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Relatos Ardientes

Mi sobrino me confesó su fetiche aquella noche

Mi sobrino y yo siempre fuimos cómplices. Más que tía y sobrino, hermanos del alma. Compartimos gustos por la música, las películas, hasta el sentido del humor. Pero nunca imaginé que también iba a compartir con él lo que pasó aquella semana de invierno.

Veníamos los dos del cumpleaños número setenta de mi madre, en el campo. Llovió toda la tarde y, claro, los dos volvimos con la misma gripe. Yo tenía treinta y ocho, él veintidós. Vivía solo en un departamento chico al otro lado de la ciudad, pero con la fiebre alta no le iba a dejar manejar dos horas de regreso.

—Quédate en mi casa hasta que se nos pase —le dije, mientras le pasaba un té de jengibre—. No quiero que andes contagiando a nadie por el camino.

Mi marido viajaba seguido por trabajo. Esa semana le tocaba estar en otro país, así que el departamento estaba para nosotros dos.

La primera noche dormimos cada uno en una habitación. La segunda, los dos tosiendo, terminamos en mi cama. Inocente. Lo juro. Era más práctico tener el termómetro y los medicamentos en una sola mesita de noche.

Los primeros tres días pasaron normales. Veíamos series, comíamos sopa, nos quejábamos de los mocos, dormíamos siestas larguísimas. Pero llegó un punto en que ya no había de qué hablar. Y cuando dos personas que se quieren se quedan sin temas, terminan hablando de lo personal. De lo íntimo.

Empezó él. Me contó de su última novia, de cómo lo había dejado, de las cosas que no había hecho con ella y se había quedado con ganas. Me contó que ella nunca le había querido chupar la polla hasta el final, que siempre paraba antes, que se había quedado con las ganas de correrse en la boca de alguien. Yo me reí, le di consejos de tía mayor, pero por dentro se me apretó algo en el bajo vientre al escucharlo hablar así, tan directo, sin filtro. Le pregunté cosas que nunca le habría preguntado en otro contexto: cuántas mujeres había tenido, cómo le gustaba follar, si le gustaba por atrás. Él también me preguntó cosas que jamás le habría respondido a otra persona de la familia: si mi marido me hacía acabar, cuántas veces por semana lo hacíamos, si me gustaba que me la metieran fuerte o suave.

Una de esas tardes, mientras él se duchaba, me di cuenta de algo: ya no me ponía sostén para acostarme. Tampoco la camiseta que solía usar de pijama. Dormía con un top fino, sin nada debajo. Cuando él entraba a la habitación y se metía en la cama, yo me acomodaba contra su pecho con la luz apagada, intentando que no me notara los pezones marcados a través de la tela. O eso creía.

—¿Sabes que se siente todo, no? —me dijo una noche, riéndose en la oscuridad.

—Cállate.

—Es la verdad. Se te marcan las tetas a través del top. Se te marcan los pezones.

—Te dije que te calles.

Pero yo también me reía. Y ese era el problema.

Empezó a manosearme apenas, como por accidente. Una mano que se quedaba más tiempo del necesario en mi cintura. Un brazo que pasaba por encima de mi pecho cuando se acomodaba, con la mano abierta rozándome un pezón por encima de la tela. Yo le retiraba la mano sin decir nada, pero al rato volvía a estar ahí. La verdad, después de tres noches dejé de retirarla. Y él se dio cuenta. Dejaba la palma quieta sobre mi teta, apretándomela apenas, y yo sentía cómo se me endurecía el pezón contra su mano sin poder evitarlo.

Pero lo más raro empezó a ser lo de los pies.

—Aquí huele fatal —decía cuando entraba a la habitación—. A patas.

Levantaba la manta de golpe y me agarraba un pie con calcetín, se lo acercaba a la nariz como un perro buscando un olor. Yo me reía a carcajadas, le pegaba con la almohada, le decía que era un asqueroso. Pero al rato yo misma le ponía el pie en la cara cuando volvía a hacerlo. Lo había convertido en un juego.

Entonces pasó al siguiente nivel. Me sacaba el calcetín de un tirón y me mordía los dedos. Yo le daba patadas, gritaba, me tapaba con la sábana. Pero también seguía riéndome. Era como un cosquilleo que me bajaba por toda la pierna y se instalaba en algún lugar que prefería no nombrar, entre las piernas, un latido húmedo que empezaba a molestarme.

Hasta que una noche cruzó una línea.

Levantó las dos piernas, me arrancó los dos calcetines, olió, mordió. Y entonces los besó. Despacio. Con la boca abierta. Le pasó la lengua por el empeine y subió hasta el tobillo.

Salté como si me hubiera quemado.

—¡No! ¡Eso no! —le grité, sentándome en la cama de un tirón—. ¡Eres un degenerado de mierda!

Se quedó congelado. La luz del velador le iluminaba media cara y vi cómo se le caía algo en la mirada. No me contestó. Se levantó, se fue al baño y no volvió hasta media hora después. Cuando volvió, se puso del otro lado de la cama, lo más lejos posible. No me habló en toda la noche.

Al día siguiente fue peor. No me miraba a los ojos. Hacía el café mirando la pared. Se ofreció a irse a un hotel, dijo que ya estaba mejor, que no quería molestar más.

Yo me senté en el sillón de la sala y me agarré la cabeza con las manos. Había sido demasiado brusca. El chico tenía veintidós años, me había confesado sin palabras un fetiche que parecía no haber podido contarle a nadie, y yo le había respondido con un insulto de mierda.

Esa noche, antes de meterse en la cama, me pidió perdón.

—Tía, perdón. Me pasé. Te juro que no quise faltarte el respeto. Mañana me vuelvo a mi casa.

Se dio la vuelta y se acostó dándome la espalda.

Yo apagué la luz, me quedé un rato respirando en la oscuridad, y después le pasé la mano por el hombro.

—Date la vuelta —le dije.

—Tía…

—Date la vuelta. Te he dicho.

Se dio la vuelta. Me lo quedé mirando un rato largo. La cara de chico asustado, las pestañas mojadas. Le acomodé el pelo para atrás.

—Cuéntame —le dije—. Cuéntame qué te pasa con eso.

Y me lo contó. Me dijo que desde adolescente le pasaba. Que en la primaria se obsesionaba con los pies de las maestras. Que con su última novia lo había intentado hablar y ella se había reído. Que conmigo se sintió cómodo porque siempre fui la única que no lo juzgaba con nada. Que no había podido evitarlo. Que se odiaba a sí mismo cada noche que volvía a hacerlo. Que se hacía pajas pensando en mis pies, que se corría con mis calcetines apretados contra la cara.

—No tienes que odiarte por algo que te gusta —le dije—. Lo que estuvo mal fue cómo te grité yo. Eso sí estuvo mal.

—No, tía, tú tenías razón…

—Cállate. Yo también te tengo que pedir disculpas. No tendría que haberte dicho lo que te dije.

Nos quedamos un rato en silencio. Él me agarró la mano y se la apretó contra el pecho. Yo lo dejé.

Algo se estaba moviendo en mí, y no era la fiebre.

—¿Sabes qué pasa? —le dije—. Es que yo también soy bastante sensible a esas cosas. A veces más de lo que debería.

—¿A qué cosas?

—A que me toquen. Y tú vienes con lo de los pies, y yo… —me reí, nerviosa—. No sé. Me agarra desprevenida. Se me moja todo.

Lo dije sin pensarlo y me quedé helada. Él abrió los ojos grandes en la oscuridad.

—No va a pasar más, te lo prometo. No sin que me lo digas tú.

Le di un beso en la frente y apagué la luz.

***

En la oscuridad, hicimos lo de cada noche: nos quitamos la parte de arriba del pijama. Yo me quedé con los pechos al aire bajo la sábana, como las últimas tres noches. Él, por primera vez, se dejó la camiseta puesta. Lo noté cuando lo abracé por la espalda y sentí la tela.

Le tiré de la camiseta para arriba.

—Quítatela —le dije.

—Tía, no…

—Quítatela.

Se la quitó. Sentí su espalda tibia contra mis pechos, mis pezones ya duros clavados contra su piel. Estaba flaco, las costillas se le marcaban un poco. Lo abracé fuerte y él se dejó caer hacia atrás contra mí. Sentí cómo se le paraba la polla apenas mis tetas le tocaron la espalda, un bulto que empezó a crecer contra el pantalón del pijama, empujando la tela hacia arriba.

No sé bien qué me pasó. Algo se había desbloqueado con esa conversación. Como si haberle dado permiso para confesar su fetiche también me hubiera dado permiso a mí para confesar el mío. Las hormonas, los días de encierro, la fiebre que ya bajaba pero que todavía me dejaba un calor en la piel que no sabía si era enfermedad o era otra cosa. Sentía el coño hinchado, mojado, latiendo contra la costura de la bombacha.

Me llevé las manos a los pies y me saqué los calcetines. Uno, después el otro. Los apreté en el puño. Le pasé la cara por la nuca y le susurré contra el oído:

—¿Te puedo confesar algo? Yo también soy un poco fetichista. No me sorprende que te guste esto.

Le pasé el calcetín por la cara. Casi se lo apreté contra la nariz. Lo escuché aspirar hondo, respirar el olor con la boca entreabierta, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Intentó darse la vuelta y yo lo sujeté del hombro contra la almohada.

—Quieto.

Le pegué los pechos contra la espalda, los pezones duros arrastrándose contra su piel. Sentí que se le cortaba la respiración. Bajó una mano y me agarró el muslo con fuerza, clavándome los dedos.

—Esto va a pasar una sola vez —le dije, despacio, contra su oreja—. Y no se lo vas a contar nunca a nadie. ¿Me oyes?

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí, tía.

Le metí la mano dentro del pantalón del pijama. Le pedí permiso, no sé por qué; ya estábamos demasiado lejos como para preguntar nada. Él dijo que sí con la cabeza, jadeando. Le bajé el calzoncillo hasta la mitad del muslo y ahí me lo encontré: la polla dura, gruesa, más grande de lo que había imaginado, palpitando contra mi palma. Se la agarré desde la base y la apreté. Estaba caliente, tan caliente que me quemaba la mano. La punta ya tenía una gota de líquido preseminal que le corría por el glande.

Antes de tocarlo directo del todo, le envolví el miembro con el calcetín que tenía en la otra mano. Como si fuera un condón improvisado, una excusa para no estar tocándolo del todo, para no dejar rastros míos en su piel. La tela áspera del calcetín le rodeó la verga y él soltó un gemido ahogado, como si nunca hubiera sentido algo así.

—Ay, tía, joder…

—Cállate. No hables.

Empecé a moverme, despacio al principio, subiendo y bajando el puño a lo largo de toda la polla, apretándosela desde la base hasta la punta. Después un poco más rápido. Sentí cómo se le hinchaba más aún dentro del calcetín, cómo se le marcaban las venas contra la tela. Él me buscaba la boca, giraba la cabeza, intentaba alcanzarme. Yo solo le pasaba la lengua por los labios cerrados, sin abrir la boca, sin dejarme besar. Le dejaba hacer y le quitaba a la vez.

—Déjame besarte, tía, por favor…

—No. Eso tampoco.

Bajó la mano otra vez al muslo, intentó subirla por adentro, ir directo a buscarme el coño. Le agarré la muñeca y se la apoyé sobre la cadera, fuera del pantalón.

—No —le dije—. Eso no.

—Tía, por favor, déjame tocarte, estás empapada, lo huelo desde aquí…

—No.

No insistió. Volvió a quedarse quieto, dejándome hacer, la polla latiendo dentro del calcetín en mi mano. Lo que hizo fue darse la vuelta del todo, cara a cara conmigo, y se fue directo a mis pechos. Me agarró un pezón con la boca y me lo chupó fuerte, tirándomelo con los labios, mordisqueándolo con los dientes. Yo arqueé la espalda sin querer, y un jadeo me salió del fondo de la garganta que no pude contener. Se pasó al otro pezón y me lo trabajó igual, con la lengua girando alrededor, chupando, lamiendo, mientras una mano me apretaba la otra teta.

Lo seguí masturbando con el calcetín, cada vez más rápido, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo me apretaba más fuerte el muslo con la mano que tenía libre, cómo el calcetín se humedecía cada vez más en mi mano con el líquido preseminal que le chorreaba. Le cambié el ritmo, le apreté fuerte la punta, y volví a bajar. Él movía las caderas contra mi puño, follándose el calcetín, embistiendo, buscando más fricción.

—Tía, ya está, ya voy a…

—Cállate. Aguántate un poco más.

Le bajé el ritmo a propósito, para hacerlo esperar. Él soltó un quejido de frustración contra mi pezón. Me lo mordió más fuerte y yo le tiré del pelo hacia atrás.

—Ah, no, así no. Te aguantas hasta que yo diga.

—No puedo, tía, no puedo, se me sale ya…

Le apreté un poco más fuerte, le di tres, cuatro tirones seguidos, largos, firmes, y lo sentí contraerse contra mi mano. Una, dos, tres, cuatro veces. El calcetín se llenó de golpe, se empapó de semen caliente que se me escurrió entre los dedos y me corrió por la muñeca. Él me mordió el pezón sin querer y yo le tiré del pelo, ahogando yo también un gemido contra su pelo. Sentí cómo seguía latiendo dentro del calcetín, cómo salía otro chorro más chico, y otro, hasta que se fue vaciando entre sacudidas.

Después soltó todo el cuerpo contra el mío, agitado, con la cara escondida en mi cuello, respirando fuerte, la boca abierta contra mi piel.

Nos quedamos un rato así, sin decirnos nada. Le acaricié el pelo con la mano que tenía libre. La otra seguía sosteniendo el calcetín empapado, pesado, caliente, que tiré después, despacio, debajo de la cama, como quien esconde una evidencia.

Yo seguía con el coño palpitando, sin haber acabado, apretando los muslos con fuerza uno contra el otro para intentar calmar el latido. No me toqué. No lo dejé tocarme. Me quedé así, mordiéndome el labio, aguantando, sintiendo cómo se me empapaba entera la bombacha sin poder hacer nada al respecto. Esa era la línea que me había puesto, aunque el cuerpo me pidiera cruzarla.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí.

—Una sola vez —le repetí—. ¿Te acuerdas?

—Una sola vez.

Pero los dos sabíamos que nos quedaban cuatro noches juntos. Cuatro noches de fiebre que ya no era fiebre, de toses fingidas, de calcetines tirados al piso al amanecer. Cuatro noches en las que iba a tener que volver a decir «una sola vez» muchas veces más, sabiendo que ya no significaba nada.

Mi sobrino se durmió primero, con la polla todavía a medio blandear contra mi cadera. Yo me quedé mirando el techo en la oscuridad, escuchándolo respirar contra mi cuello, con la mano todavía oliendo a él, pensando que mañana iba a ser otra noche, y otra, y otra. Que mañana la línea iba a ser un poco más adelante. Que en algún momento de esas cuatro noches iba a terminar dejándolo bajarme la bombacha, meterme la cara entre las piernas, chuparme el coño hasta que yo le tirara del pelo. Y que después, probablemente, iba a terminar abriéndole las piernas y sentándome encima de esa polla que ya conocía la forma de mi mano. Y que esta vez no iba a poder decir que no me había dado cuenta.

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Comentarios(9)

LectorNocturno88

Tremendo. Lo lei de un tiron y cuando llegue al final me quede con ganas de mas. Muy buen relato!!!

Karla_Noc

Esa ultima frase lo dice todo. Los dos sabian que era mentira... que bueno eso, jajaja

lectora_ansiosa

Por favor necesito una segunda parte. Me quede con demasiadas ganas de saber como siguio todo esto.

Tomas77

Habrá continuacion?

Santi_BA

Buenisimo, se nota que saben escribir. La tension desde el principio te atrapa y no te suelta. Saludos desde Buenos Aires

NicoRdz22

increible!!!

Mari_J81

Me gusto mucho como esta narrado, no es burdo para nada. Se siente creible y eso lo hace mas interesante. Gracias por compartir.

CarinaR

Que inicio mas potente... me recordo a una situacion parecida que viví hace años y que nunca me anime a contarle a nadie jaja

Fede_lee

Exelente relato, sigue asi!!

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