La madre de mi novia me eligió a media tarde
Me llamo Daniel y voy a contar lo que pasó esos meses con Carolina y su madre. Salía con Carolina desde finales del verano. Tenía veintidós años y vivía con su madre Mariana en un piso del centro. Mariana acababa de cumplir cuarenta y tres y aparentaba menos. Si las hubieras visto juntas, lo entenderías sin que nadie te lo explicara: dos rubias parecidas y a la vez muy distintas. Carolina más alta, ojos castaños, nariz recta, labios delgados. Mariana algo más baja, ojos celestes, nariz respingona, labios siempre un poco entreabiertos. Y una boca que sonreía como si supiera algo que tú todavía no.
Mariana estaba divorciada desde hacía años. Por lo poco que dejaban escapar las dos, el padre de Carolina había sido un hombre cobarde que se largó cuando ellas más lo necesitaban. Vivían solas, se llevaban bien y mal en partes iguales, y discutían como si fueran hermanas en lugar de madre e hija.
Cenar en aquella casa era una experiencia. Las dos se arreglaban incluso para una pasta con tomate. Vestidos ajustados, pelo recogido, perfume hasta en las cortinas. Ponían música a todo volumen y cantaban juntas mientras servían la mesa. Cantaban a gritos «Killing Me Softly», o se ponían a bailar moviendo las caderas exactamente al mismo ritmo, los brazos sincronizados como si lo hubieran ensayado mil veces. Me sentaba en el sofá con una copa de vino en la mano y pensaba que aquello no se lo iba a creer nadie.
Las dos eran tremendamente desordenadas. Dejaban un sostén en el respaldo de una silla, un vestido tirado en el pasillo, una habitación entera con la persiana bajada en pleno mediodía. Tenían armarios reventados de ropa que apenas usaban. Yo, que vivía en un estudio impecable, me reía cuando entraba al baño y encontraba seis cremas distintas abiertas al mismo tiempo.
Una tarde de octubre estaba con Carolina en su cuarto. La había convencido de probar algo que llevaba tiempo pidiéndome y la tenía boca abajo, mordiendo la almohada, mientras se la metía despacio por detrás. Iba con cuidado porque era la segunda vez que lo hacíamos y todavía le costaba relajarse. La cama crujía, ella jadeaba, yo le sujetaba la cadera con las dos manos.
Entonces alguien aporreó la puerta.
—Carolina, abre la puerta ahora mismo —era la voz de Mariana.
Nos quedamos paralizados. Carolina me empujó hacia atrás, se levantó de un salto y empezó a buscar la ropa por el suelo. Yo me subí los pantalones como pude y me senté al borde de la cama, todavía duro, todavía desconcertado. Carolina se puso una camiseta larga, abrió la puerta y se cruzó de brazos.
—¿Quieres dejar de jorobar, mamá?
—No estoy jorobando nada. Sabes perfectamente que no me gusta que te encierres ahí dentro horas con la puerta trabada.
—Pero si sabes que estoy con Daniel.
—Ya lo sé —contestó Mariana sin mirarme.
—Lo que pasa es que estás celosa porque es joven y guapo.
—¿Qué insinúas?
—Puta —le soltó Carolina a su madre.
—¿Cómo te atreves a hablarme así?
—Lo quieres para ti, ¿o no?
—Mira, niña, la única que se acuesta con los amigos de la otra aquí eres tú.
—Te refieres a Esteban, puta.
—Puta tú.
—¿Y lo de Hugo? —insistió Carolina—. ¿No te lo follaste el verano pasado?
—Son cosas que pueden pasar.
—«Cosas que pueden pasar» —repitió Carolina imitando la voz de su madre.
—A ti te encantan los hombres de cuarenta.
—Y a ti los de veinte.
La discusión se diluyó tan rápido como había empezado. Carolina dio media vuelta, se metió en el baño y cerró la puerta de un golpe. Oí el agua del grifo. Mariana se quedó un segundo en el pasillo, mirándome, y después caminó muy lentamente hasta el equipo de música del salón. Puso un disco antiguo, una de esas voces de mujer que se enroscan por la habitación como humo. Subió el volumen lo justo para que no llegara al baño.
—¿Bailas conmigo? —me preguntó.
Antes de que pudiera contestar, ya me tenía la mano agarrada. Me llevó al centro del salón. Olía a un perfume distinto al que se ponía Carolina, más oscuro, más adulto. Me apoyó la cara en el cuello, me clavó los dedos en la espalda y empezó a moverse muy despacio.
—No te hagas el tonto —murmuró.
Me agarró la mano y, sin que yo entendiera del todo lo que estaba haciendo, se la llevó por debajo de la falda. No llevaba nada. Mis dedos rozaron una piel calientísima y empapada, y un latido que no sé si era el suyo o el mío me retumbó en la sien. Cerró los ojos. Empujó la cadera contra mi mano.
El grifo del baño se cerró.
Saqué la mano a tiempo. Mariana abrió los ojos lentamente y me sonrió como si nada hubiera pasado, justo cuando Carolina cruzaba el pasillo de vuelta a la habitación.
—Mira lo que voy a hacer ahora, Daniel —dijo Carolina.
Se paró en medio del salón, delante de las dos, y se sacó la camiseta por la cabeza. Después las bragas. Quedó desnuda en el centro de la sala, las manos en la cintura, desafiando a su madre con la mirada.
Yo entendí lo que tocaba.
Me desnudé sin pensar mucho. Me acerqué a Carolina por detrás, la doblé contra el respaldo del sofá y volví a metérsela como antes, esta vez con menos paciencia. Carolina dejó escapar un sonido entre la risa y el gemido. Mariana se quedó de pie a un par de metros, mirando, sin decir una palabra.
Entonces se sacó la blusa.
Sus pechos eran exactamente lo que había imaginado en cada una de aquellas cenas: redondos, un poco caídos por la edad, con los pezones grandes y rosados. Se acercó hasta que la tuve al lado. Me agarró la cabeza, me la giró y me los acercó a la boca. Los besé, los mordí con cuidado, mientras seguía empujando contra Carolina. Mariana me agarró la cara con las dos manos y me besó en la boca. Con lengua. Mucha lengua. Carolina podría habernos visto si hubiera girado la cabeza, pero no la giró.
—Termina con ella —me susurró Mariana al oído—. Después vienes conmigo.
***
Mariana se acabó de desnudar despacio, sin prisa, como si supiera que la estábamos mirando los dos. Se tumbó en el sofá grande, abrió las piernas apenas un poco y me miró por encima del hombro. La luz de la tarde entraba por las persianas a medio cerrar y le pintaba rayas finas sobre la piel.
—Sal de mí —me pidió Carolina con la voz rota—. Ve con ella.
Salí de Carolina lentamente. Me giré hacia Mariana. Antes de que diera dos pasos, ella levantó una mano.
—Espera —me lanzó algo que cacé en el aire. Un preservativo—. Conmigo, con goma.
Me lo puse mirándola a los ojos. Carolina, detrás de mí, se había sentado sobre el respaldo del otro sofá. Tenía un dedo en la boca y la otra mano metida entre las piernas. No iba a interrumpirnos.
Me arrodillé entre las piernas de Mariana y la penetré despacio. Era distinta a Carolina, más estrecha en algunos sitios, más blanda en otros, con un olor más profundo. Cerró los ojos en cuanto la tuve dentro y me agarró del cuello con las dos manos.
—«Cabrón» —oí decir a Carolina detrás. No sonaba enfadada. Sonaba excitada.
Cuando me di vuelta, vi que Carolina tenía un dedo metido por detrás, otro dentro y la otra mano apretándose el clítoris. Se mordía los labios para no hacer demasiado ruido. Mariana y yo jadeábamos como dos animales heridos. El sofá crujía con cada empujón, y la lámpara del techo temblaba con un ritmo absurdo.
—Sácamela —me pidió Mariana de pronto, con los ojos cerrados.
Hice lo que me dijo. Me incliné, le besé los pechos, casi me los comí. Le mordí el cuello, las clavículas, el hueco entre las costillas. Ella me agarró del pelo y me arrancó un mechón sin querer. Volví a buscarle la boca. Esa vez ella respondió mucho más despacio, casi con ternura.
La levanté y la puse de rodillas en el suelo, contra el sofá. Me quité el preservativo. Le puse las manos en los pechos, le apreté las dos tetas contra mi polla y empecé a moverme entre ellas. Mariana me miraba desde abajo, con una sonrisa muy pequeña, casi triste.
—Acaba ya —murmuró—. Todo encima de mí.
Me corrí enseguida. Le manché los pechos, el cuello, parte de la barbilla. Mucho. Tanto que ella se rió con la garganta y me apartó con una mano cuando entendió que podía seguir saliendo.
Me quedé un segundo arrodillado delante de ella, sin saber qué hacer con las manos.
***
Fui al baño y volví con una toalla limpia. Le limpié el pecho con cuidado, le sequé el cuello, le di un beso largo en la frente. Mariana cerró los ojos como si llevara mucho tiempo esperando que alguien le hiciera ese gesto. Después me giré hacia Carolina, que seguía en el respaldo del sofá, y la besé también. Le acaricié la cara, le aparté un mechón rubio.
—Las quiero a las dos —les dije.
Y lo decía. En ese momento lo decía.
Me vestí en silencio. Recogí la chaqueta del perchero, busqué las llaves, me até los cordones. Ninguna de las dos se movió mientras yo me preparaba para irme. Estaban las dos en el sofá, todavía desnudas, Carolina apoyada contra el hombro de su madre, Mariana acariciándole el pelo.
Cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta, oí un beso. No fue un beso pequeño. Fue uno largo, de los que duran. Giré la cabeza apenas. Las vi de reojo: Carolina con la boca pegada a la de su madre, los ojos cerrados, las manos en su cintura.
—Te quiero, mamá —oí decir a Carolina.
Cerré la puerta sin hacer ruido. Bajé las escaleras a oscuras. En el portal me apoyé contra la pared un buen rato, intentando entender qué acababa de pasar. No lo entendí ese día. Tampoco al día siguiente. Hay cosas que solo entiendes muchos años después, cuando ya no puedes volver a vivirlas, y solo te queda contarlas para creer que fueron de verdad.