin cortar el sonido, sin pudor, como no se permite gemir en ningún otro lugar del mundo.

Cuando terminó, bajó la cabeza. No de vergüenza, sino de ese agotamiento satisfecho, del peso que se suelta cuando alguien lleva todo por ti durante un rato.

***

Lo desaté con el mismo cuidado con que había puesto las cuerdas. Cada nudo deshecho despacio, la cuerda retirada centímetro a centímetro para no cortar la circulación de golpe, siguiendo el orden inverso al que había usado para atarlo. Pasé las manos por las marcas que habían dejado las sogas: líneas rojizas en el torso, en los muslos, en el interior de los brazos, un anillo violeta profundo alrededor de la base de la polla que iba a tardar días en irse. Piel que respondía al tacto con un calor suave, casi apaciguado.

Marcos se dejó. No como resignación: como confianza. Esa diferencia lo es todo en este trabajo, y no siempre es fácil de distinguir desde fuera.

Le traje agua y una toalla húmeda, le limpié el semen del vientre y de la barbilla con movimientos tranquilos. Se sentó en el borde de la cama con los codos sobre las rodillas, bebiendo despacio, mirando el suelo del loft sin ver nada en particular. Las marcas nuevas se sumaban a las antiguas en el mapa de su torso.

—¿Cuándo fue la última vez que dormiste bien? —le pregunté, sentándome a su lado.

Tardó más de lo necesario para responder una pregunta simple.

—No recuerdo —dijo al final.

—Eso me parecía.

Le puse una mano en la nuca, sin apretar. Solo el calor de la mano ahí, quieta.

Nos quedamos en silencio varios minutos. En la calle, cuatro pisos abajo, la lluvia seguía sobre el adoquín de Gràcia. Aquí dentro no llegaba ningún ruido del exterior. El loft era exactamente eso para él: un lugar donde el exterior no entraba.

—La semana que viene —dijo al final, en voz muy baja.

—Sí —respondí.

No necesitamos decir más. Los dos sabemos que volverá. Los dos sabemos lo que busca aquí y por qué no lo encuentra en ningún otro sitio: este es el único lugar donde el hombre más temido de la ciudad no tiene que cargar con nada, donde puede soltar el peso de ser quien es afuera, arrodillarse, abrir la boca y dejar que alguien más lleve el control durante una hora.

Yo no voy a quitarle eso.

Pero tampoco voy a fingir que no es mío aquí dentro, porque lo es. Y la próxima vez que diga que no va a volver, los dos sabremos ya cuánto tarda en llegar empapado al callejón de Gràcia, con la polla dura antes de tocar el timbre.

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Comentarios(10)

nocturno_lector

Que comienzo... quede enganchado desde la primera línea. Bravo!

lector_ansioso

Por favor que haya segunda parte, me quedé con muchas ganas de saber cómo terminó todo. Tremendo relato

DomSurAR

increible!!! sigue asi

SofiaL77

La tensión que se siente desde el principio me atrapó. Muy bien escrito, se agradecen relatos con este nivel.

Torvaldo

Hay algo fascinante en ver cómo el poder no siempre es lo que parece. Me recordó a una historia que escuché hace tiempo sobre alguien parecido. Excelente trabajo, espero ansioso la continuación.

RosaLec

Buenisimo, de los mejores que leí acá

ClaudioNac

Me quedé pensando en ese detalle de las marcas... ¿hay historia previa entre ellos? Espero que sí!

PatricioVidal

Se nota que quien escribe sabe del tema. Muy creible y bien narrado, sin resultar burdo. Chapeau

ValenRo92

wow!!! tremendo

Isabel_BA

El primer párrafo solo ya vale todo el relato. Qué forma de arrancar, me dejaste sin aliento.

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