Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Salí de fiesta con mi madre y todo cambió

El plan era sencillo: salir con Bruno y Adrián, dos hermanos con los que llevaba años yendo de fiesta. Ellos ponían los chistes malos, yo pagaba la primera ronda y todos volvíamos a casa al amanecer. Pero ese sábado, a media mañana, me escribieron casi a la vez: lío en su casa, su madre se había puesto mal, no salían. Punto.

Me quedé mirando el teléfono más tiempo del que debería. La habitación olía a café frío y a pereza. Llevaba toda la semana esperando esa noche, y de pronto no había nada que esperar.

Bajé a comer arrastrando los pies. Mi madre me observó desde la cocina con esa mirada suya que detecta cualquier cambio de ánimo a tres metros de distancia.

—Te veo apagado, cariño. ¿Pasa algo?

—Nada, mamá. Bruno y Adrián me han cancelado.

—Vaya faena —dijo, dejando la cuchara apoyada en la olla—. ¿Tenías muchas ganas de salir?

—La verdad es que sí.

Se quedó callada un momento, sirviéndome el guiso sin mirarme. Después soltó la pregunta como si nada, como si no llevara meses dándole vueltas.

—¿Y si vamos los dos?

Levanté la vista del plato.

—¿Tú y yo?

—Yo y tú. ¿Por qué no? Hace siglos que no salgo. Desde que tu padre se fue siento que tengo veinte años menos y, al mismo tiempo, cero ganas de moverme. Esta noche apetece moverse, ¿no crees?

Le dije que sí antes de pensarlo. Lo dije rápido, casi de carrerilla, y mi madre sonrió como si llevara horas esperando esa respuesta.

***

Antes de seguir, hay algo que tengo que contar para que se entienda lo demás. Mi madre se llama Marta. Tiene cuarenta y seis años, es delgada, rubia natural, con los ojos color miel y una manera de andar que no parece de su edad. Desde que mi padre se marchó, hace casi dos años, había bajado las persianas de su vida. Salía al supermercado, a yoga, a cenar con sus dos amigas de siempre. Y poco más.

Yo, por mi parte, llevaba demasiado tiempo mirándole el cuerpo cuando ella no se daba cuenta. La curva de la cadera cuando se inclinaba a meter algo en el horno. El cuello, cuando se recogía el pelo con una pinza. Las tetas pequeñas y firmes bajo la camiseta de estar por casa, con los pezones marcándose en invierno. El culo redondo y prieto en los leggings del yoga. Cosas que me odiaba a mí mismo por mirar. Cosas por las que me la había pelado más veces de las que estoy dispuesto a admitir, encerrado en mi cuarto, mordiendo la almohada para que no me oyera correrme pensando en ella.

***

—¿Me ayudas a elegir? —dijo después de comer, ya en la puerta de su habitación.

Pensé que era una pregunta retórica. No lo era. Entré detrás de ella y la puerta se cerró con suavidad. Su cuarto olía al perfume de siempre, ese aroma a madera y cítrico que le regaló mi tía hace dos cumpleaños.

—Tú sabes lo que se lleva, ¿no? —dijo, abriendo el armario.

—Mamá, yo voy en vaqueros y camiseta a todas partes.

—Pues por eso. Si te gusta a ti, le gustará a la gente.

Se probó tres conjuntos delante de mí. El primero, unos vaqueros oscuros con una blusa demasiado seria. El segundo, un vestido negro de tirantes que le llegaba justo por encima de la rodilla y que le dibujaba el cuerpo de un modo que me obligó a mirar a otro lado porque se me estaba empezando a marcar la polla en el pantalón. El tercero, unos vaqueros más ajustados con una camiseta blanca de tirantes finos, y no llevaba sujetador. Se le transparentaban los pezones, oscuros, del tamaño de una moneda, apuntando hacia adelante.

—Esa —dije, demasiado rápido—. La blanca.

Asintió mirándose al espejo. Después, sin volverse, lanzó la frase que me cortó la respiración.

—¿Tanga negro o nada?

Tardé tres segundos en contestar. Tres segundos durante los que ella me miró por el reflejo del espejo con una sonrisa que llevaba algo dentro.

—Negro —dije, con la garganta seca.

—Buena elección.

Se bajó los vaqueros delante de mí, sin ningún pudor. El culo se le movió al inclinarse, un culo blanco de crema, sin una sola marca. Se puso el tanga negro despacio, subiéndoselo con las dos manos, y el hilo se le hundió entre las nalgas como si llevara puesto para mí. Cuando se volvió a subir los vaqueros, me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

***

La discoteca a la que fuimos era una de las nuevas de la avenida, con luces moradas en el techo y una pista lo bastante grande como para perderse. Pedimos dos copas en la barra. Marta brindó conmigo y se rió de algo que dije sin escucharlo del todo, porque mi cabeza estaba ocupada con la curva exacta de su clavícula bajo la luz neón.

Bailamos. Al principio con esa distancia educada que se mantiene entre familiares. Después no tanto. La música subió, la gente apretó, y en un momento dado mi madre se giró de espaldas y se apoyó contra mí. No fue intencionado. O sí. Ya no sé qué era intencionado y qué no aquella noche. El culo se le pegó a mi entrepierna y empezó a mover las caderas al ritmo de la música, restregándose contra mi polla que se puso dura al instante. Ella lo notó. Vaya si lo notó. Y no se apartó. Al contrario: apoyó las dos manos en mis muslos y siguió bailando, apretando el culo contra mí una y otra vez.

Sentí su pelo en mi cuello. Sentí su perfume mezclado con el sudor del local. Sentí que tenía que separarme o iba a hacer algo de lo que no podría volver. Me separé. Marta no se giró. Siguió bailando como si nada, pero más despacio.

—Voy al baño —me dijo al oído, después de la siguiente canción—. Aguántame la copa.

Le sostuve el vaso. La vi alejarse entre los cuerpos. Conté hasta diez. Luego hasta veinte. A los treinta, dejé las dos copas sobre la barra y la seguí.

***

El pasillo de los baños estaba más oscuro que el resto del local. Empujé la puerta del de chicas sin pensarlo. Marta se estaba lavando las manos. Me vio en el espejo y se quedó quieta, con el agua corriendo sobre los dedos.

—Cariño, ¿qué haces aquí?

—No lo sé. No lo aguanto más.

Cerró el grifo despacio. Se secó las manos con la misma calma de quien sabe que el siguiente movimiento lo decide todo.

—Cariño…

No la dejé terminar. La besé. La besé como se besa cuando uno lleva meses pensando en hacerlo y por fin lo hace, sin medida, sin elegancia, todo dientes y aliento y el sabor del gin-tonic.

Ella me pegó un manotazo en la mejilla. No fuerte. Lo justo. Cerré los ojos pensando que se acababa todo en ese segundo. Pero entonces sentí su mano en mi nuca, atrayéndome de nuevo, y su boca buscando la mía con una urgencia que me dejó sin aire. Su lengua se me metió hasta el fondo, buscando la mía, chupándomela como si fuera otra cosa. Le agarré el culo con las dos manos por encima de los vaqueros y ella soltó un gemido en mi boca.

—Perdóname —susurró entre besos—. Perdóname, mi vida.

—No tienes que pedir perdón.

—Sí tengo. Pero ahora no.

Le subí el borde de la camiseta. Le rocé la cintura. Le subí un poco más y le atrapé una teta con la mano, apretándosela, pellizcándole el pezón que estaba tan duro como un botón. Ella me miró a los ojos con una mezcla de miedo y de hambre que no le había visto nunca. Le desabroché el botón de los vaqueros, le bajé la cremallera y le metí la mano por debajo, deslicé los dedos por encima del tanga y luego por debajo. La encontré empapada. El coño le chorreaba, se me pegaron los dedos en el chocho como si me los hubiera metido en miel. Le froté el clítoris despacio, en círculos, y Marta apoyó la frente en mi hombro y respiró fuerte.

—Aquí no —dijo—. Aquí no, cariño.

—¿Entonces dónde?

—Sácame de este sitio.

Saqué los dedos de su coño y me los metí en la boca delante de ella. Me los chupé despacio, saboreando cómo sabía. Marta me miró con la boca entreabierta, la cara colorada, y por un segundo pensé que iba a follármela allí mismo, contra el lavabo, sin importarle nada.

***

Llamaron a la puerta del baño justo cuando salíamos. Una chica con los ojos pintados de purpurina nos miró con cara de no entender nada. Marta le sonrió con una naturalidad de actriz veterana y le sostuvo la puerta. Caminamos hasta la salida cogidos del brazo, como si fuéramos los más sobrios del local.

En la calle hacía una noche tibia. Ella encendió un cigarrillo, cosa que no le había visto hacer en años. Yo no dije nada. Tenía miedo de romper el momento.

—Hace años que no me besaba nadie así —dijo, mirando al asfalto.

—Yo nunca he besado a nadie así.

—No digas eso. Es un disparate.

—Es la verdad.

Se giró hacia mí en mitad de la acera. Me miró a los ojos un rato largo. Después tiró el cigarro al suelo a medias.

—Vámonos a casa. Vámonos a casa que quiero que me folles.

Se lo dijo así, con esas palabras, con la voz baja y ronca, y a mí se me puso la polla dura de golpe otra vez dentro de los vaqueros.

***

De camino al portal, en una callejuela sin gente, la empujé contra la pared, le levanté la camiseta y le besé el cuello. Marta se rió bajito, con los ojos cerrados. Le desabroché los vaqueros otra vez y se los bajé hasta medio muslo. Le aparté el tanga con un dedo y le metí dos hasta los nudillos. Estaba tan mojada que se oyó el ruido. La sentí chorreando hasta los muslos. Ella se mordió el labio y susurró algo que sonó a «date prisa», moviendo las caderas contra mi mano para follarse ella sola mis dedos.

—¿Te quitas el tanga? —le dije.

Asintió. Se giró contra la pared, deslizó la prenda hasta los tobillos y se la guardó en el bolso sin mirarme. Antes de que se subiera los vaqueros, le puse la mano en la nuca y le empujé la cabeza hacia abajo. No hizo falta más. Se arrodilló en la acera oscura, me desabrochó el pantalón y me sacó la polla. Se la quedó mirando un segundo, como reconociendo el terreno. Después se la metió entera en la boca, hasta atragantarse, y se la sacó babeada.

—Joder, mamá.

—Calla —dijo, y volvió a comérmela.

Me la chupó ahí mismo, en el callejón, con una técnica que no me esperaba de ella. Me la mamaba entera, hasta el fondo, y luego se paraba en la punta y me la lamía como si fuera un helado. Me miraba desde abajo, con los ojos vidriosos y el rímel corrido, y yo tenía que apretar los dientes para no correrme ya en su boca. Le agarré la nuca con las dos manos y le folli la boca despacio, viendo cómo se me hundía la polla entre sus labios pintados. Ella me agarraba las nalgas y tiraba hacia adelante, pidiéndome más.

—Para —le dije—, para que me corro.

Sacó la polla de la boca con un ruido húmedo y me sonrió con los labios brillantes. Se levantó, se subió los vaqueros sin ropa interior debajo y me cogió de la mano.

—A casa.

Subimos en el ascensor sin tocarnos. Mi madre tenía los pezones marcados bajo la camiseta blanca y no llevaba sujetador. Yo tampoco recordaba en qué momento había decidido salir sin él puesto. Nos mirábamos en el espejo del ascensor sin decir nada, respirando como dos animales.

***

En su habitación no hubo más palabras durante un rato largo. Le quité la camiseta despacio, casi con respeto. Ella me desabrochó el cinturón con dedos que ya no temblaban. Cuando la tuve desnuda delante de mí, con la luz amarilla de la mesilla pegándole de lado, tuve que parar un segundo y mirarla. Llevaba años imaginándome ese cuerpo y la imaginación se quedaba muy corta. Las tetas pequeñas, firmes, con los pezones oscuros y duros apuntando hacia arriba. El vientre plano, con una marca antigua de mi cesárea. El coño depilado, con los labios hinchados y brillantes de lo mojada que estaba.

—¿Qué miras?

—A ti.

—No me mires así, cariño. Que me da vergüenza.

—Me da igual que te dé vergüenza.

Se rió. Esa risa baja y nerviosa que ponía cuando estaba un poco bebida y un poco feliz. La empujé despacio sobre la cama. Le besé el cuello, la clavícula, el pecho. Le chupé las tetas, primero una y luego la otra, me metí los pezones enteros en la boca y se los mordí flojito. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Le bajé por el vientre con la lengua hasta el ombligo y más abajo, hasta que le abrí las piernas del todo y le vi el coño de cerca por primera vez. Rosa, brillante, con el clítoris hinchado asomando entre los labios.

Le pasé la lengua entera de arriba abajo, desde el culo hasta el clítoris, y Marta se aferró al cabecero con las dos manos y emitió un sonido que no era un gemido y no era un sollozo. Era algo nuevo, algo que solo le había salido conmigo. Le abrí los labios con dos dedos y me puse a chuparle el clítoris despacio, en círculos, mientras le metía primero uno y después dos dedos en el coño. Se lo comí con hambre, con toda la baba, con veintitantos años acumulados de mirarla y no poder tocarla. Ella me apretaba la cabeza contra el chocho, subía las caderas, me pedía más sin palabras.

—Ay dios, cariño, así, así, no pares.

Le metí un tercer dedo. Le curveé los dedos hacia arriba, buscándole el punto, mientras le chupaba el clítoris cada vez más fuerte. Marta empezó a temblar. Se cerró contra mi cara, me apretó los dedos con el coño, y se corrió gritando algo que no entendí. Le sentí la corrida en la lengua, un chorro caliente y salado que se me escapó por la barbilla. Le seguí chupando hasta que me apartó la cabeza porque no aguantaba más.

Cuando terminé con ella, me agarró del pelo y me subió hasta su boca.

—Ven —dijo—. No aguanto más. Métemela ya.

La penetré despacio, sin apartar la vista de sus ojos. Se la metí centímetro a centímetro, mirando cómo se le abría el coño para tragarse mi polla entera. Estaba tan estrecha y tan mojada que casi me corro al primer envite. Marta se mordió los labios, después la mano, después soltó un gemido que no le había escuchado nunca y que probablemente seguiré escuchando dentro de la cabeza hasta el último día. Encontramos un ritmo torpe primero, certero después. Le besé la cara, le mordí el hombro. Ella me arañó la espalda y me susurró cosas al oído que prefiero no escribir, cosas como que se la metiera hasta el fondo, que no parara, que era la mejor polla que le habían metido en su vida.

La puse a cuatro patas y se la clavé por detrás, agarrándola de las caderas, viendo cómo el culo blanco le rebotaba contra mi entrepierna con cada embestida. Le di una palmada en una nalga y se le quedó marcada la mano roja. Ella gimió más fuerte. Le agarré el pelo y tiré hacia atrás, y se la seguí metiendo mientras le veía la cara de reojo, con la boca abierta y los ojos cerrados, follada como llevaba años sin follar.

—Dime cómo te llamo —le dije al oído.

—Como quieras, cariño, como quieras, joder.

—Dime que eres mi madre.

—Soy tu madre. Soy tu madre y me estás follando. Me estás follando el coño de tu madre.

Casi me corrí ahí. La tumbé boca arriba otra vez, le puse las piernas sobre mis hombros y se la metí hasta el fondo. Le veía el coño llenarse de mi polla, la cara suya deformada de placer, las tetas rebotando con cada golpe. Marta se corrió otra vez, apretándome tanto por dentro que no pude aguantar más.

Salí a tiempo. Me corrí sobre su vientre, en un chorro largo que le llegó hasta el pecho. Ella se pasó los dedos por la corrida y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme. Después me sostuvo la cara con las dos manos hasta que dejé de temblar. Después me tumbé a su lado y le aparté un mechón rubio de la frente.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora no quiero pensar.

—Pues no pensemos.

***

Me quedé dormido pegado a su espalda. Cuando me desperté era ya de día, había olor a tostadas en la cocina y la puerta del cuarto entreabierta. Marta no estaba en la cama. La oía canturrear bajito al otro lado del pasillo, como si fuera un sábado cualquiera.

Me quedé mirando el techo. Pensé que no había vuelta atrás. Y pensé también que no la quería. Que llevábamos meses caminando despacio hacia esa puerta, y que ahora la habíamos cerrado con nosotros dentro.

Lo era, ese sábado. Y, al mismo tiempo, ya no iba a ser nunca más solo eso.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(8)

JuanMa_BA

Increible... me quede sin palabras al terminarlo. De lo mejor que lei en esta categoria.

Caro_norte

segunda parte!!! por favor no lo dejes ahi

MatiasLP77

Que bien escrito, se nota cuando alguien le pone dedicacion de verdad. La tension del principio es perfecta, no te suelta.

RobertoSalta

jajaja la parte del tanga negro me mato, eso es demasiado realista jaja

Fercho_G

Buenisimo!!! Espero la continuacion, quede con ganas de mas.

Manu_Lector

Me costo dejarlo de leer, en serio. Muy bien narrado, te arrastra de principio a fin. Seguí asi.

Clara_M

Que calidad de escritura, no es facil encontrar algo asi por aca. Gracias por compartirlo!

ElSolitarioLect

se hizo corto... quiero saber como termina todo esto :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.