Quedé con un hombre que casi me doblaba la edad
Tenía veintiún años aquella mañana de junio. Suspiraba en mi cuarto del piso de estudiantes mientras desayunaba lo de siempre: un café con leche y una tostada que se enfriaba sin que yo le hiciera caso. Una mezcla de tristeza y agobio me apretaba el pecho. Llevaba meses así, pero esa mañana pesaba más que nunca.
Estaba terminando el peor curso de toda mi vida universitaria, partido entre el desánimo y el fracaso. Había acabado la época de exámenes y me había ido francamente mal. Mis compañeros de piso ya habían vuelto a sus casas. Yo, en cambio, seguía allí.
No me apetecía volver y dar la cara delante de mis padres. No sabía cómo se tomarían mis notas. A lo mejor ni tan mal, pero nadie me castigaba tanto como yo mismo. Por eso les conté que quería quedarme dos o tres días más antes de regresar.
Hoy quiero olvidarme de todo. Hoy quiero follar, y me da igual con quién.
En plena desesperación, me bajé una de esas apps de ligue para hombres. Puse de foto solo la mitad inferior de mi cara, porque me daba vergüenza enseñarla entera. Y así fue pasando la mañana.
Quien haya usado alguna vez esa clase de aplicación sabe perfectamente cómo funciona. Durante un par de horas estuve hablando con uno, con otro, con otro más. Todo entre el frío y el calor, hasta que mandas la foto en la que no eres lo bastante perfecto para el de enfrente y te bloquea sin una palabra. Me sentía peor que al levantarme, hasta que, después de comer, alguien me escribió.
«Prohibido tener unos labios tan bonitos.»
Esa manera de entrarme se salía por completo de todas las anteriores, y me llamó la atención desde el primer segundo. Antes de contestar, me metí en su perfil para saber con quién hablaba.
Él no tenía ningún reparo en mostrarse entero: un hombre delgado, con algo de vello en el cuerpo aunque no mucho, barba espesa, pelo corto y una mirada firme a la cámara, además de un par de fotos suyas con paisajes de fondo. Su descripción era sencilla, hablaba de buen rollo y animaba a escribirle. Era el primero en todo el día que me daba buena espina de verdad, en las fotos y en la forma de empezar la conversación, más original y más natural. Solo apareció un pequeño contratiempo en mi ilusión: tenía cuarenta años.
Uf, igual es demasiado mayor, casi me dobla la edad. Así arranqué un pequeño debate interno que pude cerrar enseguida.
Bueno, parece majo, y la verdad es que he dicho que quería follar hoy y lo sigo queriendo. Le contesto y ya veré por dónde va la cosa.
Desde el primer minuto nos entendimos de maravilla. Hubo buen rollo y no faltó tema de conversación en ningún momento. Todo me iba dando muy buena impresión. Es cierto que aquel día yo quería follar y estaba dispuesto a bajar bastante mis exigencias para conseguirlo. Y, sin embargo, este tío las cumplía todas sin necesidad de rebajar nada. Era respetuoso, educado, me hacía reír, y los dos nos interesábamos de verdad por la vida y las aficiones del otro.
Yo ya le había contado mi situación, así que sabía que estaba libre y solo. Una vez despejado el camino, me lanzó la pregunta.
«¿Te apetece hacer algo hoy? Puedo acercarme en bici donde tú digas.»
Él vivía a varios kilómetros. Para poder escribirme desde tan lejos tenía que pagar la versión de pago de la app. Yo vivía en uno de los barrios universitarios, plagado de usuarios. Quien haya sufrido con estas aplicaciones sabe muy bien a qué me refiero.
Dejando caer mis intenciones, le hablé de un bar con terraza «cerca de mi casa» (en realidad estaba justo enfrente), donde podía dejar la bici sin problema y tomar algo.
Quedamos allí una hora más tarde, para tener tiempo de arreglarnos. Me duché y me recorté un poco el vello de la entrepierna, más crecido de lo normal por el desuso de aquellos meses. No me gusta rasurarme del todo, pero tampoco dejarlo a su aire.
Antes de que se cumpliera la hora ya estaba esperando fuera de la terraza, con un chándal viejo —sí, así andaba mi vida esos meses— y un cigarro en la mano. Estaba bastante nervioso, nunca había quedado con alguien que me sacara tantos años.
La terraza daba a un cruce de calles, y yo me empeñé en adivinar por cuál de ellas aparecería. Mantenía la mirada fija en esa dirección cuando alguien me habló por detrás.
—¿Adrián? ¿Eres tú? Hola —me saludó con una sonrisa enorme.
En persona me pareció más guapo y más joven que en las fotos. Fue una sorpresa agradable que me ayudó a soltarme, igual que su manera de saludar, como si ya nos conociéramos de antes.
Nos sentamos en la terraza y pedimos unas cervezas y un par de tapas. Seguimos hablando, esta vez con más calma, de nuestras vidas. Tengo que reconocer que exageré un poco sobre mí mismo y mis planes; mi autoestima no estaba para presumir, pero quería gustarle.
La conversación fluyó en todo momento, y ninguno de los dos sacó el tema del sexo. Yo me encontraba muy cómodo con él, y espero que él conmigo también. Aunque no sé si, igual que yo, él ya estaría imaginándose cómo me comería la boca y, después, cómo le chuparía la polla.
Le daba gracias al azar por haber puesto a este hombre en mi camino justo el día que más lo necesitaba. Me estaba poniendo cachondo sin hablar de sexo ni insinuar nada, ya imaginando cómo sería su polla.
Tiene cara de tenerla grande.
Tampoco quiero que pienses, querido lector, que yo solo pensaba en follar. Disfrutaba de verdad de la conversación, y eso me ponía todavía más. Siempre he tenido debilidad por los hombres inteligentes que saben comerme la oreja.
El ritmo se cortó un momento cuando él dijo:
—Se nos han acabado las cervezas. ¿Pedimos más?
—Me apetece otra, pero si quieres nos la tomamos en mi casa.
Antes de responderme, su sonrisa lo delató. Mirándome a los ojos, me dijo que por supuesto. No habíamos dicho nada y, a la vez, ya estaba todo dicho.
Dejó la bici encadenada cerca de la terraza en cuanto comprobó que mi portal estaba a diez metros.
Yo vivía en un tercero, así que, una vez dentro, esperamos al ascensor y subimos. Aunque los dos estábamos calientes y sabíamos perfectamente a qué subíamos, ninguno se atrevió a dar el primer paso hasta llegar a la puerta.
Ya en el piso, dejé mis cosas en el cuarto para vaciarme los bolsillos. Luego volví hacia el salón, donde pensaba encontrarlo. Para llegar había que cruzar el recibidor, y allí seguía él. Su mirada volvía a delatarlo. Me sonreía, pero era una sonrisa mezclada con deseo.
Yo ya sabía lo que iba a pasar, y seguramente mi cara se adelantó a mis actos. En cuestión de segundos estábamos fundidos en un beso con lengua que se alargó un buen rato. Él, un poco más alto que yo, me agarraba de la cintura. Yo le sujetaba de la nuca, tirando de su cabeza hacia la mía.
Sin pensarlo, nos fuimos al sitio más cercano, el salón. Nos dejamos caer en uno de los sofás, comiéndonos la boca y sobándonos el cuerpo entero. Ninguno se atrevía a ir más allá; todavía no nos tocábamos ninguna zona íntima.
Ese paso lo di yo. Necesitaba saber ya cómo era esa polla, aunque empecé por encima del pantalón. Con los vaqueros era difícil notar el detalle, pero estaba clarísimo que tenía una erección de las potentes.
Él respondió sacándome la camiseta de un tirón y lanzándola en una dirección que ni me molesté en mirar. Después empezó a recorrerme el torso desnudo. Por aquellos años tenía algo de sobrepeso, no demasiado, y siempre he sido bastante velludo, así que sus manos se perdían entre mi piel y mi pelo.
Poco después le quité yo la suya y descubrí en vivo ese torso que ya conocía de las fotos. Tenía una línea de vello que bajaba desde encima del ombligo hasta perderse dentro del pantalón. No tardaría en comprobar que esa línea se fundía con el vello del pubis. Una buena amiga mía siempre llama a eso «el caminito», y le pone tanto como a mí.
Entonces él se abalanzó sobre mí. Quedé tumbado boca arriba en el sofá con su cuerpo encima. Su polla, dura, empezó a frotarse contra la mía, que estaba a punto de reventar la tela. Me mordisqueaba el cuello, me metía la lengua en la boca y jugaba con mis pezones y con el vello del pecho.
Aproveché la postura para agarrarle el culo, del que aún no sabía nada y del que pronto iba a salir de dudas. Me agarré con las dos manos y me encontré dos nalgas pequeñas y blandas que daba gusto amasar.
Cuando se incorporó para bajarme el pantalón, tuve que frenarlo.
—Espera, mejor vamos a mi cuarto. No me apetece seguir en el sofá donde también se sientan mis compañeros de piso.
Y así llegamos a mi habitación, que daba a un patio interior entre varios edificios. Empezaba a anochecer, de modo que bajé la persiana. No sé si alguien llegó a ver la escena: yo sin camiseta y con una erección que luchaba por romper el chándal, levantando la tela como una tienda de campaña y dejando asomar el nacimiento del vello.
—Menudo espectáculo se van a perder tus vecinos —me dijo entre risas.
Yo me limité a devolverle la sonrisa y a sentarlo en mi cama. Sus vaqueros llevaban demasiado rato estorbando, así que se los bajé. Le dejé el bóxer puesto, porque a mí me pone hacer las cosas despacio. Prefiero ver primero cómo se marca la polla en esa tela más fina. Detrás del algodón ya se intuía lo que mi cabeza imaginaba: una polla grande, y al parecer circuncidada. La tela estaba manchada de líquido preseminal, lo normal después de todo aquel rato.
No aguanté más y le bajé el bóxer de un golpe, aprovechando para sacarle también los pantalones y los calcetines y dejarlo completamente desnudo. Ya podía verlo entero, aunque lo primero en lo que me fijé fue en su polla.
Estaba en lo cierto: era enorme. Tan grande que por un instante consiguió el efecto contrario al que yo esperaba. Era tan larga y tan gruesa que el latido de su erección resultaba casi hipnótico. Bueno, pensé, la voy a disfrutar igual. No tardé en escupirle en el glande y empezar a masturbarla, mientras él echaba el cuerpo hacia atrás y me acariciaba la cara.
Mientras le bombeaba la polla, eché un vistazo a sus huevos. Joder, también eran enormes y le colgaban de una manera que me impresionaba y me ponía a partes iguales.
Los huevos grandes son una de mis debilidades; no sé si cuenta como fetiche o no, pero me pueden demasiado. Por eso fueron lo primero que me llevé a la boca, sin dejar de bombearle la polla.
Ahí empezaron sus gemidos, mientras yo me daba mi banquete.
Cuando consideré que había estado suficiente con los huevos, subí la cabeza hasta la punta de su polla. Empecé a lamerla despacio, recorriendo el glande sin ninguna prisa. Estaba buscando la manera de disfrutar de una polla demasiado grande para mí, mientras descubría cómo le gustaba que se la chuparan.
Justo cuando iba a metérmela en la boca todo lo que pudiera, me detuvo.
—Llevas ya mucho rato ahí abajo. Déjame que siga yo.
Me levanté y dejé que me desnudara. Me quitó toda la ropa de una vez y mi polla quedó a la altura de su cara. Con la ropa todavía en los tobillos, empezó a mamar sin previo aviso. Uf, vaya si necesitaba esto. Una corriente eléctrica me recorrió entero con el primer contacto de su lengua. Ahora me acariciaba los huevos mientras se metía toda mi polla en la boca —la mía era bastante más modesta que la suya— y hacía con la lengua unos movimientos que ni alcanzaba a entender. Supongo que tantos años de diferencia traían también una diferencia de experiencia imposible de igualar.
Me agarraba del culo con las dos manos, tirando de mí hacia él, mientras mi polla le embestía hasta la garganta y de su boca salían hilos de saliva. Luego aprovechó toda esa saliva para darle placer a mi glande mientras me chupaba los huevos. Tenía tal maestría que no podía dejar de gemir y temía correrme en cualquier momento.
Y no me corrí porque él se detuvo. Terminó de quitarme la ropa y, masturbándome despacio, me habló.
—No hemos hablado de hasta dónde queremos llegar. ¿Eres activo o pasivo?
—Pues nunca he probado a ser pasivo, y tampoco me apetece. Prefiero ser activo.
—Mmmm, yo también suelo ser activo, aunque a veces hago excepciones. Vamos a intentarlo.
—Con mi polla no creo que tengas problema, ja, ja.
—Seguro que no. Escucha, es mejor así. Yo tengo una polla enorme que queda genial en las fotos, pero he perdido muchas oportunidades por su tamaño. No hagas caso del porno ni de lo que ves en estas apps: solo enseñan la polla los que más grande la tienen, y luego no les sirve para nada.
Imagino que me dijo esto último intuyendo cierto complejo por mi parte. Le agradecí las palabras.
Saqué condones y lubricante del armario, aunque antes quería probar del todo esa polla descomunal. Todavía no se la había chupado más allá del glande, y sentía pura curiosidad por ver hasta dónde me cabía semejante monstruo.
Empecé poco a poco, chupando el glande y avanzando un centímetro, y otro, y otro más, hasta que la noté golpeándome la garganta. Me había llenado la boca entera, y lo comprobé cuando el sonido de mi arcada salió completamente ahogado. Me había metido algo más de la mitad de su polla y ya hacía tope.
Después le pedí que se pusiera a cuatro patas en la cama. Como él no tenía mucha experiencia de pasivo, decidimos ir despacio. Me unté el dedo índice de lubricante y empecé a masajearle el ano. Con la otra mano, para ayudarle a relajarse, le masajeaba el glande, también untado en lubricante.
Poco después pude meterle un segundo dedo. No estaba tan cerrado como yo pensaba. Antes de darme cuenta, ya movía los dos dedos dentro de él mientras gemía y me pedía que le metiera la polla de una vez.
En esa misma postura me puse un condón y fui entrando en él poco a poco. No iba a ser difícil, porque mi polla ni es muy larga ni muy gruesa. Aun así no quería hacerle daño en ningún momento. Era un activo que me estaba ofreciendo su culo, y quería tratarlo con todo el mimo que se merecía.
Como decía, entré sin demasiada dificultad. Enseguida me pidió que empezara a bombear, y yo, con cuidado, comencé a moverme.
Él se hacía una buena paja aprovechando mi lubricante. El chapoteo de su mano se escuchaba perfectamente, igual que los gemidos de los dos.
—Dame un poco más rápido.
—Dame más fuerte.
En poco tiempo le castigaba el culo mientras él se masturbaba. Pero decidí cambiar a un misionero: no podía terminar este polvo sin ver esa polla y esos huevos rebotando con cada embestida, y quería ser yo quien le masturbara mientras se la metía a fondo.
Así pasamos los últimos minutos. Yo le machacaba la polla, él se había untado los huevos de lubricante para estimulárselos —parte acabó en mi abdomen, por el choque de los cuerpos— y su culo recibía un castigo de los duros, por petición propia.
Su orgasmo llegó de golpe y fue sorprendente. Apenas subió un poco el tono de los gemidos mientras cerraba los ojos para disfrutarlo al máximo. Aquello contrastaba con la barbaridad de su corrida. No pude ni contar los chorros que disparó a toda potencia. El semen le acabó en la cara, en mi almohada y repartido por el pecho y el abdomen. Más tarde, cambiando las sábanas, encontré dos manchas más. No he vuelto a ver una corrida como aquella.
Me gustó tanto que no aguanté más y me descargué dentro de su culo, soltándolo todo dentro del condón. La mía también fue abundante, más de lo normal en mí.
Me quité el condón, lo tiré al suelo y me senté a su lado. Mirando su torso lleno de semen, le dije:
—Tío, no había visto una corrida así en mi puta vida. ¿Eso es normal?
—Ja, ja, sí, me lo dicen mucho. Soy un lechero. Siempre me han dicho que triunfaría como actor porno por el tamaño de la polla y de las corridas. Pero no quiero dedicarme a eso.
—Dios, es que ha sido tremendo. Igual podrías llenar medio vaso.
—Si paso una semana sin correrme, lleno casi medio vaso. Mira, tengo fotos.
Si me enseñaran hoy esa foto, pensaría que está hecha con inteligencia artificial. Una barbaridad. Con aquello podría haber remojado galletas.
Nos vestimos y salimos al salón a recuperar la ropa que faltaba y a fumar. Yo me fumé un par de cigarros y él un porro mientras seguíamos hablando de la vida y, otra vez, evitando el tema sexual.
No volvimos a hablar, a pesar de que nos dimos los teléfonos. Poco después volví a darle vueltas a la diferencia de edad, y por su parte no sé qué pasaría. Todavía conservo su número guardado en el móvil y no me apetece borrarlo. Y aunque sigo teniendo mis dudas con el asunto de los años, hoy guardo un buen recuerdo de un momento luminoso en una de las peores etapas de mi vida.