Mi hermanastro me ató esa noche que llegué tarde
El reloj de la torre marcaba las diez pasadas cuando metí la llave en la cerradura. Había sido un día largo, de esos que se arrastran hasta los huesos, y solo pensaba en una ducha caliente y en mi cama. Pero al cruzar el pasillo y asomarme al salón, una corriente extraña me recorrió la espalda.
Mateo estaba allí, tumbado en el sofá con un libro abierto entre las manos. Mi hermanastro y los libros nunca habían sido amigos, así que la imagen me descolocó por completo. Levantó la vista cuando me oyó entrar, dejó el libro a un lado y se incorporó despacio, sin prisa ninguna.
—Hola, hermanita preciosa —dijo, y la sonrisa que se le dibujó en la cara era diferente a todas las que le había visto antes—. Por fin llegas.
Fruncí el ceño y dejé el bolso sobre la mesa del recibidor.
—¿Me estabas esperando?
—¿Te sorprende?
Caminó hacia mí con esa parsimonia suya que tantas veces me había puesto nerviosa sin saber por qué. Algo no encajaba. No estaba preocupada todavía, pero un cosquilleo desagradable se me instaló en la nuca.
—¿Y mamá? —pregunté, mirando al pasillo como si esperase que apareciera de un momento a otro.
La sonrisa de Mateo se ensanchó.
—¿Ya te olvidaste de que tu madre y mi padre están en Sevilla y no vuelven hasta mañana al mediodía? —contestó. Hizo una pausa que se me hizo eterna—. Estamos solos. Completamente solos.
Lo había olvidado por completo. Tragué saliva y noté cómo el corazón se me aceleraba sin permiso. Mateo me miraba de un modo distinto, una mirada que me atravesaba y que me costaba sostener. Intenté disimular, pero cada latido era más fuerte que el anterior.
***
Mi hermanastro siempre me había resultado un misterio. Llevábamos dos años viviendo bajo el mismo techo, desde que mis padres se casaron, y nunca había logrado descifrarlo del todo. Era guapo, eso era innegable: alto, de hombros anchos, con unos ojos oscuros que parecían siempre evaluar antes de hablar. Pero entre nosotros nunca hubo confianza, solo esa cordialidad fría de quien comparte una mesa por obligación.
Hasta esa noche.
—Mateo, ¿qué… qué tramas? —pregunté cuando lo vi acercarse otro paso, manteniendo las manos detrás de la espalda como si escondiera algo.
—Hoy tenemos la casa para nosotros. Sería un desperdicio no aprovecharla un poco, ¿no te parece?
—¿Aprovecharla cómo?
Las palmas de las manos se me empezaron a humedecer. Él seguía sonriendo y los ojos le brillaban con una luz que no terminaba de gustarme.
—Tranquila, Lucía. Solo es un juego. Nada del otro mundo. No seas tan rígida.
Sonaba inocente. Pero yo sabía que no lo era. Lo supe en el segundo en que sacó las manos de detrás de la espalda y vi lo que llevaba: una cuerda gruesa, enrollada con cuidado, como si lo hubiera planeado durante días.
—¿Qué piensas hacer con eso? —murmuré, abriendo mucho los ojos.
—Voy a hacerte mi prisionera.
Y antes de que pudiera reaccionar, ya me había rodeado las muñecas con la cuerda y estaba apretando los nudos. Intenté liberarme, pero su agarre era firme, sin titubeos. Tenía las manos calientes y los dedos largos y precisos, como si supiera exactamente dónde apretar para que no pudiera moverme.
—Mateo, esto no tiene gracia —dije con la voz temblorosa, apenas un hilo.
—Nunca dije que fuera gracioso —contestó, anudando con calma. Levantó la vista y me sostuvo la mirada—. Pero te prometo que te va a encantar, hermanita.
No estaba tan segura. Había algo depredador en su forma de mirarme, y por primera vez fui consciente de que esto no era una broma absurda. Era la realidad, dura y nítida, y mi cabeza todavía se negaba a aceptarla.
***
Antes de que pudiera preguntar nada más, sacó un pañuelo de tela del bolsillo trasero y me lo metió en la boca. No con violencia, pero sí con la firmeza de quien no admite réplicas. El sabor a algodón limpio se me pegó a la lengua. Quise protestar, pero solo me salió un gemido sordo.
Sus manos bajaron a mi cintura. Con dos movimientos secos, me desabrochó los vaqueros y empezó a deslizarlos despacio por mis caderas. La tela se me fue cayendo hasta los tobillos, y yo me quedé allí, con las manos atadas y la respiración irregular, sintiendo cómo el aire frío del pasillo me tocaba la piel.
Las mejillas me ardían de vergüenza. Pero también, y esto era lo que más me confundía, una corriente extraña me recorría el vientre. Algo que no era miedo. Algo que no debía sentir.
—Que empiecen los juegos —dijo Mateo.
Se agachó, me echó sobre el hombro como si fuera un saco, y empezó a subir las escaleras. Sentí la presión de su brazo sujetándome los muslos y la firmeza del músculo bajo la camisa. Con la mano libre me acariciaba el trasero, despacio, como si estuviera midiendo lo que tenía entre manos.
—Llevo esperando este momento desde que nuestros padres se casaron —me dijo, casi en un susurro—. Dos años aguantando. Y por fin llegó.
Solo entonces el pánico empezó a abrirse paso de verdad. Pero ya era demasiado tarde para nada.
***
Me dejó en su habitación, sobre la cama. Cerró la puerta con el pie y se giró para mirarme. Yo respiraba a través del pañuelo, con el pecho subiendo y bajando bajo la blusa.
—Eres muy guapa, hermanita —dijo, inclinándose sobre mí—. Y ahora voy a enseñarte lo especial que eres para mí.
Me ató las muñecas al cabecero, comprobó los nudos con un par de tirones, y dio un paso atrás. Me observó como se observa una obra recién acabada. Después, sin prisa, empezó a desabrocharme los botones de la blusa, uno por uno, con una destreza que no encajaba en alguien que no lo hubiera hecho muchas veces.
La tela se separó de mi pecho. La temperatura del cuarto bajó de golpe, o al menos eso me pareció. Mateo me miraba con avidez, como si quisiera memorizar cada centímetro. Apartó los dos lados de la blusa y me dejó en sujetador, indefensa, atada al cabecero de la cama de mi hermanastro.
Mi corazón latía con fuerza contra las costillas. Me sentía pequeña. Y, al mismo tiempo, deseada de un modo que jamás había experimentado.
Sus manos recorrieron mi torso. Con un movimiento limpio abrió el broche delantero del sujetador y me dejó los pechos al aire. Un escalofrío caliente me recorrió la espalda. Habría querido gritar, abofetearlo, salir corriendo. Pero no podía. Solo podía mirar, y sentir, y dejar que pasara.
Cuando me bajó las bragas por las caderas, ya estaba mojada. Lo supe por la humedad fría que noté en cuanto la tela se separó de mí. Me dio vergüenza. Pero también, y esto era nuevo, me sentí viva como nunca.
Mateo se quedó quieto un instante, mirándome. Toda yo, desnuda y atada, expuesta a su antojo en su propia cama.
—Mírate —dijo en voz baja—. Mírate cómo estás.
***
Pasó las yemas de los dedos por mi vientre, despacio, como si estuviera dibujando algo. Subió hasta los pechos y los rodeó con las manos abiertas. Tenía las palmas calientes y ásperas, todo lo contrario a mi piel. Me los amasó con fuerza, después con suavidad, jugando con los dos extremos de mí. Mis pezones se endurecieron sin que yo pudiera evitarlo, traicionándome.
Bajó la cabeza y me besó el cuello. Un beso largo, abierto, en el hueco de la clavícula. Después fue bajando, dejando una línea húmeda hasta el pecho. Su lengua me rodeó un pezón, y yo arqueé la espalda sin querer. El gemido se me quedó atrapado en el pañuelo, ahogado, y eso pareció gustarle aún más.
—Eso es —murmuró contra mi piel—. Déjate llevar.
Me chupó el otro pezón con la misma calma. Después siguió bajando. Su boca recorrió mi vientre, pasó por el ombligo y se detuvo justo antes del monte de Venus. Sentí su aliento caliente y un cosquilleo intenso me recorrió de los muslos a los hombros.
Empezó a besarme allí, sin prisa. Cada beso era una pequeña bomba. Mis manos, atadas al cabecero, se cerraban en puños sin que pudiera evitarlo. Sus dedos me recorrían la cara interna del muslo, subiendo y bajando, acercándose y alejándose, jugando con mi paciencia y con mi pudor a partes iguales.
—Estás temblando, Lucía —susurró—. Mírate. Estás temblando entera.
Y era verdad. Temblaba de deseo. Sabía que estaba mal, sabía que rendirme a él era cruzar una línea de la que no había vuelta. Pero cada roce de sus labios borraba una de mis defensas, una a una, hasta que no quedó ninguna.
***
—Estás tan guapa así —me dijo al oído, después de subir y morderme el lóbulo de la oreja—. Tan desnuda, tan indefensa, intentando todavía esconder lo mucho que lo deseas. Pero tu cuerpo te delata, hermanita. Voy a hacerte correr una y otra vez, hasta que no sepas dónde estás.
Mi cuerpo entero respondió a esas palabras. Nunca habría imaginado que una frase pudiera derretirme por dentro de esa manera.
Sus dedos se deslizaron entre mis piernas y rozaron la humedad que ya no podía esconder. Cada caricia era exacta, calculada. Mis caderas se movían solas, buscándolo, exigiendo más. Cuando me penetró con un dedo, despacio, sentí cómo el aire se me escapaba por la nariz en un suspiro largo.
—¿Te das cuenta de lo mucho que me deseas? —dijo con la voz ronca, mientras su pulgar me acariciaba el clítoris en círculos lentos—. Puedo sentirlo. Aprietas mi dedo como si no quisieras dejarme ir.
Apenas podía respirar. El placer me subía por las piernas en oleadas, y cuando creía que ya no podía aguantar más, él se detenía. Apartaba la mano, esperaba unos segundos, y volvía a empezar. Le gustaba verme al borde. Le gustaba verme rogar con los ojos algo que no podía pedir con la boca.
Lo hizo tres veces. A la cuarta, yo ya estaba al límite de mí misma.
***
Entonces se incorporó. Se desabrochó los pantalones, se los bajó junto con los calzoncillos, y lo vi por primera vez. Con un movimiento rápido, deshizo el nudo que me ataba al cabecero, pero me dejó las muñecas unidas. Me agarró por las caderas, me atrajo hacia él, y me penetró de un solo empuje, profundo, sin pausa.
Solté un grito ahogado contra el pañuelo. Mis pechos se mecían al ritmo de sus embestidas, y en el vientre se me formó una bandada de mariposas histéricas. Me sujetó por la cintura, los dedos clavados en mi carne, y me embistió una y otra vez, como si llevara años pensando exactamente cómo hacerme suya.
—¿Sientes cuánto te deseo? —jadeó—. Eres mía, hermanita. Mía.
Yo gemía. Cada embestida me cerraba alrededor de él un poco más. Mi respiración se volvió pesada, los músculos del vientre se me tensaron, y supe que esta vez no iba a parar. No podía. No quería.
Lo miré una última vez, inclinado sobre mí, con el pelo cayéndole sobre la frente y la mandíbula apretada, y cerré los ojos. Dejé que pasara.
El orgasmo me atravesó como una corriente eléctrica. Todo el cuerpo se me sacudió, los dedos de los pies se me doblaron, y oí mi propio gemido sonar muy lejos, como si viniera de otra persona. Mateo me sujetó fuerte y siguió moviéndose, sincronizado con mis temblores, hasta que con un último empujón sentí su calor llenarme por dentro.
***
Después, todavía dentro de mí, me sacó el pañuelo de la boca con cuidado y lo lanzó al suelo. Tomé aire por primera vez en mucho rato. Quise decir algo, no sabía qué, pero antes de que pudiera abrir los labios, los suyos ya estaban sobre los míos.
El beso fue largo, profundo, lleno de algo que no sabía nombrar. Me devolvió el calor en el acto. Por un momento volví a olvidarme de todo: de quién era él, de quién era yo, de lo que acababa de pasar. Solo existían sus labios y los míos.
Cuando se separó, intenté incorporarme. Mateo sonrió, negó con la cabeza despacio, y me acarició el vientre con un dedo.
—¿De verdad crees que esto se acaba aquí? —dijo—. Estoy lejos de haber terminado contigo. Descansa unos minutos. Cuando vuelva, te voy a follar tan fuerte que vas a rogarme que pare.
Se inclinó, me besó en la frente, y se incorporó. Yo lo miré salir de la habitación, todavía atada, todavía temblando, todavía húmeda.
Cerré los ojos. Sabía que era mi hermanastro. Sabía lo mal que estaba todo lo que acababa de pasar. Y, aun así, conté los segundos hasta oír sus pasos volver por el pasillo.