Esperé en el coche hasta que él apareció
Me presento, por si no me conocéis. Soy Bruno, gaditano de nacimiento, con veintiocho años y la cabeza llena de cosas que casi nunca me atrevo a contar. Me considero un tío normal, ni guapo ni feo, con buen cuerpo de tanto entrenar aunque con su pequeña barriga que nunca termina de irse. Mido metro setenta y ocho y rondo los ochenta kilos, y si hay algo de lo que presumo es del culo, que esa noche llevaba bien marcado bajo unas mallas de correr.
Esa noche me había quedado completamente solo. Acababa de llegar a la zona y ya me había pasado de todo: lo mejor y lo peor que puede pasar en una madrugada de cruising. Un encuentro improvisado con dos hombres, morboso como pocos, en el que me dejé hacer por todos lados. Y después un pequeño accidente, una torpeza tonta, que hizo que los dos salieran corriendo. Con razón, todo hay que decirlo.
Lo lógico habría sido irme a casa con el rabo entre las piernas. Pero mi cuerpo había probado el vicio y no pensaba marcharme sin lo que vine a buscar. Necesitaba un final. Necesitaba que algún tío me quitara el hambre con la única cosa capaz de calmarme a esas horas.
Así que seguí dando vueltas por el descampado, asustado por el susto reciente, con la poca luz que había y un sitio que no invitaba precisamente a la confianza. Y sin embargo ese miedo, en lugar de espantarme, me ponía de una manera muy particular. Hay algo en saber que no deberías estar ahí que te calienta más que cualquier otra cosa.
Volví al coche, apagué las luces y bajé la ventanilla. Me quedé esperando, como un cazador paciente, a que alguien se fijara en mí. Y por suerte no tardó demasiado.
Unos faros aparecieron al fondo y se fueron acercando despacio. Un coche blanco, viejo, que redujo la marcha al pasar a mi lado. Frenó unos metros más adelante. La puerta se abrió y, recortada contra la noche, apareció la silueta de un hombre.
Era un tipo serio de primeras, pero con algo en la forma de moverse que me dio confianza enseguida. Medía más o menos como yo, quizá un poco más delgado. Calvo, con la barba bien recortada, vestido con una sudadera gris y un pantalón de chándal que disimulaba poco. Se acercó sin prisa, me miró a través de la ventanilla y habló con una voz tranquila, casi amable.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondí, intentando que no se me notara que el corazón me iba a mil.
—¿Qué buscas? —preguntó, directo.
Yo fui igual de claro. Le dije que buscaba leche, sin rodeos, porque ya no estaba para ir despacio ni para teatros. Necesitaba acción y la necesitaba ya. Él sonrió de medio lado, como si esa respuesta le gustara, y aparcó su coche justo detrás del mío.
En cuanto se bajó, me hizo un gesto con la cabeza hacia unos arbustos que había a un lado del camino. Quería intimidad, y la verdad es que yo también. Aún caliente por el ridículo de antes, había recuperado de golpe algo de la timidez que creía perdida.
El hombre echó a andar hacia nuestro escondite y yo lo seguí, con las pulsaciones subiendo escalón a escalón. Deseaba estar allí, en la oscuridad, soltando toda la frustración acumulada de la noche entera.
Llegamos al hueco entre los matorrales y, sin mediar palabra, me agarró del brazo y me atrajo hacia él. Nos quedamos pegados, sintiendo el calor de los cuerpos aun con la ropa puesta, el roce de su pecho contra el mío. Nos dimos un primer beso breve, casi de prueba, y a partir de ahí ya no hubo manera de parar.
—¿Quieres leche, tío? —me susurró. Se le veía igual o más caliente que yo.
—Sí —asentí, con un hilo de voz, como si todavía me diera vergüenza decirlo en alto.
—No te oigo —dijo, acercando la boca a mi oreja y lamiéndome el lóbulo despacio.
Eso me desarmó por completo. Mi oreja es un resorte, un interruptor que me enciende de cero a cien en un segundo. Se me fue de golpe toda la vergüenza, y con ella la voz, porque ya no hablé en un buen rato. Fui directo a buscarle la boca.
Nos fundimos en un beso sucio, de esos con mucha lengua y poca elegancia. El morbo iba subiendo solo, alimentándose de magreos y de algún azote suyo en mi culo, mientras yo le apretaba la entrepierna por encima del chándal y notaba cómo crecía bajo mi mano.
Y me sorprendí a mí mismo. No, no era como la primera polla que había probado esa noche, la que se me había escapado de mala manera. Pero este hombre no estaba nada mal. Aceleramos el morreo, las dos lenguas peleando, y a ratos yo le atrapaba la suya y se la chupaba como si fuera una pequeña verga, solo por el gusto de sentir cómo se estremecía.
Cuando nos separamos un segundo para coger aire, me dejé caer de rodillas sobre la tierra y le bajé el chándal de un tirón. Mi mano ya había hecho buena parte del trabajo: su rabo, de unos dieciocho centímetros y un grosor más que decente, estaba a medio camino, esa dureza tibia que todavía pide un poco de boca para terminar de despertar.
Y ahí sí que no tenía ni problemas ni vergüenza. Mi boca empezó a trabajar sin pausa, quizá demasiado deprisa, porque el calentón me volvió de golpe y decidí tragármela entera, moviendo la lengua y haciendo un metesaca frenético que me llenó la garganta.
Mi acompañante desde luego no se quejaba. Al contrario. Me agarró del pelo con una mano y empezó a empujar con pequeñas embestidas, marcando él el ritmo, sacándome saliva que me chorreaba por la barbilla y hacía la mamada todavía más guarra.
***
De pronto los dos lo notamos a la vez. Había alguien más cerca, una sombra quieta entre los árboles, observando. Los fantasmas del encuentro anterior se me subieron a la cabeza de golpe y me asusté, frenando la mamada en seco. El intruso lo tomó como una invitación y se acercó un paso, alargando la mano hacia mi cabeza, como pidiendo paso, como queriendo colarse en algo que no era suyo.
—¡Vete de aquí! —oí justo encima de mí—. ¡Fuera!
El tío al que se la estaba comiendo cortó la incomodidad en un segundo, mandando al curioso a paseo con una autoridad que no admitía discusión. A mí me alegró muchísimo que me defendiera así, que pusiera orden, y eso hizo que le diera todavía más ímpetu a la mamada.
—Uf, uf, qué bien la mamas, cabrón —decía entre jadeos, soltando vaho en el aire frío de la madrugada.
Me la saqué de la boca un momento para hacerle una paja a dos manos mientras le succionaba solo el glande, jugando con la punta de la lengua. Aquello lo puso a bufar más y más, hasta que soltó un gemido largo.
—Diooooos, qué rico, mamón —gimió, y me cogió del pelo para tirar de mí hacia arriba, hasta ponerme a su altura y darme otro morreo profundo.
Mientras nos besábamos, su mano bajó por mi espalda y me apartó la malla buscando mi culo. Eso me disparó la alarma, y él lo notó al instante. Pero en lugar de forzar nada, me acarició la nalga y me soltó un azote suave.
—Tranquiiiilo —me dijo con la boca pegada a la mía—, no pienso follarte. Solo quiero darte el biberón que andas buscando.
Y siguió besándome, mordiéndome el labio inferior, algo que me pone de una manera que ni yo me explico. Esa pequeña violencia controlada, ese punto justo de dolor, me deshacía.
Me pidió de nuevo que bajara, pero esta vez lo hice de otra forma. Incliné el tronco hacia delante, dejándole el culo a mano para que jugara con él, y me la metí otra vez en la boca. Él me sobaba y me azotaba mientras yo trabajaba, y de mi garganta se escapaba algún gemido ahogado cada vez que su palma me marcaba la piel.
El ambiente se había caldeado una barbaridad. Los extraños pasaban de vez en cuando, miraban un poco y se iban, en parte por lo obscenos que estábamos siendo y en parte por la postura desafiante de mi compañero, que los espantaba con la mirada mientras me dejaba el culo rojo a manotazos. Yo, mientras tanto, seguía con mi tarea, completamente hipnotizado, sin ser apenas consciente de lo que pasaba a mi alrededor.
***
Y entonces empecé a notar el cambio. Bufaba distinto, más hondo, le temblaban las piernas y volvió a follarme la boca con ganas, marcando él el final.
—Uf, uf, uf… ahí te va la leche, cabrón —lo oí gruñir.
Tras varias embestidas, conseguimos los dos a la vez lo que necesitábamos. Él, soltar toda la carga que llevaba dentro. Y yo, su leche, su néctar, el biberón que llevaba persiguiendo la noche entera por aquel descampado de mierda.
Disfruté cada uno de sus disparos, que me rebotaban contra el paladar, la lengua, la garganta. Seguí chupando sin parar, ordeñándolo hasta la última gota, saboreando el premio que, modestia aparte, me había ganado a pulso con mis artes. Cuando por fin me la saqué de la boca, tragué todo lo que tenía dentro y solté un suspiro de pura satisfacción.
Lo miré desde abajo y sonreí.
—Uffff —dejé escapar—. Vaya calentura, ¿eh?
Él me devolvió la mirada y la sonrisa al instante. La verdad es que en ese momento me sentí raramente cómodo, en paz, como si todo el desastre de la noche hubiera valido la pena solo por aquel final.
Y el tío se portó como un caballero, no lo voy a negar. En cuanto terminó, sacó un pañuelo del bolsillo y me lo ofreció para que me limpiara. Me ayudó a levantarme, que el más sacrificado de los dos, todo hay que decirlo, había sido yo. Esperó pacientemente a que me recolocara las mallas y la ropa, y echamos a andar de vuelta hacia los coches sin prisa.
—Hasta luego, tío. Gracias —me dijo, abriendo la puerta del suyo.
—Gracias a ti. Un placer —respondí, todavía con el sabor de su leche en la lengua.
No nos dimos ni la mano. Cada uno arrancó en dirección a su casa, como si nada de aquello hubiera pasado. Yo me marché satisfecho, pero a los pocos minutos me entró el bajón al recordar el encuentro anterior, el que se había ido a la mierda por mi torpeza. Me dio rabia haber perdido aquella oportunidad, que pintaba muchísimo mejor que esta.
Aun así, la calma que me transmitió aquel desconocido tuvo algo de hipnótico. Me sentí a gusto con él de una forma que no me esperaba, y cómo no, eso también me dejó con ganas de más, poniéndome cerdo otra vez de camino a casa.
Gracias por vuestra paciencia, lectores. Me ha costado casi un año sentarme a escribir esta parte, porque todavía me cuesta horrores contar mis experiencias por escrito. Ahora ando más desaparecido porque he conocido a una chica maravillosa, y la verdad es que disfruto más con ella de lo que disfrutaba en aquellas madrugadas. Pero aún me quedan historias que contar, porque no me arrepiento absolutamente de nada de lo que hice. Un abrazo a todos.