Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi sobrino volvió con su novia y la noche se desbordó

Hace algo más de un año pasó algo que no me esperaba con mi sobrino. Llegó de visita, se quedó un par de noches, y entre charla y charla terminamos los tres en la cama: yo, mi mujer Andrea, y él. Lo más fuerte fue cuando me lo metí por el culo y, al rato, él acabó dentro de mi boca. Andrea lo recordaba con una sonrisa cómplice cada vez que veía una foto suya en el celular.

Esta vez Sebastián volvió a casa, pero no llegó solo. Apareció con una novia. Una chica que en la primera mirada no parecía la gran cosa, pero que mientras hablaba me fui descubriendo. Carolina era delgada, de piel dorada, con unos pechos pequeños pero firmes y unos pezones rosados y puntiagudos. Tenía las piernas largas y el culito chico, muy respingado. Lo que más me atrapó fueron sus pies, diminutos, las uñas pintadas de un rosa pálido, prolijas hasta el último detalle.

—Tía, te presento a Carolina —dijo Sebastián, abrazando a Andrea como si llevaran años sin verse.

—Mucho gusto, señora —respondió Carolina con una voz suave, cantadita, de provincia.

—Nada de señora. Andrea —corrigió mi mujer, dándole dos besos.

Después vino la conversación obligatoria: cómo iban los estudios, qué tal mis compadres, cuándo había sido la última vez que se habían visto. Más de una hora de charla antes de que Andrea preguntara, con ese tono inocente que conozco demasiado bien.

—¿Y se quedan a dormir, supongo?

—No sé, tía, si te incomoda…

—De ninguna manera. Esta es su casa. Quédense unos días.

Mi cabeza se fue al instante a la otra noche, a hace un año, al cuerpo desnudo de mi sobrino y a la cara de Andrea cuando lo vio acabar entre mis labios. Mientras los chicos se acomodaban en el cuarto de huéspedes, atrapé a mi mujer por la cintura en el living y le di un beso largo. Se pegó a mí como una estampilla.

—¿Qué se te está pasando por esa cabecita, bandida? —le susurré.

—¿A mí? Nada. Y a ti.

—Pensé que querías repetir lo del año pasado. Solo que ahora con una integrante más.

—No, no. Déjate de locuras, degenerado. Vives en función del sexo —protestó, pero la mano que le metí debajo de la falda no mentía. La concha estaba empapada.

—¿Y esto, mi vida? ¿Para qué nos engañamos? —le dije, rozándole el clítoris. Andrea soltó un suspiro y se puso tensa, casi a punto de acabar de pie y vestida en mitad del living.

—Calma, ya llegará. Pero ten tacto. Que no quede una cagada.

—Tú tranquila —le prometí.

Esa tarde fui con Sebastián al supermercado mientras las mujeres preparaban la cena. Compré tragos suaves, dulces, de los que entran como agua y golpean tarde. Mientras manejaba, le tiré un par de bromas sobre aquella primera vez. Me siguió la corriente.

—Más de una paja me hice acordándome —admitió, riéndose.

—¿Cuántas de esas pajas fueron pensando en cuando te lo metí? —le pregunté de reojo.

—Bastantes —contestó—. Y de cuando acabé en tu boca, también.

Llegamos a casa todavía riéndonos. Las dos mujeres se cruzaron una mirada cómplice cuando entramos. No le di importancia entonces. Después entendí.

Cenamos con dos botellas de vino que se evaporaron sin que nos diéramos cuenta. La conversación derivó hacia el sexo con esa naturalidad que solo aparece cuando hay confianza y alcohol. Retiramos la loza, nos sentamos en el living a tomar un bajativo. A mí me serví uno suave; al resto le cargué la mano.

—Nos quieres curar —me dijo Andrea al oído, riéndose.

—Solo que se pongan contentos. Tú síguemela.

—Te sigo en todo —respondió, y eso me terminó de descomponer.

Le pregunté a Carolina qué música le gustaba. Luis Miguel, dijo. Puse el disco. Bajé las luces hasta dejarlas casi en penumbra. Saqué a bailar a Andrea y le pedí a Sebastián que sacara a Carolina. Se hizo un silencio raro, denso, en el que solo se escuchaba la música.

Empecé a refregarle el bulto en el pubis a mi mujer. Ya estaba duro como la piedra.

—Te tiene loco la idea —murmuró ella.

—¿Y a ti no? Después tú sacas a Sebastián y yo bailo con Carolina.

—Lo que tú quieras —dijo Andrea, llevándose la mano al pico que tenía atrapado en el pantalón.

Carolina llevaba una falda plisada corta, una tanga finísima y unas chinelas sin talón que dejaban a la vista esos pies que no podía dejar de mirar. Cuando le metí la mano por debajo de la falda y le toqué la entrepierna, encontré un mar. La tela del calzón estaba pegada a la piel.

—Veo que tú también estás caliente con la idea de que pase algo —le dije.

—Quiero que pase lo que sea —contestó, agarrándome el pico por encima del pantalón. Me besó como si llevara meses esperando ese permiso.

De reojo vi a Andrea con Sebastián. Casi no movían los pies. Mi mujer le había llevado las manos al culo y él se las había metido por debajo de la falda. Eso me terminó de soltar todos los miedos. Me separé un momento, fui a buscar otra ronda, y volví. Cuando empezó otro tema, Andrea, sin protocolo, le dijo a Sebastián.

—Bailemos, sobrino.

Y se lo llevó.

Yo tomé a Carolina. Llevaba una solera de tirantes finitos y nada debajo. Cuando le pasé la mano por la espalda, sentí su piel directa, sin ninguna tela de por medio. La apreté lentamente, le hice sentir lo que tenía. Miró hacia donde bailaban los otros dos, donde Andrea ya se refregaba con descaro contra Sebastián.

—Se llevan muy bien tía y sobrino —comentó con una sonrisa picarona.

—Así parece —le dije, apretándola más.

Esperaba que se echara hacia atrás. Hizo lo contrario. Apoyó la cabeza en mi hombro y soltó un suspiro largo, casi un quejido. Le besé la oreja, después el cuello. Cada beso era un escalón más. Mi mano bajó por su espalda hasta el comienzo del culo. Le abrí los labios con la lengua y su boca respondió con una urgencia que no había anticipado en una chica de voz tan suavecita.

Cuando volví a mirar al otro rincón del living, Andrea le había sacado el pico a Sebastián por la bragueta y se lo movía despacio mientras seguía bailando. Carolina y yo nos miramos. Nos reímos sin decir nada.

—Vení —le dije.

La llevé al sillón del rincón, donde la luz era más tenue. La senté y me arrodillé entre sus piernas. Le besé las rodillas, después los muslos por dentro. Mientras le subía la falda, me desabroché el pantalón. Aparté la tanga y le metí la lengua. Sentí sus uñas en mi nuca. Sus piernas se cerraron contra mis orejas. No le había dado tres lengüetazos al clítoris cuando ya estaba acabando. Me apretó tanto la cabeza con los muslos que el cuello me crujió. Solté la presión despacio y vi cómo se relajaba en el sillón, con los ojos cerrados y una sonrisa tonta.

Al levantar la vista vi a Andrea de rodillas frente a Sebastián, chupándole el pico con una concentración que solo le había visto en mí. Me paré, terminé de quitarme la ropa, le saqué la solera a Carolina por la cabeza y la recosté de espaldas en el sillón. Le metí el pico despacio. Carolina se movía pidiendo más, pero quería hacérselo así, mirar cada gesto de su cara mientras la abría.

Cuando sentí que iba a acabar, paré, la abracé por la cintura y me levanté con ella, sin sacárselo. Le pedí que cruzara las piernas alrededor de mi cintura y caminé así, con ella ensartada, hasta donde estaban Andrea y Sebastián. Me senté en el sillón vecino. Carolina escondió la cara en mi hombro, muerta de vergüenza.

—No te preocupes —le dije—. Mírales a ellos.

Andrea se separó de Sebastián, vino, me besó en la boca con sabor a otro hombre y me dijo, contra el oído, que estaba gozando como nunca. Sebastián, mientras tanto, agarró a Carolina de la cara con una ternura que me sorprendió. Esa ternura le devolvió la calma.

Andrea se sentó encima de Sebastián de espaldas a mí, le acomodó el pico en su entrada, y bajó despacio hasta el fondo. Carolina se aferró a mi cuello cuando vio la escena al lado. Tuvo otro orgasmo larguísimo, descontrolado, gritando contra mi piel.

Después le levanté las piernas, se las puse en mis hombros y empecé a embestirla en serio. Andrea cabalgaba a Sebastián a mi lado. Nuestras bocas se encontraban entre embestida y embestida. Sentí cómo Sebastián empezaba a acabar dentro de Andrea. Ella entró en su cadena de orgasmos, esos que la dejan suspirando, gritando, riéndose. La calentura me arrastró. Antes de acabar dentro de Carolina, se lo saqué, me acomodé detrás de Andrea, y se lo metí a ella de un viaje. Sentir cómo salían los líquidos de Sebastián mezclados con los de mi mujer fue lo que necesitaba para acabar entre gritos. Caí sentado en el sillón con las piernas acalambradas.

Risas, bromas, vasos vueltos a llenar.

—¿Cómo fue esto tan rápido? —pregunté, todavía agitado.

—A Carolina ya le había contado lo del año pasado —explicó Sebastián—. Cuando salimos a comprar, las dos hablaron. Andrea estaba al tanto de todo. El único que no sabía nada eras tú.

—Manga de desgraciados —dije—. Me tenían armada la noche y yo desesperándome por encontrar la forma.

—Por eso te queremos —se rió Andrea.

Mientras yo seguía protestando, Carolina ya tenía mi pico en una mano y me acariciaba los testículos con la otra, suavísimo. Andrea hizo lo mismo con Sebastián. Después, sin decírselo, las dos se agacharon al mismo tiempo y empezaron a chuparnos. Andrea se levantó, vino a besarme, y noté el sabor del semen de Sebastián en su lengua.

—¿Quieres iniciar lo mismo de la otra vez? —le dije al oído.

—Sí, mi amor —respondió.

—Hazlo.

Andrea le tomó la cabeza a Sebastián y, suavemente, retiró a Carolina. Llevó la boca de mi sobrino hasta mi pico. Carolina se quedó mirando, fascinada, con la mano entre sus piernas. Yo acariciaba los pechos de las dos mujeres y besaba sus bocas alternativamente. El pico volvió a estar duro como al principio.

—Vamos al dormitorio —dijo Andrea, en su rol favorito de maestra de ceremonias.

***

En la cama puso a Sebastián en cuatro, con el culo bien parado. Ya sé adónde va esto, pensé. Sacó la crema de la mesita de luz, le untó el ano con dos dedos y me agarró el pico para llevarlo al centro. Empujé. La primera barrera resistió. Empujé más fuerte. Se sintió un quejido, después un suspiro, y entró entero. Me quedé un rato pegado a su culo, sintiendo cómo me apretaba. Después empecé a moverme con un ritmo que me hacía gozar de una manera distinta, como si todo el placer estuviera concentrado en un solo punto.

Andrea y Carolina se miraban. Andrea le tomó la mano a Carolina y la llevó al pico de Sebastián. Las dos lo masturbaban mientras yo lo embestía. Después agarré las cabezas de las dos y las hice besarse. Carolina dudó un segundo, después se entregó. Sus lenguas entraban y salían de la boca de la otra como si tuvieran un acuerdo previo.

Sentí que iba a acabar y paré. Quedé pegado al culo de Sebastián, mirando a las mujeres besarse. Andrea acostó a Carolina de espaldas y empezó a bajar besándole el cuerpo. Cuando llegó a la entrepierna, Carolina pegó un grito de orgasmo violento. Andrea se subió encima de ella y se refregaron las dos, frotándose los sexos hasta acabar al mismo tiempo, abrazadas.

Las miré hasta que terminaron. Saqué el pico despacio de Sebastián y le dije que ya habría más. Carolina rodó hacia mí, todavía con la respiración entrecortada.

—Nunca había gozado así con una mujer —le dijo a Andrea.

—Gracias, mi’hijita —respondió mi mujer—. Vamos a hacer trabajar a estos hombres ahora.

Tomó el pomo, se untó la mano con crema, y pensé que iba a volver a Sebastián. Pero me hizo voltear a mí. Me puso la crema en el culo.

—No, a mí no con eso —dije, asustado.

—Te gusta gozar a ti no más —saltó Carolina—. Tienes que darnos en el gusto a nosotras también.

—Hazlo por mí, amor —me dijo Andrea al oído—. Lo soñé tantas veces. Si te duele mucho, lo dejamos.

Me ablandó por ahí. Acepté de mala gana. Carolina empezó con un dedito, después dos. Me hizo un movimiento rotatorio que me cerró los ojos. Mientras tanto, Andrea le acomodó la cabeza a Sebastián cerca de mi boca. Cuando abrí los ojos, vi su pico al lado de mis labios. Andrea me empujó. A la mierda mis prejuicios, pensé, y me lo metí entero. Sentí cómo gozaba mi sobrino, ese pico duro de un chico de poco más de veinte años, mientras Carolina seguía abriéndome el camino con los dedos.

Andrea llevó a Sebastián detrás de mí. Sentí su punta apoyada en mi entrada y una presión lenta pero firme.

—Has lo que me dices a mí cuando me lo metes por ahí —me dijo Andrea, riéndose—. Puja.

Pujé. Entró de un viaje hasta el fondo. Sentí el hueso de Sebastián pegado a mi culo. Hubo un ardor tremendo en los primeros segundos. Mordí las sábanas. Creo que se me escapó una lágrima. Le pedí que se quedara quieto y empecé a moverme yo, despacio, hasta encontrar el ritmo en el que el ardor se transformaba en un gusto raro pero cada vez más intenso.

—Mi venganza —murmuró Sebastián, casi sin moverse.

Después arrancó él. Andrea y Carolina me masturbaban a mí. Sentí cómo se le hinchaba el pico cada vez más adentro y cómo, de repente, empezó a moverse desenfrenado. Acabó con todo dentro de mí. Lo sentí entrando, caliente, raro y delicioso al mismo tiempo. Ahora entiendo a los homosexuales, pensé, y empujé hacia atrás para que entrara hasta lo último.

Cuando salió, sentí un dolor breve. Me di vuelta, agarré a Carolina de las piernas, se las abrí, y se la metí del todo en su entrada que estilaba líquidos. No alcancé a moverme tres veces. Acabé con un grito. Caí al lado de Andrea, que me abrazó.

—Me has hecho gozar como nunca —me dijo, con una sonrisa que era pura victoria—. Te amo mucho.

Sebastián y Carolina se fueron a la ducha. Andrea y yo nos quedamos un rato comentando la noche. Le reproché dos cosas: no haberme contado lo que habían hablado con Carolina, y haberme hecho perder mi virginidad anal.

—¿Cierto que te gustó? —fue su única respuesta.

—Sí. Es raro, pero muy rico.

—Claro. Siempre te gustaba meterlo tú. Yo soñaba con que alguna vez hiciéramos esto.

Salimos de la ducha en pareja. Cuando me lavaba el ano, lo sentía hinchado y me ardía. Andrea me pasó crema con cuidado, riéndose de mi cara.

—Imagínate cuántas veces me pasó a mí.

De vuelta al cuarto, encontré a los chicos abrazados, conversando bajito. Me senté en la cama y le agarré el pico a Sebastián con dos dedos.

—Te vengaste, desgraciado. Me debes una.

—¿No te gustó, tío? —contestó él, con una sonrisa.

—Eso es otra cosa.

Las mujeres volvieron desnudas con cuatro tragos. La noche siguió, larga, larguísima. Hicimos de todo. Pero ya les conté lo principal.

Valora este relato

Comentarios (5)

Silvana_mdq

increible!!!

Marcos_99

tremendo relato, no me esperaba ese giro. Muy bueno

PabloGba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!!

LocoXleer

Se hizo cortísimo, quede enganchado desde el principio. Buen ritmo y se siente autentico. Esperando mas de este estilo.

NocheCba

jajaja genial como desarrollaste la situacion. Me encanto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.